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El inconciente colectivo y los arquetipos

In document Corrientes Fundamentales en Psicoterapia (página 44-46)

4 1.1 Las funciones ectopsíquicas de la conciencia

4.3 El inconciente colectivo y los arquetipos

Como sabemos, Jung divide el inconciente en dos dominios: el inconciente personal y el colectivo. El primero coincide más o menos con el inconciente de Freud y contiene material cuyo origen personal se discierne con claridad: lo olvidado, reprimido, percibido subliminalmente, pensado y sentido. Pero existen además contenidos que no se pueden considerar adquiridos por la persona. Estos se distinguen por su carácter mitológico; son independientes de la cultura, de la raza o de la biografía personal, y comunes a toda la humanidad.

Ya mencionamos en nuestros párrafos introductorios las experiencias que llevaron a Jung a suponer la existencia de un inconciente colectivo, y también los extensos viajes que emprendió para estudiar representaciones y sueños de «primitivos» (y en los que, p.ej., descubrió en hombres de raza negra sueños cuyo contenido coincidía claramente con los de la mitología griega). Todo esto lo llevó a suponer que existían principios innatos de estructuración, de naturaleza filogenética, con arreglo a los cuales el inconciente colectivo producía pautas básicas supraindividuales. Estas imágenes primordiales colectivas son lo que Jung llama (inspirándose en San Agustín) «arquetipos».

A muchos empiristas puede sonarles rara la suposición de que existen unos arquetipos colectivos adquiridos y heredados. Pero si la psicología de laboratorio no ha extinguido en nosotros la capacidad-de asombrarnos ante la maravilla del desarrollo de una flor desde su semilla, o ante la tela de la araña o las migraciones de las aves, obligadamente nos sonará bien extraño que el cerebro humano, que es uno de los sistemas más complejos producidos por la naturaleza, funcione como un mero autómata que aprende o que se rige por estímulos y reacciones.

Desde luego, Jung no creía que los arquetipos se heredaran «en tanto imágenes» -como tampoco las aves migratorias tienen en la cabeza un mapa del Mediterráneo, ni la araña, una imagen de su tela- sino que más bien intervienen principios básicos de estructuración que organizan según ciertas imágenes los elementos psíquicos cuando estos ingresan en la conciencia (lo que se asemeja a los principios de estructuración innatos de la teoría lingüística hoy dominante, la de Noam Chomsky, la llamada gramática de núcleos, o a los principios universales que informan la percepción según la psicología de la Gestalt). Que estas pautas básicas, en el sentido de principios de estructuración, se hayan adquirido en el curso del desarrollo filogenético no es más asombroso que el hecho de que las aves migratorias - igualmente en el curso del desarrollo filogenético, en las soledades del maradquirieran el vuelo periódico y la «orientación geográfica». Parece necesario consignar aquí estas reflexiones porque la mayoría de los manuales de psicología, si es que toman en cuenta a Jung, califican de «especulaciones mitológicas» o de «teorías insostenibles» sus tesis sobre los arquetipos.

Dos de los arquetipos más importantes son animas y anima. Se trata de la experiencia, común a todos los seres humanos, del sexo contrario; o sea que en lo inconciente del varón se encuentra la imagen del anima, que contiene todo lo femenino, terreno, sentimental, creador, y que en el sueño las más de las veces se encarna como una mujer, mientras que la imagen del animas contiene, en lo inconciente de la mujer, todo lo masculino, lógico, lingüístico-racional, y se encarna en figura de un hombre. En consonancia con la complementariedad de conciencia e inconciente, aquí «hombre» y «mujer» no son estrictamente idénticos al sexo biológico: una mujer que en su vida conciente es emprendedora y ha desarrollado muchos rasgos masculinos tal vez esté dominada en lo inconciente más bien por el anima.

