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Resistencia, trasferencia y contratrasferencia

In document Corrientes Fundamentales en Psicoterapia (página 31-33)

2.1 4 Elaboraciones posteriores

2.8 Resistencia, trasferencia y contratrasferencia

Dada la dinámica antes esbozada, que está en la base de la formación de síntomas, es comprensible que el paciente, aunque acepte la regla fundamental y desee ser asistido y mejorar, oponga resistencias al trabajo exploratorio del terapeuta: si en definitiva la formación de síntoma es un compromiso entre conflicto y organización de la defensa, que a despecho del resultado insatisfactorio -por el cual sufre el paciente- ha producido cierto equilibrio, todo descubrimiento de lo inconciente y la reanimación consiguiente del conflicto es una situación dolorosa y significa una pérdida temporaria de estabilidad (mejor: de seudo estabilidad) del sistema total.

La resistencia en la terapia se vale comúnmente de aquellas pautas que son características de la organización defensiva general del paciente (véase supra, 2.5), puesto que su fin es el mismo: evitar que e) conflicto reprimido se haga conciente. Entonces, la forma de las resistencias proporciona importantes indicios sobre el conflicto que está en la base de la neurosis y sobre sus contenidos reprimidos. Ya mencionamos brevemente la importante tipología de los mecanismos de defensa elaborada por Anna Preud (1936); una tipología un poco distinta presentó en 1933 Wilhelm Reich bajo la forma de estructuras de carácter (no son otra cosa que estructuras defensivas). Una de las clasificaciones más importantes de las resistencias se debe a Sandler, Dare y Holder (1973). Además de las formas generales que son análogas a los mecanismos de defensa, se incluyen entre las resistencias «medidas de boicot» (inconcientes) específicas de la terapia: guardar silencio, llegar tarde, decir lo importante al final de la sesión, en el momento de partir, etcétera.

La ««trasferencia»» fue calificada por Freud al comienzo como la resistencia más intensa. Se trata de unos sentimientos del paciente hacia el analista que no están fundados en la situación real sino que provienen de vínculos anteriores y se reaniman simplemente en la situación analítica. Hoffmann (1983) señala que se discute la amplitud del concepto de trasferencia: de sentimientos que no rebasan los estrictos límites de la neurosis, a un fenómeno general (cf. también el examen de este tema en Petzold, 1982).

Pero, comoquiera que sea: justamente en la trasferencia se manifiestan los nexos entre las resistencias y las modalidades generales de acción, vivencia y percepción dentro de la situación terapéutica. Por eso la trasferencia en manera alguna es indeseada, sino que se la considera el más importante instrumento para tomar noticia de lo reprimido. En efecto, el paciente actúa, se puede decir, un fragmento de su historia al que de otro modo no tiene acceso. (En cambio, fuera de la trasferencia es en sumo grado indeseable actuar en lugar de recordar; el terapeuta tiene que contrarrestar esta compulsión de repetición.) Además, dice Freud (1972), cuando en virtud de la trasferencia el paciente ve en el terapeuta prácticamente el retorno de una figura parental, le confiere también el poder que en el origen se concedió al superyó sobre el yo, lo que se puede aprovechar para una poseducación positiva del neurótico.

Complementaria de la trasferencia es la llamada contratrasferencia: sobre la base de la «actitud analítica» exigida del terapeuta hacia el paciente (sobre todo, pasividad en' principio, atención libremente flotante y consideración benévola), durante mucho tiempo se creyó que eran factores perturbadores unos sentimientos de ira, aburrimiento, desinterés, compasión excesiva, que pudieran sobrevenir al terapeuta; se entendía que disminuían la objetividad del analista y, por eso, la efectividad de la terapia. Pero sobre todo por obra de Ferenczi la cotitratrasferencia llegó a ser considerada un instrumento importante en la relación terapeuta-cliente y hoy sigue desempeñando un papel central. No se trata desde luego de una actuación desinhibida de sentimientos terapéuticos sino que la contratrasferencia es la reacción no neurótica del analista a la trasferencia de sus pacientes.

Justamente el fenómeno de la contratrasferencia señala la necesidad de que el terapeuta se haya sometido él mismo a una terapia (por lo general, a un «análisis didáctico»). Esto le permitirá aclarar y, en parte, eliminar tendencias neuróticas (hasta perturbaciones), deformaciones de la percepción, etc. También la «regla de abstinencia» (véase supra) cobra realce a la luz de la contratrasferencia: precave al psicoanalista de actuar hacia el paciente siguiendo motivaciones propias o aun modelos patógenos de conducta, o de adoptar un rol que aquel pudiera querer imponerle.

3. La psicología individual (Adler)

No fue una designación feliz la de «psicología individual» que en 1912 adoptó Alfred Adler (1870-1937) para su corriente psicoterapéutica. En efecto, esta se singularizó por destacar los aspectos sociopsicológicos del desarrollo y la variabilidad de las perturbaciones psíquicas; por lo tanto, en manera alguna se reducía a una perspectiva puramente individual. Pero como médico que era, Adler no sabía que el concepto de «psicología individual» ya había sido empleado en la psicología para caracterizar justamente lo opuesto de una psicología social. Lo que él pretendió al adoptar aquella designación fue deslindarse de abordajes en los que la personalidad era descompuesta en elementos singulares (pulsiones o instancias), es decir que en particular se quiso deslindar del psicoanálisis (después de 1911; véase infra).

