Refuerzos y planes de refuerzo
11. Terapia racional-emotiva (Ellis)
La terapia racional-emotiva fue elaborada por Albert Ellis (nacido en 1913) desde la década de 1950, y en 1956 fue presentada por primera vez ante la reunión anual de la Asociación Psicológica Norteamericana (en ese momento todavía con el título de «terapia racional»). Esta variedad de terapia atiende sobre todo a cogniciones disfuncionales (valoraciones, conclusiones, ideas, etc.; véase infra) de los pacientes (en la forma de «sistemas de creencias») y a su importancia para el deterioro del bienestar psíquico o para la explicación de perturbaciones de la conducta. Por esta razón la terapia racional-emotiva se suele incluir entre las terapias cognitivas de la conducta; pero el propio Ellis se ha negado siempre a aceptar la subsunción, por grande que sea la semejanza entre su propuesta y las concepciones de la terapia de la conducta. Con respecto a la cronología, la terapia racional-emotiva se desarrolló de manera paralela a las terapias de la conducta en la década de 1950 (a diferencia de las «otras» terapias cognitivas de la conducta, que aparecieron sólo a fines de la década de 1960 y en la de 1970, sobre la base de concepciones de terapia de la conducta ya existentes).
Las bases teóricas de la terapia racional-emotiva son objeto de diversa valoración; así, Ellis (1979a, pág. 39) opina que ella «dispone de una teoría muy diferenciada y practicable», mientras que otros autores se muestran más bien reservados en este punto (p.ej., Von Quekelberghe, 1979). Y no en vano escribe L. Wachinger, en el «Prólogo» a la edición alemana de La terapia racional-emotiva de Albert Ellis (1977, pág. 7): «Tal vez muchos encuentren superficial el abordaje racional de Albert Ellis ("profundidad alemana" contra "optimismo norteamericano de la racionalidad y la técnica"), pero no se debe olvidar el gran aliciente que representa para los enfermos y sus terapeutas». Además, el núcleo teórico -el diálogo interior y la importancia de las representaciones simbólicas, cognitivas, de situaciones y sucesos para la percepción, la conciencia y la conducta había sido elaborado con mucho mayor fundamento y de manera más abarca dora, p.ej., por George Herbert Mead, más de veinte años antes. Ideas afines en el campo de la psicoterapia se encuentran ya a comienzos del siglo XX en Paul Dubois (1907) o en Alfred Adler (cf. el capítulo 3), entre otros autores.
El mérito de Ellis consistió más bien en haber elaborado una terapia eficaz y pragmática como alternativa del psicoanálisis, pero sin caer en el marcado dogmatismo conductista de la temprana terapia de la conducta como la concibieron Wolpe, Eysenck y Skinner. Parece haber anticipado en más de una década las posteriores ampliaciones y modificaciones cognitivas de aquellos abordajes. La capacidad de Ellis para exponer los aspectos esenciales de la terapia racional-emotiva en unas pocas consignas bien logradas, evidentes sobre la base de la experiencia cotidiana aun para terapeutas con escaso interés por la teoría o para pacientes que por lo común no tienen preparación psicológica, hizo que, tras una resistencia inicial, aquella se difundiera con rapidez en las décadas de 1960 y 1970. También en Alemania la terapia racional-emotiva es una de las variedades terapéuticas más difundidas, junto con el psicoanálisis, la psicoterapia del diálogo, las terapias de la conducta y la terapia guestáltica.
El desarrollo de la terapia racional-emotiva guarda estrecha relación con la biografía de Ellis: sus padres eran inmigrantes judíos en Nueva York; se divorciaron cuando él tenía doce años. En la década de 1930 se dedicó a los negocios pero en su tiempo libre escribía poesías, cuentos, novelas y piezas de teatro. El mismo refiere que soñaba con llegar a ser un escritor famoso pero que no encontró editor para sus manuscritos. (Tal vez esto explique en parte que haya sido después un autor tan prolífico en el campo de la psicología, sobre todo en el de la terapia racionalemotiva: más o menos quinientos artículos y cuarenta libros.) No antes de los treinta años empezó a estudiar psicología; trabajó primero en el campo del asesoramiento.
