PARTE III: EL MODO RECONSTRUCTIVO DE REPRESENTAR EL PASADO
2.5 La República como ideal del pasado y horizonte de futuro
En su tesis doctoral, Sara Santamaría (2013) analiza El corazón helado a la luz del
nuevo discurso republicano, que ha emergido con fuerza entre ciertos sectores de la
izquierda intelectual española en los años 2000 y está estrechamente relacionado con el movimiento ciudadano por “la recuperación de la memoria histórica”. Según la autora, este discurso se ha articulado “de forma predominante” (Santamaría Colmenero 2013: 197) en las novelas de la memoria que no solo representan la guerra civil y sus consecuencias, sino que también indagan en la memoria de ese pasado y sus usos, como ocurre en las obras reconstructivas. Almudena Grandes puede ser considerada una representante “ejemplar” del nuevo republicanismo, ya que ha ocupado un lugar visible en el movimiento por la recuperación de la memoria y ha participado en numerosos actos e iniciativas cuyo objetivo ha sido homenajear a los republicanos que lucharon en la guerra civil. El corazón helado es la primera de sus obras que sitúa el tema de la memoria en el centro de atención, pero el tema de la guerra civil ha sido una presencia constante en su obra desde el primer momento.
El nuevo discurso republicano, descrito por Santamaría (2013: 179), se caracteriza por el deseo de recuperar la herencia del republicanismo —entendido como “valores de lucha por la libertad, la justicia y la igualdad”— y por la expectativa de volver a instaurar un régimen republicano en España. Este discurso cuestiona el éxito de la transición y niega que España haya alcanzado una democracia plena y verdadera; supuestamente, la ausencia de juicios para condenar a los responsables de los crímenes cometidos por la dictadura y la insuficiente restitución moral y económica de las víctimas de la guerra y del franquismo habría dado lugar a una democracia defectuosa e inconclusa. A partir de esta premisa, surgen las reivindicaciones de justicia y de reconocimiento de las víctimas que han tenido una fuerte presencia en la esfera pública española sobre todo después de la creación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en 2000.
El nuevo discurso republicano, que se refleja claramente en El corazón helado, se inserta en la tradición regeneracionista y reproduce el viejo relato del fracaso de la modernidad en España, ya que promueve una lectura de la transición como fracaso e interpreta la historia reciente del país en términos de excepcionalidad, lo que se hace evidente en el siguiente comentario de Grandes:
[…] de lo que se trata es de denunciar que mi país es un país que sigue estando muy enfermo, es un país anormal, que ha tenido una trayectoria completamente contradictoria y que ha ido a contratiempo en relación a todos los países de su entorno y que es un país que no está normalizado
15 Además de los casos de Álvaro y Raquel, El corazón helado narra en el capítulo doce de la
segunda parte la historia de la reconstitución identitaria de Ignacio Fernández Salgado, padre de Raquel, que en un viaje de estudios a España toma consciencia de sus raíces familiares.
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democráticamente, por eso de que se intentó crear una democracia sin raíces (Macciuci & Bonatto 2008: 135)
En consonancia con los supuestos del nuevo discurso republicano, la autora asocia la Segunda República con la modernidad, el progreso y los valores democráticos, y considera que este periodo debería restaurarse como el principal referente de la democracia actual. Esta visión del pasado, el presente y el futuro de la nación española promovida por el nuevo republicanismo se plasma de modo claro en El corazón helado, como procuraré demostrar a continuación.
La representación del pasado reciente en la novela se apoya en gran medida en dos tópicos: el de las dos Españas y en la idea de la Transición como un momento de desmemoria u ocultación del pasado. El tópico de las dos Españas, que presenta la división violenta y el enfrentamiento fratricida como características de la historia contemporánea del país, es una idea persistente en el debate en torno a la identidad nacional de España y tiene su origen en el regeneracionismo. De acuerdo con el nuevo discurso republicano descrito por Santamaría, El corazón helado asocia sistemáticamente la Segunda República con la modernidad y el progreso, y representa a los republicanos como personas valientes, moralmente íntegras y coherentes con sus ideas. En cambio, la novela identifica la dictadura franquista con el atraso y la retrata como un periodo inmoral, que favoreció a personajes oportunistas y sin escrúpulos como Julio Carrión.
