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El desfase entre las palabras y las cosas

In document Salud pública en tiempos postmodernos (página 123-126)

del campo de la salud pública en tiempos postmodernos

2. Los nuevos significados de la salud y la enfermedad

2.1. El desfase entre las palabras y las cosas

La aceleración del desarrollo social y cultural ha introducido en el campo de la salud pública algo parecido a lo que Thomas Kuhn describió para los cambios en los campos científicos; nos encontraríamos en uno de esos periodos revolucio- narios que anticipan un cambio de paradigma y que se caracterizan, entre otras cosas, porque los conceptos tradicionales ya no sirven para dar cuenta de las nuevas realidades. Se produce un desfase entre los fenómenos sociales relacio- nados con la salud y la enfermedad y los conceptos en uso para dar cuenta de dichos fenómenos. Estamos, por tanto, ante una crisis de significados. Múltiples ejemplos ilustran este desfase. ¿Qué significado y alcance real tiene, en un mun- do globalizado, el concepto de enfermedades endémicas?; o, ¿qué significa hoy

epidemia, cuando aún no sabemos si la última ha sido de tamiflú, de mascarillas o de gripe A?; ¿cómo definir el concepto de población «expuesta» a riesgos, cuan- do hoy todos estamos expuestos a casi todo?; ¿qué significado tienen actualmen- te los grandes verbos (promoción, protección y prevención) que daban todo su sentido a la salud pública?; ¿qué quiere decir educación para la salud, hoy que la pedagogía ha sido reemplazada por la descarga de contenidos informativos a una unidad de disco?; ¿de qué da cuenta el concepto de dieta mediterránea?, ¿qué es una alimentación saludable, cuando McDonald’s dice que sus hambur- guesas Big-Mac lo son? O, ¿qué significa «salud pública», si la salud es un sin fin de cosas y lo «público» ha perdido su sentido territorial y político tradicional?, ¿a qué público se refiere? La medicina familiar y comunitaria, ¿de qué familias y

comunidades habla? O, por ir directamente al núcleo de la cuestión, ¿de qué dan cuenta los términos «salud» y «enfermedad»?

Estos ejemplos ponen de manifiesto que una cosa es la realidad y otra las pala- bras que usamos para nombrarla. O, al menos, su relación está muy lejos de ser clara y directa, de la misma manera que no hay relación directa entre el valor de uso de las cosas (la vivienda, por ejemplo) y su precio en el mercado. Pero,

¿qué está ocurriendo?, ¿se trata de un cambio revolucionario normal, según las previsiones de Kuhn, o de una ruptura en sentido foucaultiano entre las palabras y las cosas, ente significado y significante82? Probablemente se trate –de acuerdo a la lógica sintética y disyuntiva postmoderna– de, en distintos grados, ambas cosas a la vez. Siguiendo a Kuhn, se puede, efectivamente, constatar que se está produciendo una transformación en los supuestos ontológicos, epistemológicos y metodológicos de todo el saber teórico y práctico relacionado con la salud y la enfermedad. Es decir, una situación prerrevolucionaria que anticiparía la emer- gencia de un nuevo paradigma. Sin embargo, lo que está ocurriendo en el estado del conocimiento actual va mucho más allá de una mera transformación de la on- tología y de la narrativa a través de la que ésta se expresa. Estaríamos, si Lyotard, Foucault y los demás postmodernos tienen razón, ante una ruptura que afecta a la propia naturaleza de la relación entre las palabras y las cosas. Parafraseando la demoledora hipótesis de Foucault, podríamos decir que las palabras no dan cuen- ta de ninguna cosa; o, desde luego, no dan cuenta cabal. Con ello, lo que se pone en cuestión es el valor y la capacidad de representación del lenguaje respecto de la realidad de las cosas (¿tienen las palabras realmente un valor representativo de un cierto orden?). Según Foucault, la relación del signo con su contenido no está asegurada dentro del orden de las cosas mismas (Foucault, 2005, p. 70). Es decir, no hay un orden inmanente de las cosas, el orden se configura a partir de a prioris históricos, o lo que sería lo mismo, de convenciones sociales (por tanto, cambiantes); no existe la representación directa del lenguaje. En otras palabras, lo que Foucault viene a decir es que el lenguaje no representa nada que no haya creado el propio lenguaje.

