MESOPOTAMIA, PAÍS ENTRE RÍOS
UR, CIUDAD-ESTADO
La ciudad del patriarca Abraham
Se tiene cierta propensión a presentar al patriarca Abraham, que a la voz de Yahvé abandonó Ur de Caldea y partió hacia el país de Canaán, como un jefe nómada primitivo.
Las excavaciones efectuadas en Irak por Leonard Woolley, en 1927 y 1928, han demostrado que Ur, la ciudad de Abraham, no obstante sus chozas de arcilla, alojaba espléndidamente a una gran parte de su población y llegó a tener importancia mundial. En su mejor época, en la III dinastía, la ciudad abarcaba más de 15 kilómetros cuadrados y sus barrios residenciales eran semejantes a los de una ciudad oriental de nuestra época: calles estrechas para el tránsito de peatones y asnos, flanqueadas por casas —al menos las de la burguesía acomodada— espaciosas y confortables, que frecuentemente constaban de diez o doce pisos. Cada edificio estaba construido alre- dedor de un patio cuadrado embaldosado, con un surtidor en medio, una escalera conducía a una galería-balcón que rodeaba al patio por sus cuatro costados y que daba acceso a las habitaciones, cubiertas con ramas de sauce, o con arcilla cocida; el tejado sobresalía por el patio para proteger también la galería.
Posiblemente, Abraham habitaba una mansión de este tipo antes de abandonar Ur con la familia y todos los esclavos. De haber sido así, su casa no habría tenido nada que envidiar a la de un griego o un romano acomodado de casi dos mil años más tarde.
Algunas mansiones poseían una pequeña cámara funeraria o una cueva con cúpula para depositar sus difuntos. Parece ser que estas criptas se llenaban en seguida, por lo que entonces no quedaba a la familia más remedio que construir una nueva casa para colocar a los muertos. Quizá por esta razón eran tan extensas las ciudades.
Esplendor urbano de Ur
Ur poseyó, sin duda, un puerto con bodegas y edificios comerciales, pero hasta el presente se sabe muy poco sobre ello; en cambio, se saben muchas cosas acerca de sus templos.
El de Ur se levantaba en medio de la ciudad y estaba construido según el modelo tradicional de los templos sumerios. En el atrio, formado por una gran plataforma, se levantaban diversos templos secundarios y otros edificios. Después de atravesar este atrio, se llegaba a otro plano más elevado, en donde con todo su esplendor aparecía la torre sagrada o zigurat. La base de estos zigurat tenía una longitud de cerca de 70 metros y una anchura de 50, constaba de tres pisos y su altura total era de unos 23 metros. El primer piso tenía una altura de casi 17 metros, con terrazas abiertas a los cuatro lados; el piso siguiente era de menor dimensión y en sus terrazas se plantaban árboles y flores37. En el piso superior se levantaba un pequeño templo, de una sola sala,
consagrada al dios lunar Nannar, divinidad tutelar de Ur.
Zigurat de Ur, reconstrucción.
Desde el entresuelo, tres escaleras de cien peldaños cada una conducían al primer piso, donde convergían en una portada monumental; la escalera continuaba hasta la cima. Por esas mismas escaleras se llegaba a las terrazas y desfilaban las procesiones en honor del dios Nannar. Con hábitos de todos los colores y cargados los brazos con 37Este método de construcción, aplicado tanto a los templos como a los palacios, perduró
durante mil quinientos años, hasta la Babilonia de Nabucodonosor, y fue el origen de los famosos jardines colgantes.
ofrendas, los sacerdotes avanzaban a lo largo de las escalinatas guiados por el rey, al son de las arpas y otros instrumentos; la población podía seguir la ceremonia a distancia.
Hay un cierto parecido entre este espectáculo y el sueño de Jacob: ángeles que suben y bajan por una inmensa escalera que conducía al cielo (Génesis 28,12).
Todavía no es posible saber qué influencias religiosas fundamentan esta manera de construir templos. Quizás fueron las mismas que inspiraron la construcción de las pirámides de Egipto y los templos precolombinos americanos. Quizás exista cierta relación con el culto al Sol y a la Luna, pero en lo que concierne a los sumerios, acaso haya que buscar la explicación en sus orígenes montañeses. Muchos pueblos de la Antigüedad colocaban en ciertas montañas la morada de sus dioses, y algunos incluso les tributaban culto en la misma cima de tales montañas sagradas. En varios bajorrelieves sumerios, los dioses están representados en la cumbre de un morro.
Los templos de Ur y de otros lugares nos han dado una idea muy clara del nivel cultural de los sumerios, de su ingenio, de su arte y de sus riquezas.
