También en Europa se empezó a trabajar con familias en la década de 1950: en Inglaterra, John G Howells desarrolló desde 1950 un programa de psiquiatría familiar Hacia el final de esa misma década,
18. La relación de pareja como colusión (Willi)
Si en el capítulo anterior elucidamos, desde la perspectiva de la terapia individual, conceptos y nociones centrales de la terapia estratégico-comunicativa de la escuela de Palo Alto, en este capítulo, desde la perspectiva de la terapia de parejas, nos introduciremos en los rudimentos de una extensión sistémica, de concepciones psicoanalíticas. Estas dos «corrientes» -la estratégicocomunicativa y la psicoanalítica (extendida)- desempeñan un importante papel en la terapia familiar, de la que trata el capítulo principal de esta Cuarta parte. En esa medida, la exposición que sigue se puede considerar introductoria a la comprensión de la dinámica intrapersonal e interpersonal en los sistemas familiares y de pareja.
Entre las diversas extensiones y modificaciones que ha experimentado la teoría psicoanalítica, destacaremos aquí el concepto de colusión de Jürg Willi (1975 y 1978) porque parece particularmente apto para orientar las perspectivas centrales del psicoanálisis, de ordinario dirigidas al individuo aislado y su conflicto intrapsíquico, hacia el «análisis del juego recíproco inconciente en la elección y el conflicto de pareja» (Willi), es decir, hacia pautas de acción social. Como Willi limita su abordaje preferentemente a la relación de pareja (sólo de manera periférica elucida la participación de terceros), no aprehende todavía la dinámica de la familia total, como en cambio lo hace la terapia familiar (que incluye a los hijos, a las familias de origen y al medio social más amplio). En cambio, muestra con evidencia el potencial explicativo que se puede liberar en el «psicoanálisis clásico» si se lo incluye en contextos nuevos. Además, Willi (1978) señala que es sólo una perspectiva específica, adoptada con miras al análisis, la que lleva a considerar la relación de pareja como colusión, pero que con ello no se niegan otros influjos que se ejercen sobre la relación de pareja, p.ej., la situación económica.
Además de cuatro pautas básicas de la relación neurótica inconciente (colusión, véase infra) de una pareja -y que en consonancia con la teoría psicoanalítica se dividen en colusión narcisista, oral, sádico-anal y fálica (véase infra)-, los otros conceptos esenciales de este abordaje son el principio del deslinde, la conducta de defensa progresiva y regresiva, así como la equiparación.
En armonía con conocimientos centrales del psicoanálisis, de la terapia guestáltica, de la terapia familiar (en particular del «abordaje estructural», cf. el capítulo 19, 4) y, por fin, con la discusión desatada en torno de los abordajes sistémicos, Willi atribuye un peso importante al aspecto de los límites de un sistema. Tanto el deslinde dentro de la relación de pareja (es decir, entre los dos compañeros) como el deslinde de la pareja frente a otras personas se caracteriza, dentro del «campo normal», o sea, en una asociación que funcione bien, como «clara y permeable». En cambio, en el caso patológico estos límites son o demasiado rígidos o demasiado difusos.
En total, de la dicotomía «límites interiores-límites exteriores» y de la dicotomía «rígido-difuso» resultan cuatro posibilidades de combinación para una clasificación de los deslindes patológicos. Pero se demuestra que en la realidad se presentan casi únicamente dos de estas combinaciones, a saber, relaciones de pareja (o «díadas») con límites interiores rígidos pero límites exteriores difusos, o con límites interiores difusos pero límites exteriores rígidos (Willi, 1975, pág. 16):
Las parejas con límites interiores rígidos pero límites exteriores difusos suelen erigir una muralla protectora entre sus miembros por miedo a una intimidad demasiado grande con pérdida de sí. La unión con personas extrañas tiene entonces la función suplementaria de asegurar el deslinde entre los miembros de la pareja. A esto se suman razones político-ideológicas o de cosmovisión (p.ej., «libertad sexual»), que llevan a buscar relaciones extramatrimoniales. Esto se vuelve problemático sobre todo cuando desaparecen las diferencias entre una relación de pareja extramatrimonial y la pareja propia.
