Desde hace una década se observa una renovada actividad de innovación respecto de las nociones básicas de la psicoterapia de diálogo, que va mucho más allá de una especificación y un desplazamiento del acento dentro del mismo abordaje (como se podrían interpretar todavía nociones como las de «experienciar» y «enfoque»). Los intentos van dirigidos a adoptar diversos abordajes, perspectivas teóricas y técnicas de intervención de otras variedades psicoterapéuticas, integrándolas en la psicoterapia de diálogo. Una obra importante en este sentido es sin duda el volumen de Wexler y Rice (1974), Innovations in client-centered therapie, en el que diecisiete autores discuten modificaciones y ampliaciones de los puntos de vista de Rogers.
Ampliaciones sustanciales han sido propuestas por Martin (1972) con respecto a la teoría del conflicto, por Tscheulin (1975) en orden a la integración de aspectos de la teoría de la comunicación de la escuela de Palo Alto (cf. el capítulo 18) o por Wexler (1974) para nociones de teoría de la información o de psicología cognitiva. También, con miras a una reanimación de la psicoterapia de niños centrada en el cliente (Schmidtchen, 1974) se ampliaron las bases de Rogers y los tempranos abordajes de la terapia de niños de Axline (1972, primera edición norteamericana, 1947), sobre todo, con perspectivas tomadas de la psicología social y del desarrollo. Acerca de la combinación de la psicoterapia de diálogo con casi todas las otras formas corrientes de terapia, Howe hace poco ha presentado dos volúmenes de compilaciones (Howe, 1982x, 1982ó), que reflejan con claridad una fuerte tendencia a la integración de diversos abordajes, si bien es cierto que de igual modo hubo decididos pronunciamientos en contra de esa integración de métodos (p.ej., Biermann-Ratjen, Eckert y Schwartz, 1980, quienes incluso en su libro sobre psicoterapia de diálogo, de 1979, presentaron una explicación muy fundada de la acción eficaz de esta terapia, para lo cual, reformulando las perspectivas de Rogers, privilegiaron «el cambio por obra de la comprensión», véase
infra).
Creciente importancia van cobrando los grupos de encuentro centrados en el cliente o grupos de psicoterapia de diálogo, desarrollo este que el propio Rogers anticipó (cf. Rogers, 1974, primera edición norteamericana, 1970; Franke, 1978, y también Tausch y Tausch, 1979).No obstante esta heterogeneidad extraordinaria que presenta su estado actual de desarrollo, la exposición que sigue acerca de nociones centrales se atendrá fielmente a las concepciones de Rogers de la «terapia centrada en el cliente», aunque tomaremos en consideración las perspectivas, en mi opinión muy fecundas, del centramiento en la vivencia, propuestas por Gendlin, así como las reformulaciones de nociones básicas de la psicoterapia de diálogo de Biermann-Ratjen et al. (1979).
14.3 Imagen del hombre y teoría de la personalidad según Rogers
Las exposiciones de Rogers sobre su teoría de la personalidad se entretejen casi siempre con sus experiencias personales y sus ideas sobre la psicoterapia, con su imagen del hombre-humanista, existencial, y sus concepciones de cuño filosófico sobre los procesos de la experiencia, la enseñanza y el aprendizaje; querer dilucidar aquí aspectos singulares equivale a «extraer hilos de un tejido» (Bischof, 1964). Fue en 1951 cuando Rogers expuso y elucidó más explícitamente sus ideas sobre la teoría de la personalidad en la forma de diecinueve tesis (no obstante, muchos le han criticado falta de rigor, en
particular la desunión de teoría y práctica; cf., p.ej., Zimring, 1974; Grunwald, 1976, o Bommert, 1977). Aspectos esenciales de su imagen del hombre se contienen prácticamente en todas sus publicaciones.
Uno de los constructos centrales de la teoría de la personalidad de Rogers es el «sí-mismo», que se diferencia sólo en el curso del desarrollo de la primera infancia a partir de percepciones corporales en interacción con el ambiente. El sí-mismo organiza y estructura por una parte experiencias, y por la otra las desmiente o desfigura, a saber, cuando no guardan relación con él (con la autoimagen). No menos importante es la tendencia a la actualización - según Rogers, inherente a todo organismo-, que «mueve al ser humano en dirección a lo que se define como crecimiento,' maduración, enriquecimiento vital» (Rogers, 1983, pág. 491). Pero ella necesita que el medio le ofrezca un clima psíquico y físico adecuado, porque de lo contrario puede agostarse (véase infra). El tercer concepto central es la «incongruencia», la discrepancia entre la vivencia del organismo y su autoimagen. Si la incongruencia es alta, la tendencia a la autoactualización produce conflictos: por una parte, ella sostiene la autoimagen, embellece la imagen que uno tiene de sí mismo pero, por otra parte, el organismo aspira a hacer justicia a sus necesidades. Organismo y sí-mismo esfuerzan entonces en direcciones diferentes, y el conflicto que desde ahí se insinúa es la base de la angustia (cf. Rogers, 1983).
