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PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA

2.2 El silencio político y social sobre el pasado o el llamado “pacto de

Para explicar por qué se produjo en España un debate público sobre el pasado de guerra y dictadura a partir de mediados de la década de 1990, después de un periodo de unos veinte años de relativo silencio tras la muerte de Franco, tenemos que volver la vista hacia la transición democrática. En los debates públicos y también en los estudios literarios centrados en el tema de la memoria histórica es habitual explicar la escasez de debate público en las décadas siguientes a la muerte del dictador de dos formas: o bien como consecuencia de un supuesto “pacto de silencio” o “de olvido” sellado por las élites políticas de la Transición, o bien como resultado de un “trauma colectivo” o “cultural”. En mi opinión, la primera explicación es una simplificación potencialmente engañosa que necesita ser examinada de modo crítico. La segunda corre el riesgo de patologizar y despolitizar un fenómeno que, a mi ver, es consecuencia no solo de unas circunstancias históricas determinadas, sino también de unas tomas de postura concretas por parte de políticos y ciudadanos.3

En cuanto al supuesto “pacto de silencio”, estoy de acuerdo con el historiador Santos Juliá (2003; 2006) que rechaza esta expresión desafortunada por dos motivos. En primer lugar, el autor mantiene que nunca existió entre el Gobierno y la oposición un pacto cuyo objetivo fuese silenciar el debate público sobre el pasado; lo que sí hubo, según el autor, fue un acuerdo tácito de no utilizar el pasado como arma en el debate político, un “echar al olvido” basado en un deseo compartido de no permitir que el pasado condicionase el presente y el futuro del país. En segundo lugar, Juliá insiste en que en España, en realidad, nunca se produjo una amnesia o silencio sobre el pasado, sino que la guerra civil y la dictadura han sido objeto de numerosos estudios y congresos historiográficos, de obras e iniciativas artísticas y culturales, así como de artículos y reportajes periodísticos desde la misma Transición.

Paloma Aguilar Fernández (2006) se muestra de acuerdo con Santos en cuanto al primer punto, pero acentúa la necesidad de matizar el segundo distinguiendo entre lo que ocurre en los ámbitos político, social y cultural. Asimismo, la autora recuerda que hay que tener en cuenta la diferencia fundamental entre el tratamiento de la memoria de la guerra civil y de la del franquismo. En el terreno de la política, la Transición española se caracterizó sobre todo por la búsqueda de consenso. Aunque entre las élites políticas existía un acuerdo tácito de no pedir cuentas por el pasado ni instrumentalizarlo, como

3 Al igual que Wulf Kansteiner (2004), Astrid Erll (2011a: 101) opina que la noción de trauma

cultural es “a ‘category mistake’ derived from a misleading metaphorization of concepts which describe

mechanisms of individual memory”. Jo Labanyi (2009), a su vez, problematiza la aplicación de la teoría del trauma al estudio del caso español llamando la atención sobre el hecho de que en España el silencio sobre el pasado no fue, en general, resultado de un olvido traumático, sino una estrategia elegida por muchos supervivientes por diferentes razones.

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argumenta Juliá, la guerra civil fue sin embargo evocada constantemente en las discusiones políticas durante la Transición, pero siempre en un sentido aleccionador, como algo que no debía repetirse jamás. Por consiguiente, el riesgo latente de la repetición de la contienda favoreció la moderación política (Aguilar Fernández 2006: 281, 282-283).

La disposición de los actores políticos de echar al olvido el pasado se debía, ante todo, al discurso de la reconciliación, predominante en España desde mediados de los años sesenta, y en la lectura de la guerra civil como una tragedia colectiva, en la que ambos bandos cometieron atrocidades injustificables (Aguilar Fernández 2006: 282-283; Bernecker & Brinkmann 2009: 208, 211). Mientras que la idea de la culpabilidad compartida explica el deseo de las principales fuerzas políticas de no utilizar la guerra civil como arma en el debate político, según Aguilar Fernández la necesidad de evitar menciones al pasado franquista, en cambio, nunca tuvo la misma aceptación por la evidente razón de que tal acuerdo beneficiaba solo a una parte de las fuerzas políticas.4 Sin embargo, los políticos de la izquierda se abstuvieron de utilizar el pasado franquista del adversario político como instrumento de lucha política hasta principios de los años noventa (Aguilar Fernández 2006: 281, 306).