Otros arquetipos aparecen como motivos rectores en muchos cuentos: el héroe, el salvador, el dragón (o el monstruo), el mar, el sabio, el encantador, el paraíso, el infierno, etc. Si los sueños de un paciente están muy impregnados por arquetipos, puede ser indicio de que su yo no es capaz de protegerse suficientemente de las invasiones (en el sentido indicado; en este caso, invasiones del inconciente colectivo en la conciencia o, por lo menos, en la conciencia del sueño); se trataría de una debilidad del yo como la que se observa en los brotes psicóticos.

4.4 Individuación

Como ocurre con todos los conceptos centrales de la doctrina de Jung, sólo podremos dar una idea superficial de la «individuación»; requeriría todo un volumen exponer lo que él entiende exactamente por este concepto en su complejidad y entretejimiento con aquellos otros. De manera aproximada la podemos caracterizar como el proceso interior de la hominización, sobre el fondo de una evolución cósmica. Expresado esto con términos más modestos y seculares, se trata del empeño, que dura toda la vida, por descubrir el propio ser.

Jacobi (1978) divide la individuación, entendida en sentido lato, en dos grandes tramos: en la primera mitad de la vida el individuo tiene que dominar la tarea de «la iniciación en la realidad exterior»; se trata aquí de la plasmación y el desarrollo de las funciones rectoras (véase supra), la formación del yo (como centro de la conciencia) y de la «persona», que es aquella parte del propio ser (de la personalidad entera) que está completamente volcada hacia el mundo exterior y detrás de la cual, como si ella fuera una máscara, el individuo se abroquela. En este tramo, el sentido de la vida está determinado por la «finalidad natural»: tener descendencia y proteger a la cría (y, en este contexto, ganar dinero, alcanzar cierta posición social, etc.). En la segunda mitad de la vida es necesario dominar «la iniciación en la realidad interna». «Individuación», ahora en el sentido estricto, denota este segundo tramo. No se supone, desde luego, que todos los seres humanos se empeñen de hecho en este proceso de individuación y lo recorran. El sentido de la vida está dado aquí por la «finalidad cultural», que no se dirige hacia afuera como lo hacía la «finalidad natural», sino que se orienta hacia el logro de valores interiores.

Más que la obtención de una meta prefijada, la individuación denota un largo proceso de purificación, como el imaginado por la alquimia; tiene su correspondiente en el conocimiento de la revelación cristiana («Yo soy el camino»), en el del taoísmo (Laotsé concibe al tao igualmente como camino y meta) y en el de las otras grandes religiones universales. Jung definió la vida histórica de Jesús lomo «prototipo de la individuación». Durante este descubrimiento del propio ser se pueden distinguir determinadas fases en las que sobreviene un encuentro con material arquetípico.

En la primera fase se produce un encuentro con la «sombra»; esta es la parte del propio ser complementaria del yo y, por lo tanto, incluye en primer lugar los dominios del inconciente personal, de las funciones inferiores (véase supra), que no son vivenciados por el individuo; en suma: la sombra del yo conciente. Pero esta sombra llega a profundidades aun mayores, hasta el inconciente colectivo. Sobre todo cuando la sombra es reprimida de manera permanente, estas fuerzas inconcientes se concentran y procuran irrumpir con violencia.

En la segunda fase sobreviene un encuentro con el animas o con el anima (ya expusimos estos conceptos), y en las fases restantes, tornan a aflorar una y otra vez arquetipos que llevan a la conciencia determinados problemas y que después pueden ser dominados e integrados. Al final, la meta es el propio ser totalmente integrado (véase supra) que no se puede describir bien con palabras pero que ya en la alquimia, y en muchas culturas y sus religiones, se intentó expresar con el

simbolismo del «mandala». Entre estas representaciones de la «totalidad» encontramos el círculo dividido, la flor de siete, ocho, diez o doce pétalos (la rosa o la flor de loto) que tiene en su centro una gota de rocío, un diamante o un recién nacido. Bien se entiende que estos fenómenos se sitúan más allá de la experiencia cotidiana «normal» y también más allá de las metas de la psicoterapia, aunque esta sea junguiana.

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