A continuación reproducimos sin comentarios las diecinueve tesis de la personalidad de Rogers (1973, primera edición norteamericana, 1951), que él elucida en detalle. Pero más adelante retomamos muchas de estas perspectivas en conexión con las actitudes terapéuticas básicas y el proceso terapéutico:
1. Todo individuo existe en un mundo de experiencia que cambia permanentemente, cuyo centro es él.
II. El organismo reacciona frente al campo tal como él lo experimenta y percibe. Este campo perceptivo es «realidad» para el individuo.
III. El organismo reacciona al campo perceptivo, como un todo organizado.
IV. El organismo tiene una tendencia básica a actualizarse, conservarse y acrecentarse en tanto organismo que hace experiencias.
V. La conducta es en principio el intento del organismo, orientado hacia metas, de satisfacer sus necesidades según lo consiga dentro del campo así percibido.
VI. Esta conducta dirigida a metas es acompañada y en general es promovida por emociones. Estas guardan relación con la procura de todos los aspectos consumatorios de la conducta, y la intensidad de la emoción se relaciona con la importancia percibida de la conducta para la conservación y elevación del organismo.
VII. El mejor punto de partida para la comprensión de la conducta es el sistema de referencia interno del propio organismo.
VIII. Una parte del campo perceptivo total se desarrolla poco a poco hasta convertirse en el sí-mismo.
IX. Como resultado de la interacción con el medio y, en particular, de la interacción de orden valorativo con otros, se forma la estructura del sí-mismo; se trata de una estructura organizada, fluyente pero plenamente intelectiva, de percepciones de características y relaciones del «sí-mismo», junto con los valores que corresponden a esos esquemas.
X. Los valores inherentes a las experiencias y los valores que son parte de la estructura del sí-mismo han sido experimentados directamente por el organismo, o bien introyectados o tomados de otros, pero en este último caso se los percibe en forma desfigurada, como si hubieran sido experimentados de modo directo.
XI. Cuando en la vida del individuo emergen experiencias, ellas son a) simbolizadas, percibidas y organizadas dentro de una relación con el sí-mismo; b) pasadas por alto porque no presentan ninguna relación percibida con la estructura del sí-mismo, o bien c) simbolizadas por vía de desfiguración o desconocimiento porque la experiencia no concuerda con la estructura.
XII. Las modalidades de conducta adoptadas por el organismo son las más de las veces aquellas que concuerdan con la imagen del sí-mismo.
XIII. La conducta en muchos casos puede ser causada por necesidades y experiencias orgánicas que no han sido simbolizadas. Esta conducta se puede situar en contradicción con la estructura del sí-mismo, pero en estos casos la conducta no es «propia» del individuo.
XIV. Una inadecuación psíquica se produce cuando el „organismo niega ante la conciencia importantes experiencias sensoriales y corporales, que, en consecuencia, no son simbolizadas ni organizadas en la Gestan de la estructura del sí-mismo. Cuando esta situación se presenta, existe una tensión psíquica básica o potencial.
XV. Existe una adecuación psíquica cuando el esquema del sí-mismo es de suerte que todas las experiencias sensoriales y corporales del organismo son o pueden ser asimiladas en un plano simbólico dentro de una relación de concordancia con aquel esquema.
XVI. Cualquier experiencia que no concuerde con el organismo o con la estructura del sí-mismo puede ser percibida como una amenaza, y mientras más frecuentes sean estas percepciones, más rígidamente se organizará la estructura del sí-mismo a fin de conservarse.
XVII. En determinadas condiciones, de las cuales la principal es la total ausencia de amenaza para la estructura del sí-mismo, experiencias que no concuerden con esta serán percibidas, examinadas, y la estructura del sí-mismo será revisada para asimilar e incluir experiencias de esa índole.
XVIII. Si el individuo percibe todas sus experiencias sensoriales y corporales, y las recoge dentro de un sistema consistente e integrado, necesariamente será más comprensivo con los demás y en su conducta aceptará más a los otros en tanto individuos.
XIX. A medida que el individuo percibe y acepta más de sus experiencias orgánicas dentro de su estructura del sí-mismo, se encuentra con que sustituye su actual sistema de valores, que en buena parte consiste en introyecciones simbolizadas por vía de desfiguración, por un proceso valorativo organísmico y continuado.
14.4 Actitudes básicas del terapeuta
Como ya dijimos, Rogers conceptualízó en 1957 tres actitudes básicas del terapeuta en tanto «necesarias y suficientes» para una terapia constructiva; a menudo se las denomina «variables básicas» de la «conducta del terapeuta». Pero estos conceptos pueden inducir a un malentendido porque Rogers no se propone introdu cir «variables» de «conducta» (p.ej., en el sentido de la «conducta verbal» de Skinner) como parámetros exactos de una técnica o «método de tratamiento» sino, más bien, describir perspectivas para ofrecer una relación interhumana con miras a producir cambios con eficacia terapéutica. No obstante, en el marco de una concepción más bien técnica de la psicoterapia no rara vez estas actitudes básicas se ejercitan en el entrenamiento técnico como variables de conducta, con la meta de alcanzar los valores más altos que se pueda en las escalas correspondientes.