Por el otro lado -límites exteriores rígidos pero límites interiores difusos- existen parejas que ven en el matrimonio una relación amorosa exclusiva con elevados ideales y expectativas para cada uno de los miembros y para el otro. La relación a que se aspira es una simbiosis total (no rara vez como sustituto de la simbiosis perdida madre-hijo); de esta manera, la idealización irrealista de estas demandas termina exigiendo demasiado del compañero y, por ahogo, extingue el amor en la relación. Un «matrimonio» (se utiliza este concepto para designar en forma abreviada todas las relaciones de pareja duraderas) tiene que observar, según Willi (1975, pág. 17), las siguientes características de deslinde:
a. La relación de los miembros entre ellos debe ser distinguida nítidamente de toda otra relación de pareja._ La díada se tiene que deslindar con claridad hacia el exterior, los miembros se tienen que sentir una pareja, deben reclamar espacio y tiempo para ambos, y llevar una vida matrimonial.
b. Dentro de la pareja, los miembros tienen que permanecer distintos y respetar límites claros entre ellos. 18.2 Regresión y progresión
Una persona no neurótica -en esto coinciden todas las corrientes psicoterapéuticas- se caracteriza sobre todo por un vasto repertorio de conductas que es capaz de emplear de manera oportuna en diferentes situaciones, así como por una elevada cuota de identidad, estabilidad, autonomía y madurez (aquí basta comprender estos conceptos en su sentido cotidiano). Es parte de esto la capacidad de atender adecuadamente necesidades que se suelen caracterizar más bien como «infantiles»: las necesidades de protección, amparo, dependencia, ternura, copertenencia, etc. Esto supone percibirlas primero en uno mismo, articularlas como deseos ante el compañero y poder entregarse a ellas. Estas necesidades «infantiles» se definen como tendencias regresivas de la conducta. Se contraponen a las conductas progresivas, que en comparación con aquellas se denominan «adultas», a saber, fortaleza, competencia, vigor, aplomo; en síntesis, son las conductas capaces de satisfacer las necesidades regresivas del compañero.
Mientras que en una relación sana de dos compañeros no neuróticos cada uno puede intercambiar de manera flexible sus tendencias progresivas y regresivas (que toda persona tiene en su interior), el neurótico se caracteriza justamente por una fuerte coartación de esta flexibilidad del repertorio de conductas, es decir, por una rigidez en sus deseos y una fijación en unas pocas tendencias de conducta. Las posturas defensivas neuróticas, que en la teoría psicoanalítica han sido descritas sobre todo por Freud y Reich, se abren paso aquí por fijación o a una posición regresiva o a una progresiva.
Estas posiciones se distinguen de las tendencias progresivas y regresivas «normales» por el hecho de que no se alternan de manera flexible sino que son adoptadas duraderamente por uno de los miembros de la pareja (según el concepto de colusión de Willi, en una relación de pareja se unen de preferencia un tipo regresivo y uno progresivo). Si el compañero situado en la posición regresiva rechaza prácticamente todas las demandas de conducta madura, tampoco la conducta del compañero situado en la posición progresiva se caracteriza por una madurez genuina sino por la seudo madurez de una conducta sobrecompensadora. En la base de la posición progresiva estarán, por lo tanto, la defensa neurótica frente a la angustia, y la vergüenza por las propias tendencias regresivas.
18.3 La equiparación
Aunque en nuestra sociedad se suele atribuir una conducta progresiva, dominante, «masculina», a un miembro «dominante», y una conducta regresiva, sometida (en apariencia), «femenina», más bien al miembro «dominado», un análisis atento muestra casi siempre que es en extremo difícil averiguar quién es el «dominado». En efecto, según lo señalan no sólo las terapias psicoaralíticas sino casi todas las demás, no es raro que la enfermedad, el desvalimiento, la incapacidad, etc., se empleen como recursos notables para manipular al compañero y en definitiva «dominarlo» sutilmente.
En este sentido, Willi, lo mismo que Watzlawick et al. (1969) o Bach y Wyden (1970), sostienen que en la compleja dinámica de la pareja en principio se impone a la larga una equiparación, y no existen dominadores o dominados ni triunfadores o perdedores. En efecto, si la igualdad manifiesta se rompe un breve lapso porque uno de los compañeros parece al comienzo el «vencedor» en una querella, el perdidoso siempre tiene la posibilidad de restablecer el equilibrio: llegado el caso, de una manera sutil y destructiva. Los recursos que entonces se emplean son, p.ej., el llanto, los autorreproches depresivos, la fuga, el silencio porfiado, la actitud de mártir o de santo, la producción de síntomas psicosomáticos, el intento de suicidio, el alcoholismo, la negativa a trabajar, el enredo con un tercero, etc. Debería estar claro que la dinámica completa de la pareja en el caso de fijación neurótica antes descrito determina el juego recíproco (o la colusión) de los dos compañeros.
