Segunda parte Abordajes de terapia de la conducta
8. Orígenes de la terapia de la conducta
8.1 Abordajes teóricos iniciales
8.1.3 Thorndike: ley del efecto
Edward L. Thorndike (1874-1949) es considerado el precursor de las teorías del aprendizaje en los Estados Unidos. Aun antes de 1900 publicó resultados de experimentos de aprendizaje animal, de modo que el propio Pavlov debió «admitir que el honor de haber sido el primero en echar a andar por el nuevo camino se tenía que atribuir a Thorndike, que se anticipó a nuestros experimentos en dos o tres años» (citado según Schnpflug y Schonpflug, 1983, pág. 338). En esos experimentos, Thorndike se valió, p.ej., de una jaula para gatos que se podía abrir desde adentro por medio de cierto mecanismo. Había inventado ese dispositivo para comparar la inteligencia de diversas especies animales. Pero su descubrimiento consistió en lo siguiente: si por casualidad el animal encerrado producía el movimiento que accionaba el mecanismo de apertura y se liberaba, en similar situación tendía después a proceder de la misma manera para abrir la jaula.
La «ley del efecto», formulada por Thorndike en 1911, atribuye la fijación de la acción al «éxito» de la conducta, a saber, la obtención de un estado apetecido. El mérito de Thorndike, a juicio de los conductistas, consistió en haber estudiado experimentalmente conductas observables, renunciando en lo posible a la aplicación de conceptos referidos a la vivencia psicológica. Pero en opinión de ellos, no había ido lo bastante lejos: Watson le criticó que el «éxito» de una acción sólo se pudiera comprobar sobre la base de un proceso introspectivo.
8.1.4 Watson: conductismo
Para el desarrollo del conductismo norteamericano, cuyo protagonista fue John B. Watson (1878-1958), tuvieron empero más importancia los métodos «objetivos» empleados por los rusos en la investigación del aprendizaje que los trabajos de su compatriota Thorndike. El conductismo fue el intento de esbozar una psicología ajustada a los principios (según se los entendía en esa época) de las ciencias naturales.
Si en Europa -sobre todo en Alemania- a comienzos del siglo XX predominaba sobre otros abordajes experimentales la introspección (método de investigación psicológica en que los sujetos debían informar acerca de su vivenciar conciente), la situación era distinta en los Estados Unidos: esto obedecía en parte al tipo de formación de los psicólogos norteamericanos y, en parte, a la existencia de laboratorios de psicología animal experimental relativamente bien provistos, donde se desarrollaba una porción apreciable del quehacer en psicología. Existía por consiguiente un considerable potencial para superar el «infecundo» método introspectivo; esto fue lo que se manifestó en el conductismo. Por último, se trataba de deslindarse con claridad de la intensa sugestión del psicoanálisis, que se insinuaba sobre todo en el campo de la psiquiatría (Freud, Jung y Ferenczi permanecieron en 1909 durante un tiempo en la Clark University, lo que no hizo sino aumentar el influjo del psicoanálisis).
Cuando famosos especialistas en la experimentación animal, como el psicólogo Robert Yerkes y el psiquiatra Gilbert V. Hamilton, ya se habían pronunciado de manera explícita en favor de una orientación conductal pura y objetiva en la investigación, Watson formuló en 1913 un muy citado manifiesto sobre «La psicología según la ve el conductista». Esta. psicología, sostenía Watson, era «una rama de las ciencias naturales puras, objetivas», que no necesitaba recurrir al concepto de conciencia más de lo que lo hacía, p.ej., la física. Esta concepción, y el programa de investigación recomendado, guiaron durante mucho tiempo la psicología norteamericana (y después, entre otras, también la alemana). Tal vez no deje de tener interés señalar aquí que de este modo la psicología se asentaba en una concepción anticuada de las ciencias naturales. En efecto, la «conciencia», que orgullosamente se eliminaba a nombre de la física, acababa de ser introducida por ésta progresista disciplina como algo indispensable para la concepción de los fenómenos: «las leyes (de la mecánica cuántica) sólo se pueden formular de manera consecuente si se las refiere a la conciencia» (Eugene P. Wigner, un físico destacado, 1970; citado según Capra, 1977, pág. 301).
Comoquiera que sea, hay que admitir que tanto Bechterev como Watson y muchos conductistas, en su empeño de elaborar y deslindar una «psicología objetiva» opuesta a la introspección, no sólo se propusieron crear una ciencia «pura» sino que orientaron decididamente la investigación hacia la práctica, sobre todo pedagógica y clínica. A diferencia de lo que ocurría con los resultados de la introspección, el programa conductista podía desembocar en esa práctica; el propio Watson participó en esos intentos. De ahí que la relación de la mayoría de los conductistas (incluido Watson) con el psicoanálisis fuera declaradamente buena (salvo en cuestiones de incumbencia en la política profesional) a causa de la innegable importancia de aquel para la práctica. Y aun fue objeto de general admiración su vasto edificio teórico. La objeción explícita del conductismo recaía sobre la falta de verificación, con arreglo a alguna técnica objetiva, de las concepciones psicoanalíticas.
