LA VIDA ÍNTIMA DE LOS EGIPCIOS
NARRATIVA Y LEYENDA
La literatura más antigua del mundo
Los egipcios todavía disponen de un tesoro de viejas leyendas que no se cansan de escuchar de sus narradores, leyendas que tienen mucha analogía con los célebres cuentos de Las mil y una noches. Pudiera creerse que los egipcios deben sus narraciones a los árabes que conquistaron el país, pero no es así. Dicha literatura se encuentra ya en sus antepasados.
El antiguo Egipto debió contar con una copiosa literatura, y los numerosos textos contenidos en papitos o grabados en piedra que han llegado a nosotros parecen confirmarlo. El historiador griego Diodoro de Sicilia alude a las bibliotecas de Menfis y de Tebas, rebosantes de papiros; y en tiempos de Julio César existía otra riquísima biblioteca en Alejandría, cuya tradición bibliográfica se mantuvo varios siglos después de la era cristiana. Se sabe que en el Imperio antiguo existía el cargo de "gobernador de la casa de los libros" y algunos arqueólogos han supuesto que se edificaron locales con salas de lectura. Platón alude también a unos himnos en honor de la diosa Isis, los textos de carácter religioso son numerosos y se han hallado fragmentos pertenecientes a diversos géneros literarios, poesía épica y lírica, sátiras, dramas religiosos, novelas y narraciones populares.
Durante el Imperio Antiguo, las composiciones ofrecen un carácter litúrgico o religioso, aunque no falten otras de lírica popular, como cantos de pastores y canciones de banquetes. Durante las dinastías IX y X, período de transición y de decadencia, predomina una literatura de carácter filosófico —Meditaciones de un sacerdote de Heliópolis— y pesimista, que se prolonga hasta comienzos del Imperio medio — Diálogo del hombre cansado de la vida con su espíritu, obra que recuerda el bíblico Libro de Job—. Es una época de depresión moral en que se habla de violencias y de miseria, del triunfo de la injusticia, de las vejaciones a que están sometidos los justos, que sólo esperan consuelo en la muerte, y de la impiedad que se generaliza. Se intuye una revolución social como trasfondo: el trastorno de jerarquías y valores humanos, la ruina de los nobles y el enriquecimiento de muchos plebeyos que ostentan con insolencia sus riquezas, a menudo mal adquiridas.
Con todo, el Imperio Medio fue la época de mayor florecimiento literario del antiguo Egipto. El idioma había llegado a un grado de madurez para el cultivo literario elegante, y apto para expresar con belleza toda clase de ideas y sentimientos. El estilo era cuidado y llegaba incluso a lo rebuscado y retórico. La expansión de la cultura a casi todas las clases sociales durante el período de florecimiento de la monarquía tebana dejó profunda huella en el país. Destaca entre otras obras narrativas la relación de las Aventuras de Sinuhé, príncipe egipcio que huyó de la corte por haberse enemistado con el rey y que se refugió entre los semitas de Siria, donde fue muy bien acogido, hasta que sintió la añoranza de su patria y regresó a ella. La poesía era también muy cultivada y se encuentran ejemplos notables de lírica amorosa, que expresa gran delicadeza de sentimientos y el papel importante desempeñado por la mujer en la sociedad egipcia. A la misma época pertenece La canción del arpista, que, en un festín, ensalza los placeres de la vida, en contraste con la incertidumbre del más allá.
El cultivo de la poesía se mantuvo con extraordinario vigor y brillantez durante el Imperio Nuevo, con gran variedad de manifestaciones, preocupándose de la corrección y de la belleza del estilo. A partir del reinado de Eknatón, y probablemente como consecuencia del movimiento ideológico que repercute en la religión, en el arte y en todos los órdenes de la vida, la inspiración se movió con amplitud, sin sujetarse a reglas
fijas y con pleno dominio del lenguaje y de los recursos literarios, produciendo composiciones rebosantes de bellas y poéticas imágenes, orientaciones que perdurarían posteriormente. Son notables los conocidos himnos religiosos de Tell el-Amarna — Himnos a Atón—, debidos muchos de ellos al propio faraón Eknatón, con acentos conmovedores e inspirados. Abundan también las composiciones panegíricas dedicadas a los soberanos, entre ellas La coronación de Hatsepsut, y el Poema de Pentaur — dinastía XIX—, dedicado a cantar las hazañas de Ramsés II en la batalla de Kadesh (1288 a. de C.), cuando, ante la desbandada de sus tropas que le abandonaron en cobarde fuga y le dejaron solo con Manna, su fiel escudero y dos oficiales, el faraón impetró el favor del dios Amón y obtuvo por mediación divina una gran victoria sobre sus enemigos, los hititas.
