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PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA

4.6 Un futuro por definir

Aunque las historias paralelas de Jaume y Andreu cobran protagonismo en la novela, Cartas desde la ausencia incluye también la experiencia de la tercera generación, encarnada en la figura de Paula, cuya voz sin embargo aparece solo en las últimas páginas del libro, en la correspondencia de los años 2005 y 2006. En realidad, el lector llega a saber muy poco de Paula, dado que la novela enfatiza la relación casi inexistente entre Paula y su padre, desconocidos uno para el otro, y la consiguiente ruptura en la transmisión intergeneracional de la memoria.

Paula nace en 1962 como consecuencia de un encuento furtivo de Andreu y Beatriz (que está casada con otro), pero Andreu, instalado en Cuba, no se entera de que tiene una hija hasta quince años más tarde. En cambio, Paula descubre la identidad de su padre biológico solo en 2005, a los cuarenta y tres años, después de la muerte de su madre, que le confiesa la verdad en una carta póstuma. Sorprendida por la noticia, Paula decide pasar una temporada en Cuba para conocer a su padre y la parte desconocida de su propia historia familiar. Sin embargo, Andreu muere antes de que ella llegue a la isla, así que el encuentro entre los dos no llega a producirse nunca. Mientras que el lector puede reconstruir la historia de Andreu y Beatriz porque tiene acceso a toda la correspondencia de los personajes y al discurso interior de Andreu, el personaje de Paula solo dispone de un par de cartas y del relato de su amiga Lucía, que visita a Andreu poco antes de la muerte de este. Por tanto, los conocimientos de Paula sobre su propia historia familiar son escasos y llenos de lagunas, dudas e interrogantes.

En realidad, el final de la novela es la historia de un desencuentro, que niega una catarsis fácil y, en lugar de producir un cierre, deja muchas preguntas abiertas. En su última carta, Andreu expresa el deseo de que su hija encuentre unos ideales por los que luchar y asuma así la herencia ideológica de su padre y abuelo. Al mismo tiempo, el personaje sabe que el comunismo ha llegado al fin de su camino, por lo menos en la forma en la que lo abrazaron él y su padre, y es también consciente de la desconfianza que las nuevas generaciones sienten hacia las ideologías o los metarrelatos totalizadores de antaño. En mi opinión, resulta significativo que la novela deje fuera de sus páginas la reacción que el último deseo de Andreu provoca en Paula y permite que el lector la imagine por su cuenta: ¿Estará Paula dispuesta a retomar el legado de su padre y de su abuelo? ¿Existirá, para ella, algún ideal por el que valga la pena luchar? ¿Y qué forma

11 Según Riverola, Cartas desde la ausencia requirió un largo proceso de documentación histórica:

aparte de entrevistar a personas que habían vivido la guerra y consultar memorias, también acudió al archivo de Salamanca para tener acceso a la correspondencia interceptada de los niños de la guerra (Domènech 24/04/2008).

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de lucha podría ser viable en el siglo XXI, en un mundo posterior a los grandes relatos como el comunismo?

Mediante el final abierto, la novela vincula, aunque sea de modo indirecto, las luchas del pasado con los retos del presente. En lugar de presentar la historia como un proceso evolutivo, Cartas desde la ausencia deja patente que las injusticias no han desaparecido; simplemente, señala que las viejas formas de lucha han fallado, por lo que es necesario buscar nuevas vías para convertir el mundo en un lugar mejor. Desde luego, la novela habla de temas como la herencia de un pasado violento, los sueños rotos y las rupturas en la transmisión de la memoria, pero no se estanca en el pasado y en las experiencias dolorosas, sino que dirige la atención hacia el futuro. Además, este futuro no está decidido de antemano, sino que se presenta abierto: lo que será depende de las elecciones que tome Paula y que tomemos todos, incluido el propio lector.