Resulta comprensible que, durante la Transición, los políticos quisieran soslayar los aspectos más espinosos del pasado para evitar conflictos que podrían arriesgar el incipiente desarrollo democrático. Sin embargo, resulta más difícil comprender la escasez de debate público sobre el pasado de guerra y dictadura una vez establecida la democracia. Como señala Jo Labanyi (2009: 26), tanto el gobierno del PSOE (1982– 1996) como el del PP (1996–2004) evitaron o, en el último caso, intentaron evitar el debate público sobre el pasado franquista, aunque por diferentes motivos. En el caso del PSOE, la intención se debía al deseo de los socialistas de romper con el pasado dictatorial para crear una sociedad moderna y emancipada, mientras que al PP le interesaba evitar una discusión sobre las responsabilidades históricas de la derecha española. Además, según la autora, tanto los gobiernos de la izquierda como los de la derecha coincidían en el empeño de promover los valores del consumismo neoliberal, que solo se interesa por lo nuevo.5

Resulta evidente que la reticencia de los políticos a abordar los asuntos más espinosos del pasado supuso un retraso en la adopción de medidas reparativas dirigidas a

4 Como explica Faber (2005: 209), “the negociations that led to the transition were conducted on

fundamentally unequal terms. By the time Fraco died in 1975, his followers had had almost forty years to mourn their victims, exalt their heroes, and distort the historical record to their benefit”. Asimismo, Bernecker y Brinkmann (2009: 221) mantienen que “la tesis de una culpa colectiva compartida a partes iguales entre ambos bandos […] se reveló como una espada de doble filo para los vencidos […] [p]orque […] impedía no sólo un tardío ajuste de cuentas, sino también la aceptación del hecho de que la represión política en la zona franquista había provocado muchas más víctimas. De tal manera, asesinatos políticos, represión, exilio y trabajo forzoso, en una palabra, la historia del sufrimiento del bando republicano se convirtió en una zona problemática del discurso público que casi nunca se pisaba.”

5 Jo Labanyi (2007: 94) sugiere que “the ‘pact of oblivion’ has become such a commonplace because it allows the transition to be seen as a break with the past, masking—conveniently for both political Right and Left—the fact that it was effected by politicians from within the former Francoist state apparatus. It was crucial for the interested parties to see the transition as a break with the past, not only in order to claim that Spain was freeing itself from nearly forty years of dictatorship, but also in order to claim that the country was making a “leap into modernity […]”.

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los vencidos de la guerra y a las víctimas de la dictadura. Aunque es cierto que se aprobaron algunas leyes de reparación a finales de los años 1970 y en los 1980, las iniciativas más importantes se han promovido solo después de que el Partido Popular llegase a gobernar en 1996, a pesar de la resistencia de este partido. Como señala Aguilar Fernández (2006: 284), durante los primeros años de la democracia

[…] se aprobaron una serie de medidas que, con el tiempo, equipararían —aunque con algunas deficiencias— a las víctimas de ambos bandos en cuanto a derechos económicos, siendo, sin embargo, la rehabilitación simbólica de los represaliados de la Guerra Civil, así como la reparación material y moral de las víctimas de la dictadura, mucho más tardías, incompletas e insatisfactorias.

Aguilar Fernández (2006: 283, 298; 2008) recalca que, en su momento, la sociedad española apoyó masivamente la moderación política de la Transición y compartía el deseo de los políticos de soslayar cuestiones espinosas del pasado. Como un ejemplo que confirma el respaldo de la ciudadanía, la autora señala que la Ley de Amnistía de 1977 —muy criticada posteriormente por conceder impunidad no solo a los presos políticos, sino también a las autoridades y a los funcionarios franquistas— fue aprobada sin que se produjeran manifestaciones en contra.6 Asimismo, las encuestas realizadas en 1975 y 1976 confirman que las prioridades de los españoles en los años de la Transición fueron “la paz, la estabilidad y el orden, incluso por encima de la justicia, la libertad y la democracia” (Aguilar Fernández 2006: 300). Estos valores pueden interpretarse, por lo menos en parte, como consecuencia de la socialización franquista, que procuró inculcar en los españoles (con aparente éxito) “el miedo al desorden, la desconfianza hacia nuestra propia capacidad para afrontar problemas de forma civilizada, e incluso el temor a las consecuencias de nuestra propia libertad” (Aguilar Fernández 2006: 300).

Durante la Transición y los quince o veinte años siguientes, pocas víctimas de la guerra o de la dictadura (o sus familiares) recordaron públicamente sus vivencias, lo que demuestra que la renuncia a pedir cuentas por el pasado fue asumido también por los “verdaderos perdedores de la historia” (Bernecker & Brinkmann 2009: 237).7

Las principales razones del silencio social sobre los aspectos más crudos del pasado son, según Aguilar Fernández (2006: 303), por un lado, el miedo a la repetición de la guerra o al retorno de la dictadura y, por otro lado, “un profundo sentimiento de la culpa tanto por la brutalidad de la guerra como por la connivencia de una parte importante de los españoles con la dictadura”.8

Como explica Ángela Cenarro (2002), la ausencia de

6 También Bernecker y Brinkmann (2009: 215) señalan que la Ley de Amnistía se aprobó sin que la

oposición le planteara grandes problemas.