En lo que sigue, para poner el acento en el abordaje humanista de la psicoterapia de diálogo, no hablaremos de tres (distintas) variables básicas sino de tres aspectos de una actitud de encuentro: terapeuta y cliente se encuentran como compañeros, aunque con demandas diferentes. En este encuentro, el cliente debe poder experimentar que el terapeuta lo acompaña comprensivamente en la exploración de su sí-mismo, lo alienta con su actitud, no lo juzga, y acepta sus problemas sin despojarlo de su responsabilidad sobre ellos. Aunque la insistencia en «tres aspectos de una actitud de encuentro» está aquí referida al contenido y es de orden puramente fenomenológico, parece conservar todo su sentido en orden a los descubrimientos empíricos: siempre arrojan los tres -entendidos como «variables» de «conducta»-, según Tausch (1973, pág. 121); una correlación de 0,70, es decir, tan elevada como rara vez se la encuentra en este dominio (cf. también, p.ej., Wiggins, 1973, y Grunwald, 1976, que por lo demás cuestionan la división en tres variables).
14.4.1 Estimación positiva y calidez emocional
Este aspecto complejo de la actitud de encuentro se ciñe también por medio de conceptos como «aceptación» o «respeto». Se trata de la medida en que el terapeuta puede y quiere vivir al cliente como un prójimo y entregarse a un encuentro existencial con él, sin incluirlo en categorías valorativas o de utilidad sobre la base de sus acciones, cualidades y palabras. Lo esencial entonces es saber si el terapeuta ha podido ver en el cliente al ser humano, o si (a causa de sus propios problemas, de esquemas aprendidos, etc.) es capaz de reaccionar sólo de un modo esquemático frente a un haz de roles, acciones, palabras. Esta aceptación incondicional del cliente en manera alguna significa aplaudir sus acciones ni compartir sus actitudes. Más bien se refiere al hecho de poder sentir, más allá de estas estructuras de superficie, un hondo respeto frente a la vida humana y su diversidad, tal como se manifiesta en el ser-así individual del cliente. En este contexto, Rogers habla de «amor en el sentido del concepto teológico de "ágape" [ . . .1 un sentimiento que no es de cuidado patriarcal, ni es sentimental, ni una amabilidad superficial» (Rogers, 1962, citado según Tausch y Tausch, 1979, pág. 67). Parece más que dudoso que estas sensaciones se puedan «enseñar» o «aprender» y que admitan «entrenamiento» (en el sentido usual de estas palabras, p.ej., en cursos universitarios). La estimación positiva y la calidez emocional se manifiestan en el plano de la conducta siquiera en el hecho de que no se intente imponer al cliente las opiniones y valoraciones del terapeuta, no se le den consejos ni se le hagan recomendaciones, etc. Con miras a la investigación empírico-estadística, Truax (1962) ha esbozado una «escala» de cinco grados, con arreglo a la cual el observador puede incluir su valoración del terapeuta respecto de estas variables en una categoría, y expresarla en la forma de un número.
Un terapeuta que experimente íntimamente esa estimación positiva del cliente y pueda ir a su encuentro con calidez emocional, despertará sentimientos parecidos en el cliente respecto de su si-mismo, de manera que pueda aceptarse y respetarse mejor (Biermann-Ratjen et al. llaman a esto «establecimiento de un objeto interno empático»). También el cliente aprende así a diferenciar entre su valor como ser humano y la valoración de sus acciones.
14.4.2 Autenticidad
Para esta segunda actitud de encuentro, como para la primera, existe una serie de otros conceptos: «congruencia o sinceridad consigo mismo», «no tener fachada» o «autointegración». Esto presupone, en el sentido de la filosofía humanista, una personalidad madura que no se oculte tras fachadas, muletillas retóricas o roles, y que no tenga actitudes de defensa neurótica o angustíada frente a sus propios sentimientos y percepciones, sino que esté dispuesta a vivirse a sí misma y a internarse en la situación. Aquí se trata entonces de «totalidad» (en el sentido de la psicología humanista) y de veracidad del terapeuta en la relación; él experimenta su conciencia presente y se expresa de manera auténtica en la
comunicación. También en este caso interesa la sustancia humana del terapeuta, no una técnica en la que se pueda haber entrenado.
La autenticidad se exterioriza en el plano de la conducta siquiera en el hecho de que, p.ej., los contenidos de una preferencia coincidan con el tono de la voz, la mímica, la gestualidad, etc., y que se pueda recurrir de manera espontánea a un vasto espectro de reacciones. También para esta variable se ha elaborado y propuesto una serie de escalas, p.ej., Truax (1962) o Carkhuff (1969).
La autenticidad del terapeuta posibilita la confianza de parte del cliente, puesto que aquel se vuelve trasparente y el cliente puede experimentar de manera no verbal/analógica lo que oye de verbal/digital en las comunicaciones. Ahora bien, sólo esa confianza en el terapeuta le permite franquearse y volverse hacia su propia persona haciendo investigación de sí en vez de mirar lleno de prevenciones al interlocutor.