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5CONCLUSIONES

Las tres novelas analizadas en este capítulo, Carta blanca, Dientes de leche y

Cartas desde la ausencia, que en mi clasificación pertenecen al modo vivencial de

representar el pasado, comparten una serie de características que dan lugar a una experiencia de lectura parecida. Las tres obras reivindican la vivencia de personas comunes afectadas por la guerra civil y emplean estrategias y técnicas narrativas que, por un lado, facilitan la inmersión del lector en el mundo ficticio y, por el otro, promueven la identificación de este con los protagonistas. Las novelas vivenciales narran historias conmovedoras y cuentan con una estructura convencional que no exige esfuerzos de parte del lector, sino que le permite dejarse llevar por la trama. De este modo, los textos crean la ilusión de transportar al lector al pasado y, mediante la identificación con los personajes, le proporcionan una oportunidad de “vivir” acontecimientos y experiencias que de otro modo le serían inaccesibles.

Aparte del placer de sumergirse en un mundo distinto y “revivir” experiencias ajenas, las novelas vivenciales también ofrecen al lector una posibilidad de aprender sobre el pasado. De hecho, las tres obras analizadas enfocan una experiencia o un tema histórico que ha recibido relativamente poca atención pública durante los años a pesar de la intensidad del debate en torno a la memoria histórica: Carta blanca traza continuidades entre la guerra del Rif y la guerra civil española, Dientes de leche recuerda la participación de voluntarios mussolinianos en la guerra española y Cartas

desde la ausencia evoca la trayecoria de los niños de la guerra y habla de la historia del

comunismo en el siglo XX. Sin embargo, entre las tres novelas vivenciales hay también diferencias, tanto de contenido como de forma, que afectan de forma decisiva a la imagen del pasado y el tipo de memoria que las obras promueven. Aparte de enfocar distintos experiencias y pasajes de la historia reciente mediante personajes muy diferentes entre sí, las obras se diferencian también en cuanto al tratamiento del tiempo y la perspectiva.

Las dos primeras obras, Carta Blanca y Dientes de leche, optan por un narrador externo y una focalización interna para crear una fuerte identificación entre el lector y los protagonistas. En ambas novelas, el narrador simpatiza con los protagonistas y se interesa sobre todo por su vida interior, por lo que dedica relativamente poca atención al contexto histórico y político en el que estos se encuentran. Dado que las novelas enfatizan la vivencia de los protagonistas y el narrador no suele cuestionar su punto de vista, son principalmente la visión y los valores de los personajes focalizadores los que determinan la manera en que se representan los hechos del pasado en estas novelas. De ahí surge la importancia de preguntar qué tipo de personajes focalizan en las novelas y si su forma de concebir y valorar los hechos es digno de confianza, si contribuye a una mejor comprensión del pasado y del presente o, en cambio, promueve una visión partidista o interesada.

Como he procurado demostrar en mi análisis, en Carta blanca hay un solo protagonista, un perpetrador de crímenes de guerra que procura justificar sus propios actos y los de sus compañeros, mientras que el punto de vista de sus víctimas está prácticamente excluido del texto. Más adelante, este protagonista se convierte en un

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héroe de guerra y una víctima republicana de la guerra civil, aunque los pensamientos del personaje anteriores a su muerte revelan que este, en realidad, decide morir por la deuda que siente hacia sus antiguos compañeros legionarios. En principio, se presenta al protagonista como una persona crítica y reflexiva, pero en realidad este no es capaz de asumir su propia responsabilidad sobre los crímenes de guerra cometidos en Marruecos y este hecho afecta gravemente a su visión de los dos conflictos. Dientes de leche, en cambio, tiene muchos personajes focalizadores, pero la obra retrata la dictadura franquista principlamente desde el punto de vista de sus beneficiarios omitiendo así la perspectiva de aquellos que sufrieron discriminación y represión política. La visión del pasado que la obra transmite es más plural y menos tendenciosa que en el caso de Carta

blanca, pero sin embargo Dientes de leche da lugar a una visión bastante indulgente —y

en ocasiones hasta nostálgica— del pasado dictatorial. Ademas, ambas novelas tienen una voz narradora dominante, que explica los pensamientos de los personajes e interpreta su actuación de modo tan exhaustivo que los textos dejan poco espacio para la reflexión propia del lector.