En primer lugar, las dos Españas están representadas en El corazón helado por las dos familias enfrentadas, los Carrión y los Fernández, pero la ruptura se produce también en el interior de la familia Carrión:
En el comedor de [la] casa, la correlación de las fuerzas reproducía la composición del Parlamento. La derecha tenía la mayoría absoluta, pero la izquierda, mi mujer, mi cuñado Adolfo y yo, con el apoyo pasivo y casi siempre silencioso de mi hermana Angélica, era apasionada, peleona. El radicalismo de nuestras posiciones se había ido alimentando mutuamente hasta el punto de que yo, que […] había ido adoptando posiciones políticas más por instinto que por necesidad, me encontré arengando a mis alumnos contra el gobierno […] Eran tiempos de guerra, y aunque el conflicto sólo fuera simbólico, ideológico, la necesidad afilaba los instintos. (Grandes 2007: 59-60)
En segundo lugar, la idea de la división violenta entre los españoles se repite en las múltiples “historias españolas”, los pequeños relatos intercalados en el relato principal, que narran de modo sintético historias trágicas de muchos personajes secundarios. A primera vista, los relatos intercalados, que evocan horrores de la guerra y de la represión franquista, parecen digresivos respecto al relato principal, ya bastante enrevesado en sí, pero en realidad sirven para crear unidad de significado en el conjunto de la obra porque lo que hacen es reiterar, y por tanto reforzar, el mensaje del relato principal.
La transición ocupa relativamente poco espacio diegético en la novela, pero resulta sin embargo un momento clave para entender la visión que El corazón helado promueve de la historia y el presente de la nación española. Ignacio Fernández Muñoz, el abuelo de Raquel, vuelve a España en 1976 y el año siguiente visita a Julio Carrión para hacerle saber que conserva las escrituras de los bienes que este robó a sus padres. Sin embargo,
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sus amenzas no conducen a nada: las relaciones de poder establecidas durante la dictadura se mantienen y la transición supone así, para Ignacio, una derrota más. No hay juicios y los culpables no reciben castigo, pero Ignacio tampoco reclama justicia, sino que opta por callar. En España, nadie parece recordar la lucha de los republicanos para defender la legalidad democrática de la Segunda República. Por tanto, según la interpretación del pasado que promueve la novela, la transición no dio lugar a una recuperación de la tradición republicana, sino que supuso más bien un “borrón y cuenta nueva”, que no deshizo del todo los vínculos con la dictadura.
En la novela, la transición y los años ochenta se retratan como un tiempo caracterizado por el silencio y el deseo de olvidar el pasado. Ignacio no quiere hablar del pasado y, además, considera que para su nieta es mejor no conocer los agravios del pasado. Asimismo, en la casa de los padres de Raquel “nunca se hablaba de la guerra, ni del exilio, ni del regreso. Era como si nada de eso hubiera sucedido” (Grandes 2007: 1048). En la casa de los Carrión, sin embargo, los hermanos mayores supieron en 1977, después de la visita de Ignacio, que su padre se había quedado con algunas propiedades de la familia de la madre, pero lo vieron como algo justificado. Únicamente Julio, homónimo de su padre, entiende la monstruosidad de lo ocurrido, y siente miedo, pena y vergüenza durante un tiempo. Piensa que todos los que lo rodean tienen que saberlo, pero hacen como si no supieran nada; al cabo de un tiempo, sin embargo, se “acostumbr[ó] a vivir con los demás, a vivir como si no supiera, como si no [l]e importara nada” (Grandes 2007: 1024).