CAPÍTULO II. Pas de trois : práctica docente, currículo y enfoque por competencias
2.1. La práctica docente y el currículo en la educación superior
2.1.3. Función social y cultural de los docentes
El proceso educativo ha generado instituciones que son propias de la especie humana debido al alto grado de complejidad y especialización que han alcanzado algunas de las actividades y labores que permitieron a los seres humanos erigirse como la especie dominante de la actual era geológica (Berger & Luckmann, 1966). El homo sapiens comparte con otros organismos biológicos la organización en grupos primarios que le permiten nacer, desarrollarse físicamente y procurar su sobrevivencia, pero lo que ha llevado al hombre a la cima de la cuesta evolutiva es su capacidad de transformar su entorno a través de la interacción de sus miembros y el manejo de sus medios de operación sobre la materia. Además de estas herramientas físicas, el hombre se ha valido de una institución configurada específicamente para llevar a cabo el proceso de inculcación de conocimientos en sus descendientes, cuya función en un principio ha sido principalmente de conservación: la escuela (Abbagnano & Visalberghi, 1992; Pérez Gómez, 1992; Gadotti, 2002).
La escuela ha cambiado su configuración a lo largo de la historia, tanto en concepción como en procedimientos de operación, pero a pesar de la evolución de esta institución humana, aún persigue el mismo fin con el que fue creada, el “objetivo básico y prioritario de la socialización de los alumnos/as […]” de “prepararlos para su incorporación futura en el mundo del trabajo” (Pérez Gómez, 1992, p. 19). En la escuela se reproducen de manera
explícita mucho más que saberes y habilidades para el ejercicio de tareas productivas; es el lugar en el que se repiten patrones culturales que han dado forma al sistema económico que rige en la mayor parte del mundo desde el siglo XIX: el capitalismo.
Todo lo que el ser humano cultiva es cultura, lo que se obtiene de los procesos de transformación sobre una materia prima, gestada de forma natural, que el hombre lleva a cabo es un producto cultural. La escuela como producción cultural humana, refleja los rasgos distintivos de la cultura que la genera (Pérez Gómez, 2000). La institución escolar pasó de un papel instructivo-reproductivo a uno emancipador-altruista, al ser uno de los brazos de los regímenes revolucionarios del siglo XX, como el de la Unión Soviética, la República Popular China y otros países socialistas, con el que se proporcionó los medios para atender las necesidades de vida básicas de las que carecieron las clases populares en el feudalismo y el colonialismo. La escuela demostró, en el siglo pasado, que los grupos menos favorecidos por los modelos políticos-económicos occidentales que no pueden acceder fácilmente a la producción de la cultura intelectual generada por la humanidad, pueden lograrlo a través de la experiencia escolar (Pérez Gómez, 2004).
Los encargados de cumplir esta labor de transmisión de los conocimientos y elementos que conforman la cultura legítima y reconocida han sido desde tiempos remotos los docentes. Ellos han sido investidos por diferentes sistemas económico-políticos a lo largo de la historia como los depositarios de la administración y operación de la institución escolar por ser expertos legitimados en el dominio de un área del saber humano o de una práctica compleja, es decir, de todo lo que no se pueda aprender más que por la acción instructiva de dicho experto. Por otra parte, para ejercer la docencia no basta con ser un especialista en determinado campo intelectual, es preciso que quien ejerza la profesión docente halle cierta recompensa en el acto mismo de transmitir lo que sabe, puesto que la disposición del maestro hacia la labor de enseñanza va a estar directamente condicionada por lo satisfactorio que encuentre su trabajo (Leiva & Merino, 2007).
La época actual demanda un mayor y mejor conocimiento de las particularidades culturales del alumnado por parte de los docentes. Las constantes crisis económicas y políticas han obligado a millones de personas a emigrar de su lugar de origen en busca de mejores oportunidades de trabajo y calidad de vida, lo que ha ocasionado el confrontamiento directo entre culturas, valores morales y principios religiosos que antes no eran de
consideración para la labor de enseñanza y que, de acuerdo a Leiva y Merino, puede ser un factor que impida la consecución de una práctica educativa adecuada para el momento actual, ya que “puede dificultar de manera considerable un correcto desarrollo de la educación intercultural si tenemos en cuenta que ésta debe basarse en un conocimiento mutuo, ya que la aceptación y el respeto hacia el otro solo puede derivarse de dicho conocimiento”(p.7).
