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Seres bio-tecnológicos

In document Salud pública en tiempos postmodernos (página 177-183)

del campo de la salud pública en tiempos postmodernos

PATRONES EPIDEMIOLÓGICOS

4. Las transformaciones en el eje «población-territorio»

4.4. Seres bio-tecnológicos

Las nuevas poblaciones a las que se deberá dirigir la salud pública, evidentemente,

tienen cuerpo. La NBIC nos había dejado a las puertas de un ser humano-crisálida inserto ya en un profundo proceso de transformación. A la vez, ya vimos que en las sociedades actuales, la corporeidad adquiere significados nuevos y especiales (el cuerpo se entroniza). La confluencia de ambas tendencias sitúa al cuerpo humano en una curiosa paradoja biotecnológica: son cuerpos que, a la vez que adquieren una centralidad social enorme, seperciben en tránsito hacia una profunda trans- formación que, a la larga, implicará su propia desaparición («el rey ha muerto, ¡viva el rey!»).

Lo que ha hecho el ser humano desde el neolítico hasta aquí ha sido transformar el entorno para adaptarlo a sus necesidades hasta llegar a la propia construcción de homosistemas. En ellos, con el tiempo y la tecnología aparecieron máquinas

(mecánica, informática, robótica) que hacen con mayor precisión y rapidez un sin fin de tareas tradicionales y otras tantas nuevas, lo que supuso una cierta sustitución del ser humano en muchos ámbitos de la vida. El paso que se está empezando a dar en el siglo xxi es justamente el contrario: transformarnos a nosotros mismos para adaptarnos a los diversos entornos por los que la especie tendrá que transitar. En una primera fase protésica se ha tratado de trasplantes de órganos o implanta- ción de mecanismos o dispositivos que permiten que mejore la calidad de vida o que incluso ésta pueda continuar un determinado número de años más. Las biotecno- logías tienen ya capacidad para remodelar y reconstruir el cuerpo «humano», tanto para la solución de problemas de salud como en aras de la reducción de deficiencias o la ampliación de posibilidades físicas (mediante las prótesis óseas, los trasplantes de órganos, los by-pass, las células madre o la administración de nanofármacos, por ejemplo). O para provocar una ampliación de los sentidos del ser humano (la vista, el tacto...). E incluso tienen capacidad para crear el cuerpo (ingeniería genética, clonación). El control y manipulación de todas las fases vitales de un ser humano (desde la concepción y el desarrollo embrionario hasta los esfuerzos terapéuticos que permiten prolongar la vida) hacen que hoy sea difícil determinar cuando nace o muere un cuerpo físico, dos momentos que hasta ahora eran determinantes, inmuta- bles y de competencia exclusiva de la naturaleza. Pero además, se está configurando un nuevo derecho en torno al cuerpo, el derecho de «transmisión»: nuestros órganos pueden seguir viviendo en otros cuerpos, o podemos dejar tejidos, semen congelado, sangre, células..., de hecho, contamos ya con nuevas instituciones sociales para esta «resurrección» de los cuerpos (biobancos), con lo que incluso la muerte ha dejado de ser el fin terrenal del individuo (Juan y Rodríguez, 1994).

En una segunda fase, ya no estaríamos hablando solo de cambios en la «mecánica» del cuerpo. La convergencia NBIC ya opera a nivel cerebral tanto desde un punto de vista anatomofisiológico como cognitivo (los trasplantes cocleares para sordos o los implantes cerebrales en enfermos de Alzheimer son algunos ejemplos). Y ha supues- to también un cambio importante en los algoritmos mentales de percepción del tiempo, el espacio, la velocidad, los contenidos y formatos del entorno, las relacio- nes sociales, etc. En definitiva, las nuevas tecnologías permiten nuevas maneras de percibir y, sobre todo, de pensar (un nuevo software), lo que se observa claramente en la «ventaja evolutiva» (desenvoltura con los medios electrónicos e informáticos)

que ya empieza a tener la generación-red, la primera población educada (construi- da) para decodificar mensajes simbólicos interactivos (Castells, 2008).

Y todo ello, avanza ya hacia una tercera fase en la que el «ciborg», entendido como un compuesto humano-máquina con conciencia de sí mismo (Hacking, 2001; Ferrei- ra, 2008), empieza a constituir una realidad prácticamente inevitable a medio-largo plazo. Entre tanto, no cabe duda que la ingeniería corporal descrita, la instalación de un «nuevo software» para los humanos y la evolución diferenciada de la especie que podría generar la selección y modificación genética darán lugar a nuevas com- posiciones poblacionales.

