PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA
2.3 La ruptura del silencio político y social
El acuerdo de no instrumentalizar el pasado en el ámbito político se rompió en la campaña electoral de 1993, cuando el PSOE se percató del riesgo de perder el poder después de tres legislaturas de mayoría absoluta y decidió usar el pasado franquista de algunos dirigentes del PP para su beneficio. La campaña fue un éxito, ya que consiguió movilizar un miedo al “retorno” de la derecha y el PSOE volvió a ganar las elecciones. Sin embargo, el PP ganó las elecciones siguientes y llegó al poder en 1996. Después, la oposición empezó a plantear iniciativas parlamentarias destinadas a resarcir a las víctimas de la guerra civil y la dictadura (Aguilar Fernández 2006: 306). Sin embargo, estas iniciativas causaron gran resistencia en el PP, cuyo gobierno se caracterizó por un “stubborn refusal to distance itself from Francoism” (Faber 2005: 211).9
Las tensiones entre los dos partidos solo aumentaron tras la abrumadora victoria del PP en las elecciones de 2000, la que hizo innecesaria la moderación política para el partido gobernante. El PSOE y la Izquierda Unida, por su parte, unieron sus fuerzas y empezaron a presentar una serie de proposiciones de ley cuyo objetivo era la rehabilitación y la indemnización de varios grupos de víctimas de la dictadura. Como señalan Bernecker y Brinkmann (2009: 275), el objetivo de esta campaña no era únicamente responder a las reivindicaciones procedentes de la sociedad civil, sino también “aumentar la presión moral ante un reacio Partido Popular y desenmascarar a sus líderes como filo-franquistas y nostálgicos”.
En 2004, el PSOE volvió a ganar las elecciones y, poco después de su llegada al poder, el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero impulsó la creación de una “Comisión Interministerial para el estudio de la situación de las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo”. El cometido de esta comisión fue elaborar un informe sobre el estado de la cuestión que sirviese de base para un proyecto de ley, que se conoce como
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En palabras de Bernecker y Brinkmann (2009: 264), el PP llegó a “actuar como fiel guardián del legado franquista”, pero, como añade Faber (2005: 211), el partido también hizo “bold attempts to appropriate the ‘liberal’ cultural heritage of the Second Republic”, patrocinando actos conmemorativos en honor de escritores republicanos como García Lorca, Luis Cernuda y Max Aub.
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la “Ley de Memoria Histórica”.10
La preparación de dicha propuesta de ley tardó unos dos años —la comisión oyó a 36 asociaciones de víctimas y recibió 14 000 cartas—, y el proyecto presentado a finales del junio de 2006 recibió críticas tanto desde la derecha, que acusaba al gobierno de “reabrir viejas heridas”, como desde la izquierda, que lo consideraba insuficiente. Después de largas negociaciones, acompañadas por un intenso debate en los medios de comunicación, la Ley fue finalmente aprobada en diciembre de 2007. Aunque casi nadie se mostró contento con el resultado final, Bernecker y Brinkmann (2009: 329-330) consideran que “muchas de las reivindicaciones lanzadas desde el movimiento de la memoria quedaban recogidas en la ley”, por lo que “no hay duda de que la Ley de Memoria representa un serio cambio de paradigma en el tratamiento oficial del pasado reciente”. Sin embargo, el hecho de que el exjuez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón acabase encausado pocos años después por investigar los crímenes del franquismo indica un paso hacia la dirección contraria.11
En la esfera social, se suele situar el inicio de la movilización por la memoria en 2000, fecha de creación de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). La ARMH surgió de la iniciativa de Emilio Silva, que empezó en 2000 la búsqueda de los restos mortales de su abuelo desaparecido en la guerra civil. La exhumación de la fosa común en la localidad leonesa de Priaranza del Bierzo, en la que se hallaban los restos del abuelo de Silva, tuvo inesperadamente mucha repercusión mediática, lo que hizo que la cuestión de los desaparecidos de la guerra y la dictadura alcanzara una visibilidad pública sin precedentes. Por consiguiente, algunos profesionales ofrecieron su colaboración a Silva y muchas personas acudieron al lugar de la excavación para pedir ayuda en la búsqueda de desaparecidos. Silva y otras personas involucradas en la exhumación crearon la asociación, que entre 2000 y 2012 realizó en total 153 exhumaciones (1330 cuerpos exhumados) en toda España (Bernecker & Brinkmann 2009: 267-268; "Exhumaciones de la A.R.M.H." ). Después de la creación de ARMH, han surgido numerosas otras asociaciones o iniciativas que luchan por el reconocimiento moral y los derechos de distintos grupos de víctimas, se dedican a la conservación de determinados lugares de memoria o trabajan para documentar distintos aspectos del pasado reciente del país (Bernecker & Brinkmann 2009: 267-271). Sin embargo, es el trabajo de la ARMH el que mayor impacto ha tenido en los medios de comunicación, hasta el punto de que toda la movilización cívica se conoce hoy en día como movimiento por “la recuperación de la memoria histórica”.
