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EL HOMBRE CAZADOR El hombre de Neanderthal

El tercer peldaño de la evolución humana es el hombre de Neanderthal, que por su desarrollo cerebral, su género de vida y su capacidad inventiva5 está más próxima del

Homo sapiens que del pitecántropo. Se le conoce desde mucho antes que sus predecesores, puesto que en 1856 los restos de un hombre de esta raza fueron descubier- tos por unos obreros en los alrededores de Dusseldorf, en una cueva del valle de Neanderthal. Este hallazgo causó sensación en la época y contribuyó sobremanera a que la ciencia se interesase por la búsqueda del hombre prehistórico.

En un principio, los antropólogos no pudieron ponerse de acuerdo. Unos sostenían que se trataba simplemente del cráneo de un retrasado mental o de un hombre que había padecido raquitismo en su juventud; otros creían haber encontrado el eslabón intermedio entre el hombre y el mono, y algunos, finalmente opinaban que dichos restos pertenecen a una raza humana extinguida.

Excavaciones posteriores efectuadas en los alrededores de Neanderthal ya no pusieron al descubierto más restos humanos, pero en cambio permitieron precisar la

5El hombre de Neanderthal medía unos 160 centímetros de estatura y tenía piernas cortas, tronco

achaparrado, cuello corto y cabeza desproporcionada, por su gran tamaño. Andaba erguido, pero sus piernas eran arqueadas. El antebrazo era corto y mucho más curvado que el del hombre actual, con mano ancha y corta. El cráneo era dolicocéfalo, de paredes gruesas —un centímetro —, con vértice bajo y occipucio alargado, de maxilar superior muy saliente, casi formando hocico; órbitas circulares y nariz ancha. La mandíbula inferior era robusta y carente de mentón.

fauna contemporánea: rinocerontes lanudos, osos, hienas, leones de las cavernas, uros, caballos salvajes, mamuts...

La caza abundaba unas veces y otras no, lo cual obligaba al hombre a frecuentes desplazamientos en busca de animales pequeños, al principio, y más grandes, después. Este nomadismo le es impuesto al hombre en forma perentoria por los cambios climáticos. En algunas épocas (los periodos llamado; chelense y acheulense) surgen momentos de clima benigno e incluso cálido, y entonces, gracias a su natural existencia al aire libre, no hay tanto problema de alimentación para el ser humano, que se dedica a la consabida recolección de frutos silvestre, raíces y demás elementos que le proporciona la flora circundante. Pero al escasear la alimentación vegetal, más asequible, el hombre se ve obligado a acudir h la alimentación animal, y de ahí la mayor importancia que la caza adquiere.

En 1886 se encontraron dos nuevos esqueletos de raza neanderthalense en Spy, cerca de Naniur, en Bélgica, y más tarde otras excavaciones pusieron al descubierto nuevos restos neanderthalenses en el sudoeste de Francia (Chapelle-aux-Saints, La Madeleine; La Ferrassie), en Charente (La Quina), en Alemania, en España, en Italia, en Croacia (Krapina), etcétera. Otros esqueletos neanderthalenses descubiertos en varias cuevas de Palestina son de una extraordinaria diversidad. Algunos presentan una frente más abombada, lo que indica una tendencia al desarrollo de los lóbulos frontales, mientras que los cráneos de Broken Hill (Rhodesia), de Saldanha (África austral) y de Ngandong (Java) tienen unos caracteres primitivos bastante acentuados. ¿Se tratará de una transición, de un paso morfológico, entre los pitecántropos y los neanderthalenses?

Prescindiendo de algunas diversidades de detalle, los cuarenta y tantos esqueletos de raza neanderthalense nos permiten esbozar que dichos hombres eran, en general, de baja estatura. Las mujeres alcanzaban, por término medio, 1,56 metros, y los varones, 1,63. Los huesos del cráneo eran relativamente fuertes, con una capacidad craneana casi igual a los hombres de nuestra época (unos 1.500 centímetros cúbicos).

La evasión de la animalidad

A pesar de los arcos superciliares todavía muy abultados y de sus ojos muy separados, el neanderthalense no tenía ese aspecto exageradamente animal que la imaginación popular vulgarizó a principios de siglo, sino una actitud erguida y la posición vertical de la cabeza del hombre actual. Vivía de la caza, con trampa o sin ella, y de la vegetación que le ofrecía el bosque: raíces, tubérculos comestibles, frutas, tallos y hojas diversas.

