PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA
4.4 La guerra civil: complicidades y sueños rotos
A diferencia de las dos novelas discutidas anteriormente, Cartas desde la ausencia enfoca el carácter político e ideológico de la guerra civil y representa el conflicto principalmente desde el punto de vista comunista. Mediante la historia paralela de Jaume y Andreu, padre e hijo que se dedican a la causa comunista en tiempos y lugares diferentes, la novela procura también contextualizar la contienda española situándola en un marco histórico y geográfico más amplio. Aparte de profundizar en algunas cuestiones históricas concretas, como el desarrollo de la revolución en Barcelona tras el golpe de Estado de 1936 y la trayectoria de “los niños de Rusia”, Cartas desde la
ausencia propone también una reflexión sobre el poder de las ideologías y la
responsabilidad individual respecto a los crímenes que se cometen en nombre de las ideas.
En Cartas desde la ausencia, la visión de la guerra civil se produce mediante la confluencia de una multitud de voces. La evolución política del conflicto se traza sobre
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Según la autora, la decisión de no incluir cartas entre los años 1980 y 2005 fue “más emocional que recional” (Korcheck 19/04/2009). Riverola dice que imaginó que “durante esos años […] mis personajes irían tornándose más conformistas, viendo como los sueños iban desmoronándose sin que la historia volviera a regalarles momento de ’efervescencia’ ideológica. Son 20 años callados, los 20 años del desplome final del communismo” (Korcheck 19/04/2009).
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todo en la correspondencia de Jaume, militante del POUM que escribe desde el frente, y su hermano Ramon, políticamente más moderado, que sigue el desarrollo de la situación en Barcelona. En cambio, las cartas cruzadas entre Carmen y Gloria permiten al lector hacerse una idea de la vida en la retaguardia y asomarse a la experiencia de los vencidos en la posguerra. Aunque prácticamente todos los personajes se identifican con el lado republicano, la novela consigue sin embargo dar lugar a una visión crítica de este bando gracias a dos factores: por un lado, la selección de acontecimientos, que llama la atención sobre las traiciones y las divisiones internas en el lado republicano6 y, por el otro, la capacidad analítica y la autorreflexividad de los personajes, que les permite meditar con cierto distanciamiento sobre los errores de su bando, así como sobre su propia actuación.
Al principio de la guerra, Jaume está lleno de entusiasmo, incluso eufórico, aunque se marcha al frente contra la voluntad de su mujer, embarazada de siete meses. Decidido a luchar por sus ideales, la justicia y la igualdad social, siente que está “cambiando el curso de la historia” (Riverola 2008: 20) y “contribuyendo a forjar un nuevo mundo” (Riverola 2008: 19). En sus primeras cartas, confía en que la guerra acabará en unas semanas, pero su ánimo sigue firme meses después cuando ya es evidente que la guerra no será tan breve y la vida en campaña ha revelado sus incomodidades.
Mientras, Ramon informa a su hermano de los avances de la revolución en Barcelona: habla del proceso de colectivización, de la expropiación de bienes, de los comedores populares, del libre acceso a los colegios, de los puños en alto y de los monos azules de los milicianos, que llenan la ciudad. A pesar de los logros de la revolución, Ramon tiene dudas crecientes, por ejemplo, sobre el derecho de arrebatar la propiedad a los pequeños empresarios que han construido su negocio con trabajo honesto. Más adelante, discute en sus cartas cuestiones como la decisión de la Generalitat de militarizar las milicias —hecho que indigna a Jaume— y la creciente influencia de los soviéticos. En mayo de 1937, Ramon transmite a Jaume la noticia del sangriento enfrentamiento entre los anarquistas, apoyados por el POUM, y las fuerzas del Gobierno aliado con el PSUC y el PC.
El enfrentamiento entre “los hermanos comunistas” (Riverola 2008: 60) en medio de una guerra contra el fascismo entristece y decepciona a Jaume. “No, me niego a creerlo” (Riverola 2008: 60), escribe a su hermano. No obstante, la situación se agrava en Barcelona y pone en peligro a Jaume. Debido a la enemistad con Moscú, los miembros del POUM son acusados de ser “agentes del fascismo” (Riverola 2008: 62) y, después de las jornadas de mayo, el partido es ilegalizado y la división de Jaume desmantelada. Él consigue escapar, pero su antiguo amigo Salvador, ahora miembro del PSUC, lo denuncia y Jaume es encarcelado. Durante un año, Jaume transita entre la cárcel Modelo, varias checas y un campo de trabajo, en los que es custodiado y torturado salvajemente por sus antiguos compañeros de lucha. No obstante, en el agosto de 1938
6 Hans Lauge Hansen (2012: 90, 91) indica que “la representación de la violencia injustificada e
ilegal […] en el territorio republicano” es una de las maneras que se emplean habitualmente en las novelas recientes para romper con el modelo dicotómico de los años ochenta y noventa que “representaba a los republicanos como los buenos y las víctimas, y a los nacionales como malos y brutos”.