Woolley descubre unas tumbas reales
Y sin embargo, todavía se han hecho descubrimientos más importantes. En 1926-1927, la expedición de Woolley descubrió las tumbas reales de Ur, que él creyó posible datar entre 3000 y 2700 años antes de la era cristiana. Hallazgos más recientes parecen acercarlos dos o tres siglos.
Se trataba de una necrópolis relativamente grande, con tumbas colocadas unas debajo de otras hasta seis hileras. Los sepultados eran nobles y ciudadanos ordinarios indistintamente; las tumbas más lujosas ya habían sido saqueadas en la Antigüedad, quizá cuando todavía los enterramientos eran recientes.
En dos de estas tumbas yacían presumiblemente un rey y una reina. En el sepulcro del soberano Adaragui habían entrado a saco, pero el de la reina permanecía intacto cuando los arqueólogos penetraron allí. Éstos encontraron en un pozo situado en la parte exterior de la tumba gran cantidad de restos de seres humanos y animales sacrificados con los difuntos.
La espalda de la reina Subad estaba recubierta de aderezos de oro y piedras preciosas, se cubría con una espesa peluca rodeada por una cinta de oro y en la frente llevaba una maravillosa diadema. En la cinta había tres cadenas, una de las cuales, formada por pequeños anillos de oro, descendía sobre la frente, la segunda era de hojas de haya y la tercera, de sauce, todas ellas de oro puro.
Basándose en los cráneos descubiertos, un hábil especialista pudo modelar con la colaboración de un antropólogo la cabeza de una mujer sumeria. El aderezo de Subad estaba tan bien conservado, que pudo colocarse en el modelo, con lo que podemos imaginarnos a la reina en todo su esplendor.
A la cabeza y a los pies de esa gran dama yacían dos mujeres; el sepulcro encerraba, además, numerosos objetos usuales y adornos de oro, plata, cobre, piedras preciosas y madera.
En el exterior de la tumba, en el pozo ya citado, se encontraron numerosas ofrendas: coches tirados por asnos o bueyes con sus conductores, un par de cabezas de animales de plata, procedentes de algún trono; platos, cántaros y armas. Sin olvidar las damas de compañía, los guardias de corps y los servidores de la reina. Las mujeres, nueve en total, estaban, medio sentadas, medio acostadas, contra el muro de la cripta y todas llevaban aderezos casi tan ricos como los de Subad.
El problema de los sacrificios humanos
El problema más importante que plantean estas tumbas es el de los sacrificios humanos. Abargi había recibido el sacrificio de más de sesenta hombres, y Subad, de unos cincuenta.
"No se conoce ningún documento —observa Woolley— que haga alusión a estos sacrificios humanos. Los arqueólogos no han encontrado ninguna otra huella de costumbre parecida ni ninguna supervivencia en época más tardía. Si estos sacrificios se quisieran explicar por la divinización de los primeros reyes, se ha de hacer constar, por otra parte, que en este período histórico ni las mayores divinidades exigían tal ofrenda." Parece ser que las víctimas no eran esclavos, sino cortesanos distinguidos que seguían a su rey o a su mina a la tumba, pues en las de sus súbditos no se encuentran sacrificios. Es probable que la explicación sea ésta: los reyes eran considerados como dioses que, a su muerte, pasaban sencillamente del mundo terrenal al mundo de los otros dioses; poderles seguir era, pues, un privilegio. Como en otras religiones, el ser sacrificado a los dioses era una suerte envidiable.
La posición de los sacrificados prueba que morían con cierto placer. Los aderezos de las mujeres están incólumes, y ello demuestra que las víctimas no resistieron a la muerte ni conocieron la agonía de ser enterrados vivos. Woolley cree que entraban en procesión en la tumba, se acostaban en la actitud prescrita y tomaban algún veneno de efecto muy rápido, quizás opio o hashish; luego, dirigidos por el maestro de ceremonias, sus deudos u otras personas, daban una última mano a los menores detalles, para dejarlo todo en orden. Los coches, el equipaje y la presencia de soldados y damas de la corte in- dican que pensaban que los reyes partían para un largo viaje, a cuyo término establecían su nueva morada. Pero no todos los investigadores piensan, como Woolley, que las tumbas por él descubiertas son tumbas reales. Algunos opinan, más bien, que Abargi — cuyo nombre no figura en las listas dinásticas— y Subad no eran de sangre real, sino dos personas que desempeñaron el papel de dioses en una fiesta de la fecundidad celebrada en el zigurat.