El conductismo no es en realidad una teoría que sostenga determinados contenidos sino una postura en teoría de la ciencia y metodología de la investigación. Aunque es cierto que, dentro de las circunstancias descritas, sirvió de fundamento sobre todo a trabajos de teuría del aprendizaje; en este sentido, Watson y otros se centraron en la edificación de los nexos estímulo-reacción sobre la base de refuerzos y trataron de explicar toda la conducta humana como una conducta adquirida. No obstante, estos abordajes sólo fueron conceptualizados en la forma de «teorías del aprendizaje» por Hull o Skinner (véase infra).
8.2 Primeros abordajes de orientación práctica
8.2.1 Precursores
Las técnicas y los conocimientos de la posterior terapia de la conducta tuvieron precursores aun si estos no recurrieron a la experimentación científica exacta ni formularon de manera explícita «leyes del aprendizaje». Es que las destrezas y «reglas» aplicadas desde hace siglos-si no milenios, en la domesticación de animales -sobre todo caballos, perros, halcones- no son otra cosa que condicionamientos. Y ciertos métodos pedagógicos van también en este sentido. Pongratz (1973, pág. 296) menciona a O. Rosenbach (1851-1907), profesor de medicina interna en Breslau, como el fundador de la técnica de la aversión. Empleaba «con buenos resultados en general» un «pincel farádico o eléctrico» en caso de trastornos de conducta, sobre todo cuando un esclarecimiento psicológico no parecía muy promisorio a causa de la falta de inteligencia del enfermo o del niño en cuestión. Mencionaba movimientos convulsivos, tos nerviosa y vómitos, aerofagia y parálisis histéricas como perturbaciones para las cuales el tratamiento era indicado.
Pongratz señala que las explicaciones de Rosenbach se orientaban por entero según la teoría del aprendizaje: los niños habían aprendido por casualidad determinados movimientos que estaban en la base de la perturbación de la conducta; y finalmente, por el ejercicio, aquellos se habían asociado a determinados sentimientos placenteros que los compelían a producir una y otra vez esas acciones. La aplicación del pincel eléctrico estaba destinada a contrarrestar esos sentimientos placenteros en la forma de la representación de un dolor grande. Para defenderse de la objeción de que así sólo se conseguía sustituir el sufrimiento originario por una «neurosis emocional», Rosenbach sostenía que esto era infundado y que «aun los más tiernos, los que se espantan ante cualquier dolor que pueda serles inferido a sus criaturas, no pueden menos que convencerse de la inocuidad de este método, cuya eficacia no pueden poner en duda trascurridos pocos minutos» (todas las citas según Pongratz, 1973, pág. 296, quien menciona además a P. Dubois y a W. Neutra como precursores de la terapia de la conducta).
8.2.2 Neurosis experimentales
Sobre la base de los conocimientos teóricos mencionados, las neurosis producidas por vía experimental -y su extinción- constituyeron un importante programa de estudio para aproximarse a una comprensión de la génesis y la terapia de las neurosis. Como sucedió con el reflejo condicionado, el descubrimiento de la neurosis experimental fue un resultado colateral que Pavlov y sus colaboradores no habían previsto: en los estudios sobre el aprendizaje de la discriminación, los animales experimentales debían distinguir entre un círculo y una elipse: Con el círculo se les daba comida, con la elipse, no: así se establecía el correspondiente nexo condicionado entre círculo y secreción de saliva. La elipse presentaba al comienzo la relación de uno a dos entre sus ejes pero, establecida la reacción ante el círculo, se la fue aproximando cada vez más a un círculo; cuando la relación entre sus ejes llegó a ser de ocho a nueve, sobrevinieron otros efectos: diferenciaciones aprendidas con anterioridad desaparecieron, y resultaron perturbados, además, otros reflejos condicionados. El animal presentaba una excitación motriz permanente, y aullaba lastimeramente.
