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El problema de la superpoblación mundial

In document Salud pública en tiempos postmodernos (página 163-167)

del campo de la salud pública en tiempos postmodernos

PATRONES EPIDEMIOLÓGICOS

4. Las transformaciones en el eje «población-territorio»

4.1. El problema de la superpoblación mundial

La biosfera ha sido forzada más allá de su capacidad para contener humanos.

Brian Fagan

La revolución industrial supuso un importante cambio en la tradicional relación entre producción y población. Hasta ese momento, en todas las sociedades humanas, un incremento de los rendimientos de la producción iba acompañado de un relativo crecimiento poblacional. A más comida, más gente104. Éstas eran, simplificando, las

104 Independientemente de que, por otro lado, las altas tasas de mortalidad general y mortalidad catastrófica (guerras, epidemias) mantuvieran las poblaciones a un ritmo de crecimiento natural o vegetativo muy bajo.

hipótesis que, entre otros, Karl Marx o Thomas Malthus, barajaban en el siglo xix para analizar, aunque desde puntos de vista muy distintos, la evolución poblacional. La ley de Malthus, además, postulaba que la población siempre crece de manera geométrica mientras los recursos tienen un crecimiento aritmético, lo que, a la larga, llevaría a una situación catastrófica de extrema pobreza. Ambos se equivocaron. Lo que ocurrió fue un fenómeno radicalmente nuevo: los incrementos productivos y las nuevas formas de vida y valores culturales a los que dieron lugar, (incluidos los nuevos modos de contracepción), generaron un aumento sin precedentes del nivel de vida que, a medio plazo, no fue acompañado de un aumento sino de una disminución de las tasas de natalidad. Pero además, las nuevas condiciones sociales de existencia conllevaron un notable descenso de la mortalidad. Ambos fenómenos combinados en el tiempo fueron los responsables de la denominada «explosión» demográfica, una de las fases más marcadas de la transición demográfica (Pressat, 1987)105.

Ni Malthus ni Marx fueron capaces de hipotetizar el descenso de la natalidad por- que analizaron el nuevo fenómeno industrial a la luz de evidencias, marcos teóricos y conceptualizaciones preindustriales. Por ejemplo, no tuvieron en cuenta el impor- tante papel de la tecnología. Sin embargo, al analizar la evolución del crecimiento poblacional desde entonces, sí podemos extraer la conclusión de que la extensión a nivel global de un mayor desarrollo social, económico y político tendería a la au- torregulación de las poblaciones mundiales. Y, de hecho, así ha ocurrido: a medida que otras zonas del planeta se han ido desarrollando han adoptado patrones demo- gráficos similares a los de los países desarrollados. Este hecho pone de manifiesto y refuerza, una vez más, que la evolución natural del ser humano es la evolución cultural. Las gacelas o los bonobos regulan sus poblaciones en función directa de la disponibilidad de alimentos; los seres humanos no106. La transición demográfica supuso un punto de intensificación en el proceso de selección cultural que guía la evolución de la especie humana porque permitió a la humanidad duplicar su espe- ranza de vida en un corto periodo histórico.

105 Es evidente que el descenso de las tasas de natalidad se produjo a un ritmo más lento que el descenso de las ta- sas de mortalidad. Este desfase temporal, unido a una notable mejora de la salud pública, fue lo que permitió la «explosión» demográfica.

106 Desde el neolítico funcionó relativamente lo de «a más comida (producción), más gente», desde la revolución in- dustrial ya nunca volvería a ser así.

Sin embargo, a pesar de que los temores de Malthus no se cumplieron, el tipo de crecimiento poblacional, su distribución de acuerdo a la mundialización de la economía que generó la revolución industrial y su constante incremento desde entonces hasta la actualidad nos ha llevado a una situación difícil en términos de ecología humana. El número de seres humanos sobre la superficie del planeta es hoy muchísimo mayor que en cualquier época anterior. Desde el inicio de los primeros Estados, hace unos 4.000 años, hasta la era cristiana la población pasó de 85 a 225 millones aproximadamente (Harris, 1997). A principios del siglo xviii había en torno a unos 650 millones de habitantes en la Tierra (Livi Bacci, 2008); en la actualidad su número supera los 6.700 millones (ONU, 2007). ¡Diez veces más en solo dos siglos!