18.4 Colusión y tipos de colusión
18.4.1 Sobre el concepto de colusión
En correspondencia con el modelo psicoanalítico de las fases, ampliado con la perspectiva del desarrollo temprano del sí-mismo (es la idea del narcisismo, ef. el capítulo 2), Willi caracteriza cuatro temas básicos que toda pareja enfrenta al plasmar su relacion:
1. En el tema relacional narcisista está en juego el desarrollo de un sí-mismo propio, autónomo, opuesto a la autorrealización en el compañero y por medio de él. Esto concierne a la medida del deslinde y de la autonomía
respecto del compañero o, en el sentido inverso, de la abnegación «en favor» del compañero y de la fusión con él.
2. En el tema relacional oral se trata de la medida y de la distribución del cuidado recíproco, de la ayuda y de la responsabilidad asumida hacia el otro.
3. En el tema relacional sádico-anal, en cambio, se trata de la medida de gobierno, de control, de conducción, etc., o, a la inversa, de dependencia y de entrega pasiva.
4. En el tema relacional fálico-edípico, por último, importan el modo en que se plasmarán los roles ««clásicos» del género o las posibilidades de desplegar las tendencias contrapuestas (cf. sobre esto, p.ej., la noción de animus-anima de C. G. Jung, ya expuesta supra).
No es casual que estos cuatro temas básicos desempeñen un papel central justamente en las relaciones de pareja perturbadas: según la teoría psicoanalítica, las neurosis se caracterizan sobre todo por la fijación a una de estas fases del desarrollo. Estos conflictos básicos neuróticos del individuo ya influyen mucho en la elección de pareja; bien se comprende que el compañero situado en la posición regresiva (el que ha reprimido sus propias tendencias progresivas) se sienta interpelado en particular por compañeros que muestren las conductas progresivas complementarias; en no pocos casos elegirán a personas situadas en la posición progresiva o con tendencia a ello (es decir que presentan también ellas una fijación neurótica, sólo que han reprimido las tendencias regresivas). Esta elección de pareja se hace delegando en el otro los,propios deseos y tendencias reprimidos. Por eso al comienzo parece en extremo lograda y satisfactoria; en efecto, la delegación en el compañero impresiona como una manera elegante de dominar las angustias frente a las propias tendencias reprimidas (cf. también infra, la sección 5). Se trata por lo tanto de la complementariedad de las necesidades, como ya la había documentado, p.ej., Winch (1958), sobre el fondo de una perturbación psíquica y de una estructura de personalidad semejantes del compañero, según lo tienen demostrado, p.ej., Penrose (1944), Nielsen (1964) o Kreitman, Collins, Nelson y Troop (1971). En consonancia con esto, Willi (1975, pág. 59) resume de esta manera la sustancia conceptual de la colusión:
1. Colusión significa un inconfeso y secreto juego recíproco de dos o más compañeros, que nace- de un conflicto básico semejante y no dominado.
2. El conflicto común no dominado se reparte en roles diferentes, lo que produce la impresión de que uno de los compañeros es el opuesto del otro. Pero se trata en definitiva de variantes polarizadas de lo mismo.
3. La unión en un conflicto básico de igual especie favorece, en las relaciones de pareja, intentos de autocuración progresiva (sobrecompensadora) en uno de los compañeros, y regresiva, en el otro.
4. Esta conducta defensiva progresiva y regresiva contribuye de manera sustancial a la atracción y el aferramiento diádico de los compañeros. Cada uno espera que el otro lo libre de su conflicto básico. Los dos creen que el otro los sostiene en la defensa frente a sus angustias profundas al punto que así logran satisfacer sus necesidades en una medida nunca alcanzada hasta entonces.
5. En una convivencia prolongada, este intento de autocuración colusiva fracasa a causa del retorno de lo reprimido en los dos compañeros. Reafloran en el sí-mismo las partes desplazadas sobre el compañero (delegadas o externalizadas en este).
Para este concepto central de «colusión», Willi invoca de manera explícita a Ronald D. Laing (quien lo introdujo en 1961; versión en alemán, 1977) y también a Henry Dicks (1967), quien por su parte se apoya conceptualmente en W. R. Fairbairn (1952) y Melanie Klein (1962). Hay indicios de que también influyeron mucho observaciones del mismo tenor originadas en la terapia psicoanalítica de grupos (sobre todo en conexión con la terapia de parejas), de las que informan, entre otros, Vino (1971), StockWhitaker y Liebermann (1965), Argelander (1972), Heigl-Evers (1972), Grinberg, Langer y Rodrigué (1972).