A fines de la década de 1940 completó una formación psicoanalítica con un análisis didáctico de tres años. Pero ejerció muy poco tiempo como analista, y es evidente que no tuvo mayor éxito, según se deduce de sus escritos posteriores y de su polémica contra el psicoanálisis. Ya a comienzos de la década de 1950 se volcó a los abordajes neofreudianos y de terapia de la conducta. A partir de su crítica del psicoanálisis (cf., entre otros trabajos, Ellis, 1950) y de la reflexión sobre su experiencia personal con pacientes, elaboró poco a poco la idea de una variedad de terapia fuertemente directiva, basada en un debate racional. La denominó al comienzo «terapia racional». Sólo como reacción a las objeciones de psicólogos de orientación psicodinámica en el sentido de que privilegiaba los aspectos cognitivos y descuidaba la vida emocional de los pacientes, eligió, a comienzos de la década de 1960, la denominación de «terapia racional-emotiva» y dio más relieve en sus escritos a los procesos emocionales.
Aparte de eso, su concepción de la «terapia racional» había tropezado con la crítica y el rechazo desde los primeros años: «Cuando la expuso por primera vez en 1956 ante la reunión anual de 1:1 Asociación Psicológica Norteamericana, rogerianos, terapeutas guestálticos y psicoanalistas estuvieron de acuerdo: estimaron que su técnica era demasiado elemental y opinaron que no daría resultados» (Schorr, 1984, pág. 144). Hans-Jürgen Eysenck (que se sintió aliado de Ellis en su vehemente crítica del psicoanálisis) fue uno de los primeros en alentarlo con fuerza e incluyó en manuales artículos de aquel de 1960 y de 1964.
En 1962, Ellis, con Razón y emoción en psicoterapia, publicaba su primera obra importante sobre la terapia racional-emotiva (edición en lengua alemana, 1977); la segunda fue EL crecimiento a través de la razón (1971). En 1977, Ellis y Grieger pudieron encabezar su manual sobre esta variedad terapéutica con las palabras «La terapia racional-emotiva ha sido fundada. Se puede afirmar sin lugar a dudas que se ha establecido como una de las principales variedades de terapia». Ya mencionamos el hecho de que también en los países de habla alemana tuvo amplia difusión, aunque no sin recibir críticas (p.ej., Eschenr5der, 1977; Kessler y Hoellen, 1982, o Rückert, 1982; para el examen crítico, Beule, Eichhardt, Kleiber y Offe, 1978; Braunert, 1980, o Von Quekelberghe, 1979).
Es indudable que la terapia racional-emotiva representa un importante enriquecimiento del espectro terapéutico aunque haya que relativizar la declaración de Ellis de que «el noventa por ciento de los pacientes tratados con terapia racional-emotiva manifiestan tras diez o más sesiones una mejoría evidente o digna de nota» (Ellis, 1977, pág. 42). Ese enriquecimiento, ya lo hemos dicho, es práctico-metódico, y no tanto teórico (las referencias bibliográficas que incluye al final de sus artículos no raras veces se presentan como un amontonamiento no estructurado de veinte o más nombres para una sola frase del texto; y en las «confrontaciones» con otras variedades terapéuticas, estas, en el mejor de los casos, se presentan como caricaturas para las cuales no se aducen conocimientos bien fundados). Poco loable es también una masiva polémica contra otras variedades de terapia, que recorre su obra (y que no está ausente en unas cintas grabadas de conferencias que han llegado a mi conocimiento). Así, califica a «los métodos de psicoterapia [ . . . ] más emocionales», globalmente, de «gasto de tiempo más o menos inconducente» (Ellis, 1977, pág. 41); acerca de Rogers (cf. el capítulo 14), opina que «la técnica ha sido experimentada como satisfactoria en grado inaudito por muchos pacientes (si bien no de los más inteligentes. . . ), pero para producir cambios en la conducta se ha revelado por completo infecunda» (¡bid., pág. 190); divulga prejuicios difamatorios: «lo que los reichianos [ . . . ] parecen pasar por alto es el hecho de que cuando se manipula físicamente a un paciente, sobre todo en el terreno sexual [ . . . ]» (bid., pág. 192); o: «¿Cómo explica -pregunté al paciente- que todos esos terribles complejos freudianos que usted me pone sobre la mesa no le hayan embarullado su vida sexual hace ya mucho tiempo? Y en cambio, lo que usted viene cultivando en los últimos años son las verdaderas majaderías reichianas» (¡bid., pág. 125). Pero en lo que se refiere a la terapia racional-emotiva y a su persona, Ellis se muestra un poco menos crítico, p.ej., cuando comprueba que «los psicoterapeutas (y poco después el vasto público) empezaron a ver enseguida en mí a uno de los verdaderos pioneros en los campos de la terapia cognitiva y de la terapia cognitiva de la conducta» (Ellis, 1979, pág. 3).