Y estas tendencias se incrementarán en el siglo xxi, que avanza hacia un patrón demográfico global. Según estimaciones de la ONU, para el año 2050 se prevé un crecimiento poblacional de unos 2.500 millones, lo que situará la población mundial en unos 9.200 millones de personas (ONU, 2007). Otras previsiones su- peran bastante esa cifra107. En cualquier caso, sea cual sea la cantidad, este fuerte crecimiento se producirá sobre todo en las áreas del planeta menos desarrolladas, para las que se espera una población en torno a los 7.900 millones a mediados de siglo. En las zonas más desarrolladas la población se mantendrá alrededor de unos 1.200 millones, debido a la migración neta desde las áreas menos desarrolladas, que se prevé tenga un flujo anual de unos 2.300.000 personas a partir de 2010. Las poblaciones de las sociedades desarrolladas tienden a un estancamiento de su crecimiento (no superan la tasa de reproducción o de reemplazo). Sin embargo, los pobres, necesitan invertir en muchos hijos como estrategia de supervivencia presen- te y futura de los padres, de las familias, de los grupos sociales. Resulta evidente que esta desigual distribución del crecimiento poblacional en el planeta conllevará importantes problemas político-estratégicos. Avanzamos, por tanto, hacia una situa- ción de superpoblación global políticamente problemática y difícilmente sostenible en términos ecológicos.

107 Aquí nos encontramos también el problema de la construcción social de los datos: todas las proyecciones mane- jan un conjunto de hipótesis (y las hipótesis se basan en marcos teóricos, en miradas paradigmáticas) lo cual ge- nera variedad de interpretaciones acerca del «futuro». Cualquier proyección científica conlleva siempre algo de arte adivinatoria.

En perspectiva global, y a pesar del incremento de las desigualdades en el mundo, la humanidad ha conseguido que casi todos sus nacimientos sean váli- dos, que las personas vivan más tiempo y mejor y que los que enferman sanen con una mayor probabilidad. Sin embargo este dato positivo es un arma de doble filo que plantea un serio riesgo: morir de éxito reproductor. Pero no solo por el número absoluto de individuos humanos poblando el planeta (ya en sí problemático), sino porque esas personas han adoptado patrones de consumo devastadores a nivel medioambiental. Una espiral de hiperconsumo «social» (ostentoso) extendido a nivel global que se acerca peligrosamente a los límites de la insostenibilidad. La tensión entre calidad de vida e intensificación produc- tiva tiende, por tanto, a ser explosiva. Si el ritmo de crecimiento no se controla, y aunque se haga, planteará la necesidad de intensificar aún más el sistema productivo. Los dos caminos posibles son inciertos. Uno, continuar esquilman- do el 40% de la masa terrestre del planeta aún virgen (Silver, 2007) hasta el agotamiento final; el otro, incorporar la biotecnología al proceso de producción agrícola y cárnica, y a la creación y perfeccionamiento de piscifactorías. En am- bas direcciones estamos caminando en estos momentos. Pero, ¿son estas ten- dencias sostenibles? Probablemente no sin un esfuerzo paralelo por contener la superpoblacion global en el siglo xxi.

La población, la razón de ser de la salud pública desde sus inicios, deviene pro- blemática en el siglo xxi. La gran paradoja para la salud pública contemporánea radica en que la «población» se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo para la salud de las poblaciones. A semejante realidad tautológica nos ha llevado el desarrollo económico y social, especialmente la mejora de las condiciones de vida, la mejor atención a la salud y al bienestar y el extraordina- rio crecimiento de la esperanza de vida de la especie humana. Y, por tanto, una manera de asegurar la salud de las poblaciones será, precisamente, controlar y reducir esas poblaciones. Lo que supondría un enorme giro histórico en la tradi- cional filosofía pronatalista de la salud pública: pasar del descubrimiento de la población como recurso, al descubrimiento de la población como problema. Esto supone una crisis de las ideas mercantilistas poblacionales en vigor desde el siglo xvii que defendían el crecimiento de la población como garantía de la riqueza de las naciones. Hoy, el exceso de población podría ser contraproducente para la especie en términos globales.

4.2. La creciente heterogeneidad poblacional:

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