"Los grandes ríos son la savia de la cultura." El Nilo, el Éufrates, el Tigris y los principales ríos de la India y de China son ejemplos de ello. Las primeras sociedades organizadas se formaron en sus orillas. La ciencia, la literatura y el arte nacieron allí. En estas regiones la tierra es muy fértil, pero la única razón de su desenvolvimiento no ra- dica ahí. Los hombres han tenido que colaborar en un trabajo común para arrancar los frutos a la tierra. En cambio, allí donde la naturaleza ofrece de todo a los hombres sin exigirles nada, la humanidad queda estancada en su desenvolvimiento durante miles y miles de años. En las islas de los mares del sur, los hombres todavía se encuentran, en pleno siglo XX, en la Edad de Piedra. El promotor de la cultura es el trabajo que debe realizarse para vencer los obstáculos que opone la naturaleza.
La zona fértil de Egipto no es más que un oasis alargado, nacido de los aluviones depositados por el río. La corriente arranca el limo de las regiones del África central, en donde tiene su nacimiento el Nilo, y de las montañas de Etiopía y lo lleva hasta Egipto. Al cabo de varios miles de años de trasiego, los aluviones se han extendido sobre el suelo pedregoso de las orillas y las arenas del desierto.
Antes que el hombre iniciara su irrigación, el valle del Nilo se limitaba a una faja cenagosa y de frondosa selva, en donde proliferaba la caza menor. Los primeros egipcios, aprisionados entre esta selva y las arenas estériles del desierto, tuvieron que sanear las marismas y ganar, paso a paso, las tierras de labor. La amplitud de otros trabajos —canales y depósitos de agua— no solamente requería la energía de toda la comunidad, sino también la cooperación en el esfuerzo; es decir, una sociedad organizada.
En los primeros estadios de su evolución cultural, los egipcios ya intuyeron la necesidad de un orden político. Así es como el Nilo proporcionó las bases de la sociedad egipcia.
Egipto ha desempeñado un papel tan importante en la historia del mundo, que se le imagina, sin dificultad, como un país muy extenso. Sin embargo, no es así. Desde la primera catarata hasta el Mediterráneo, el oasis tiene unos 850 kilómetros de largo, pero, salvo en el Della, es extraordinariamente estrecho. Al este y al oeste, los desiertos le aíslan de todo contacto exterior. En el alto Egipto estos desiertos rozan con las moradas de los hombres; pero en sus arenales fueron construidos los templos y las tumbas. En el bajo Egipto, por el contrario, las tierras fértiles se despliegan en abierto abanico hacia el Mediterráneo.
La diferencia entre ambas tierras era manifiesta. "No sé lo que me separaba de mi país —exclamó un desterrado—. Era como un sueño, como encontrarse en Elefantina un hombre del Delta o en Nubia un habitante de las marismas." Esta situación
entrañaba, claro está, problemas lingüísticos. "Vuestros discursos son ininteligibles —se quejaba un escriba— y no hay intérprete que los pueda traducir. Parece un diálogo entre un habitante de las marismas del Delta y un hombre de Elefantina."
El país de las tumbas
Egipto parece tener como destino el ser la "tierra prometida" de los historiadores. Su mismo clima preserva los restos del pasado. Productos tan frágiles y perecederos como los vestidos y los papiros se conservan aquí durante miles de años si no son anegados por las crecidas del Nilo o destruidos por saqueadores. Se han encontrado objetos intactos que bajo otro clima más húmedo hace tiempo se habrían convertido en polvo.
Otro factor que ha ayudado a su conservación, único en su género, fue la religión egipcia. Influidos por sus concepciones religiosas, los egipcios erigieron a sus muertos tumbas en las que apenas se percibe el paso del tiempo. Ofrecieron a sus difuntos presentes diversos y numerosas obras de arte. En su honor grabaron inscripciones, relieves, dibujos. Todo ello formando el álbum más completo y bello de la historia de la cultura que imaginarse pueda.
Los egipcios, en su deseo de conservar los cuerpos de sus difuntos, descubrieron hace unos seis mil años el arte de embalsamar.
