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Terapia familiar centrada en la experiencia

In document Corrientes Fundamentales en Psicoterapia (página 151-155)

19.2.2 «Fuerzas sistémicas en el proceso de la terapia familiar» según Stierlin

19.3 Terapia familiar centrada en la experiencia

En toda una serie de abordajes de terapia familiar se reconoce su clara afinidad con la psicología humanista. Perspectivas existencialistas, fenomenológicas y humanistas como autonomía, crecimiento, encuentro, totalidad, singularidad, desempeñan un papel importante en ellos. Y son fluidos los pasos hacia diversas corrientes que sobre esta base practican terapia individual, sobre todo la terapia guestáltica, la terapia centrada en el cliente y el psicodrama. Pero es cierto que en la terapia familiar se presta más atención al contexto y a la red sistémica de comunicaciones (en el sentido amplio), que proporcionan el marco dentro del cual cumple su función el síntoma del paciente individualizado.

Personas incluidas dentro de esta «corriente» vagamente deslindada son, sobre todo, Carl Whitaker, Virginia Satir, Walter Kempler y Peggy Papp. Carl Whitaker se inició en el trabajo de terapia familiar a mediados de la década de 1950 en Atlanta (desde 1965 lo prosiguió en Wisconsin). Virginia Satir, quien, como ya dijimos, junto con Jackson y Riskin fundó el MRI en Palo Alto, donde elaboró y condujo el programa de formación en terapia familiar, es conocida principalmente por su vasta práctica y la demostración que de ella ha hecho en diversos seminarios que dictó fuera de los Estados Unidos. Como Peggy Papp, aplicó y difundió en particular el método de la «escultura familiar» (véase supra), elemento psicodramático que permite figurar las relaciones entre los miembros del grupo, vivenciarlas y modificarlas experimentalmente. Por último, Walter Kempler ha desarrollado su abordaje de terapia familiar desde la perspectiva de la terapia guestáltica, con inclusión de aspectos tomados del movimiento de los grupos de encuentro.

No se ha llegado a imponer una designación común para los abordajes (muy diferentes entre sí) de estas cuatro personalidades (y de otras). Los manuales norteamericanos de terapia familiar, como el de Nichols (1984) y el de Walrond-Skinner (1981) hablan de «terapia familiar experiencia)», como en lengua alemana lo hace Textor (1984). Gurman y Kniskern (1981) no reúnen a los abordajes mencionados sino que incluyen una contribución de Whitaker bajo el título de «terapia familiar simbólico experiencial» e informan, p.ej., sobre Satir en un trabajo sobre el grupo de Palo Alto. V. Schlippe (1984) prefiere, basándose en Bosch (1977), «terapias familiares orientadas hacia el desarrollo», lo mismo que Jürgens y Salm (1984).

La designación «terapia familiar centrada en la experiencia» que empleamos nosotros se debe relativizar en consecuencia, pero está destinada a poner de relieve que estos abordajes no privilegian la estructura de la familia, la estrategia del procedimiento terapéutico ni nociones teóricas de inspiración pisicodinámica, sino la experiencia en el doble sentido de la palabra: primero, la experiencia recíproca de los miembros de la familia en sus interacciones, en sus acciones y reacciones (desde una perspectiva lineal), en sus exteriorizaciones emocionales y otras dentro del «aquí y ahora»; segundo, la experiencia habida hasta el momento (tanto individual como familiar) como trasfondo contextual del acontecer actual y de las ulteriores posibilidades de experiencia (lo que por lo tanto incluye el concepto de desarrollo).

19.3.1 Perspectivas básicas

No obstante su orientación sistémica, la terapia familiar centrada en la experiencia tiene en vista el cambio (mejor: el crecimiento) de las personas individuales. En correspondencia con la imagen humanista del hombre, se

considera que una persona en condiciones naturales, que no incluyan impedimentos, es fundamentalmente sana: creadora, productiva y digna de amor. Pero como ya lo había hecho el psicoanálisis, la terapia centrada en la experiencia señala que los miembros de la pareja que se unen para fundar una familia traen de su familia de origen, por delegación, determinadas tareas (o planes de vida, guiones) que les es preciso cumplir. Kempler (1981) afirma que las personas en el curso de su desarrollo a menudo caen en un conflicto de lealtades: la lealtad hacia la familia (de origen) frente a la lealtad hacia ellas mismas.

