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PARTE I: LA NOVELA COMO MEDIO DE MEMORIA CULTURAL EN LA

2.4 Las principales razones de la ruptura del silencio

¿Pero por qué surge este fenómeno precisamente en torno al comienzo del nuevo milenio, unos veinticinco años después de la muerte del dictador? Aparte de los cambios ocurridos en la esfera política, es posible señalar por lo menos dos factores clave: el relevo generacional y el contexto internacional. Al discutir el primero, el relevo generacional, hay que tener en cuenta dos aspectos distintos, pero interrelacionados. En primer lugar, en el cambio de milenio quedan vivos pocos testigos de la guerra civil y los primeros años del franquismo, lo que acentúa, por un lado, la urgencia de conseguir que sus experiencias y su sufrimiento sean finalmente articulados y reconocidos en la esfera pública. Por otro lado, la inminente desaparición de la memoria viva de los acontecimientos en cuestión realza la necesidad de recoger y fijar en un medio perdurable los recuerdos de los últimos testigos (Labanyi 2008: 119).

En segundo lugar, el (re)surgimiento del interés por el pasado violento está íntimamente relacionado con la entrada de la llamada generación de los nietos de la guerra en el escenario público a finales de los años noventa (Aguilar Fernández 2006: 310-311; Faber 2005: 211). Tanto el fundador de la ARMH, Emilio Silva (nacido en 1965), como el presidente José Luis Rodríguez Zapatero (nacido en 1960) pertenecen a esta generación. Como señala Aleida Assmann (2004: 23-24), las generaciones sociales —entendidas como grupos de personas de aproximadamente la misma edad que han vivido los mismos acontecimientos históricos— comparten un marco de creencias, valores y actitudes, y se consideran diferentes de las generaciones anteriores y posteriores. Aproximadamente cada treinta años, una nueva generación inicia su andadura pública y asume responsabilidades públicas, lo que cambia de modo notable el perfil memorístico de la sociedad y da lugar a la renovación y la reconstrucción de la memoria social (Assmann 2004: 23-24).

El marco temporal expuesto por Aleida Assmann coincide con el análisis de Julio Aróstegui (2006: 79-92) sobre las memorias generacionales de la guerra civil en España. Según el autor, se puede distinguir claramente entre tres memorias generacionales del conflicto bélico, que surgen a intervalos de más o menos treinta años. En primer lugar, “la memoria de la identificación o confrontación” (con los bandos en guerra), propia de los protagonistas de la guerra, surgió a raíz del conflicto mismo de los años 1936-1939 y fue la dominante hasta finales de los sesenta. En segundo lugar, “la memoria de la reconciliación“, que sirvió de base para la Transición y cuyos portadores principales son la generación de los hijos de la guerra, tuvo vigencia desde los años sesenta hasta los noventa tardíos, cuando la generación de la Transición empiezó a perder protagonismo y surgió, en tercer lugar, “la memoria de la restitución o reparación”, que corresponde a la generación de los nietos. Aunque estas memorias generacionales son sucesivas, Aróstegui (2006: 92) recuerda que ninguna de ellas desaparece del todo mientras tiene portadores vivos. Asimismo, el autor hace hincapié en que el hecho de que una cierta

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memoria sea dominante en un periodo determinado de ninguna manera significa que esta sea la única forma de recordar el pasado:

[…] debemos reconocer que hablar de memorias generacionales es reducir deliberadamente a un rasgo, que probablemente es visible y detectable pero que no es único, el problema general de la naturaleza de la memoria histórica y su cambio, pero constituye un buen instrumento, a nuestro juicio, para la caracterización de la evolución de la memoria o de las funciones de la memoria en relación con el paso temporal de los portadores de ella. (Aróstegui 2006: 77)

Aunque el movimiento por la recuperación de la memoria histórica es, como indican Bernecker y Brinkmann (2009: 281-282), una empresa intergeneracional, es cierto que los impulsores y los protagonistas de muchas iniciativas ciudadanas pertenecen a la generación de los nietos.14 Asimismo, Aguilar Fernández (2006: 311) mantiene que “las partes más espinosas del pasado solo han podido ser abordadas a escala nacional con el advenimiento de una nueva generación libre de miedos y sentimientos de culpa”, que marcaron a las anteriores. Al contrario que la generación de sus padres, los nietos “reivindican, denuncian, exigen […] con la seguridad de lo que otorga vivir en una democracia estable en la que, a diferencia de lo que ocurría en la transición, ninguna reivindicación sobre el pasado parece capaz de poner en riesgo dicho equilibrio” (Aguilar Fernández 2006: 312).

Como señala Faber (2004: 43-44), el movimiento de la memoria tiene un claro componente ético, un afán de verdad y justicia, que contrasta con los valores prácticos que guiaron la Transición, esto es, la prioridad de alcanzar un consenso, mantener la paz y evitar el estallido de otra guerra civil. Asimismo, el autor llama la atención sobre la afectividad que caracteriza la relación de la generación de los nietos con el pasado. El interés y la sensibilidad que los nietos muestran hacia las víctimas del pasado y sus experiencias contrastan con la relación “aséptica” o “historizante” de la generación anterior (Faber 2014: 144; Faber 2011b: 104; Faber 2011a: 15).15 En principio, esa afectividad se basa en los lazos familiares, en la genealogía: hay que recordar que la movilización actual partió de iniciativas familiares, como en el caso de Emilio Silva (Bernecker & Brinkmann 2009: 282). Sin embargo, la fuerza política del movimiento por la memoria histórica radica, como insiste Faber (2014: 144), “en la trascendencia del entorno genealógico y familiar” inicial:

Aunque se originara en nociones de deber basadas en la sangre y el deber filial […], el carácter colectivo y reivindicativo del movimiento invitó desde el principio a la solidaridad. La búsqueda y la exhumación de las fosas comunes era (y sigue siendo) un trabajo colectivo, de equipo, en que participan

14 Con más exactitud, los protagonistas de la iniciativas ciudadanas pertenecen, según Bernecker y

Brinkmann (2009: 281), al grupo de los que nacieron entre los años 1955 y 1970.