Por lo antes dicho, es que la función social y cultural del docente debe evolucionar al siguiente estadio de su desarrollo profesional, puesto que las circunstancias presentes de crisis económica, social, política y moral apremian al profesorado de todos los niveles educativos y disciplinas académicas a la deconstrucción de su conceptualización para que emerja el nuevo esquema definitorio de la profesión docente. Es por esto que la investigación educativa se vuelve prioritaria para alcanzar los objetivos de una educación que atienda las exigencias de desarrollo y convivencia humana del siglo XXI. Es sorprendente la capacidad que tienen ciertos grupos con intereses corporativos y visiones reduccionistas, que se presentan como expertos técnicos de las reformas educativas actuales, para ocultar la inconveniencia e incongruencia con las que proceden al elaborar dichos intentos de conducir la educación hacia los fines utilitaristas económicos del modelo económico neoliberal (Gimeno, 2013).
La situación educativa actual, a nivel mundial, requiere un cambio en la enseñanza que acepte y reconozca formas diferentes a las habituales de adquisición y certificación de los aprendizajes, puesto que “la instrucción condiciona el aprendizaje, una forma dominante de enseñar o de instruir provocará la institucionalización de una manera dominante de aprender” (Gimeno, 2013, p. 179). Gimeno Sacristán indica que la consciencia del profesor sobre la influencia que tiene en sus alumnos es de suma importancia ya que este “facilita y estimula activamente el desarrollo de los procesos de investigación en los estudiantes, provocando el pensamiento y la investigación de los alumnos, dándoles la oportunidad de encontrar por sí mismos las soluciones”. (p. 179)
La razón principal de encauzar la enseñanza hacia la adquisición de la cultura es porque el mundo al que llega un novel ser humano es un mundo artificial, un espacio dispuesto por los humanos anteriores para asentarse en él y vivir en conjunto, es “una clara construcción social donde las personas, objetos, espacios y creaciones culturales políticas o
sociales adquieren un sentido peculiar, en virtud de las coordenadas sociales e históricas que determinan su configuración”. (Pérez Gómez, 1992, p. 70)
Ahora bien, los productos culturales no son solo bienes materiales y tangibles; la interacción entre pares ha generado una serie de pautas de comportamiento, perdurables y transferibles, los cuales identifican a los diferentes conglomerados humanos y median las relaciones entre miembros conformantes de una cultura, estas “representaciones y comportamientos producidos y construidos socialmente en un espacio y un tiempo concreto” (Pérez Gómez, 1992, p. 71) son rasgos culturales característicos que se aprecian en la forma de expresión verbal y somática de un grupo humano definido.
Ríos de tinta se han vertido, sobre todo en los últimos doscientos años, sobre la incidencia de la cultura en el accionar humano, más que en cualquier otro asunto, sobre sí es o no determinante para trazar la trayectoria de vida de sus integrantes, pero lo que no deja lugar a dudas es el carácter complejo y variado de la cultura y su entramado interior, cuya comprensión permite develar y comprender las “representaciones y normas de comportamientos que contextualizan la rica, cambiante y creadora vida de los miembros de una comunidad”, la cual “se va ampliando, enriqueciendo y modificando precisamente como consecuencia de la vida innovadora de aquellos que actúan bajo […] su influencia” (Pérez Gómez, 1992, p. 72).
A diferencia de las concepciones clásicas, idealizadas y utópicas, de las escuelas, como espacios asépticos, libres de influencias exteriores que enturbien su labor como formadora de los futuros integrantes de la comunidad humana, los estudios de enfoque sociológico y antropológico han develado que son espacios en los que se manifiestan de forma muy marcada las prácticas y jerarquías humanas ya que “está constituida por un conjunto de personas que viven y conviven en y de la escuela, una compleja red de ideas y expectativas sobre lo que hay que hacer en ella” (Ferreres & Imbernón, 1999, p. 66).
Por lo anterior como señalan Ferreres e Imbernón, la responsabilidad del docente es preparar la aparición del espacio de comprensión común del conocimiento para el estudiante y aportarle herramientas cognitivas propias de la investigación científica, el pensamiento lógico y el ejercicio de las bellas artes que le faciliten el abordaje de dicho espacio de conocimiento compartido, nunca debe eludir el proceso de construcción dialéctica de tal espacio que debe llevar a cabo el alumno por sí mismo; el deber ser de la profesión docente
es el de abstenerse de imponer sus creencias y concepciones o mutilar las posibilidades de convenir abiertamente entre todos los elementos que componen el contexto de comprensión común (Gimeno & Pérez Gómez, 2012). Al ser una actividad humana, en la que se reflejan las formas de concebir y sentir los propósitos reales de la educación, pueden distinguirse diferentes formas de ser de acuerdo al tipo de práctica educativa ejercida.