La industria lítica de los neanderthalenses de Europa, que se denomina musteriense6, del nombre de la cueva de Moustier, en Dordoña, muestra una evidente

especialización y se compone principalmente de punzones con los extremos afilados por cuidadosos retoques y raspadores, especie de cepillos, para trabajar la madera. Debemos destacar un hecho importante que indica el paso del instrumental sencillo al complicado: el hombre de Neanderthal ponía mango a sus herramientas y armas, lo cual aumentaba considerablemente su eficacia.

Sin embargo, su habilidad técnica no lo llevó aún a la búsqueda de formas artísticas; en cambio, los testimonios de su vida espiritual son irrefutables. Los cofres de piedra descubiertos en la cueva de Drachenloch (Suiza) encerraban cráneos de oso colocados sobre placas de caliza y orientados todos hacia un mismo punto, y los restos de un hogar sugieren la posibilidad de un fuego sagrado asociado a sacrificios rituales.

En San Felice Circeo (Italia) fue hallado un cráneo de hombre neanderthalense en medio de un círculo de piedras, rodeado éste de otros círculos también de piedras, entre los que unos huesos de animales representaban probablemente ofrendas. Pero la mayor parte de yacimientos (Spy, Moustier, La Ferrassie, Monte Carmelo, etcétera) forman zonas de inhumación cercanas a las viviendas. La cabeza del muerto está apoyada unas veces sobre una piedra, otras sobre la palma de la mano derecha; las piernas y brazos presentan la posición que tiene el feto en el claustro materno. Las ofrendas funerarias — armas, herramientas, provisiones— y el revestimiento de arcilla ocre, color que simboliza la sangre y la vida, revelan una creencia en el más allá.

La raza neanderthalense cubrió el último período interglacial y el principio de la glaciación de Würm; es decir, de cien mil a ciento cincuenta mil años, en cuyo largo período debieron producirse sensibles cambios, por cuanto los tipos raciales eran distintos y la extensión geográfica de la etapa neanderthalense comprendía todo el Antiguo Continente.

El sentido de la muerte

Es indudable que los seres humanos primitivos poseyeron el sentido de la destructibilidad corporal; es decir, la idea de la muerte, y acaso a ella asociaron el primer germen de religiosidad. Con todo, resulta sumamente difícil aquilatar las ideas 6Aun en el supuesto que Europa no fuera el primer continente habitado, la abundancia de restos

prehistóricos aquí hallados, con diversidad notoria de matices culturales, motiva que se adjudiquen nombres europeos a estos diversos grupos de hallazgos, procedentes de las estaciones donde se han efectuado. Nombres puramente convencionales, aunque no así los de

Inferior y Superior asignados al Paleolítico, palabras indicadoras que ambos períodos se hallan

estratigráficamente —y en el tiempo también— más lejanas o próximas a determinadas industrias y a distintas actividades humanas.

religiosas de los pueblos primitivos, en que radicaban todo tipo de creencias, desde las más burdas supersticiones a la fe más ingenua y simple. A todo cuanto le era extraño o incomprensible, el hombre le confería categoría de cosa sobrenatural o prodigiosa, confundiendo lo portentoso con lo mágico y atribuyendo caracteres divinos a un espacio limitado —piedras, vegetales, animales— en donde suponía que moraban los espíritus, de influencia benévola u hostil.

Es también posible que el hombre primitivo poseyera una vaga creencia en un alma y sin duda creyó, en tal caso, en la supervivencia de la misma, aunque es difícil que llegara a concebir el concepto de eternidad. A juzgar por ciertos evidentes simbolismos, por primarios que éstos fueran, creyó que después de la vida el alma disfrutaba de un poder igual o aun más fuerte que antes, y que rondaba con preferencia su antiguo hogar, en torno al cadáver y cerca de los familiares que le habían sobrevivido. Cabe recordar aquí que entre el vulgo ignorante dé hoy perdura todavía cierto temor al espíritu de los muertos.

Los pueblos primitivos se figuraban acaso que las almas de los difuntos vagaban por el espacio o por la selva densa, y en consecuencia procuraban con el mayor cuidado contentarlas en lo posible con ofrendas, con objeto de satisfacerlas, conjurarlas y hacérselas propicias. Los espíritus se albergaban, según ellos, en el seno de las tempes- tades, traían la lluvia y el sol, espantaban la caza y enviaban enfermedades e incluso la muerte.

