del campo de la salud pública en tiempos postmodernos
1. La crisis en los campos del saber
1.1.2. La crisis moral y el descrédito de la ciencia
Por otra parte, las dos guerras mundiales fueron el inicio de una gran crisis moral de la ciencia que contribuyó enormemente a su descrédito social. El uso perverso de los descubrimientos científicos (las propuestas eugenésicas, la antropología y la medicina racistas, los desvaríos nazis, las dos bombas atómicas, Vietnam, etc.) generó desconfianza hacia la ciencia y su tecnología. La fe en el progreso indefinido de la humanidad a lomos de la ciencia que la Ilustración había predicado sufrió una crisis de sentido. No obstante, a ese lado oscuro de la ciencia también hay que añadir muchos avances positivos (desde la llegada a la luna a los éxitos de la biomedicina o la farmacopea o el aumento de la calidad de vida en general, etc.) que han supuesto un refuerzo de la legitimidad social del campo científico. Y actualmente, el progreso ha aumentado los riesgos y peligros pero la mejora de las condiciones de vida no es tan universal como se prometía: las desigualdades, el hambre, las guerras y otros problemas sociales siguen creciendo. Con todo ello se ha generado una situación ambivalente, con resultados positivos y negativos. La fe en la ciencia pierde fuerza, se relativiza. Pero no porque se ponga en duda el avance de los conocimientos sino por- que se frustra la idea de que más conocimiento sea igual a más progreso y de que ese
progreso sea algo positivo y éticamente aceptable. Es decir, el debate ético-político se instala, con importantes consecuencias, en el campo de los saberes científicos. Y esta dinámica político-científica se ha intensificado de manera creciente en la postmoder- nidad por las implicaciones éticas de los nuevos avances de la biotecnología y las TIC.
1.1.3. Una crisis filosófica de la ciencia
A partir de los años 70, de manera paralela y convergente con la revolución tecnoló- gica, se produce uno de los debates científicos de mayor calado filosófico y riqueza teórica en la historia de la ciencia. La crisis científico-filosófica que introduce la postmodernidad está muy por encima de cualquiera de las grandes controversias científicas a lo largo de la historia, tales como la ruptura de Copernico y Galileo con el sistema geocéntrico de Ptolomeo o la polémica entre paracelcistas y galenistas en la historia de la medicina61. Al fin y al cabo, Galeno, Paracelso, Vesalio, Galileo, el Cardenal Belarmino62... hablaban el mismo lenguaje (Beltrán, 2006). Todos ellos compartían el mismo sistema epistémico, independientemente de que unos, como Galileo y los médicos renacentistas, fundamentaran la verdad de sus creencias en las evidencias que proporcionaba la observación empírica a través del telescopio o de las autopsias y otros, como Belarmino, apelaran a las Sagradas Escrituras, en tan- to que verdad revelada por Dios, como fuente de toda evidencia. O a las sagradas escrituras hipocráticas, ya que al fin y al cabo, el Corpus hipocraticum, asumido prác- ticamente hasta la última letra por Galeno, era también una sagrada escritura63. Belarmino y Galileo discrepaban acerca de cuál de los metarrelatos en juego era el más válido. Los postmodernos, en cambio, niegan la mayor y afirman que ningún
61 Básicamente, la medicina renacentista choca con la larga tradición del galenismo porque sustituye la deducción y la analogía por la observación directa de la anatomía (autopsias) y porque desplaza la teoría humoralista por un «enfoque químico» de la mirada médica.
62 El Cardenal Belarmino fue el representante de la Iglesia en la disputa con Galileo.
63 Frente a estas nuevas formas de ver y de hacer, el paradigma hegemónico tradicional (el galenismo) reaccionó, como no podía ser de otra forma, contra Vesalio. El que había sido su profesor en París, Jacques Dubois (conocido como Silvio) lo llamó «calumniador, impío, ignorante, desvergonzado» y otros insultos (López-Piñero, 2001, p. 102). Para su críticas, Silvio adujo que los errores de Galeno no eran tales, sino que se debían a que la naturaleza humana ha- bía cambiado desde los tiempos clásicos. ¡Esto es agarrase a un paradigma! Aquí se puede ver la fuerza de los pa- radigmas y la resistencia a abandonarlos.
relato es más válido que otro. Como ya vimos, se niega la validez misma de los grandes relatos o explicaciones del mundo y con ello se pone en cuestión la propia noción de paradigma. Y esto constituye, precisamente, el gran envite que el pensa- miento postmoderno ha planteado a la ciencia y al conocimiento. El filósofo francés Jean Francoise Lyotard, con la publicación en 1979 de La condición postmoderna64,
lanzó uno de los disparos más certeros en un debate –aún abierto– que ha sido calificado como las «guerras de la ciencia». La condición postmoderna trajo consigo una crisis del conocimiento, de los saberes o, en palabras de Lyotard, el «fin de los metarrelatos». La tesis principal de Lyotard y los demás pensadores postmodernos (Baudrillard, Foucault, Derrida, Deleuze, Vattimo, Rorty, etc.) se centra en la impo- sibilidad del conocimiento objetivo; todo conocimiento es subjetivo, interpretativo,
situado y de validez únicamente local. Esto supone un rechazo de las generaliza- ciones científicas y de las teorías totalizadoras o unitarias para explicar el mundo. No existen procedimientos universalmente válidos para determinar la validez de las proposiciones científicas. Todo conocimiento depende de unas condiciones sociales de producción específicas y no existe conocimiento que no esté vinculado a algún «régimen de poder» (Foucault, 2005). La ciencia sufre una crisis de legitimación. Si los grandes relatos ya no valen, los avances científicos requerirán de consensos, lo que supone una situación paradójica porque los consensos, por definición, no son creativos (Lyotard, 2006) y por tanto ralentizan los avances. Lo único que queda son jugadas de lenguaje.