Whitaker y Keith (1981) lo expresan diciendo que las familias disfuncionales patológicas no principian en el matrimonio sino en el hecho de que dos chivos emisarios han sido enviados por sus familias para perpetuar las funciones de estas. Una relación tal queda determinada por el afán de seguridad, no por la experiencia, el encuentro y el crecimiento. Lo característico de una familia fundada bajo esos auspicios es la enajenación de la experiencia (Kempler), la muerte emocional de la familia (Whitaker). Paradójicamente, como lo explican con particular claridad Luthman y Kirschenbaum (1977), discípulos de Satir, esta muerte emocional, la rigidez en las pautas de comunicación y de vivencia, así como el miedo a los cambios, se asocian a un «mito de supervivencia»: «El mito de supervivencia se entrama con la ilusión de todos los miembros de la familia de que deben mantener (en su presente estado) las relaciones familiares para poder sobrevivir psicológicamente» (pág. 213), aspecto este que es señalado también por muchos otros terapeutas de familia y de pareja; en el aferramiento, en la inmovilidad, en la angustia de perder al otro y a su amor/dedicación, justamente es ahogado el amor. Es que amor, dedicación, buena comunicación, etc., no son como perlas que uno pudiera conservar guardadas sino como plantas que requieren continuo crecimiento y renovación para no agostarse.

Virginia Satir destaca la «valía» como factor central (en unión con el crecimiento) para las estructuras de comunicación dentro de la familia (cf. Satir, 1975): «Estoy convencida de que el sentimiento de valía no es innato sino aprendido. Y es aprendido en la familia. Has aprendido tu sentimiento de valía o de disvalor en la familia que tus padres fundaron, y tus propios hijos lo aprenden en su familia en este mismo momento» ( ibid., pág. 42); y «la comunicación es el patrón con el cual dos personas miden recíprocamente el grado de su valía, y es también el instrumento con el cual ese grado puede ser modificado para las dos» (ibid., pág. 49). Una valía escasa conduce a una comunicación disfuncional porque entonces es preciso recurrir, para protegerla, a pautas rígidas de reacción (véase infra).

Por esta unión de valía y comunicación, Satir desemboca, por así decir, en una perspectiva de niveles múltiples: porque la comunicación, que es algo interpersonal, una característica del sistema «familia>, queda de ese modo relacionada directamente con algo intrapersonal, la valía. Pero al mismo tiempo se llama la atención sobre el hecho de que en una circularidad dinámico-sistémica, aquella magnitud intrapersonal se adquirió exclusivamente en el sistema, en relación con las estructuras de comunicación (dentro de la familia de origen), y ahora se perpetúa en la interdependencia valía-comunicación. «El modo en que me sienta y me trate a mí mismo tiene influjo directo sobre el modo en que trato e intercambio con otros», señala Von Schlippe (1984, pág. 15), y cita una conversación con Satir (en Schneider, 1983, pág. 15): «En mi práctica y en mi vida compruebo que los seres humanos que se viven como una totalidad y poseen el sentimiento de ser ellos mismos algo valioso, son capaces de enfrentar de manera creadora y adecuada -también con amor- todos los desafíos de la vida. Crecimiento significa que la vida consiste en un cambio constante, y no existe ninguna posibilidad de interrumpir esto, tal como la noche sigue al día, se suceden los siglos y un año deja paso al siguiente».

En este orden de ideas, Satir ha elaborado cuatro «pautas universales de reacción» o formas (pautas) de comunicación a que recurren los seres humanos para prevenir un aminoramiento de su valía. Las reproduciremos aquí porque esta tipología, según hemos dicho, no sólo une aspectos intrapsíquicos e interpsíquicos sino que incluye observaciones de sintaxis lingüística y propone, para cada tipo, intervenciones diferenciadas.