Más tarde, la evolución espiritual del hombre paleolítico lo impulsará a respetar los cadáveres, fruto de una noción vaga y rudimentaria sobre la inmortalidad del alma, reflejada cuando menos en la aparición de las primeras tumbas y sepulcros. Solían colocar los cráneos de los difuntos, sepultados en pequeñas cuevas o excavaciones, con el rostro orientado hacia el Oeste, aunque esta disposición no coincidiese con la dirección de entrada y salida de la cueva; consideraban quizás el poniente del sol como el reino de la muerte o mundo de las sombras, lo que indica una mentalidad capaz de desarrollar todo un proceso de simbolismo. Sin embargo, la verdadera cultura de las tumbas o sepulcros alcanzaría su apogeo muchos siglos más tarde, en el neolítico.

Una espiritualidad naturalista: el totemismo

El hombre arcaico vivía preocupado por la mera supervivencia física, sumido en el mundo de la magia y de la caza, con todas sus implicaciones más o menos religiosas o rituales: el culto de los osos, de las "diosas Madres", de las prácticas religiosas de los cazadores de renos y bisontes, reflejado tan a las claras en las numerosas pinturas parietales de sus viviendas, que constituyen verdaderas pinacotecas paleolíticas7. Se da

por supuesto, entre los modernos prehistoriadores, que los pueblos cazadores atribuían poderes extraordinarios a los animales, convencidos que los espíritus y las almas de los muertos se cobijaban en ellos, por lo que los consideraban antepasados de la tribu. De esta forma se originó el totemismo.

El totemismo comprende, según Maurice Besson, un conjunto de determinados hechos y actos: en primer lugar, ciertos grupos humanos primitivos —o semicivilizados 7Abundantes manifestaciones de esta cultura primitiva se hallan en las cuevas del Castillo,

Pasiega, Cavalanas, Hornos de la Peña, Las Chimeneas y Altamira, en la zona cantábrica; Candamo y Peña-Tú, en Asturias; Cogul y Romanyá, en Cataluña; Parpalló, en Valencia; Alpera, en Albacete; Millares y Los Letreros, en Almería; Lascaux, Rouffignac, La Madeleine y Mas d'Azil, en Francia, como también en otros muchos yacimientos.

— se denominan según un objeto determinado, con preferencia un animal, y éste es el tótem del grupo; en segundo lugar, tales grupos deben respetar a su tótem, evitar ma- tarlo, comerlo o destruir algún animal, planta u objeto de la misma especie que él o semejante a él; y por último, estos mismos grupos creen que entre ellos y el tótem existe un lazo de filiación. Por ello, sus miembros se consideran como unidos por un vínculo de consanguinidad con todos aquellos que llevan el mismo nombre y respetan el mismo objeto o el mismo animal; semejantes grupos constituyen, como vastas familias, los primeros conglomerados sociales unidos por una fraternal comunidad de origen. "Se nos presenta, pues, el totemismo —añade el citado autor—, según una acertada fórmula, como el derecho constitucional primitivo; su estudio permite explicar cómo se han constituido ciertas sociedades, cómo nacieron ciertas concepciones y cómo ciertos conceptos religiosos han podido desprenderse tal vez de las nebulosidades de la Prehistoria."

El totemismo, tanto el practicado en un pasado milenario como el de las tribus sub- desarrolladas de nuestros días, no ha revestido siempre un carácter estrictamente rígido y se ha manifestado en distintas formas a lo largo de milenios de vida humana. En general, el hombre prehistórico o muy primitivo manifiesta extraordinario respeto hacia sus antepasados y sus símbolos totémicos, abundantes en los objetos usuales, como arpones de caza o pesca, útiles de hueso o de marfil, bastones demando, estatuillas, viviendas, canoas, y sumamente variados en sus manifestaciones; objetos dignos de ser estudiados como elementos de documentación en que figuran las primeras inspiraciones de arte indígena. A estas manifestaciones y costumbres va unida toda una organización social que corresponde a un grado particular de evolución de los hombres primitivos. El totemismo, según sir James Frazer, "hizo mucho por fortalecer los lazos sociales y, por la misma razón, para servir a la causa de la Humanidad". Por su parte, Durkheim afirma que "las creencias totémicas son de índole manifiestamente religiosa, puesto que implican una clasificación de las cosas en sagradas y profanas, y podemos tener la seguridad que esta religión es la más primitiva que pueda observarse hoy, e incluso la más primitiva que haya existido, según toda probabilidad".