A1 comienzo, la elección de pareja parece un logro perfecto y conduce a una relación que se caracteriza por el cumplimiento de las aspiraciones contrapuestas y que vive gracias al refuerzo recíproco que se ofrecen los compañeros; es lo que muestran las líneas de arriba, al medio, en los cuatro esquemas (véase infra) de pautas básicas que responden a los tipos ideales de colusión. Pero como todo sistema que presenta realimentación positiva, también este tiene que pasar a posiciones extremas cada vez con mayor rapidez. La delegación de los propios impulsos reprimidos, que al comienzo se vivió como una liberación y como satisfacción, se desenmascara cada vez más como prohibición absoluta, como fijación y encadenamiento total de la personalidad. Es visible que la defensa recae sobre la posibilidad de satisfacer cada uno, aun mínimamente, las tendencias que el compañero manifiesta y exhibe en medida cada vez más extrema (porque la represión de impulsos y deseos nunca equivale a su inexistencia). A la larga, el progresivo no soporta más proporcionar al compañero la satisfacción regresiva que él mismo se deniega, pero el regresivo odia al progresivo (y se odia a sí mismo) porque lo afrenta conocer su propia dependencia y que se le señale la asistencia que se le brinda.
De esta manera el juego recíproco de los compañeros, por revuelta contra una fijación de roles que llega a ser absoluta, de una rigidez extrema, se trueca en una colusión destructiva cuyos rasgos patológicos adquieren nítido relieve. Este vuelco, que sin duda representa uno de los puntos centrales en el concepto de colusión de Willi, es lo que resumiremos a continuación para los cuatro tipos fundamentales.
18.4.2 La colusión narcisista
La relación entre compañeros que sobre la base del conflicto básico narcisista han adoptado una posición progresiva y una regresiva se caracteriza al comienzo por la fusión y la admiración idealizada. A causa de una perturbación muy temprana del desarrollo de la personalidad, el sí-mismo sólo se pudo desarrollar limitadamente. Por regla general, estas personas fueron inhibidas en su niñez en el desarrollo de su sí-mismo por una madre que percibía a su hijo como una parte de su propio sí-mismo. El hijo tuvo que aprender a desmentir sus percepciones y sentimientos propios en la medida en que no estuvieran de acuerdo con la imagen que tenía la madre («yo te conozco mejor»).
Frente a un sí-mismo tan deficitario, el narcisista depende, en la posición progresiva, de la admiración e idealización del otro; de aquí extrae la definición de su propia personalidad y valía. En cambio, el narcisista complementario necesita a alguien a quien pueda admirar e idealizar, pues a través de este compañero recibe su propia definición y valía.
Por esta razón, al comienzo de la elección de pareja se establece para los dos una colusión muy satisfactoria (cf. el esquema). Aunque a primera vista y en lenguaje cotidiano el narcisista se caracteriza como egoísta, y su complementario, como altruista, a la dominación exterior del narcisista se contrapone una dominación sutil del narcisista complementario: como sólo vive para el compañero y en él, se fusiona enteramente con el narcisista, lo invade, y su abnegación, su admiración e idealización le permiten ejercer sobre él un fuerte control. Es como el caso de la secretaria «dedicada» que se vuelve indispensable para su jefe justamente porque «con olvido de sí» le organiza todo, desde sus compromisos de agenda hasta los trámites de rutina; del mismo modo, el narcisista complementario puede fijar a su compañero cada vez con mayor fuerza en la imagen idealizada que se ha formado de él, y atarlo y aferrarlo por medio de su entrega y su sacrificio.
En algún momento este proceso de idealización, caracterizado por una realimentación positiva, tiene que resultar excesivo para el narcisista: intentará deslindarse de esta fijación total, a lo cual empero el narcisista complementario responderá con una restricción todavía más fuerte y un redoblado confinamiento a una imagen ideal. Así lo que antes era una colusión cumplida se trueca en un conflicto de pareja (cf. el esquema). Según Willi, es frecuente que los matrimonios narcisistas se divorcien; el narcisista, que no podría tolerar ser abandonado por su compañero, prefiere dejarlo él, en tanto que esto significa una catástrofe existencial para el narcisista complementario, que suele reaccionar con depresiones, síntomas psicosomáticos, etcétera.