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De la población diana a las redes sociales

In document Salud pública en tiempos postmodernos (página 174-177)

del campo de la salud pública en tiempos postmodernos

PATRONES EPIDEMIOLÓGICOS

4. Las transformaciones en el eje «población-territorio»

4.3. De la población diana a las redes sociales

El concepto de población diana (target population) se refiere a aquel sector o grupo poblacional al que se pretende llegar como objetivo de una investigación o de una intervención concreta. Estrechamente relacionado con él, surgieron y se consolida- ron en la práctica de la investigación y en las estrategias de intervención los con- ceptos de grupos de riesgo o población de riesgo, que hacen referencia a aquellos sectores sociales que tienen más prevalencia de un problema o mayor probabilidad de tenerlo; y el de vulnerabilidad y población vulnerable para aquellos casos en que los riesgos se concentran sobre los más débiles o afectados. O el concepto de cober- tura potencial que se refiere a la población a la que es posible llegar en un periodo de tiempo (Vaquero, 1992). Todos estos conceptos forman parte o circunscriben la definición de población diana.

114 Esto es debido, fundamentalmente, a la universalidad de la asistencia sanitaria y al hecho de que la enfermedad y la incapacidad sean las principales causas para no poder trabajar, que es –no lo olvidemos– la meta principal de estas poblaciones.

Este kit conceptual se sustentaba metodológicamente en estrategias de segmen- tación y fragmentación de los grupos de estudio o intervención y en el estableci- miento consecuente de intervenciones diferenciadas para dichos grupos. Aquí late el supuesto de que estos grupos comparten algo importante desde el punto de vista de la intervención. Eso que comparten, básicamente, es la exposición a un/ os riesgo/s y unas determinadas «condiciones de recepción» –o sea, variables como edad, cultura, residencia, valores, estilos de vida, tiempo y espacio, etc.– que se su- ponen relativamente homogéneas dentro del grupo; la homogeneidad mínima para poder ser definidos como tales «grupos» y no como meros conglomerados azarosos. Hasta ahora, estas conceptualizaciones han sido herramientas útiles para la epide- miología y la salud pública. En la sociedad informacional globalizada, sin embargo, han empezado a presentar problemas. Hoy resulta difícil que el salubrismo pueda identificar, segmentar y seleccionar fácilmente a sus poblaciones. Ya no está tan claro hacia donde dirigir el tiro. ¿Dónde está el blanco?, ¿existe alguno que se pueda singularizar con claridad?, ¿tiene sentido una idea de centro o blanco en una densa estructura social de redes interconectadas? La naturaleza cambiante de los grupos sociales, la volatilidad de los propios factores de riesgo y de las condiciones de exposi- ción al mismo difuminan la target population. En esta mutabilidad ha residido, preci- samente, una de las inquietudes sociales más importantes en torno a la gripe A. Con ella se altera algo que era una estabilidad previsible. Se produce el desplazamiento de un statu quo epidemiológico en la lucha frente a la gripe estacional: cambian los grupos de riesgo. Ya no se trata de un virus gripe que afecta fundamentalmente –o de manera más importante– a personas mayores, enfermos crónicos, etc., aho- ra, además, esta gripe ataca a otros grupos poblacionales cualitativamente muy distintos de los anteriores: infancia, jóvenes, mujeres embarazadas y profesionales de algunos sectores públicos115. Una de estas poblaciones de riesgo han sido los profesionales sanitarios, lo que tiene una dimensión simbólica importante. Ahora, los «protectores» (el personal sanitario) son uno de los sectores de «población» más urgentemente necesitado de protección. Los profesionales ya no están simbólica- mente inmunizados sino que ellos están más expuestos al mal que el común de los

115 Hoy sabemos que algo parecido ocurrió con la denominada «gripe española» de 1918: la mayor mortalidad se produjo en la franja etaria de adultos de entre 15 y 30 años aproximadamente. Eran grupos deficientemente inmunizados.

mortales. Las condiciones de la postmodernidad convierten a las poblaciones diana en poblaciones mutantes. Esto quiere decir que las estrategias de segmentación y fragmentación basadas en variables sociodemográficas clásicas y/o en el resbaladi- zo concepto de estilos de vida no bastan ¿Por qué no bastan?

En primer lugar, porque los fragmentos son internamente tan complejos como el todo, y toda complejidad está plagada de matices. Por ello, será necesaria una «nanofragmentación» que se acerca mucho a la personalización que reclama la cultura del individualismo contemporáneo y encaja muy bien con las tendencias hacia una medicina personalizada que las TIC permiten y el neoliberalismo fomen- ta a través de la atomización social. Pero, por otra parte –nos volvemos a encontrar con la lógica sintética y disyuntiva postmoderna– también la población es cada vez más global y está expuesta a los mismos riesgos en los mismos tiempos, lo que reclama y legitima abordajes poblacionales al mismo tiempo que adaptaciones individualizadas. Además, los fragmentos interactúan con las propias estrategias salubristas de mil formas: recibiendo y decodificando la información de manera diferenciada –y diferida–, cuestionando al salubrismo y sus etiquetas o planteando alternativas participativas nuevas. No se trata de meros receptores pasivos; esta- mos en el complejo espacio interactivo de la web 2.0. Y esta interacción, introduce una alta imprevisibilidad.

En segundo lugar, por la ya descrita crisis de las taxonomías. El concepto de grupos de riesgo –o sus distintas variantes políticamente correctas– ha tenido siempre al- gunas implicaciones problemáticas de orden político-social que se intensifican hoy día y que afectan a la validez científica de tales conceptualizaciones. ¿Son útiles

básicamente para describir e intervenir?, es decir, ¿son solo una herramienta concep- tual y metodológica útil? ¿o sirven más para normativizar (control social), reificando ciertos rasgos sociales y culturales a partir de categorías y prenociones teóricas de políticos, científicos y salubristas? ¿Estigmatizan o empoderan? Son desde luego armas de doble filo.

En tercer lugar, porque las nuevas tecnologías han propiciado un gran cambio en las relaciones personales de los seres humanos. Los conceptos de red y de espa- cio virtual están sustituyendo y/o ampliando los viejos entramados de relaciones basados en la cercanía espacio-tiempo, en los lazos familiares o sociales (escuela,

comunidad, ámbito laboral, etc.), generacionales, de género, etc. por otro tipo de interacción que prescinde o reinventa los conceptos de tiempo y espacio y articula relaciones y redes sociales de otros modos. Con esta explosión relacional los viejos criterios de agrupación diseñados desde las perspectivas etics de los profesionales saltan por los aires.

A pesar del énfasis en las estrategias poblacionales, el salubrismo no ha cesado de intervenir sobre sujetos individuales («no haga», «no coma», «no fume», «ande», «corra», «beba»...) más que sobre las «estructuras». Por ejemplo, cuando se habla de «captar a poblaciones», se está –implícitamente– dejando claro este enfoque centrado en el sujeto. Las captaciones deberían ser, en todo caso, coyunturales; sin embargo, el salubrismo cazamariposas lleva dos siglos captando. Quizá el salto pen- diente de la salud pública en el siglo xxi siga siendo ir de la población diana a las estructuras y redes sociales que, al fin y al cabo, es lo que plantea el modelo de los

determinantes de la salud. Más allá de sus acreditadas utilidades, lo más negativo del concepto de población diana es que supone un obstáculo epistemológico para un enfoque poblacional, sociológico, esto es, que apunte a las estructuras sociales determinantes de la salud.

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