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PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA

3.6 Una visión nostálgica

En Dientes de leche, el conflicto generacional constituye uno de los centros de atención, pero al final de la novela las tensiones entre Raffaele y sus hijos se resuelven, o por lo menos su relación adquiere cierta estabilidad. Rafael lleva a cabo su venganza y, como consecuencia, Raffaele toma conciencia de su comportamiento, cambia su vida y se marcha a Italia, lo que permite a sus hijos llevar su propia vida tranquilamente. Aparte de resolverse el conflicto, la escena final de la novela también mira al pasado y produce una visión nostálgica e idealizadora de los años de juventud de Alberto y Elisa.

En el epílogo, el matrimonio asiste, junto con Paquito y Juan, a la proyección de la película Culpable para un delito, en cuyo rodaje los tres mayores participaron como extras a mediados de los años sesenta. La expectativa de verse en la pantalla, jóvenes y a punto de enamorarse, resulta muy emotiva para Alberto y Elisa, pero Juan no se percata de eso y está a punto de estropear el momento sugiriendo la posibilidad de que a lo mejor los tres ni siquiera aparecen en la versión final de la película. Sin embargo, al ver la cara de sus padres, se da cuenta de que

[…] aquel momento era bastante más importante para ellos de lo que él podía suponer. Ellos estaban allí para convocar el pasado, un pasado en que fueron jóvenes y felices, y en esa ceremonia privada Juan tenía que evitar comportarse como un aguafiestas (Martínez de Pisón 2008: 377).

En efecto, Alberto, Elisa y Paquito salen en el filme y Juan ve cómo sus padres se emocionan:

Lloraban por la juventud perdida y por el tiempo que había pasado desde que se conocieron. Lloraban por el amor que se habían dado y el que seguirían dándose en el futuro. Lloraban por los momentos buenos y los malos que habían vivido juntos. Lloraban por ellos mismos, por los muchos recuerdos que atesoraban. Lloraban también por su felicidad, y llorar así devolvía una parte de la felicidad. (Martínez de Pisón 2008: 379)

Estas palabras sentimentales, junto con una observación jocosa de Paquito, cierran la novela. De este modo, los recuerdos idealizados de Elisa y Alberto convierten el pasado en una época dorada, en un paraíso perdido y pozo de nostalgia, de la que están excluidos todos los elementos negativos, tanto los conflictos familiares como la realidad de la dictadura. La memoria nostálgica constituye así “una ceremonia privada” en la que

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Juan tiene que “evitar comportarse como un aguafiestas”. ¿Sugiere la novela, por tanto, que la respuesta más adecuada ante las memorias nostálgicas e idealizadoras del pasado —que proliferan no solo en la memoria individual sino también en la colectiva— sería dejarlas florecer en lugar de intervenir y enfrentarlas con puntos de vista más críticos o con datos que puedan resultar incómodos?16

El final se contrasta con el resto de la novela también en cuanto a la representación del funcionamiento de la memoria autobiográfica. A lo largo de la obra, el narrador llama la atención sobre cómo los personajes modifican sus recuerdos del pasado numerosas veces, pero en el epílogo estas observaciones brillan por su ausencia. Aunque las últimas páginas contienen un fragmento que llama la atención sobre la falibilidad de la memoria, a diferencia de otras veces, se trata de unos detalles totalmente intrascendentes: antes del comienzo de la película, Paquito, Elisa y Alberto entran en una discusión al intentar recordar los objetos que cada uno había tenido que llevar —¿a quién habían dado el bolso?, ¿quién había llevado el paraguas? ¿y quién había tenido el bastón?

Si bien los problemas y las consecuencias del autoritarismo son resueltos en la novela a nivel familiar, las cuestiones de relevancia pública, en cambio, simplemente se desvanecen en la trama a lo largo de la novela. Mientras que la primera parte del libro aborda temas como la guerra, la represión de los vencidos y la corrupción, en la segunda parte este tipo de asuntos apenas se mencionan. Por ejemplo, la empresa de Modesto, apoderado por Raffaele, crece y prospera gracias a la corrupción endémica de la dictadura, como se revela en el capítulo dos de la primera parte, pero más adelante ninguno de los personajes —tampoco el narrador— se preocupa por este hecho, que sin embargo constituye el origen del bienestar material de las sucesivas generaciones de la familia. A Alberto, cuando trabaja en la Confianza, le interesa solamente la modernizacón de la fábrica, mientras que a Rafael le importa solo la traición que Raffaele cometió al abandonar a su familia italiana. Asimismo, el tema de la represión de los vencidos se da por resuelto en cuanto Rafael lleva a cabo su venganza particular contra el Rubio.

La desaparición de los temas relacionados con la guerra y la dictadura hacia el final de la novela contribuye a crear la sensación de que las barbaridades y las injusticias del pasado están superadas, aunque más bien han sido dejadas a un lado. En una entrevista,

16 El autor ha señalado en dos artículos que esta escena está inspirada en un recuerdo de familia de su

amigo Félix Romeo, a quien agradece el préstamo en la nota del autor al final de la novela (Martínez de Pisón 2011; Martínez de Pisón 22/05/2012). El padre de Félix y algunos amigos suyos participaron como extras en el rodaje de Culpable para un delito y, muchos años después, el hijo fue junto con sus padres a ver la película en la Filmoteca. Al ver la película, los padres lloraron, pero no tanto por nostalgia de la juventud perdida ni por la felicidad de una larga vida compartida, como hacen Alberto y Elisa en la novela, sino más bien por tristeza al reconocer en la pantalla a varios amigos suyos ya muertos. Antes de escribir Dientes de leche, Martínez de Pisón ya había utilizado la misma escena en un relato titulado “Una ceremonia privada”, pero quiso reescribirlo porque en el relato no consiguió, en su opinión, transmitir “la intensidad del afecto que, después de tantos años, seguía uniendo a la pareja” (Martínez de Pisón 22/05/2012) que se ve en la pantalla después de muchos años de matrimonio. En su crítica de Dientes de

leche, Santos Alonso (2008) destaca la disonancia entre el prólogo, que califica de “una pequeña obra

maestra de narrativa breve”, y el epílogo, que se justifica en su opinión solo “por el deseo del autor de concluir con un final pastelero y complaciente”. Sin embargo, Martínez de Pisón (22/05/2012) ha dicho que no le importa que el final resulte “cursi”.