19.3.2 Las pautas de comunicación de Satir

Satir ha descubierto en las familias perturbadas cuatro pautas típicas de comunicación destinadas a defenderse de la amenaza (presunta) de una valía demasiado débil. Casi siempre corren paralelas a las palabras dichas (de acuerdo con el «aspecto de contenido» de Watzlawick et al.) y atañen -en el sentido de la metacomunicación- a la relación. Tales «mensajes de doble sentido» se producen en particular (cf. Satir, 1975, pág. 83) cuando una persona

a. tiene un reducido sentimiento de la propia valía y cree ser mala porque es así como se siente;

b. teme lastimar los sentimientos de otra; c. tiene miedo de la venganza de otros; d. le causa temor la ruptura de la relación; e. no se quiere comprometer;

f. no da importancia al interlocutor o a la relación.

Lo mismo que Reich y Lowen, Satir ha observado posturas corporales fijas que se relacionan con las pautas de reacción; por medio de ellas el cuerpo se adapta al sentimiento de valía. Ha figurado estas posturas corporales (en Satir, 1975) en la forma de caricaturas o actitudes de «escultura» (véase infra); en lo que sigue presentaremos sólo de manera muy sucinta las pautas de

reacción como protección de la valía y las posturas ligadas a ellas (nos apoyamos en Satir, 1975, y en Von Schlippe, 1984, quien, basándose en Satir y en Bandler y Grinder, 1981, toma en cuenta la sintaxis lingüística específica, y también la reacción del receptor; para esto último cita a Bosch, 1977). En nuestra sucinta caracterización de las pautas de comunicación descritas por Satir se debe tener en cuenta que su misma brevedad impide hacer explícitos aspectos sistémicos, p.ej., las «reacciones del receptor» son desde luego también al mismo tiempo acciones. Además, la «reacción» del receptor depende del tipo de pauta de comunicación que él actúe; en cada caso indicamos entre paréntesis el número que corresponde:

1. Apaciguamiento

Función: que el otro no se enoje.

Palabras: de aprobación, de disculpa, de buena voluntad, nunca exigentes. Voz: queda, llorosa, cautelosa, sofocada.

Presentación: más bien circunspecta, de suave a temerosa, considerada.

Cuerpo: los hombros inclinados hacia adelante, con frecuencia una mano sobre el regazo en la posición de sentado, respiración suave.

Sintaxis: muchas restricciones (<,si», «sólo», «del todo>, «precisamente»), frecuentes potenciales («podría», «sería»), interrupciones causadas por los continuos intentos de adivinar el pensamiento del otro.

Vivencia de sí mismo: marcada por el desamparo y la falta de valía; intentos de sentirse útil haciendo de continuo algo por otros; miedo al rechazo y el abandono, así como a los sentimientos intensos; permanente búsqueda de la culpa propia.

Reacciones del receptor: sentimientos de culpa (1), compasión (1), reacciones auxiliadoras y protectoras (1),

enojo (2), desprecio (2), exigencias (2, 3).

Terapia: trabajo para traer a la luz el enojo, el resentimiento, acrecentar la valía, poner de relieve las diferencias, reconocer los cambios, prescripciones del síntoma. Promover: la toma de decisiones, el decir «no», plantear demandas, exteriorizar deseos, aceptar responsabilidades.

2. Acusación

Función: que la otra persona lo crea a uno fuerte.

Palabras: desaprobatorias («nunca haces nada bien»), exigentes, dictatoriales, destinadas a mostrar superioridad, inculpatorias, de rechazo, interrumpiendo al otro.

Voz: alta, a menudo chillona, dura, firme.

Presentación: no hace caso de las respuestas; emblemática.

Postura: dedos extendidos para acusar, la persona se inclina hacia adelante, una mano en la cadera. Cuerpo: respiración por inspiraciones tenues, limitadas, o bien totalmente retenida.

Sintaxis: generalizaciones frecuentes («todos», «cualquiera», «nunca», «ningún», «siempre»). Empleo de preguntas negativas («¿por qué no haces esto?», «¿cómo es eso de que usted no puede . . . ?»). Los nexos temporales o situacionales aparecen a menudo incorrectamente reproducidos o unidos.

Vivencia de sí mismo: sobresale el deseo impaciente de ser uno reconocido junto con su opinión. A más enojo, más exigencia. Siempre a la espera de ser atacado y vencido. La persona se siente no escuchada, incomprendida, tratada injustamente, desvalorizada, fracasada, sola. Con desconfianza se teme reconocer la propia debilidad; el ataque es la mejor defensa.