Una teogonía naturalista
Los sumerios veían el origen de todas las cosas en dos principios (o fuerzas) opuestos: Apsu, principio masculino, origen del bien, y Tiamat, principio femenino, origen del mal. Apsu era el padre del mar y de los planetas, mientras que Tiamat era la madre del barro y de los monstruos. Los dos estaban representados por el agua; en efecto, para los sumerios, el mar, los ríos —y los canales formaban la primera condición para la vida.
De la unión de ambos principios nacían los dioses. Primero, el dios del cielo y la diosa de la Tierra, que tuvieron tres hijos: Anu, el más grande de los dioses propiamente dichos, que reinaba en el cielo; Ea, que reinaba en el mar, y Enlil, que reinaba en la Tierra. Ea creó al hombre del barro, pero como Enlil era el dios de la Tierra, Sumer y toda la humanidad estaban colocados bajo su poder.
Las tres divinidades habían creado también el Sol, la Luna y las estrellas; los distintos dioses estaban asociados a los cuerpos celestes, idea que fue adoptada por civilizaciones posteriores. El planeta que recibió más tarde el nombre de Venus (o Afrodita), la diosa del Amor entre los romanos (o entre los griegos), estaba ya asociado
entre los sumerios a su diosa del Amor, Istar. Fueron también los sumerios los primeros que introdujeron las divisiones cronológicas que utilizamos actualmente y dieron nombre a los días según los dioses.
Sin Enlil, príncipe de cielos y tierra,
ninguna ciudad sería edificada, ni establecimiento fundado; ni establo construido, ni aprisco instalado;
ningún rey sería proclamado, ni sumo sacerdote nacido; ni pontífice, ni gran sacerdotisa sería escogida
por aquella que predice el porvenir;
los trabajadores no tendrían dueño, ni capataz; los ríos no saldrían de madre;
los peces del mar no depositarían sus huevos en el juncal; las aves del cielo no construirían sus nidos en la ancha tierra; en el cielo, las nubes vagabundas no darían humedad;
ni plantas, ni hierbas, gloria del campo, podrían crecer;
ni en campiña o pradera, los ricos cereales no podrían florecer; los árboles plantados en el boscoso monte no darían frutos.
Enlil, descontento de los hombres y con la aprobación de los demás dioses, decidió castigarlos por sus pecados, enviándoles una terrible inundación. Pero Ea, dios del mar, era contrario a este castigo y advirtió a su amigo Utanapishtim, quien construyó un barco que pudo salvarles a él, a su familia y a sus animales. Luego, los demás dioses se arrepintieron de haber desencadenado el diluvio y se congratularon que el género humano hubiera podido sobrevivir, a la inundación.
Vida terrena y ultraterrena
Los sumerios tenían una idea muy sombría de lo que les esperaba después de la muerte. El hombre, en forma de espíritu, sobrevivía, más en algún lugar, en donde reinaba el dios Nergal, asistido de un grupo de espíritus maléficos. En estos infiernos tenebrosos y fríos erraban los espíritus de los difuntos, vestidos de plumas y alimentán- dose de barro y polvo.
Nadie alcanzaba la dicha después de la muerte. Por eso los sumerios rendían culto a sus dioses sin otra esperanza que lograr bienes terrenales, como la riqueza y la salud. Su fe implicaba, sin embargo, algunas obligaciones morales: el que quería alcanzar el favor de los dioses para vivir felizmente en la Tierra, no debía cometer pecados.
En todas partes existen, al lado de la religión oficial, otras concepciones y mitos más populares. Los sumerios no fueron una excepción a la regla, y tales mitos encontraron forma poética en las leyendas surgidas en torno a los hechos de sus héroes, semejantes a dioses. El más conocido de ellos fue Gilgamesh, quien trató de robar a los dioses los frutos del árbol de la Vida para ofrecerlos a los hombres y hacerlos así inmortales. Desgraciadamente, fracasó en su tentativa.
Ya en vida, la mayor parte de los reyes eran considerados como dioses. Éste fue el caso de Gudea, que, en teoría, no era más que un gobernador a las órdenes del rey de los guti, pero de hecho era rey independiente en Lagash. En la consagración del gran templo de Ningirsu, Gudea se declaró hijo de Anu, dios del cielo. Documentos de la época relatan esta ceremonia. Lagash entera vivió una semana dedicada a celebrar
orgías frenéticas, forma habitual entre los pueblos primitivos de festejar a sus dioses de la fecundidad.
Los mitos y leyendas que surgieron posteriormente ganaron en variedad y en profundidad respecto a la doctrina primitiva y dieron tema a unos poemas religiosos de gran belleza.
EL PRIMER CÓDIGO DE LA HISTORIA