La vida de los pueblos cazadores

En la cultura de los primeros pueblos cazadores, los etnógrafos distinguen dos fases, la antigua y la moderna —la "caza baja" y la "caza alta", como las designan Moritz Hoernes y otros autores-, con notables diferencias en cada una. La caza antigua es la más elemental y primitiva, no reconoce límites ni demarcaciones territoriales, y las tribus que a ella se dedican siguen recorridos caprichosos en su persecución de los animales, al tenor de sus necesidades de alimentación, y en consecuencia practican el nomadismo. Aunque en período de desaparición, puede decirse que todavía hoy existen, en algunos rincones del globo, ejemplares humanos de este tipo; así, en comarcas aisladas de Australia y de la Tierra del Fuego, como en los esquimales, bosquimanos del Kalahari, krubus de Sumatra, wedas de Ceilán o tribus de pigmeos del África ecuatorial. La "caza baja" o antigua es propia de los períodos chelense, acheulense y musteriense; es decir, del Paleolítico inferior. En cierto modo, pudiera decirse que la transición entre los antiguos y nuevos cazadores se realiza con posterioridad al musteriense, época que significa un cambio en el modo de vivir de los hombres primitivos.

Durante el período musteriense, cuando el frío era más intenso, el hombre se refugiaba en cuevas profundas y abrigadas y la caza se orientaba también en busca de animales de pieles y pelo abundante, con el fin de confeccionar abrigos para cubrirse. El problema puramente

material del frío y acaso el complejo moral del pudor –mucho más tardío y evolucionado— impulsaron a los seres humanos a la necesidad del vestido, surgiendo así la nueva industria de la indumentaria. A ésta y al perfeccionamiento y retoque de las hachas de sílex se dedicaban aquellos en las sombrías y prolongadas horas de permanencia en las cuevas, durante las tempestades o los grandes fríos8. En el periodo musteriense también apareció la industria de los

huesos, dientes y cuernos de animales, con lo que surgió simultáneamente una ampliación manufacturera de objetos diversos, buriles y raspadores cóncavos, para emplearlos en aquellas nuevas actividades que se iban creando, como el curtido de las pieles, trabajos de vestuario y perfeccionamiento del instrumental. El hombre se acercaba a pasos muy lentos a una nueva cultura básica, la creación de un hogar, necesaria y fundamental para la futura sociedad humana.

Se supone con bastante fundamento que el hombre primitivo era una criatura extre- madamente vellosa y que debió perder esta defensa natural bajo el influjo de los medios artificiales de abrigo, por atrofia consiguiente de los órganos inútiles. Buscaba mayor o menor protección para su cuerpo según las necesidades del momento, y a ello obedece también como consecuencia el origen de la morada humana, defensa contra las nocivas influencias del exterior, el mal tiempo, la lluvia y el viento, el sol o la humedad, así como también contra sus enemigos —fieras u otros seres humanos—. Las más antiguas habitaciones fueron los simples abrigos naturales, refugios o escondrijos, aunque con el tiempo estas moradas primarias fueron lentamente sustituidas por residencias estables y permanentes, donde iban apareciendo, en especial gracias al cuidado de la mujer, un mínimo de comodidades. Ello constituye precisamente uno de los más interesantes elementos discriminatorios entre el ser humano y la pura y simple animalidad.

Los nuevos cazadores pertenecen ya al paleolítico superior, pues practican la caza en territorios mejor delimitados, lo que ocasiona cierta estabilidad en los pueblos que a ella se dedican y, por lo general, casi nunca salen de sus comarcas o dominios de caza, cuya propiedad suele serles reconocida por las tribus vecinas. Se acentúa dicha estabilidad con esta posesión segura y reconocida de lugares de caza y aguas de pesca abundante, productos naturales que mejoran su nivel de vida. El progreso cultural de estas tribus es evidente y manifiesto; construyen sólidas cabañas de invierno, se dedican a diferentes ocupaciones artesanas, aparecen diferencias de clase social y de fortuna — ricos y pobres, libres y esclavos— y surgen jefes de tribu, electos o hereditarios, aunque de poder ciertamente limitado.

La humanidad primitiva evolucionó progresivamente en el transcurso de los siglos, se incrementó el número de habitantes de cada grupo aislado, se hicieron cada vez más frecuentes las relaciones entre unas y otras tribus, se inició el trueque de valores corrientes de cambio —pieles de animales, instrumental diverso, collares de conchas, etcétera— y se desarrolló la vida social.

DE LA EDAD DE PIEDRA A LAS PRIMERAS INDUSTRIAS

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