del campo de la salud pública en tiempos postmodernos
PATRONES EPIDEMIOLÓGICOS
3.4. Las tribulaciones emocionales narcisistas
Es la falta de amor la que llena los bares.
La cabra mecánica
La psique, sus problemas y su relación con los estados de salud había permanecido has- ta ahora como territorio por explorar a fondo para la biomedicina, a pesar de una larga tradición médica que reconocía la importancia de la mente para la salud del cuerpo (la vieja medicina hindú, la medicina griega o el propio Avicena, que tanto insistió en la importancia de la estabilidad psíquica para la buena salud y que fue ignorado durante casi mil años). La medicina occidental, hasta que Freud abrió la puerta a principios de siglo xx, no entró de lleno en ello. Hoy, la biomedicina se ha lanzado a la conquista de la dimensión «psi» del sujeto. Tanto, que la mayor parte de los trastornos psíquicos tratados en la actualidad son de tipo narcisista, es decir, tribulaciones emocionales
de sintomatología difusa, sensaciones emics de malestar, que se manifiestan como desordenes imprecisos e intermitentes y que no encajan bien en la matriz biomédica. Las principales causas de esta situación tienen que ver con el modo y el ritmo de vida contemporáneo (Teghtsoonian, 2009). La flexibilidad (o inestabilidad) moderna, espe- cialmente la laboral, sitúa al individuo en un espacio de inseguridad permanente que genera ansiedad y estrés y conduce a la corrosión del carácter (Senett, 2006)99. Pero también el aumento de las exigencias individuales en pos del bienestar total hace que los grandes continentes inexplorados de la psique y de la subjetividad narcisista cobren un nuevo sentido. Estas aspiraciones, muchas veces frustradas, han hecho florecer una cultura de la victimología que genera neurotismos (Bruckner, 2005) que agrandan sin fin, con razones o sin ellas, el umbral de estas desesperaciones variadas. La crisis de las identidades de género, uno los géiseres más activos en la generación de malestares psi, también contribuye significativamente a la intensificación de estos estados de entropía difusa. Hasta ahora han sido las mujeres las que han hecho un mayor uso de los de servicios de salud mental (Emslie, 2002; Romo y Gil, 2006; Gerritse, 2009). Tiene lógica. El campo sanitario, a través de psicólogos y psiquiatras,
99 Por ello, los desordenes de la segunda globalización, que ya estamos viendo con la crisis económica desatada por el neurotismo de la bolsa y de los mercados, conducirán a un aumento de los problemas de salud mental en el futuro.
ha asumido las funciones, tradicionalmente en manos del campo religioso (los con- fesionarios de la Iglesia), de encauzar el «malestar de las mujeres» que una sociedad basada –precisamente– en las diferencias y las desigualdades de género sigue sin re- solver plenamente. Aunque es razonable esperar que a medida que las desigualdades de género se vayan diluyendo, será mayor el número de varones que entren en esta espiral psicologizadora; sobre todo ahora que con tanta frecuencia a las máscaras masculinas (Gil-Calvo, 2006) se les corre el maquillaje y quedan demacradas. Todo ello, lo que pone de manifiesto es la somatización creciente de un sin fin de problemáticas sociales: desempleo, acceso a recursos, vida familiar, situaciones de duelo, amores y desamores, desencuentros con el sistema escolar, síndrome postva- cacional y, en general, ese «no me siento realizado/a» tan propio de nuestro tiempo. Una somatización que, previamente, ha requerido la «normalización» de la expresión de los malestares psíquicos; las emociones, incluidas las neurosis, han salido del armario. Ahora, tener psiquiatra, psicólogo o psicoanalista es un símbolo de esta- tus entre ciertas clases medias. Lo llaman terapeuta, más técnico y menos marcado socialmente en tanto que médico de «locos» o de los «nervios» (las palabras y las cosas). Y esta normalización ha sido tal, que ha inundado de malestares psíquicos to- dos los espacios de comunicación pública (tv, redes sociales, instituciones públicas, etc.). Una experiencia cercana a la pornografía psi. Hasta ese punto se ha legitimado que Narciso, como primer tenor, exprese los dolores de su maltrecho yo. Pero además, la manipulación biotecnológica de la materia gris ha aumentado el interés científico por las cuestiones psi, a las que ahora la ciencia puede entrar sin necesidad de pasar por la puerta soft de lo emocional, sino con el pase de gala de lo fisio-neurológico. Las emociones obtienen el estatus técnico de síntomas, lo cual les otorga una paten- te de corso para circular legítimamente por el campo biomédico. Esto ha contribuido enormemente a su legitimación y normalización social. Con todo ello, hemos entrado en un proceso de psicologización (Álvarez-Uría, 2005) creciente del ser humano, es decir, una búsqueda sin fin en los interiores del yo. Un yo, recordemos, que previa- mente hay que inventar para luego buscar. ¡De locos, esto es de locos!
Y las consecuencias de estos nuevos problemas de salud de las poblaciones se dedu- cen fácilmente: sobrecarga de los profesionales sanitarios, insuficientemente forma- dos y con poco tiempo disponible para abordar estas cuestiones; medicalización de la vida de las personas como remedio para curar males sociales; y, consecuentemen-
te, aumento innecesario del gasto sanitario y merma en la calidad de los servicios. Un cóctel en el que una Atención Primaria de Salud, desbordada por una demanda que la sobrepasa, acaba generando el efecto perverso de inducir y/o retroalimentar estas problemáticas. La nueva salud pública, por tanto, se verá abocada a intervenir sobre las variables sociales y simbólicas (postmateriales) que provocan gran parte de los problemas de salud mental, y para ello deberá reorientar y preparar a los ser- vicios sanitarios (especialmente los de Atención Primaria), aportando esquemas de salida de esta crisis de las emociones que no sean exclusivamente farmacológicos. La entrada en escena del mundo psi en el campo de la salud pública constituye un hecho netamente postmoderno, muy propio de las sociedades postmaterialistas y de la era de los determinantes simbólicos de la salud. Y este nuevo statu quo es pa- ralelo a un retroceso de la sintomatología de las neurosis clásicas, lo que constituye un nuevo ejemplo de constructivismo100.