Sin embargo, las dos novelas tienen una temporalidad muy distinta. Carta blanca cubre un tiempo mínimo y el relato se centra en tres momentos separados cargados de tensión (violencia, sexo y muerte). El relato enfoca los antecedentes de la guerra civil — la guerra del Rif— y termina en la muerte del protagonista en 1936, en medio de la guerra española, sin establecer una conexión explícita entre el pasado representado y el presente del lector. El protagonista es un personaje traumatizado por las experiencias que vivió en la guerra colonial, pero la novela omite este aspecto, por lo que las escenas de violencia pierden su potencial ejemplar y se convierten en mero espectáculo para el entretenimiento del lector.

En cambio, en Dientes de leche el tiempo narrado abarca cincuenta años y tres (o incluso cuatro) generaciones y el relato enfoca lo cotidiano en lugar de acentuar lo épico. Al contrario que Carta blanca, la trama comienza en la guerra civil y alcanza hasta los años de la democracia. Aunque la novela no presta mucha atención a las políticas de la dictadura, Dientes de leche examina cómo el autoritarismo penetra en el terreno de lo cotidiano, afecta a las relaciones familiares interpersonales e intergeneraciones y discute también el carácter mutable de la memoria personal y colectiva. Sin embargo, el final de la novela encierra una visión quizás excesivamente optimista que representa el autoritarismo como una cuestión superada y argumenta que la generación de los nietos ya no está afectada por el legado de la guerra y de la dictadura. De este modo, la novela invita al lector a dejar atrás las injusticias del pasado y volver la vista hacia el futuro.

Cartas desde la ausencia se diferencia de las otras novelas vivenciales por la

ausencia de una voz narradora, lo que permite que los personajes hablen por sí mismos. En realidad, la novela no funciona como un “texto-ventana” completamente abierto al pasado, sino que ofrece al lector cartas y documentos históricos, que necesitan ser interpretados, contrastados y completados por la imaginación para construir una idea coherente de los hechos del pasado. Aunque los monólogos aportan datos adicionales, la novela coloca al lector en un rol más activo que las otras dos obras. A diferencia de

Carta blanca y Dientes de leche, los dos protagonistas de Cartas desde la ausencia son

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embargo, el relato no idealiza este bando, dado que los protagonistas son capaces de analizar críticamente los acontecimientos y, a diferencia del protagonista de Carta

blanca, no procuran justificarse, sino que admiten sus errores. Por consiguiente, la obra

consigue unir la emoción y una sensación de intimidad (consecuencia de la correspondencia personal y los monólogos) con la reflexión de las responsabilidades políticas y morales respecto a la violencia del pasado.

Cartas desde la ausencia cubre setenta años de historia, desde la guerra civil hasta

2006, y al igual que Dientes de leche, abarca tres generaciones de personajes. Ambas obras llegan casi hasta el presente, pero el final de cada una contiene un mensaje muy diferente. A diferencia de Dientes de leche, la novela de Riverola no supone que los problemas del pasado han sido superados. Cartas desde la ausencia recuerda que las desigualdades y las injusticias no han desaparecido, pero a la vez indica que hoy en día las viejas formas de lucha contra ellas ya no son ni viables ni admisibles. Mediante el final abierto, la obra incita al lector a imaginar nuevas formas de cambiar el mundo, que estén libres de los viejos errores que mancillaron los sueños de las generaciones anteriores. De este modo, la novela no se estanca en las injusticias históricas, sino que utiliza las experiencias del pasado como exemplum para el presente.

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PARTE III: EL MODO