La expresión “recuperación de la memoria histórica” es problemática, como señala Labanyi (2008: 122), ya que sugiere que la memoria del pasado “lies buried in some kind of time-capsule, waiting to be brought to light like the material remains interred in mass graves currently being excavated”. Esta idea oculta el hecho —acentuado por Erll,
10 Se trata de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se
establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura.
11 Al final, el tribunal Superior absolvió a Garzón una semana después de que éste fuese expulsado
de la carrera judicial tras haber sido inhabilitado a 11 años por las escuchas del caso Gürtel. El tribunal consideró que Garzón erró al calificar los hechos como crímenes contra la humanidad pero que esos errores no constituyeron delito de prevaricación del que fue acusado (Yoldi & Lázaro 27/2/2012).
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Rigney y otros teóricos de la memoria cultural— de que las memorias se construyen siempre en el presente, por lo que estas inevitablemente reflejan los intereses y las necesidades de aquellos que evocan el pasado. No obstante, Labanyi señala — basándose en un artículo de Stephanie Golob (2008)— que la expresión tiene también otra lectura: el movimiento por “la recuperación de la memoria” puede considerarse como un intento de “recuperar” no una memoria supuestamente enterrada e intacta del pasado, sino la demanda de justicia y de reconocimiento moral de las víctimas de la guerra y la dictadura que no se produjo en la Transición. En la misma línea, Sebastiaan Faber (2004: 43) interpreta el movimiento en torno a la memoria histórica como “una segunda Transición, uno de cuyos objetivos principales es corregir los errores de la primera […] remendar las injusticias de la democratización postfranquista”.12
Las exhumaciones han tenido un enorme impacto tanto en el nivel familiar e individual como en el colectivo por varias razones. Por un lado, las fosas y los cuerpos desenterrados son una evidencia física y muy visual de las atrocidades del pasado, que han despertado en muchos españoles el deseo de conocer la verdad —según muchos, “silenciada” u “ocultada”— sobre la guerra civil y los crímenes cometidos por la dictadura.13 Por otro lado, el hecho de exhumar los cuerpos y trasladarlos a una sepultura marcada, reconocida, también implica el restablecimiento de la comunidad rota por la división de los españoles en vencedores y vencidos por el franquismo. Desde luego, para muchos familiares el hecho de conocer el paradero de sus parientes y darles una sepultura digna ha permitido finalmente cerrar un capítulo doloroso del pasado y librarse del estigma que les ha supuesto el no poder recordar en público a sus seres queridos asesinados durante la guerra o la dictadura (Labanyi 2009: 28).
Como he señalado más arriba, en la esfera cultural no se produjo nunca un silencio sobre el pasado comparable al que se experimentó en las esferas social y política, sino que se ha producido una multitud de novelas y películas sobre la guerra civil desde el inicio del conflicto, también durante y después de la Transición. Sin embargo, esta producción se ha intensificado de modo significativo desde finales de los años noventa y, por consiguiente, en los años 2000 ya se puede hablar de un “boom de la memoria” o “moda de la memoria”. El debate público en torno a las exhumaciones, la Ley de Memoria Histórica y la necesidad de reparación y reconocimiento moral de las víctimas de la guerra civil y el franquismo en general ha contribuido a aumentar tanto el interés de los españoles hacia la producción cultural en torno al pasado violento del país como la relevancia social de las obras. Desde luego, la moda de la memoria no se limita a las novelas y las películas, sino que en los años 2000 han aparecido también numerosos documentales, libros de historia, reportajes y artículos periodísticos, memorias y biografías, testimonios, cómics, obras de teatro y artes plásticas, videojuegos (y un largo etcétera), así como estudios académicos dedicados al análisis del fenómeno de la memoria procedentes de diversas disciplinas (historia, sociología, estudios culturales,
12 Según Golob (2008: 128), en España no hubo justicia transicional, pero la Ley de Memoria
Histórica puede interpretarse como un paso hacia una cultura y políticas de justicia postransicional.
13 Según Loureiro (2008: 228), “the vindication of historical memory is not so much an issue of
information as it is of the politics and affects mobilized in the personal discovery of horrors that in good measure were already in the public domain” [la cursiva es mía].
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estudios de la memoria, estudios literarios, etc.). Por tanto, el renovado interés hacia el pasado violento es un fenómeno que abarca numerosos medios y varios sistemas simbólicos.