La narrativa egipcia es interesantísima y refleja el eco de antiguas leyendas: cabe citar aquí las de El náufrago y la serpiente, La historia del príncipe predestinado y Los siete años de hambre, que, entre otras muchas, podrían constituir una de las más curiosas antologías de la historia literaria.
El náufrago y la serpiente
Este cuento, una de las más antiguas leyendas egipcias, tuvo en otro tiempo tanto éxito entre la juventud como en tiempos posteriores la historia de Simbad el Marino. El propio héroe cuenta cómo partió en un gran navío hacia el país donde se hallaban las minas de cobre del faraón. "La tripulación —dice— se componía de ciento veinte mari- neros de Egipto, escogidos entre los mejores. Ni el león tenía un corazón tan valiente como el de estos marinos." Pero se levantó una furiosa tempestad, zozobró el navío y sólo quedó superviviente nuestro narrador. Pudo agarrarse a una tabla, y después de pasar tres días a la deriva fue arrojado a una isla donde había gran cantidad de frutas ex- quisitas, con las que el náufrago pudo apaciguar su hambre. "Pero de pronto —cuenta— oí un sordo bramido, como el de una ola gigante. Los árboles se inclinaron hasta el suelo, la tierra empezó a temblar y yo tuve tanto miedo que me cubrí la cabeza con las manos. Cuando eché una mirada en torno mío, vi una serpiente enorme que venía hacia mí. Su cuerpo brillaba como oro puesto al sol."
La serpiente asió al náufrago con la boca y lo llevó a su cueva sin hacerle ningún daño. Le habló amistosamente y dijo que debía permanecer cuatro meses en la isla, pues tal era el designio de los dioses. Si se resignaba paciente a su destino durante estos cuatro meses, vendría un navío de Egipto y volvería junto a su mujer y sus hijos.
Ante estas palabras, el marino se puso tan contento que prometió a la serpiente pedir al faraón que mandara a la isla un navío cargado con todos los tesoros de Egipto. La serpiente se echó a reír y le contestó: "No pueden darme nada de lo que deseo, pues soy el rey del Punt. Todos los odoríferos tesoros de este país son míos. Además, esta isla será tragada por el mar tan pronto la hayas abandonado".
Transcurridos los cuatro meses, como se le había anunciado, llegó a la isla un navío de Egipto. La amable serpiente se despidió del marino, le deseó un buen viaje y le ofreció un cargamento de mirra, aceite perfumado, canela, marfil, pieles, galgos, monos y muchos otros tesoros. Y el marino regresó a Egipto sin contratiempo.
Este relato es posterior al precedente, de hacia 1500 antes de Cristo. Se trata del maravilloso país de Mesopotamia, que los egipcios comenzaron a conocer en esta época gracias a las expediciones de Tutmosis III. Mesopotamia llegó a ser un país de leyenda, como lo fue la India para los hombres del siglo XVI. La historia del príncipe condenado se entronca, como veremos, con varias de nuestras leyendas populares. ¡Qué largo camino han tenido que recorrer antes de llegar a nuestro Occidente! He aquí el relato.
Había una vez en Egipto un rey que no tenía hijos y rogó entristecido a los dioses que le concedieran alguno. Al cabo de algún tiempo, éstos atendieron su ruego; luego enviaron tres hadas que contemplando al niño en la cuna decidieron su destino: "Morirá víctima de un cocodrilo, de una serpiente o de un perro".
Cuando el rey oyó la predicción, sintió temor por su hijo y decidió llevarlo a un lugar donde no pudiera sucederle nada de lo predicho. Hizo construir para ello una fortaleza en pleno desierto y encargó a algunos servidores de confianza que cuidaran que el príncipe no abandonara el castillo; así fue creciendo con toda normalidad y segu- ridad en el desierto.
Pero un día, el joven divisó a un hombre seguido de un galgo y preguntó a uno de los servidores: "¿Qué animal es ese que corre por el camino detrás del hombre?" "Es un galgo", respondió el servidor. El muchacho dijo entonces: "Haz de manera que yo pueda tener uno". El servidor acudió al rey y le expuso el deseo del príncipe. El monarca le respondió: "Busca un perrillo y llévaselo a mi hijo, para que su corazón no entristezca de pena". Y el príncipe recibió un cachorrillo, que fue creciendo a su vera.
Pero cuando el muchacho alcanzó su mayoría de edad, se cansó de vivir encerrado en su maravillosa mansión y mandó un mensajero con esta misiva dirigida a su padre: "¿Por qué me encierras aquí? Mi destino está ya señalado por las hadas. ¡Déjame, al menos, gozar un poco de la vida! ¡Los dioses obran como bien les place!" El rey accedió al deseo de su hijo, le dio un caballo, un carro y toda clase de armas y le dijo: "¡Ve adonde quieras!"