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consigue escapar y vuelve al frente para seguir defendiendo la República hasta que muere en un combate un mes más tarde.
En su última carta a Ramon desde el frente, el optimismo inicial de Jaume ha sido sustituido por la decepción porque ha visto cómo sus compañeros de lucha, una vez en el poder, simplemente reproducen las conductas del enemigo, en lugar de construir un nuevo mundo más justo e igualitario:
[…] Somos demasiado imperfectos, hemos sido concebidos en una sociedad podrida, deudores de siglos de desigualdades, en los que, desde el barro, hemos envidiado al poderoso. Y ahora, ahora que el poder es nuestro, reproducimos los mismos comportamientos contra los que tanto hemos luchado. Es el poder, tanto sea en un bando como el otro, tanto sea por dinero, por venganza, por autoridad. El poder corrompe a las personas, las envilece. (Riverola 2008: 94)
A pesar de haber sido tratado como un traidor por los suyos, sigue utilizando el pronombre “nosotros”, quizás porque tampoco él mismo ha conseguido estar a la altura de sus propios ideales. En una carta anterior, Jaume cuenta a su hermano cómo llegó a manchar sus ideas de sangre ya antes de la guerra: en 1935, participó en una acción de GABOC,7 cuyo objetivo fue defender a unos trabajadores que estaban en huelga. Sin embargo, los obreros fueron atacados por dos mercenarios —uno de los cuales fue Salvador, que en ese momento aún era amigo y supuestamente también compañero político de Jaume— y, en el tiroteo consiguiente, Jaume mató a un joven obrero. “[D]esde que empezó la guerra debo de haber matado a decenas de hombres” confiesa Jaume a su hermano, “algunos de ellos chavales no mayores que aquel. Pero de ninguna de esas muertes no me he sentido responsible. Sólo de aquella. La que me convirtió, ante mi propia conciencia, en un asesino” (Riverola 2008: 51). El día siguiente al tiroteo, Jaume se encontró con Salvador, pero el remordimiento y la culpabilidad por la muerte del joven lo hicieron callar sobre la traición de su antiguo amigo, y así se convirtió en su “cómplice” (Riverola 2008: 51).
En su última misiva a Ramon, Jaume confiesa que las traiciones y los errores de los suyos han hecho tambalear “su fe en el ser humano” (Riverola 2008: 94), pero al mismo tiempo niega rotundamente que lo ocurrido haya quebrado sus convicciones:
Pero esta realidad no me aleja de mis ideales, [sino que] me convence, más que nunca, de la necesidad de ganar, de vencer, de quebrar el yugo que nos pervierte y crear una sociedad nueva basada en la igualdad, donde todos los niños puedan crecer sabiendo que el futuro les pertenece. (Riverola 2008: 94)
En cambio, Ramon vive el final de la revolución en Barcelona y siente como “se desvanece el gran sueño común” (Riverola 2008: 88). Aunque él nunca ha compartido la militancia y el optimismo de su hermano, afirma que la guerra lo ha alejado aún más de “los grandes ideales compartidos” (Riverola 2008: 88). Mientras que su hermano Jaume
7 Los GABOCs fueron los grupos de acción directa del BOC (Bloque Obrero y Campesino) y el
origen de las milicias del POUM, partido que nació en Barcelona en septiembre de 1935 como resultado de la unificación de la Izquierda Comunista de España (ICE) con el Bloque Obrero y Campesino (BOC).
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señaló en su última carta cómo la subida al poder afectó a los comunistas, Ramon ve cómo el poder vuelve a cambiar de manos y pasa a las fuerzas franquistas después de la guerra:
Los que antes eran los dueños de la calle y lucían orgullosos los símbolos de su conquista, ahora miran al suelo y pasan lígeros de paso, tratando de fundirse en la nada. Las víctimas de antes son los fanfarrones dueños de ahora y perpetúan la espiral de injusticia que ellos sufrieron (Riverola 2008: 103).
En lugar de parar la violencia, la victoria franquista instala en el país un ambiente “de venganza y miedo” (Riverola 2008: 103), que no será superado hasta décadas más adelante. En mi opinión, es significativo que los protagonistas, a pesar de haber perdido la guerra y sufrir las consecuencias de la derrota, no se presentan como meras víctimas, sino que son capaces de analizar también los errores cometidos por su propio bando.