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Como mantienen Bernecker y Brinkmann (2009: 218), “parece que la lógica de la política de la reconciliación implicara la renuncia no solo de la denuncia de los crímenes de la dictadura, sino también de todo luto público de las víctimas y sus familiares”. Como señala Kerangat, se realizaron algunas exhumaciones de las víctimas de la guerra civil y del franquismo ya durante la Transición, pero estos actos se destacan por su carácter familiar y local. Los impulsores de las primeras exhumaciones evitaban cualquier referencia política o ideológica y destacaban su deseo de devolver la dignidad de sus familiares muertos a través de un entierro y una tumba decente.

8 Aguilar Fernández (2006: 314-315) señala también que, en algunos casos, se intentó olvidar el

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espacios comunicativos que permitiesen a los vencidos de la guerra contrastar sus recuerdos unos con los otros durante la dictadura hizo, junto con la propaganda de la dictadura, que muchas víctimas de la represión y sus familiares terminasen por desarrollar sentimientos de culpa y vergüenza. Estos factores contribuyen a explicar la ausencia de demandas sociales masivas de reparación, así como la escacez de iniciativas para conmemorar a las víctimas de la guerra y la dictadura en las primeras décadas de la democracia (Aguilar Fernández 2006: 302).

En la Transición, se produjo en España una suerte de “huida hacia delante” (Aguilar Fernández 2006: 298). En 1975, la mayor parte de los españoles ya no tenía recuerdos personales de la guerra civil ni de la primera etapa de la dictadura. Como señala Ángel Loureiro (2008: 230), la generación joven, nacida entre los años 1945 y 1960, fue la que más se había beneficiado del desarrollo económico, de la mejora en la educación y del mayor acceso a la información en la seguda etapa de la dictadura; por esta razón, también se percataba mejor de las insuficiencias del régimen, sobre todo de las limitaciones a la libertad política y personal. Por consiguiente, la Transición no se presentaba para ellos como una ocasión para indagar en el pasado, sino al contrario, como una oportunidad largamente esperada de dejar atrás las deficiencias del pasado y de abrirse al futuro (Loureiro 2008: 230). Por un lado, el afán de libertad y la obsesión por todo lo “moderno”, unidos al rechzazo de la historia y la tradición, se convirtieron en características de la época, que deben ser entendidas también como una reacción al nacionalismo rancio propagado por la dictadura. Por otro lado, la dificultad de influir en el cambio político y la crisis económica de los ochenta dieron lugar al “desencanto”, una sensación de oportunidad perdida, entre los ciudadanos y los grupos políticamente más activos (Bernecker & Brinkmann 2009: 249-250).

Aunque el témino “pacto de silencio” no resulte adecuado, Aguilar Fernández admite que en los ámbitos político y social se percibe, durante y después de la Transición, un claro deseo de evitar discusiones potencialmente conflictivas sobre el pasado reciente del país. En cambio, en la esfera cultural existió desde el inicio de la Transición un “pacto de memoria” (Aguilar Fernández 2006: 288), o sea, un gran interés hacia el pasado, que generó, por un lado, una gran cantidad de exposiciones, novelas, películas y otros productos e iniciativas culturales, y por otro lado, numerosos estudios y congresos históriográficos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que tanto la producción cultural como la historiográfica anterior a la década de 2000 se centraron mucho más en la guerra civil que en el franquismo. Aunque se realizaron muchas investigaciones de calidad en las décadas de 1980 y 1990, estas sin embargo tuvieron un impacto muy limitado en la sociedad. Aguilar Fernández (2006: 297) habla de un “problema […] de demanda” y Julián Casanova (14/6/2005) confirma su diagnóstico:

Esas investigaciones, difundidas en círculos universitarios, en congresos científicos, libros y revistas especializadas, modificaron y enriquecieron sustancialmente el conocimiento de ese largo periodo de la historia contemporánea de España, pero sus tesis y conclusiones no llegaban a un público amplio y rara vez interesaban a los medios de comunicación.

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La poca divulgación de la historiografía explica en parte el papel que la novela y el cine han llegado a ocupar en la España actual como medios encargados de representar y explicar la guerra civil al público amplio (Faber 2008: 77). No obstante, el tratamiento del pasado en la esfera cultural no se convirtió en un fenómeno masivo hasta finales de los años 1990. Como señala Jo Labanyi (2009: 26), la aparición de los productos culturales sin un discurso político paralelo no fue suficiente para provocar un debate público sobre el pasado reciente. Como argumenta la autora, las novelas, las películas, los documentales, los estudios históricos, los testimonios y demás productos culturales solo empezaron a tener una difusión amplia y un impacto público en los años 2000, cuando las iniciativas procedentes de los ámbitos social y político provocaron un debate público en las esferas social y política.