Reacciones del receptor: angustia (1), miedo (1), retraimiento (1), sentimientos de culpa (1), enojo (2), cólera (2), frialdad (3), explicaciones sobre la cuestión (3).

Terapia: establecer límites uno mismo, introducir regla-- cla ras, poner término a procesos destructivos,

experimentar con proximidad/distancia, reaccionar de manera pronta y enérgica. Promover: mensajes en primera persona, escuchar a los demás, traducir las acusaciones en necesidades.

3. Racionalización

Función: demostrar que la amenaza se debe considerar innocua; consolidar la propia valía por medio de

palabras grandiosas.

Palabras: razonables, explicativas, fundamentadoras, justificadoras; se trata de la diferencia entre lo correcto y lo falso.

Cuerpo: sin movimientos, tenso.

Sintaxis: se elimina la representación de los contenidos vivenciales, o sea que a menudo se elimina el sujeto de los verbos activos («se puede ver» en lugar de «yo veo», o «es molesto» en lugar de «me molesta»); frecuente empleo de «se», «la gente»; generalizaciones, Nominalizaciones: «frustración», «estrés», «tensión».

Vivencia de sí mismo: miedo a la excitación y a los sentimientos, a perder el control y a quedar expuesto. Reacciones del receptor: se aburre (2, 4), no siente nada y se retrae (3, 4), hace maniobras distractivas (4),

pronuncia a su vez una conferencia (4), se siente pequeño y tonto (2), profesa admiración (1), se siente desatendido y hace reproches (2).

Terapia: muy poco a poco, registrar matices en la expresión no verbal, adecuar el lenguaje al interlocutor, o

sea, no demasiados sentimientos que puedan resultar amenazadores, ofrecer mucho reconocimiento, promover la expresión no verbal.

4. Distracción

Función: desconocer la amenaza como si ella no existiera.

Palabras: no vienen al caso, representan payasadas, esquivan la cuestión, frecuentes cambios de tema; en el caso

extremo: las palabras no comunican sentido, evitación de todo lo concreto, expresión irritante.

Cuerpo: es torpe y apunta en diversas direcciones, arreglo personal colorido, llamativo, interesante. Sintaxis: rara vez se refiere de manera directa a lo dicho por el terapeuta.

Vivencia de sí mismo: ansia de contacto y simultáneamente miedo a él, soledad y falta de sentido, miedo a los sentimientos, desorientación; única meta: distraer al otro.

Reacciones del receptor: variadas; al comienzo, a menudo risa, burla, admiración; pero si se continúa,

irritación, confusión (1), ansiedad, miedo (1), soledad, aislamiento (1), extrañamiento, desilusión (2), rechazo (2), enojo y odio (2), ruptura del contacto (3), cansancio (3).

Terapia: orientación, asistencia para llevar a cabo transacciones completas, para terminar las cosas, para

tenerlas claras; donde sea posible, tomar contacto corporal.

A estas pautas de comunicación perturbada -destinadas a ocultar la (presunta) flaqueza de la propia valía-, Satir contrapone una quinta, «la forma de comunicación congruente» (5): en contacto consigo mismo, el ser humano envía mensajes concordantes en todos los niveles, las discrepancias se pueden percibir y discutir, la interacción se basa en el aprecio, la propia valía, reglas claras, referencia a la realidad, seguridad y confianza.

19.3.3 La intervención terapéutica

A causa de la heterogeneidad muy grande que presentan en los detalles los «abordajes centrados en la experiencia» y del vasto espectro de intervenciones consentidas en el marco de la psicoterapia humanista, sólo podemos esquematizar aquí los grandes rasgos de la acción terapéutica. Ya indicamos que la actitud general del terapeuta responde a la psicología humanista; en consecuencia, se guía por perspectivas como encuentro, singularidad, totalidad, etc. Mayor importancia tiene la espontaneidad del terapeuta en el encuentro existencial; esto es cierto sobre todo en el caso de los ya mencionados «iniciadores» de esta corriente, personalidades fuertes que no se someterían a una técnica esquematizada.