Mientras que las cartas de Jaume y Ramon permiten al lector asomarse al clima de agitación política e ideológica de la época e informarse sobre el desarrollo de los acontecimientos, la correspondencia de Carmen y Gloria versa sobre la otra cara de la guerra, la vida diaria en la retaguardia.8 Sus cartas hablan del miedo, de los bombardeos, de su preocupación por los hijos, de la carestía de alimentos. A distancia, las amigas se apoyan mutuamente y comparten tanto el dolor y las pérdidas como las pequeñas alegrías, que les dan fuerzas en medio de la desolación. Ante todo, su correspondencia destaca el terrible coste humano de la guerra, las vidas truncadas y el dolor causado por la pérdida de los seres queridos. En una carta a su amiga, Carmen —que pierde en la guerra tanto a su marido como a sus dos hijos, a los que envía a la Unión Soviética— airea su dolor, rabia e impotencia:
Yo no los perdono, Gloria. No los perdono. A nadie. Ni a unos ni a otros. Ni siquiera a Jaume. Le culpo de su propia muerte, de su revolución y de sus malditas ideas. ¿Qué les hicimos nosotros? ¿Qué les hicieron todos los inocentes que han muerto por culpa de tantas ambiciones? Me da igual quién tuviera la razón. Me da lo mismo. Ni siquiera entre ellos mismos supieron ponerse de acuerdo. Tuvieron que devorarse unos a otros hasta destrozarnos a todos. No quiero atender a razones. No quiero saber nada de sacrificios, de mártires ni de banderas. Sólo quiero a mis niños. No puedo vivir sin ellos. No puedo soportar su ausencia. No aguanto más. (Riverola 2008: 112-113)
Para Carmen, alejada del mundo de la política y de las ideologías, la guerra significa únicamente muerte, destrucción y un dolor interminable. Mientras que ella se ve como una de las innumerables víctimas inocentes de un conflicto al que se considera ajena, Gloria en cambio reflexiona sobre cómo la guerra envuelve y compromete a todos:
Qué horror de guerra que convierte a las personas en víctimas y en verdugos a la vez. Los hombres que nos protegen son a su vez asesinos de
8 La novela representa también la miseria y la represión de los vencidos en la posguerra
principalmente a través de la experiencia de las mujeres. Elisa, la amante y compañera de lucha de Jaume, permanece encarcelada hasta 1949. Carmen y Gloria, a pesar de no haber participado en la política, sufren humillaciones, acoso y desprecio por la militancia de sus maridos. La vida de Gloria, sin embargo, mejora de repente en 1940 cuando su marido, desaparecido durante la guerra, vuelve “con los bolsillos llenos de dinero y la arrogancia de los vencedores” (Riverola 2008: 122).
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otros hombres, y así se van desgarrando familias, matando niños inocentes, rompiendo en mil pedazos todas las razones. Y esa injusticia, esa despreciable crueldad va embebiéndonos a todos, mostrándonos nuestra peor cara. (Riverola 2008: 46)
A pesar de no haber luchado en el frente ni haber participado en la política, Gloria no se considera exenta de culpa ni ajena a las injusticias de la guerra. En una carta a Carmen, cuenta que un día a principios de 1937 vio como unos militantes de la FAI entraron en la farmacia de su cuñada y la robaron en nombre de la revolución, exigiéndole además un pago semanal. Cuando la farmaceuta protestó, le dieron un culatazo. Gloria, que observó los hechos desde la calle, no se atrevió a intervenir. “Callé… y me convertí en cómplice” (Riverola 2008: 47), escribe a su amiga.
Desde el punto de vista político, Cartas desde la ausencia proporciona una visión unilateral de la guerra civil, ya que prácticamente todos los personajes son comunistas y/o apoyan al bando republicano. Sin embargo, la novela no transmite una imagen idealizada de este bando, sino que discute abiertamente los enfrentamientos en el interior del mismo, así como como los errores que se cometieron en la revolución que tuvo lugar en Barcelona al principio de la guerra. Asimismo, los personajes no son reducidos al papel de héroes o víctimas, como ocurre en algunas otras novelas recientes, sino que la novela destaca su agencia y su responsabilidad moral. A diferencia del protagonista de
Carta blanca, los protagonistas de Cartas desde la ausencia no procuran justificar sus
errores, sino que se muestran dispuestos a examinar sus propias equivocaciones y complicidades.
Según Tzvetan Todorov (2000b: 171), el hecho de identificarnos —sea como ciudadanos o como lectores— con los héroes o las víctimas de los acontecimientos del pasado nos gratifica y conforta nuesta buena consciencia, ya que nos coloca en el lado de los “buenos” y los “inocentes”. Sin embargo, desde el punto de vista moral, reconocernos en estas figuras positivas resulta poco edificante, porque nos hace externalizar el mal. “[N]ada se aprende de los errores de los demás” (Todorov 2000b: 201), resume el filósofo e insiste en que para evolucionar moralmente es necesario reconocer y combatir el mal en nosotros mismos, como hacen de modo ejemplar varios protagonistas de Cartas desde la ausencia. Como indica Todorov (2000b: 236),
[e]l recuerdo público del pasado sólo nos educa si nos pone personalmente en cuestión y nos muestra que nosotros mismos (o aquellos con quienes nos identificamos) no hemos sido siempre la encarnación del bien o de la fuerza.