He aquí cómo procedía el embalsamador de la época en que esta técnica alcanzó su máximo desarrollo. Primeramente, extraía el cerebro y las entrañas del cadáver, lo lavaba con vino de palma y después lo sumergía durante setenta días en una solución salina. El cuerpo se convertía entonces en momia; se contraía hasta tal punto que la piel, ya oscura y dura, no recubría nada más que el esqueleto. Dicha momia se llenaba de mirra y otros productos odoríferos, se envolvía con vendas y, por último, se recubría con una masa blanda que se endurecía rápidamente. Para preservarlo de los peligros del viaje, protegían al cadáver con amuletos, entre los cuales se encuentra con frecuencia el escarabeo; es decir, el estercóreo sagrado de los egipcios, que se esculpía en piedra o se modelaba en barro cocido, vidrio u otros materiales. Este coleóptero tiene la costumbre de amasar una bola de estiércol y hacerla rodar hasta determinado sitio, donde la en- tierra no sin antes depositar en ella los huevecillos. Para los egipcios, esta bola era el símbolo solar y representaban al dios del Sol, entre otros símbolos, como un escarabajo que empujaba al disco solar. Y como el Sol se levanta cada mañana en el firmamento, el escarabajo se convirtió en un símbolo de la resurrección de los muertos.
También para simbolizar la resurrección del alma, ésta era representada en forma de gavilán con figura humana. Los ritos adecuados para la eterna felicidad del alma eran los que realizó Isis cuando hubo de resucitar a su esposo Osiris, y por ello, los seguidores de éste debían practicar los mismos que fueron capaces de devolverle la vida. El sacerdote simulaba abrir la boca del difunto y le decía: "Te la abro para que puedas hablar, comer y beber..."; luego efectuaba ceremonias análogas con los brazos y piernas, indicando el uso que debía hacer de sus miembros. Creían poder reanimar los cuerpos mediante la magia imitativa y, así, momias y estatuas se transformarían en seres vivos dentro del sombrío misterio de la tumba.
Una vez envuelta la momia con bandas y protegida con amuletos, se depositaba en un ataúd en forma de cuerpo humano y pintaban en su cabecera el rostro del muerto. Este ataúd se colocaba entonces en una o más cajas, que se ajustaban unas dentro de las otras, y si el muerto era un personaje importante, dichas cajas se encerraban en un sarcófago de piedra. El corazón y demás vísceras del difunto se conservaban en unas ánforas de alabastro llamadas canopes. Por último, se conducía el cadáver a su postrer morada, mientras los llantos y cantos fúnebres de los miembros de la familia y de las plañideras resonaban en medio del cortejo23.
Entonces, el alma podía visitar al cuerpo. Este retorno se encuentra frecuentemente dibujado en los papiros y en las vendas de las momias.
El tribunal de las almas
El muerto debía comparecer ante el tribunal del dios Osiris para conocer lo que sería su vida futura. Esta divinidad administraba justicia en una gran sala, rodeada de cuarenta y dos demonios, uno por cada distrito en que estaba dividido el antiguo Egipto, y el difunto debía declararse inocente de un pecado ante cada uno de ellos. Estos cuarenta y dos pecados pueden ser resumidos en las siguientes categorías: blasfemia, perjurio, asesinato, lujuria, robo, mentira, calumnia y falso testimonio. Y para alcanzar la bienaventuranza, el muerto debía demostrar que había dado de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos, vestido a los desnudos y facilitado la travesía del río a quienes carecían de embarcación.
En este tribunal de la creencia encontramos el primer antecedente en que el destino de los difuntos depende de su conducta en la Tierra. Muchos siglos más tarde, esta noción de la responsabilidad personal del hombre aún seria desconocida por otros pueblos. Para los babilonios y asirios, tanto justos como pecadores descendían al sombrío reino de los muertos.
Los condenados por el tribunal de Osiris eran precipitados al fuego o al agua hirviendo o arrojados a un monstruo, mezcla de cocodrilo, león e hipopótamo, para ser despedazados.
23Llevaban en las manos ramas de olivo, símbolo de la resurrección, y los varones se dejaban
crecer la barba en señal de duelo. Además, era costumbre ofrecer un banquete a los parientes y amigos en la casa del difunto, y en tales ocasiones se ponían un collar funerario, indumentaria adecuada y efectuaban ciertas abluciones especiales.
Tribunal de Osiris. Anubis, el dios con cabeza de chacal, procede a pesar el corazón del muerto, mientras Tot, el escriba de los dioses, anota los resultados; Horus, que tiene cabeza de halcón, los comunica a
Osiris.