El príncipe se dirigió primeramente hacia la frontera oriental del imperio y de allí, a través del desierto, hacia el norte, seguido siempre de su fiel can. Por fin, llegó a Mesopotamia.
El soberano que reinaba en el país tenía una hija única de radiante belleza, para la que había mandado construir un palacio sobre una roca escarpada, a una altura de cincuenta metros. Después había convocado a todos los príncipes de Siria y les había hablado así: "Quien sea capaz de llegar hasta la ventana de mi hija, la recibirá en matri- monio". Todos los príncipes habían levantado sus tiendas de campaña en los alrededores del castillo de la bella princesa, intentando escalar hasta la ventana. Pero ninguno pudo llegar hasta allí: la roca era demasiado alta y escarpada. Un día, mientras intentaban probar fortuna como de ordinario, llegó allí nuestro príncipe de Egipto, caballero en su corcel y seguido de su fiel perro. Los príncipes saludaron al apuesto doncel y le preguntaron de dónde venía. Como no quería ser descubierto, respondió: "Soy el hijo de un oficial egipcio. Mi madre ha muerto y mi padre se ha vuelto a casar. Mi madrastra me odia y me ha obligado a abandonar la casa".
Los príncipes le invitaron a quedarse con ellos y le contaron por qué intentaban escalar la roca. Al oír estas palabras, el extranjero quiso probar fortuna y, ¡oh, maravilla!, llegó hasta la ventana de la princesa, que al verle quedó tan enamorada del apuesto joven, que le abrazó y le colmó de besos.
La incompleta historia del príncipe
A1 saber el rey que uno de los jóvenes había conseguido superar la prueba, inquirió ante todo de qué príncipe se trataba. El mensajero respondió: "El vencedor no es un príncipe, sino el hijo de un oficial egipcio a quien su madrastra ha expulsado de la casa paterna". El rey exclamó indignado entonces: "¡Cómo voy a dar mi hija a un fugitivo egipcio! ¡Devolvedle a su país!" Pero cuando los mensajeros quisieron obligar al joven a marcharse, la princesa se abrazó a él sollozando: "¡Por Ra-Harakte! Si me lo quitáis, no comeré ni beberé nunca más. Me dejaré morir".
A1 enterarse de ello, el soberano ordenó a sus soldados que ejecutasen al joven en presencia de la princesa. Pero ella exclamó decidida:
"Si le matáis, me mataré yo también antes que se ponga el sol. No quiero sobrevivirle”. En vista de ello, el rey se vio obligado a otorgar su consentimiento para el matrimonio. El príncipe de Egipto se desposó con la bella princesa y el padre de ésta ofreció a la pareja un palacio, esclavos, tierras y otros muchos obsequios.
Después de la boda, el príncipe reveló el secreto de su vida a su joven esposa: "Estoy sentenciado a morir víctima de un cocodrilo, una serpiente o un perro". "Entonces —replicó la princesa—, ¿por qué conservas siempre contigo a tu perro? ¡Mátale!" "No —respondió el príncipe—, no quiero matar al fiel perro que me regaló mi padre cuando era todavía un cachorrillo." Pero desde aquel día la princesa sufrió constantemente por su marido y no le abandonaba un solo momento.
Pasado algún tiempo, regresó a Egipto con su joven esposa. El perro del príncipe les acompañaba. Una tarde en que el príncipe quedó dormido, una enorme serpiente entró en su habitación con ánimos de atacarle, pero la esposa despertó y ordenó a sus servidores que trajeran una vasija llena de leche para el reptil; bebió tanta, que al cabo ya no pudo moverse y la princesa la mató con un puñal. En seguida despertó a su marido, que se admiró al ver el cadáver de la serpiente junto a él. Su enamorada esposa exclamaba: "Los dioses te han hecho más fuerte que uno de sus decretos de muerte, y del mismo modo ocurrirá con los otros".
La princesa ensalzó las divinidades y les ofreció presentes.
En otra ocasión, el príncipe paseaba por sus tierras con su fiel perro. De repente, éste sorprendió unas piezas de caza y se lanzó en su persecución, seguido del príncipe. Corriendo, llegaron hasta las orillas del Nilo, donde un enorme cocodrilo devoró al príncipe mientras una voz resonaba: "Yo soy el destino fatal que te persigue..."
El papiro no dice más, por lo que nunca sabremos de qué modo escapó el príncipe a su trágico destino, pues es indudable que el relato tiene un desenlace feliz.