En este sentido sostiene Walter Kempler (1976) que «la terapia experiencial» no conoce técnicas sino sólo personas. Y Carl Whitaker (1976) opina que la teoría es útil para el principiante, pero que después es importante llegar a ser uno mismo; dice él que Carl Rogers y Joseph Wolpe, p.ej., obtuvieron muchos logros por aplicación de sus propias técnicas; pero estas, en manos de sus discípulos, revelaron claramente sus límites porque ellos intentaron copiar la estructura técnica y teórica de sus maestros en vez de ser creadores. Toda terapia, sigue diciendo Whitaker, es una mezcla de arte y ciencia, y la proporción entre aquel y esta es de noventa a diez en el caso de «la terapia experiencia)».

No obstante esta fuerte insistencia en la autenticidad y espontaneidad del terapeuta, existen en efecto estructuras de acción (aunque sin duda las intervenciones no son planeadas en medida tan grande como ocurre, p.ej., en el abordaje estratégico, véase infra). Tal vez esto se aplique menos a Whitaker, puesto que se llama a sí mismo «terapeuta del absurdo». Recurre a insólitas intervenciones paradójicas, procura producir un choque, asombrar, hechizar, confundir (cf. Hoffman, 1982, págs. 234 y sigs.). El propósito es fluidificar las estructuras cristalizadas de comunicación, redefinir el problema y promover el proceso de experiencia de las personas singulares de la familia en favor de sus deseos y sentimientos propios, y de los deseos y sentimientos de los demás.

Algunos aspectos de la intervención de Virginia Satir se expusieron ya en conexión con las pautas de comunicación. Su primer paso es recopilar la «historia familiar» (los miembros que la integran, casamientos, expectativas, reacciones, etc., cf. Satir, 1973). El trabajo se emprende con la mira de mejorar las estructuras de la comunicación y de la propia valía. Se elucida el proceso interactivo de la familia, para lo cual el terapeuta hace

las veces de «modelo de comunicación». Luthman y Kirschenbaum (1977) definen el doble vínculo terapéutico (cf. el capítulo 17) como la intervención más importante en la perspectiva del cambio, pero exponen además toda una serie de técnicas de intervención en el nivel interactivo, por una parte, y en el nivel intrapsíquico, diádico y del proceso, por la otra. En general se trata de romper los modelos defensivos y de introducir un proceso de crecimiento en cada uno de los miembros y en la familia en su conjunto. El terapeuta enseñará paradigmáticamente a aquellos el modo de acusar recibo, para que cada uno pueda extraer provecho de la experiencia y la vivencia del otro. Se ponen de manifiesto las pautas de comunicación incongruentes, se tematizan las comunicaciones no verbales, se discuten las esperanzas y expectativas, etcétera.

Walter Kempler ha compilado para los terapeutas muchos consejos prácticos en terapia familiar y guestáltica (Kempler, 1975); he aquí algunos esenciales:

a. tienes que descubrir necesidades, y empezar para ello con el terapeuta;

b. es preciso que los deseos sean sinceros, detallados, personales, y preferentemente pequeños y asequibles; a. en el curso de la terapia, las distracciones se deben reducir concientemente a un mínimo; hay que utilizar

el acoso de la frustración para forjar una relación nueva; d. se debe traer al primer plano lo inmediato;

e. dirígete a cada individuo en lugar de hablar a todos al mismo tiempo; f centra la conversación en la realidad práctica más que en las ideas;

g. no permitas que las intervenciones se conviertan en tema de conversación;

h. introduce singularidades, siempre singularidades; atiende al feedback, siempre al feedback;

i. apunta todas las comunicaciones pertinentes a su blanco real: a la persona interesada. Todas las observaciones sobre una persona dichas a otras se deben considerar chismes no deseados. «Dígaselo a él (a ella, a ellos)», esa es la consigna. (Ya se apuntó que este consejo ha sido invertido por completo en la terapia familiar estratégica con la técnica del «interrogatorio circular», cf. infra, la sección 5.)

Kempler comunica abundantes orientaciones, apuntamientos y ejemplos breves para una intervención lograda, que no podemos reproducir aquí. Además, todos los terapeutas de la corriente centrada en la experiencia emplean con libertad las técnicas de intervención que expusimos al comienzo de este capítulo en tanto son comunes a todas las escuelas.

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