Estos cambios tienen, además, importantes implicaciones sociológicas y para la salud pública. En primer lugar, la (re)reconstrucción tecnológica del ser humano mediante la ingeniería genética está desvaneciendo una frontera entre la natura- leza que «somos y la dotación orgánica que nos damos» (Habermas, 2002), hasta ahora constitutiva de nuestra autocomprensión como especie. Con ello, se está so- metiendo a la vida humana a un proceso de perfeccionamiento y cosificación, es decir, se está difuminando la diferenciación entre personas y cosas, lo cual supone una importante transformación ontológica que apunta hacia una redefinición la naturaleza humana. El ser humano puede jugar a ser Dios y eso es muy importante en términos de autopercepción (como especie y a nivel individual). Se trata de un cambio psicológico y sociológico que supone un punto de inflexión clave en el pro- ceso civilizatorio: está apareciendo el sujeto-dios (demiurgo), creador de sí mismo. En segundo lugar, la revolución tecnológica está fomentando nuevas estrategias de adaptación al medio. Los cambios en el lenguaje que usamos para relacionar- nos con los demás y con el mundo son un ejemplo ilustrativo de este cambio. Es significativa la rápida y amplia extensión de la expresión «cambia de chip» para indicar que debemos adaptarnos a nuevas condiciones. La adaptación al medio (tan humana, tan antigua) se (re)conceptualiza ahora en clave tecnológica. Ya no se trata de exhortaciones adaptativas de tipo paternalista («abrígate», «no cojas frío», «no te drogues», «conduce con cuidado»...). Los clásicos mensajes educativos de las madres y de los salubristas de la antigua salud pública son mensajes codificados para otro tiempo. Ahora se sustituyen por otros que dicen: cámbiate a ti mismo/a. Y en el tránsito del «ten cuidado» al «cámbiate a ti mismo/a» lo que se produce es

un nuevo desplazamiento estratégico en la relación del ser humano con su medio. Una relación que ahora es más intensa y que viene mediada de otra forma, menos primaria, más sofisticada, más tecnológica y, por tanto, más cultural.

Por último, en el campo de la salud pública, los juegos con el genoma humano pue- den tender hacia una reconversión de la prevención en «prevención genética». Una tendencia que podría evolucionar en dos sentidos: a) control de la herencia gené- tica, manipulación y eliminación de potenciales riesgos individuales, lo que supon- dría una enorme demanda social en los países desarrollados de vacunas genéticas embrionarias (Silver, 2007) y b) a más largo plazo, preparar los cuerpos humanos para que asimilen bien la contaminación y otros riesgos, lo que nos acercaría mucho a las puertas del ciborg.

En definitiva, las creaciones científicas y tecnológicas humanas están ya produciendo «seres biotecnológicos». Y en el futuro, toda la esencia del ser humano bien podría ser simplemente software (es decir, información almacenada en un cerebro). De semejante barro estarán hechos los seres humanos venideros. Polvo eres, en software te convertirás.

4.5. Temblores en Tierra Santa

Para la salud pública la población ha sido siempre población con tierra. Desde el siglo xviii, la población significaba un «grupo de individuos que viven en un área determinada» (Foucault, 2000a, p. 137), es decir, en un territorio. La circunscripción de un territorio, junto a una lengua y una cultura propia fueron las premisas básicas que permitieron la construcción histórica del Estado, primero, y más tarde, la de los Estado-nación en el siglo xix. Y estos siguen siendo los supuestos epistemológicos en torno a los cuales buena parte de la teoría y la filosofía política actual pretende fundamentar el concepto de «realidades étnico culturales» (Kimlicka, 2002; Taylor, 2003). Los mismos supuestos de los que la salud pública ha partido hasta ahora para articular sus estrategias de intervención.

Sin embargo, en la actualidad, la transformación del tiempo y el espacio junto con la globalización y la crisis del Estado-nación han implicado una pérdida de sentido de las nociones de «territorio» como espacio físico y «cultura» como espacio simbó-