La eficacia de la terapia racional-emotiva ha sido confirmada en gran cantidad de investigaciones, p.ej., en casos de miedo a los tests, a hablar, de tartamudez, de angustia social, etc. (un panorama de estas investigaciones sobre eficacia se puede consultar en DiGuiseppe y Miller, 1979). Esto justifica, con prescindencia de las objeciones que mencionamos antes, el valor adjudicado a este abordaje. Pero cuando Ellis, p.ej., en el volumen de compilación sobre Neue Formen der Psychotherapie [Nuevas formas de la psicoterapia], de la serie «psicología hoy» (1980), es clasificado como «psicólogo humanista», hay que poner esto bajo caución en vista del desprecio con que se expresa hacia los abordajes de la psicología humanista y sus representantes, aunque él mismo señale que «variedades terapéuticas eficaces que ponen el acento en la capacidad del ser humano para controlar sus sentimientos, son los métodos más humanistas, más dignos del te o más nombres para una sola frase del texto; y en las «confrontaciones» con otras variedades terapéuticas, estas, en el mejor de los casos, se presentan como caricaturas para las cuales no se aducen conocimientos bien fundados). Poco loable es también una masiva polémica contra otras variedades de terapia, que recorre su obra (y que no está ausente en unas cintas grabadas
de conferencias que han llegado a mi conocimiento). Así, califica a «los métodos de psicoterapia [ . . . ] más emocionales», globalmente, de «gasto de tiempo más o menos inconducente» (Ellis, 1977, pág. 41); acerca de Rogers (cf. el capítulo 14), opina que «la técnica ha sido experimentada como satisfactoria en grado inaudito por muchos pacientes (si bien no de los más inteligentes. . . ), pero para producir cambios en la conducta se ha revelado por completo infecunda» (¡bid., pág. 190); divulga prejuicios difamatorios: «lo que los reichianos [ . . . ] parecen pasar por alto es el hecho de que cuando se manipula físicamente a un paciente, sobre todo en el terreno sexual [ . . . ]» (¡bid., pág. 192); o: «¿Cómo explica -pregunté al paciente- que todos esos terribles complejos freudianos que usted me pone sobre la mesa no le hayan embarullado su vida sexual hace ya mucho tiempo? Y en cambio, lo que usted viene cultivando en los últimos años son las verdaderas majaderías reichianas» (bid., pág. 125). Pero en lo que se refiere a la terapia racional-emotiva y a su persona, Ellis se muestra un poco menos crítico, p.ej., cuando comprueba que «los psicoterapeutas (y poco después el vasto público) empezaron a ver enseguida en mí a uno de los verdaderos pioneros en los campos de la terapia cognitiva y de la terapia cognitiva de la conducta» (Ellis, 1979, pág. 3).