Los egipcios se imaginaban de diferentes maneras el destino de los bienaventurados. Según la creencia más vulgar, sus difuntos eran llevados a una tierra de promisión situada al occidente. Allí, el trigo crecía con espigas tan altas que se elevaban varios metros del suelo y la vida sólo era felicidad y alegría. Es evidente que esta creencia ejercía una influencia benéfica sobre la conducta de los hombres. Cada uno quería, por encima de todo, ser considerado como hombre de bien. Ello se evidencia en las inscripciones funerarias: "He dado pan a los hambrientos; he dado de beber a los que tenían sed; he vestido a los que estaban desnudos; he hecho pasar el río a muchos viajeros...". Un poderoso jefe de provincia mandó grabar este epitafio sobre su tumba, que tiene casi cuatro mil años de antigüedad: "No he violado a ninguna muchacha infeliz; no he dejado a ninguna viuda en la necesidad; no he hecho la vida imposible a ningún campesino; no he perseguido a ningún pastor; no le he arrebatado los servidores a nadie para hacerlos trabajar sin salario. Nadie ha conocido la miseria ni el hambre bajo mi gobierno. En años difíciles hice labrar y sembrar los campos de norte a sur de mi provincia y ofrecí víveres a los habitantes. Di tanto a la viuda como a la que tenía marido; cuando distribuía regalos, no favorecía al influyente en detrimento del pobre. Después, el Nilo envió grandes inundaciones que proporcionaron trigo y toda clase de víveres: ni aun entonces exigí la prestación personal. Por eso fui amado del pueblo".
El "Libro de los muertos"
Los difuntos que pasaban con éxito la prueba del tribunal de Osiris tenían derecho a la vida eterna. Estaban, sin embargo, amenazados por ciertos peligros, de los que tenían que defenderse con fórmulas mágicas. Para ayudar a los muertos se escribían ciertas fórmulas sobre el sarcófago y en las paredes de las tumbas. Con el tiempo, ésta: fueron recopiladas en el célebre Libro de los muertos, escrito en un rollo de papiros que se colocaba en la tumba, al lado del difunto. Así, cuando éste se encontraba con los demonios en forma de serpientes, cocodrilos gigantes o de dragones que arrojaban fuego, sabía qué recitar para ahuyentarlos, y cuando llegaba ante una puerta que tenia que abrir o un río que debía atravesar, a su alcance estaba la fórmula mágica para lograrlo.
He aquí, como ejemplo, la fórmula contra los cocodrilos: "¡Largo de aquí; vete, cocodrilo maldito! No te acercarás a mi, porque estoy protegido con palabras mágicas nacidas de la fuerza que vive en mi". El muerto atemorizaba aún más al cocodrilo diciéndole: "Mis dientes muerden como cuchillos de piedra y desgarran como los del dios chacal, y tú, que estás ahí hechizado, con los ojos fascinados por mis encantamientos, tú no llegarás a arrebatarme mi poder mágico, tú, cocodrilo, tú que también vives por el poder de la magia".
En el Libro de los muertos también se encuentran pensamientos tan elevados como éste: "El hombre será juzgado conforme se haya comportado en la Tierra". Estas diferencias existentes en el mismo escrito se explican porque el Libro de los muertos no es una obra homogénea, sino que los capítulos representan distintos estados de evo- lución. Las partes más antiguas datan sin duda de hace cinco mil o seis mil años, mientras que las más recientes pertenecen al siglo VII antes de nuestra era. Los egipcios guardaron, con ese conservadurismo que les caracteriza, fórmulas antiquísimas que ya no se correspondían con las nuevas concepciones religiosas. Este conservadurismo de los antiguos egipcios aparece en todas sus manifestaciones culturales: en su religión, en su arte pictórico, en su literatura y en su organización política. Los egipcios fueron, por así decir, los chinos de Occidente, y tan industriosos y sobrios como ellos.
Gracias al respeto de los egipcios por lo antiguo, el Libro de los muertos se convirtió, poco a poco, en un espejo donde se reflejan todas las etapas por las que pasó la religión egipcia, desde la época en que el pueblo era todavía semisalvaje hasta que su poder comenzó a declinar.
Desde el comienzo hasta el fin, el Libro de los muertos está lleno de fórmulas mágicas que ayudan a la momia a protegerse y al difunto a entrar en la vida eterna. He aquí una de las fórmulas, un poco abreviada: "¡Salve, Osiris, padre mío divino! Lo mismo que tú, cuya vida es imperecedera, mis miembros conocerán la vida eterna. No me pudriré. No seré comido por los gusanos. No pereceré. No seré pasto de la miseria. Viviré, viviré. Mis entrañas no se corromperán. Mis ojos no se cerrarán, mi rostro permanecerá como en el día de hoy, Mis oídos no cesarán de oír. Mi cabeza no se separará de mi cuello. Mi lengua no será arrancada. Mis cabellos no serán cortados. No me raparán las cejas. Mi cuerpo permanecerá intacto, no se descompondrá, ni será destruido en este mundo".