lico de la nación116. Vivir en un área geográfica determinada es un dato que se ha relativizado por la alta movilidad poblacional. Los territorios se han globalizado, y además son también (o pueden serlo) virtuales (e-territorios), y ambas cosas simul- táneamente. En un mundo en el que ha surgido un nuevo actor («los mercados glo- bales») que compra y vende países jugando a la bolsa y en el que la cultura tiende a ser cada vez más global, ¿qué significan territorio, lengua, cultura o historia compar- tida?, ¿qué valor tienen los criterios geográficos y las culturas locales?, ¿no devienen estos conceptos demasiado pastoriles para tecno-realidades tan complejas? Además, los problemas medioambientales derivados de las sociedades del riesgo, las posibilidades abiertas al bioterrorismo o el aumento desmesurado de la población mundial llevan a la salud pública del futuro, inevitablemente, a romper con algunos de esos presupuestos básicos hasta ahora. El más importante es el que entiende población como el conjunto de personas «encerradas» en los límites geográficos y culturales del Estado-nación. Otro es el de considerar un referente de administración política a nivel «local» a los países; hoy que vamos hacia una salud pública global. Una de las tensiones clave del mundo global tiene que ver con ese tránsito hacia «sociedades postnacionales» (Beck, 2002). Y esto es lo que está en la base de buena parte de la crisis actual de la salud pública y de sus intentos de redefinición. La renovación paradigmática contemporánea también contribuye a difuminar los límites del «territorio» y afecta a las formas de concebir los marcos espaciales en los que se circunscriben las «poblaciones diana». Estaríamos en lo que se define en las orientaciones de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) para la Ley Estatal de Salud Pública como la superación del «paradigma interior-exterior». Incluso la propuesta de SESPAS va más lejos, proponiendo una emi- gración al «paradigma de salud internacional», en el sentido de «considerar a España como un agente relevante de salud a escala internacional» (Urbanos, 2009, p. 17). España: un agente de salud. Como vemos se trata de un enfoque proactivo a nivel global. Lejos queda la vieja «sanidad de fronteras» diseñada con un espíritu defensi- vo de corte militar, como defensa de un «enemigo» que llegaba de «fuera», normal- mente de allende los mares. Hoy los enemigos son móviles, imprevisibles, invisibles,

116 Kimlicka (2002) emplea «cultura» y «multicultural» en un sentido nacional y étnico: «una comunidad intergenera- cional que ocupa un territorio y comparte un lenguaje y una historia».

virtuales, indetectables o indescifrables, incluso para la mayor maquinaria de cono- cimiento científico en toda la historia de la humanidad. Y ya no existe un «allende los mares»; esa alteridad potencialmente patológica ha desaparecido, ya no hay un «otros», un «otro nacional» potencialmente más peligroso que nosotros, ni menos. En lo que respecta a la salud pública somos como los Mosqueteros, todos y todas a una. Solo que esta vez todas incluye también al cardenal Richelieu. Vamos en un mismo barco y a los puertos que lleguemos, lo haremos juntos. La postmodernidad ha trasto- cado los espacios, ya no existe Norte ni Sur. El barco ya es tan grande que ya todo es barco. Hemos creado un «todo global» en el que ya no quedan lados a los que mirar o escapar. Babor y estribor, proa y popa pierden su sentido referencial. Las únicas refe- rencias, todas las referencias posibles, somos nosotros/as mismos/as: la humanidad. Esto es lo que significan expresiones como globalidad de los riesgos, difuminación de las fronteras y similares. Y eso es lo que significa globalización en su sentido más amplio. One world, just one!117 Y no se trata solo de una cuestión cognitiva o de un

cambio epistemológico: nos va la vida en ello. La espiral autodestructiva nos puede hacer daño. Nadie escapará de los efectos del cambio climático, por ejemplo. Por eso, la salud pública «nacional» es ya un anacronismo que es necesario superar.

Hasta ahora el abordaje poblacional se ha hecho con criterios geográficos. Pero tras la pérdida de sentido de las fronteras geográficas y políticas de los Estados-nación y la fragmentación de legitimidades y responsabilidades a nivel global, las tendencias futuras apuntan hacia una redefinición de las poblaciones según criterios adminis- trativos no territoriales (Wallace, 1998). No se trata ya de acotar una distribución de potenciales o reales enfermedades sobre un mapa geográfico o geopolítico de natu- raleza fácilmente definible y controlable, con unas distribuciones según grupos de riesgo más o menos estables, con unos códigos culturales conocidos, etc. El modelo cartográfico usado desde el siglo xix ha perdido hoy buena parte de su capacidad descriptiva118. En la postmodernidad, la sacralidad del territorio se tambalea con la misma ligereza con la que las nubes radiactivas vuelan a merced de los vientos, por lo que, hoy día, todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo son «target popula- tion» para los dispositivos de salud pública.

117 Aunque a la vez haya miles de mundos contradictorios debido a la simultaneidad de las tendencias globales y locales. 118 Existen, evidentemente, notables excepciones, como ocurre con la gran utilidad de la cartografía sanitaria aplica-

5. La salud en el ágora: la politización del

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