La eficacia de la terapia racional-emotiva ha sido confirmada en gran cantidad de investigaciones, p.ej., en casos de miedo a los tests, a hablar, de tartamudez, de angustia social, etc. (un panorama de estas investigaciones sobre eficacia se puede consultar en DiGuiseppe y Miller, 1979). Esto justifica, con prescindencia de las objeciones que mencionamos antes, el valor adjudicado a este abordaje. Pero cuando Ellis, p.ej., en el volumen de compilación sobre Neue Formen der Psychotherapie [Nuevas formas de la psicoterapia], de la serie «psicología hoy» (1980), es clasificado como «psicólogo humanista», hay que poner esto bajo caución en vista del desprecio con que se expresa hacia los abordajes de la psicología humanista y sus representantes, aunque él mismo señale que «variedades terapéuticas eficaces que ponen el acento en la capacidad del ser humano para controlar sus sentimientos, son los métodos más humanistas, más dignos del alguien reaccione con alivio y se diga «mejor desaprobado que con una mala nota en la libreta de calificaciones; así puedo repetir la prueba y tengo la posibilidad de sacarme una buena nota». Es evidente, entonces, que depresión, ideas suicidas, etc., en manera alguna son la única consecuencia directa del suceso «fracaso». Son más bien las valoraciones las que ligan este suceso con aquellas consecuencias.
Según el esquema «A-B-C» de la terapia racional-emotiva, una persona vivencia oportunamente después de A (activating
event), o sea, después de una experiencia o de un suceso activadores (en este caso: no aprobar el examen), determinadas C (consequences), o sea, consecuencias emocionales o de conducta (en este caso, p.ej., depresión). En contra del falso
supuesto «A-C», o sea que A es la causa de C, la secuencia correcta es «A-B-C», donde B es el sistema de creencias (belief
system). Los sucesos del mundo exterior hacen por cierto su aporte (las más de las veces) a los sentimientos y a las
conductas, pero no son su causa directa.
En el ejemplo mencionado, B podría consistir en que el estudiante dijera: «Quería aprobar este examen. Tendría que
haberlo logrado a toda costa. Que haya desaprobado es una catástrofe absoluta y soy un fracasado. No lo puedo soportar; será mejor que me mate». En un caso así, B es mucho más importante que A, como se pone de manifiesto si imaginamos
una variante en la que el estudiante pasó con brillo su examen, pero esta A' no trajo por consecuencia necesaria impedir una
B' semejante a la del caso anterior: «Y bueno, otra vez he tenido suerte con el examen. Pero en los que siguen quizá me
vaya mal, cuando debería aprobarlos a toda costa. Entonces seré un fracasado, y no lo podré soportar. Me tendré que matar». Estos pensamientos pueden conducir a las mismas depresiones y tendencias suicidas que en el ejemplo originario, si bien ahora en el sentido de «una profecía que crea las condiciones de su propio cumplimiento», a saber, que el estudiante se paralice al punto de que en efecto fracase en el examen siguiente; tendríamos entonces «B-C-A» como serie de «creencias
irracionales» (Bi).
Desde luego que aun mediando creencias «racionales» (Br) pueden sobrevenir sucesos ingratos: el fracaso en un examen es por regla general desagradable. Pero lo que convierte lo «desagradable» en una «catástrofe» insoportable son justamente las Bi, que casi siempre se pueden formular como enunciados «tengo que» (must); por eso Ellis habla de «ideologías must-turbatorias», y caracteriza así a las tres principales (Ellis, 1979, pág. 12):
a. Tengo que desenvolverme bien y obtener el reconocimiento de mis logros; de lo contrario seré un sujeto carente de valor.
6. Los demás me tienen que tratar de manera considerada y amistosa, tal como me gustaría que lo hicieran; si no obran así, la sociedad y el mundo entero deberán ser censurados con la mayor severidad, condenados y castigados a causa de su desconsideración.
c. Mis condiciones de vida tienen que ser tales que yo consiga prácticamente todo lo que quiero de manera cómoda, rápida, sin esfuerzo alguno y sin que me vea confrontado con nada que yo no quiera.