No es sorprendente que Foucault, l’enfant terrible del pensamiento postmoderno, lle- gase a esta conclusión. Sí lo es, en cambio, que planteamientos similares se deriven también de buena parte de la filosofía de la ciencia contemporánea (Latour, 1995).

82 Michel Foucault, en Las palabras y las cosas (2005), plantea que «el lenguaje, cuando fue dado por Dios a los hom- bres, era un signo absolutamente cierto y transparente de las cosas (tal como la fuerza está escrita sobre el cuerpo del león, por la forma de la similitud (p.44). [...] Esta transparencia quedó destruida en Babel. [A partir de ahí], las cosas y las palabras se separan [...]. En el siglo xix se desvanece el lenguaje en cuanto tabla espontánea y cuadrí- cula primera de las cosas, como enlace indispensable entre la representación y los seres (p.8) [...] una historicidad profunda penetra en el corazón de las cosas [...] el lenguaje pierde su privilegio y se convierte a su vez en una figu- ra de la historia. [En definitiva], el modo de ser de las cosas y el orden que, al repartirlas, se ofrece al saber se ha al- terado profundamente» desde entonces .

Bertrand Russell llegó a afirmar que «quizá ni siquiera podamos estar seguros que las notas musicales representen algo más que a sí mismas. [...], pero esto es una duda que el físico, en su capacidad profesional, no puede permitirse» (Russell, 1981, p. 183). La teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la filosofía postmoderna colapsaron muchos conceptos (las nociones de tiempo, causa, efecto, evolución, ver- dad, salud, etc.), aunque sigan siendo difíciles de sustituir en la práctica científica real. Es decir, desde las ciencias hard también se pone en duda la capacidad de representación de lo real que tiene el lenguaje. Además, en todos los campos cien- tíficos, el elevado nivel de abstracción al que ha tenido que llegar el lenguaje para poder expresar lo real (lo real empírico o lo real teórico, como la materia y la energía oscura, por ejemplo) complica aún más las relaciones entre realidad y lenguaje. Y en esta situación desencajada vivimos. Usando conceptos que creemos que son útiles aunque no estamos seguros de que sean válidos.

En un escenario foucaultiano, esta crisis sería de tal calado que no se solucionaría con nueva ontología y nuevos conceptos. La mera sustitución de un paradigma por otro no vale puesto que ninguno tendrá capacidad representativa o explicativa de lo real. Estaríamos así en uno de los callejones sin salida del pensamiento postmoder- no y cuya superación tendrá que venir de parte del pensamiento complejo, ya que soluciones como la que plantea Russell tampoco son plenamente satisfactorias. Ese «no puede permitirse» supone introducir supuestos metafísicos en el campo de la ciencia (¡de la física!) al considerar la capacidad de representación del lenguaje no como un postulado científico verificable (falsable) sino casi como dogma de fe, una verdad sagrada que es necesario creer (I want to believe, como el agente Mudler en los Expedientes x). Un a priori.

En cualquier caso, se trate de un cambio revolucionario normal (un lenguaje sus- tituye a otro) o de una revolución revolucionaria (el lenguaje, en todo caso, no se representa más que a sí mismo), independientemente de cómo interpretemos la situación, los numerosos conflictos semánticos actuales por la definición de las co- sas, sea la enfermedad, el matrimonio, la Constitución, la nación, la promoción de la salud o el cambio climático constatan que la construcción signo-significado (la inequívoca relación directa entre ambos) presenta grietas; el significado de dichas cosas no viene, desde luego, intrínsecamente dado en ellas sino que es una construc- ción lingüística histórica. Y además, como ya planteó el constructivismo, cuenta con

un extraordinario poder performativo. Más que representar o designar –o además de ello–, el lenguaje prescribe el mundo, lo crea en el proceso de enunciación83. Y esta dimensión performativa del lenguaje, se intensifica en una postmodernidad que incesantemente genera nada a partir de la nada. El giro lingüístico nos ha dejado embarrados entre palabras y, en consecuencia, el lenguaje es todo menos transpa- rente. Y, saber esto, cambia muchas cosas.

2.2. El enfoque multidimensional de la salud:

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