del campo de la salud pública en tiempos postmodernos
2. Los nuevos significados de la salud y la enfermedad
2.6. Enfermedad y salud: de la agonía al éxtasis
El significado de enfermedad en el mundo contemporáneo desborda concep- tualmente al tradicional phatos (sufrimiento)92. Se ha producido un desplaza- miento hacia una concepción más amplia y compleja del hecho de enfermar- sanar-morir; un giro desde la enfermedad (negativo) hacia la salud (positivo), donde la salud ya no se definirá de un modo espartano meramente como la «ausencia» de enfermedad o como el «desequilibrio» de un orden determinado (corporal, físico, mental, social...) sino como «algo más» (en realidad bastante más). La enfermedad ya no es solo presencia de sufrimiento sino también «au- sencia de felicidad». La verdadera meta social está en alcanzar la salud y el bienestar total o, lo que viene a ser lo mismo, la salvación en la tierra de cuer- pos y almas. Además, se trata de un continuo salud-enfermedad en el que casi nunca se tiene toda la salud y casi todo podrían ser enfermedades o fuentes de ellas. Esta ampliación semántica ha repercutido en la teoría, en la etiología, en la construcción diagnóstica, en las maneras de conceptualizar y abordar el curso de las enfermedades o las diversas posibilidades terapéuticas, tanto a
92 Cuando un concepto se queda corto para dar cuenta de una realidad es porque esa realidad ha cambiado. O ha cambiado nuestra forma de verla.
nivel individual como poblacional. La intensificación de la lógica del «todo es salud», su dinámica globalizadora, ha dotado al binomio salud-enfermedad de un espectro ontológico casi infinito, un ideal imposible de alcanzar puesto que el objetivo último es la felicidad total. La cuestión ya no es solo evitar el dolor y el sufrimiento sino ser feliz. No se trata de evitar la agonía sino de alcanzar el éxtasis. He aquí el nuevo significado de la salud.
Quizá uno de los ejemplos más sutiles para entender estos nuevos significados del valor salud nos lo proporciona el agua, los nuevos usos sociales del agua. Actualmente se puede observar un continuo circular de personas en la calle, en el trabajo, en los campus, los transportes, en los lugares de ocio... exhibiendo botellas de agua en las manos. Por su parte, las organizaciones, los institutos, los comercios, etc., instalan fuentes y máquinas expendedoras de agua, mientras las autoridades sanitarias, cual cautelosas madres, nos recomiendan insistentemente estar siempre bien hidratados. Una permanente exposición del agua forma parte del paisaje urbano de la «modernidad líquida» (Bauman, 2007b). Pareciera haber un gran miedo a la sequía o como si ahora el agua hubiese sustituido al oxígeno. Hay una necesidad continua de beber agua que resulta novedosa en la evolución de la especie. ¿Por qué este trasiego del líquido elemento en todos los espacios so- ciales? ¿A qué viene este continuo ir y venir de personas con metafóricos cántaros y ánforas, cubos y botellas? Su dimensión simbólica (los usos sociales del agua) se ve muy claramente cuando encontramos por la calle o en otros espacios socia- les a personas que portan una cantidad insignificante de agua, probablemente caliente y que seguramente no será bebida finalmente. La materialidad, el H2O, el contenido, no importa tanto; lo importante es la botella visible, el continente, vehículo a través del cual informamos a la sociedad de dónde estamos y quiénes somos. Una proclamación a los cuatro vientos: «yo bebo agua». Y es importante que se sepa. Es una forma de presentación de la persona en la vida cotidiana (Goffman, 2001)93. Y a su vez, estos nuevos «manantiales de plástico» se con- vierten, como antaño, en espacios de socialización, de encuentro, en los que los hiperindividualistas sujetos postmodernos parecieran necesitar el nexo del agua para (re)hacer las relaciones sociales, para construir la nueva socialidad (Maffe- soli, 2007). Ahí estaba la respuesta. El agua es salud y la salud es «presentable»
en público. Es decir, la salud se ha convertido en un instrumento de construcción de identidades y un elemento de estratificación y diferenciación social. Ser sa- ludables confiere una identidad muy valorada en el universo de valores predo- minantes en la postmodernidad porque contribuye a la sacralizada realización personal (el «yo me cuido» como culmen de la recreación narcisista). «¡Bebe agua y te salvarás!», parece ser el nuevo lema. Y porque además esa identidad sirve para diferenciarse socialmente, es un elemento de distinción (Bourdieu, 2006) en tanto que se cuida más la gente bien. Es el colmo de la condición postmoder- na: la distinción ya no la marca, directamente, la ostentación de los objetos de lujo, que pierden eficacia simbólica, dada la proliferación de imitaciones y copias producidas en serie; ahora la marca un elemento tan sutil como el agua. Hoy aporta más distinción social una botella de agua mineral que un zafiro al cuello. Resulta curioso que tras fatigados siglos de búsqueda de la piedra filosofal (por parte de alquimistas varios) o de la salvación a través de la fe (y sus alquimistas de las emociones) se haya colmado esa ansiedad por la búsqueda de la felicidad- salvación, precisamente, en el elemento más simple, común, abundante, incoloro, insípido y elemental: el agua. ¡El material más ordinario! ¡Ahí estaba el secreto por siglos guardado! En definitiva, lo importante de la salud ya no es solo tenerla o no tenerla, sino que es especialmente importante aparentarla, demostrar que se intenta alcanzar el ideal, que se es creyente. Llegar al éxtasis místico de la salud a través del agua. We are healthy people.
La redefinición de los conceptos así como de las prácticas en salud de las pobla- ciones y de las prácticas profesionales supone una transformación del binomio salud-enfermedad de tal calado que plantea serios problemas a la institución social de la medicina para definir lo normal y lo patológico y para articular los medios de hacer frente a las enfermedades. Las definiciones científico-técnicas van a estar cada vez más condicionadas por consideraciones de orden político- democrático, social y cultural. Una situación que, lejos de amainar, se ha ido intensificando, como hemos visto, desde la Declaración de 1946 de la Organiza- ción Mundial de la Salud. Probablemente, la mayor transformación histórica pro- ducida entre los términos del binomio salud-enfermedad. Y el futuro se presenta incierto, ya que a medida que aumenta la complejidad social la salud es cada vez más una cuestión «cultural», por lo que numerosas y nuevas batallas semánticas están por venir.