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Martínez de Pisón explica que su propósito fue reflejar en la novela “cómo aquella España bárbara fue evolucionando poco a poco hasta llegar a un momento en que se convirtió en una España muy parecida a cualquier otro país europeo” (Martí Gómez 08/06/2008). Efectivamente, la España en la que Juan se hace adulto a finales de los ochenta es muy distinta de la España a la que llegó Raffaele durante la guerra civil, pero lo que la novela omite son los factores que hicieron posible esta evolución. Si tomamos en cuenta que Dientes de leche no representa la militancia antifranquista (ni la sociedad civil en general) como un agente de cambio efectivo,17 la novela parece sugerir que la evolución ocurrió por si sola, como si de un proceso natural se tratara o, alternativamente, que el cambio se generó desde dentro del mismo régimen dictatorial.

El marco temporal de la novela resulta significativo en cuanto a la imagen optimista que el final de la obra transmite. El epílogo se sitúa en 1987 y muestra una estampa de familia feliz: Juan, el joven de la familia, acaba de empezar sus estudios, el matrimonio de Alberto y Elisa vuelve a florecer, y Paquito se ha establecido en la casa de su hermano y se mantiene en contacto con Raffaele mediante cartas que Juan le ayuda a escribir. Las diferencias han sido superadas y el equilibrio ha sido establecido tanto dentro de la familia como en el país, que tiene un gobierno democrático de izquierdas. Históricamente, se trata de un periodo marcado por el optimismo, en el que la sociedad española, orientada hacia el futuro y deseosa de dejar atrás el pasado,18 se mostraba en general satisfecha con la Transición. El movimiento por “la recuperación de la memoria histórica”, que cuestionará la manera en que se llevó a cabo la transición a la democracia, no emerge hasta mucho más tarde, hacia finales de los años noventa. Por tanto, terminar la novela en el año 1987 permite al autor retener el optimismo de los años ochenta y dejar fuera de la novela los problemas planteados, por ejemplo, por las asociaciones de la memoria histórica.

Asimismo, la actitud del narrador de la novela es, en general, conciliadora. En ocasiones, la voz del narrador adopta un tono burlón al referirse al comportamiento o los ideales de los personajes —tanto de los fascistas como de los antifranquistas— con el fin de marcar distancia, pero su actitud es, sin embargo, siempre comprensiva, nunca sentenciosa o malintencionada. La mezcla de nostalgia y parodia, que caracteriza la postura del narrador, se hace patente también en la portada de la novela, en la que hay, debajo del título, una fotografía de un niño vestido de uniforme que levanta el brazo en saludo fascista. Por un lado, el título hace referencia a la obsesión nostálgica de Isabel de guardar los dientes de leche de sus hijos, que para ella “representaban todas las cosas bonitas que el tiempo y la vida obligaban a dejar atrás” (Martínez de Pisón 2008: 125). Por otro lado, la fotografía alude a los pensamientos de Juan que, al observar sus fotos de infancia, se pregunta si existe alguna en la que se le ve de uniforme haciendo el saludo romano. En el caso de que exista, Juan piensa que “en esa foto su imagen de niño

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La descripción de la militancia antifranquista en la novela resulta bastante caricaturesca y no hace justicia al papel importante que algunos grupos organizados, sobre todo el Partido Comunista, y la sociedad civil tuvieron en la Transición, según muchos historiadores.

18 Como ha constatado el historiador Santos Juliá, uno de los más fervientes defensores de la

Transición, una vez conquistada la democracia, "pensar en Franco parecía una especie de masoquismo vulgar" (Fernández Rubio 1992).

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disfrazado parodiaría sin quererlo la adusta grandeza de […] todos los fascistas” (Martínez de Pisón 2008: 24).

Como consecuencia de los procedimientos señalados más arriba, la novela en su totalidad transmite una imagen bastante indulgente del pasado reciente de España. Además, el libro presenta el pasado dictatorial como un periodo cerrado, desconectándolo así del presente y de las preocupaciones actuales. Aunque el éxito de la novela se debe en parte al boom de la memoria histórica en cuyo marco se inscribe,

Dientes de leche se diferencia de muchas otras novelas sobre el pasado reciente de

España en cuanto a la actitud que adopta ante la historia cercana. En lugar de “revelar” injusticias del pasado y reivindicar la figura de las víctimas de la guerra o la dictadura, como es habitual en las novelas sobre este periodo, el libro narra la historia de una familia de vencedores que vivió tranquilamente durante la dictadura y puede recordar ese tiempo con nostalgia. Además, la obra contiene muchos detalles de la vida cotidiana de la época que seguramente resultan familiares a los lectores y, por tanto, contribuyen a provocar en el receptor el mismo tipo de nostalgia que el visionado de la vieja película produce en Alberto y Elisa. Mientras que las novelas de tono más miltante están a menudo orientadas a causar en el lector indignación moral, que puede resultar en algún tipo de acción, Dientes de leche parece perseguir más bien un efecto calmante, que invita al lector a pasar página y dejar atrás los agravios del pasado.

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4CARTAS DESDE LA AUSENCIA DE EMMA RIVEROLA