Para que el difunto pudiera tener una vida agradable en el más allá, en su tumba se colocaban tinajas llenas de pan, de vino y otros víveres. Y como estas provisiones no durarían para toda la eternidad, se velaba de alguna otra forma para la comodidad material del desaparecido; las paredes de la tumba se decoraban con pinturas o frisos es- culpidos representando escenas que, al parecer según se creía, se convertirían en realidad en el otro mundo.
Residencias de ultratumba
Para que el egipcio distinguido no se viera obligado después de su muerte a trabajar, en su tumba se colocaban figurillas de madera representando a servidores de diferentes oficios y a animales domésticos, así como modelos reducidos de casas y embarcaciones. Los príncipes y demás personajes de elevada categoría estaban acompañados de un ejército de estatuillas de madera. Así se rodeaba al difunto de una especie de mundo artificial. Todo lo encontrado en las tumbas constituye un muestrario completísimo de la vida cotidiana del antiguo Egipto.
Embalsamando un cadáver. Para que un difunto no tuviese hambre ni sed, se le extraían las partes del cuerpo que durante la vida experimentaban esas sensaciones, y las colocaban en cuatro recipientes, cada uno de los cuales ostentaba la cabeza de los genios
protectores.
Un célebre arqueólogo americano cuenta que, habiendo encontrado una cámara funeraria en los alrededores de Tebas, en 1921, por una grieta de la muralla pudo contemplar de un solo vistazo todo un mundo liliputiense de cuatro mil años de antigüedad. La cripta parecía un hormiguero de hombrecillos de pocos centímetros de altura, entregados a sus quehaceres ordinarios. Se necesitaron no menos de tres días con sus noches de trabajo ininterrumpido para que la expedición sacara a la luz los centenares de figurillas de madera delicadamente talladas y pintadas. Todo estaba muy bien conservado, incluso los hilos, finos como los de tela de araña, que guarnecían las ruecas y telares de las mujeres. Se encontraron también doce barcos que debían albergar al príncipe difunto y a su séquito durante sus viajes por el Nilo. En el camarote del mayor de los barcos y bajo el lecho estaban colocados dos cofres de cobre.
También había un grupo que representaba al poderoso señor sentado ante su casa: su hijo y heredero estaba en cuclillas a sus pies, mientras que a su lado cuatro secretarios se ocupaban de contar el ganado.
La costumbre de colocar en las tumbas figuras que representaran a servidores desapareció hacia mediados del segundo milenio antes de Cristo. Se sustituyó por otra más sencilla. El difunto era protegido por un sosias en miniatura, hecho de arcilla, madera o metal, habitualmente en forma de momia reposando en una caja de menores dimensiones. Se creía que este sosias desempeñaba el mismo papel que el difunto en el reino de los muertos.
Discriminaciones en el más allá...
A menudo, en las tumbas de los niños se depositaban sus juguetes. En sepulturas infantiles se han encontrado peonzas, muñecas de madera que podían mover los brazos y piernas, un cocodrilo de madera que abría la boca, etcétera; llevaban también consigo otros recuerdos menos agradables de su existencia terrena: en su tumba se colocaban los cuadernos de papiro y las pizarritas. Los ejercicios de caligrafía así conservados son de valor incalculable e indispensables para conocer la literatura egipcia, pues gran parte de ella ha llegado hasta nosotros a través de este vehículo.
"Todos somos iguales ante la muerte" es una máxima que los antiguos egipcios desconocían. No solamente existía una diferencia social, sino también religiosa, entre el rico, al abrigo de su tumba, protegido contra los chacales y demás alimañas del desierto, y el pobre, que no tenía dinero para embalsamar su cuerpo. Los restos de este último, enterrados sin sarcófago a un metro bajo las arenas del desierto, pronto eran víctimas del tiempo y no podían, por lo tanto, participar de la felicidad del más allá. Los menos acomodados trabajaban con ahínco para reunir el dinero que les permitiera unos funerales adecuados o para reservarse, al menos, un lugar en las tumbas colectivas que emprendedores contratistas hacían excavar en las rocas.
Esta preocupación era tan acuciante que algunos robaban piedras para construir su futura tumba.
Un acta jurídica, que data de más de tres mil años, cuenta así los delitos de un capataz: "Ordenó a sus hombres arrancar las piedras de la tumba del rey Seti II y con estas piedras levantó cinco pilares en su tumba. En otra, cogió dos ejemplares del Libro de los muertos —de los que esperaba servirse en el más allá-, y penetró en una tercera tumba para llevarse el lecho en que reposaba el muerto. Robó dos copas de incienso y de vino destinadas a la ofrenda funeraria del rey. En su casa se encontró un objeto de gran valor hurtado en la tumba de una reina". El relato nos muestra, además, que este