Siete años de hambre
Esta leyenda aparece grabada en jeroglíficos sobre un bloque de granito en la pequeña isla de Sehail, situada junto a la primera catarata y célebre por sus centenares de inscripciones rupestres. Se trata de una inscripción que data de la época tolemaica, aunque es posible que la leyenda, en su forma original, sea todavía más antigua. Los sucesos que en ella se desarrollan debieron producirse en tiempos de las primeras dinastías, hacia el año 3000 antes de Cristo, y recuerda en cierto modo los años de hambre que afligieron a Egipto en la época de José, hijo de Jacob.
Esta catástrofe de carácter nacional se debió a que las aguas del Nilo estuvieron siete años sin salirse de su cauce. El faraón remitió al gobernador de Nubia, que residía
en la isla Elefantina, un mensaje en que se hace referencia a la terrible plaga: "Mi corazón está triste; pues el grano falta; no hay legumbres y todos los artículos necesarios para la alimentación de los hombres se han agotado. Todo el mundo roba a su vecino: las gentes tratan de huir, de emigrar, pero ni siquiera tienen ya fuerzas para moverse. El niño llora de hambre, el adolescente se arrastra miserablemente y los ancianos están abrumados por la desesperación. Sus piernas no pueden sostenerlos, caen agotados, y en su dolor se oprimen los hinchados vientres. El hambre hace de los funcionarios unos seres impotentes y ni siquiera son capaces de proporcionar consejos a nadie. Todo se precipita hacia la ruina. ¿Qué puedo hacer? Decidme: ¿Es que se han secado las fuentes del Nilo? ¿Qué divinidad cuida de ellas? Porque es siempre el Nilo el que llena las trojes de grano".
El gobernador acudió a entrevistarse con el rey y le ayudó a consultar los libros sagrados de los templos, en donde estaba escrito que el Nilo nacía entre dos grandes rocas de la isla Elefantina y que el dios protector del nacimiento de sus aguas se llamaba Khnum; los propios isleños le habían erigido un templo en donde recibía las ofrendas de quienes aspiraban a obtener sus favores. Apenas lo supo el faraón, se dirigió al templo de Khnum, ofreció presentes a la divinidad y elevó sus preces y oraciones. Khnum fue desde entonces propicio al faraón y se le apareció para manifestarle que había enviado aquella plaga de hambre porque descuidaban en demasía su culto.
"Desde ahora —añadió— voy a hacer que las aguas del Nilo crezcan y sean abundantes siempre. Saldrán de madre y cubrirán el país entero; las plantas, matorrales y árboles ofrecerán sus frutos y se multiplicarán mil veces. El pueblo quedará absolutamente saciado, y los graneros se llenarán de nuevo; el país de Egipto se dorará con las maduras cosechas y la tierra será fértil como nunca."
En agradecimiento por esta promesa, el faraón ofrendó muchas v extensas propiedades al templo de Khnum y obligó a todos los campesinos, pescadores y cazadores a pagar al santuario determinados impuestos en especies. Además, el faraón envió ricos presentes: oro, marfil, ébano, incienso y piedras preciosas, todo ello muy bien acogido, por supuesto, por parte de los sacerdotes del templo.
La poesía egipcia
De estilo completamente diferente al nuestro, se asemeja a las composiciones rítmicas de los hebreos, al paralelismo métrico tan característico de los Salmos de David y del Cantar de los Cantares, de Salomón. Desde la época del Imperio Medio, la poesía empezó a amoldarse a una técnica peculiar, conservándose un papiro de la época de Ramsés II, que ofrece, a tal respecto, una importancia capital, la que se refiere precisamente a una discusión literaria relativa a términos técnicos y a expresiones del lenguaje, similar a las que todavía preocupan hoy a nuestros críticos. Se trata de una crítica a un mal poema que hace un maestro de esta noble arte poética: "El poema está sobrecargado de frases pomposa... Las descripciones del lugar de la acción no son auténticas y en seguida se percata uno que el autor ni siquiera ha puesto los pies allí". Y resume su crítica con estas palabras: "Este escritor no comprende el arte de la poesía; presume de talento, pero sus pensamientos son mezquinos y el poema da una clara impresión de falsedad. La obra está llena de errores".
La más antigua poesía egipcia que conocemos es un cántico al trabajo que fue canturreado por los pastores, portadores de parihuelas y remeros. Todavía hoy, cuando el campesino conduce sus bueyes o realiza otro trabajo ligero, entona las mismas
monótonas melopeas que se cantaban hace cinco mil años con ese melancólico y gangoso son tan característico de los pueblos de Oriente.
Estos antiquísimos cantos al trabajo los hallamos en las tumbas, en donde fueron grabados para explicar los textos. He aquí lo que se lee bajo la figura de un labrador:
¡Un día encantador!
El aire es fresco y los bueyes trabajan. El cielo ostenta un maravilloso color azul. Trabajemos para el soberano.
Y durante la siega, el campesino egipcio canta a sus bueyes:
Arre, arre,