Las variaciones -canales perceptivos diferentes, especies animales distintas- introducidas en este experimento, que fue reproducido por muchos otros investigadores, permitieron a Pavlov distinguir entre dos formas básicas de síntomas neuróticos (para este experimento): agitación intensa -el animal rechinaba los dientes, ladraba, mordía- o bien apatía -cola y orejas caídas, inmovilidad-. Pavlov supuso que en la corteza cerebral ocurrían dos procesos opuestos: uno «excitatorio», que conducía a la reacción, y uno inhibitorio», que la coartaba. El estímulo condicionado se ligaba al primero, puesto que el animal reaccionaba, mientras que evidentemente estímulos parecidos, pero discriminados y ante los cuales el animal no debía reaccionar, se ligaban a un proceso inhibitorio. Si la semejanza era demasiado grande, se rompía el equilibrio normal; entonces prevalecía ampliamente el proceso inhibitorio o bien el excitatorio, o sea que se generaban los síntomas de la neurosis experimental. Y como por otra parte no todos los animales reaccionaban con neurosis a este experimento, Pavlov supuso que estos que se volvían neuróticos presentaban, a diferencia de los otros, una debilidad constitucional en su sistema nervioso.
No sólo en Rusia sino particularmente en los Estados Unidos se trabajó con neurosis experimentales en animales, una vez conocidos los descubrimientos de Pav1ov. H. S. Liddell fundó en 1926 en la Cornell University una «Behavior Farm» donde se hicieron experimentos pavlovianos de condicionamiento eón perros, ovejas, cabras y cerdos. De manera análoga, W. H. Gantt creó pocos años después el «Pavlovian Laboratory» en la John Hopkins University. Estos dos centros de investigación se dedicaron a la neurosis experimental, no en último término con la esperanza de obtener conclusiones
importantes para el trabajo psiquiátrico en el ser humano. En la década de 1930 sesionó incluso un congreso sobre neurosis experimentales, organizado por el National Research Council.
Neurosis experimentares (deliberadas) en seres humanos rara vez se produjeron, felizmente. Uno de los experimentos clásicos se debió a Watson y se llevó a cabo durante el invierno de 1919-1920 en un bebé de once meses de nombre Albert. Antes del experimento, según se nos informa (véase infra), Albert nunca había manifestado miedo a ratas blancas u otros animales. En cambio, el golpe de un martillo sobre una plancha de metal le provocaba reacciones de angustia. Tras dos sesiones en que junto con la presentación de la rata se produjo este ruido, quedó condicionada la reacción de miedo a la rata. Cinco días después, una liebre, un perro, un manguito de piel y la máscara barbada de un Papá Noel le desencadenaron reacciones de miedo. Watson llamó «trasferencia» a este fenómeno de generalización, un concepto que en verdad provenía de la discusión psicoanalítica. Junto con la que después fue su esposa, Watson hizo toda una serie de experimentos semejantes, sobre todo con niños negros, que documentó en filmes. Pero no está claro si en estos experimentos se obtuvieron «éxitos» comparables a los alcanzados en el caso del pequeño Albert.
Aunque Watson se proponía volver atrás las reacciones de miedo condicionadas en el pequeño Albert (sin embargo, se llevaron al niño antes que esto ocurriera), experimentos de esta índole son extremadamente cuestionables desde el punto de vista ético. Se puede anotar en descargo de Watson que tras estas primeras experiencias supervisó proyectos importantes en los que se eliminaron angustias que otros niños habían adquirido de diversa manera (es decir, «naturalmente»).
Esta misma objeción ética se aplica a una serie de estudios, réplica del de Watson, llevados a cabo por otros autores (aunque las reacciones «deseadas» de miedo no pudieran ser condicionadas). Pero es interesante también considerar estos experimentos a la luz de la sociología del conocimiento: en la bibliografía se suelen citar errores de método para explicar aquellos fracasos prácticos. No obstante, en años recientes los experimentos de Watson y la ideología científica construida sobre ellos han sido criticados como tales. P.ej., Samelson (1980) señala que el descubrimiento de una reacción de angustia condicionada, que en innumerables manuales se aduce como «prueba» de una teoría de la adquisición de la angustia, descansa en un experimento único hecho en un solo sujeto porque en verdad han fracasado todos los ensayos de reproducir este resultado. Si en otro caso un descubrimiento obtenido en estas condiciones se consideraría un artefacto al que no se atribuiría más significación, es evidente que este armonizaba muy bien con la ideología de los conductistas y sus partidarios. El hecho de que el propio Watson calificara su experimento con Albert de «inconcluso» e indicara que «no se podían extraer de él conclusiones fundadas» (« . . . verified conclusions are not possible»; citado según Samelson, 1980, pág. 621), se pasó por alto a sabiendas y así se urdió la leyenda de que existían unos hechos incuestionables para lo sucesivo. Samelson compara el experimento de Watson con la investigación de gemelos llevada a cabo por Cyril Burt: por el método de la investigación de gemelos, este había «demostrado que la inteligencia se hereda», tesis festejada por muchos durante décadas como un resultado de la ciencia exacta, hasta que últimamente se demostró que esos resultados se obtuvieron falsificando los datos.