En muchos pasajes, Ellis ha detallado estas tres ideologías must-turbatorias principales en la forma de «pensamientos (o ideas) irracionales» centrales. En cuanto a su génesis, supone una «predisposición genética» (que es de lo más dudosa puesto que no precisó las condiciones que permitirían comprobarla) y, además, adoctrinamientos tempranos de los padres, la familia y la sociedad. Estos adoctrinamientos se conjugan después, llegado el caso, con las ideas irracionales del ambiente.
Pero mucho más importante es que el individuo se readoctrina permanentemente a sí mismo. Aquello ante lo cual alguien tiene, p.ej., angustia, no son las cosas como tales sino las valoraciones; por lo tanto, estas pueden servir fácilmente como refuerzo de la conducta: el ser humano reacciona entonces a sus propias valoraciones como si estas fueran propiedádes de los objetos/ sucesos, y estas mismas reacciones se consideran después como pruebas/refuerzos de la corrección de las valoraciones (o sea, de las ideas irracionales). Si alguien, p.ej., ha sido adoctrinado para tener angustia
ante los perros (Bi), cada vez que se encuentre con un perro (A), sentirá angustia (C), y esto se aplicará como confirmación de lo acertado de la Bi. Subjetivamente, A será considerada causa de C: «Es terrible encontrarse con un perro, porque eso siempre me produce angustia. Los perros causan en consecuencia angustia, y lo correcto es tenerles miedo».
Las siguientes «ideas irracionales, que son causa y sustento de perturbaciones emocionales» (así reza el epígrafe) están tomadas de Ellis, 1970:
1. La idea de que un adulto tiene que ser apreciado absolutamente en todas sus acciones, en lugar de concentrarse él en su autorrespeto, en obtener reconocimiento con fines prácticos y en amar en lugar de ser amado.
2. La idea de que ciertas acciones son terribles o malas, y que las personas que las producen debieran recibir un riguroso castigo, en lugar de la idea de que ciertas acciones son inadecuadas o antisociales, y que las personas que las producen son estúpidas, ignorantes, se conducen neuróticamente y lo mejor sería ayudarlas a cambiar.
3. La idea de que es horrible que las cosas no sean como a uno le gustaría, en lugar de la idea de que es lástima que ocurra de esa manera, y que lo mejor es tratar de modificar o de controlar las condiciones de tal suerte que se vuelvan más satisfactorias y, si esto no es posible, aceptar temporariamente su existencia.
4. La idea de que la miseria humana es causada desde afuera y nos es impuesta por personas o sucesos, en lugar de la idea de que las perturbaciones emocionales son causadas por la visión que el individuó tiene de las circunstancias.
5. La idea de que uno se irritará terriblemente si se presenta o amenaza algo peligroso o temible, en lugar de la idea de que es mejor hacerle frente y volverlo inofensivo y, si esto no es posible, aceptar lo inevitable.
6. La idea de que es más simple evitar que afrontar las obligaciones y las dificultades de la vida, en lugar de la idea de que el camino que pretende ser simple es a la larga el más difícil.
7. La idea de que uno necesita algo más fuerte o más grande que uno mismo, en lo cual confiar, en lugar de la idea de que lo mejor es asumir los riesgos de pensar y actuar con independencia.
8. La idea de que uno debe ser en todos los terrenos posibles en extremo competente, inteligente y obtener logros, en lugar de la idea de que mejor sería hacer las cosas bien que tener que enmendar lo hecho, y aceptarse como un ser enteramente imperfecto que tiene límites como todos los hombres y, además, sus propias flaquezas.
9. La idea de que algo influirá irrestrictamente sobre la vida porque antes tuvo mucho influjo, en lugar de la idea de que uno puede aprender de sus experiencias anteriores sin quedar adherido a ellas ni resultar dañado.
10. La idea de que es preciso ejercer controles seguros y perfectos sobre las cosas, en lugar de la idea de que el