En lugar de buscar una articulación tópica de la psique en diversos dominios o instancias, la psicología individual insiste en la unidad y la totalidad indivisibles de la persona, y en la singularidad del individuo. Adler destacaba además la capacidad del organismo para crecer y desarrollarse, sobre todo en el afán de superar defectos (determinadas «inferioridades de órgano»; véase infra). En vista de esta orientación de principio, se puede ver en Adler a uno de los precursores importantes de la psicología humanista (cf. el capítulo 12). El desarrollo de la personalidad, que en Freud aparece dominado por pulsiones y conflictos interiores (es cierto que en cotejo con el ambiente), se consuma según Adler en medida mucho mayor dentro del campo de tensión que opone las dotes individuales y las exigencias sociales (véase infra).

No obstante que colaboró estrechamente con Freud durante casi una década (1902-1911) y fue presidente de la Asociación Psicoanalítica de Viena (1910), no se lo puede considerar discípulo de aquel en sentido estricto; en efecto, antes de ese período de colaboración y en su trascurso sostuvo una concepción propia que realzaba en particular los aspectos sociales. Ya en 1898 apareció su Manual de higiene para el gremio de los sastres, obra

de medicina social en que procuraba describir los nexos entre situación económica y patología.

En 1907 publicó su Estudio sobre las inferioridades de órgano, donde se expresan con claridad aspectos de la posterior concepción adleriana (véase infra). No obstante, produjo esta obra durante un breve periodo creador en el que, influido por Freud, adoptó puntos de vista fuertemente biológicos (más o menos de 1906 a 1910). P.ej., atribuía a cada órgano singular determinadas pulsiones (.o «instintos»). Pero ya en 1908 elaboró, en oposición a Freud, el concepto de «pulsión de agresión», que en el psicoanálisis se introdujo y cobró importancia sólo después, trascurrida más de una década, en la forma de la «pulsión de muerte» (cf. el capítulo 2). Adler rompió abiertamente con Freud y fue excluido de la Asociación Psicoanalítica de Viena en 1911, tras tomar distancia de la teoría de la libido en tres conferencias que pronunció sobre el tema «Para una crítica de la teoría sexual freudiana de la vida anímica».

Las diferencias de concepción teórica de Freud y Adler guardan relación directa con su estilo de vida personal. Jakoby (1983, pág. 22) señala que Freud valoraba un estilo de vida distinguido y tenía una inclinación aristocrática. Sus pacientes provenían casi todos de los estratos acomodados, que difícilmente tuvieran más problemas que los sexuales. En cambio, Adler era el segundo de una familia de seis hijos, y nació y se crió en los arrabales de Viena; sus padres pertenecían a la clase media baja. En su época de estudiante se relacionó con las ideas marxistas y socialistas, y en 1897 casó con la socialista rusa Raissa Epstein, quien en el período previo al estallido de la Primera Guerra Mundial mantuvo lazos de amistad con la esposa de Trotsky (este residió en Viena

entre 1907 y 1914). Sus pacientes provenían más bien de las clases medias, en las que prevalecían los problemas determinados por la situación social y el bienestar económico.

Mencionemos por último la mala salud de Adler cuando niño, que influyó sobre sus ideas terapéuticas: era raquítico, enfermizo, padecía de asma con ataques de ahogo. «Su madre lo mimó mucho a causa de esas dolencias» (Seelmann, 1982, pág. 9). Sin duda que estas dos circunstancias gravitaron en las tesis de la psicología individual sobre la disminución física y sobre el estilo educacional consentidor (véase infra).

Después de haber pasado casi toda su vida en Viena, también Adler debió emigrar a los Estados Unidos en 1934 a causa de la expansión del nacional-socialismo, sobre todo porque el gobierno de Dollfuss cerró todos sus institutos de asesoramiento educativo. Tras la muerte de Adler, sus dos hijos, Alexandra y Kurt, continuaron en los Estados Unidos la obra de su padre (la segunda hija, Valentine, había emigrado a la Unión Soviética junto con su marido, donde en 1937, víctima de una de las «purgas» de Stalin, murió en la cárcel).

Del mismo modo como el psicoanálisis se siguió enseñando disimuladamente en Alemania durante el gobierno nazi bajo el título de «psicología del desarrollo», la psicología individual de Adler fue rebautizada «psicología comunitaria», nombre este que siguieron empleando en sus elaboraciones ulteriores Leonhard Seif y Fritz Künkel.

Las nociones centrales de la psicología individual son «sentimiento de inferioridad», al que se contrapone la «necesidad de hacerse valer» (y el afán de hacerse valer, que de ella resulta), «estilo de vida» y «plan de vida», en los que se expresan las estrategias inconcientes del individuo en su trato con el ambiente. El objetivo por alcanzar es el «sentimiento de comunidad», que despunta al término de un desarrollo psicosocial logrado o de una psicoterapia. En lo que sigue elucidaremos estos conceptos.

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