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Bernecker y Brinkmann (2009: 235) hablan de la “historización del pasado”, o del protegonismo de la historiografía académica a mediados de los años ochenta: “Aunque en ese momento no faltaban testigos de la época, la memoria dominante en 1986 no fue la de los recuerdos y de las experiencias personales sino la de un conocimiento científico de hechos y causas. Se apostó por una forma de memoria cercada en lo científico y despojada de las pasiones ideológica del pasado”

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voluntarios de todo el mundo que no tienen relación genealógica con las víctimas.

El segundo factor que contribuye a impulsar el boom de la memoria en España es el contexto internacional. Desde finales de los años ochenta, se han producido en diferentes lugares del mundo debates intensos en torno a la cuestión de cómo hacer frente a un pasado violento.16 Al contrario que en el caso de España, los juicios y las comisiones de verdad, basadas en gran medida en el testimonio de las víctimas y los perpetradores, han tenido un papel central en los procesos de transición a la democracia que se han llevado a cabo en distintas partes del mundo desde los 1980 (Faber 2011a: 20). Como han señalado varios historiadores y críticos culturales, la judicialización de la historia y el giro mundial hacia las víctimas y las memorias del sufrimiento forman parte de un cambio más profundo en la sensibilidad temporal:

It could be argued that the teleological view of history has been replaced by a radically new sense of history that focuses more on the past that on the future—a future that seems ideologically unpredictable and ecologically bound for disaster. From the emphasis on progress, attention has switched to the containment and reparation of the havoc wrecked by a history that is perceived more as a threat than as progress. (Loureiro 2008: 231) 17

Como señala Loureiro (2008: 231), la concepción “mesiánica” de la historia como un camino hacia un futuro mejor se ha sustituido recientemente por una nueva visión de la historia como agravio. Por consiguiente, la figura central de la historia ya no es el soldado heroico que lucha por su patria o por sus ideales, sino que el protagonismo cae en las víctimas del pasado.18

Los debates en torno al Holocausto, que han servido en muchos otros lugares del mundo para desencadenar y orientar polémicas sobre otros pasados violentos, no han tenido un gran impacto en España (Labanyi 2009: 27).19 No obstante, el uso de conceptos y términos procedentes de los estudios del Holocausto es bastante frecuente entre los investigadores dedicados al análisis de los productos culturales españoles sobre el pasado reciente del país. Sin embargo, Faber (2014) discute en un artículo reciente los problemas que puede conllevar este tipo de importación de conceptos, que se han desarrollado para el análisis de un contexto que se diferencia del español. Centrándose en la noción de postmemoria (que yo también he utilizado en un estudio anterior)20, el autor llama la atención sobre el hecho de que en España la memoria de la guerra civil y el franquismo tiene una dimensión política muy fuerte, que los conceptos desarrollados

16 Sobre las causas políticas y sociales del surgimiento del boom de la memoria a escala mundial,

véase Huyssen (2000).

17 Sobre la nueva sensibilidad temporal, véase también Huyssen (2002: 29-40).

18 Sobre la nueva importancia de las víctimas en las discusiones sobre el pasado, véase por ejemplo

Wieviorka (2006) y Eliacheff & Lariviére (2009).

19 Sin embargo, cabe mencionar que Montse Armengou y Ricard Belis (2005) incluyeron en el título

de su libro sobre las fosas una referencia al Holocausto, aunque entre paréntesis. Más adelante, el historiador británico Paul Preston (2012) asoció la represión franquista con el Holocausto —ya sin interrogantes— en el título de su obra The Spanish Holocaust.

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para el estudio de las representaciones del Holocausto obvian.21 Como señala Faber (Faber 2014: 149), en el caso del Holocausto existe un consenso generalizado sobre quiénes fueron los verdugos y quiénes las víctimas, así como sobre el deber moral de reconocer y recordar el sufrimiento de estas, mientras que en el caso español ambas cuestiones siguen generando polémica.22

En el caso de España, los procesos de transición a la democracia en el Cono Sur, especialmente el caso de Chile, tuvieron un impacto mucho mayor en el surgimiento de una nueva cultura de memoria que los debates en torno al Holocausto. La influencia del caso chileno se explica por el papel que el juez Baltazar Garzón tuvo en el arresto de Augusto Pinochet en Londres en 1998. Como señala Labanyi (2009: 27), la intervención de Garzón fue criticada en su momento porque se interpretó como un intento de compensar la ausencia de medidas respecto al pasado represivo en España, pero en realidad estas críticas sirvieron para llamar la atención sobre la represión franquista y la impunidad de los funcionarios franquistas en España. Asimismo, el rol de Garzón contribuyó a crear un vínculo entre España y el debate sobre las violaciones de los derechos humanos en el Cono Sur. La comparación de los procesos postdictatoriales en ambos lados del Atlántico fomentó una revisión crítica de la Transición española provocando un debate en torno a la Ley de Amnistía y la ausencia de una comisión de verdad y reconciliación (Labanyi 2009: 27). Asimismo, se empezó a utilizar en España el término desaparecidos con referencia a las víctimas de la represión franquista. Como argumenta Golob (2008: 134), en España ya existía una cultura de memoria —aunque limitada a la esfera cultural— antes del cambio de milenio, pero la creación de la ARMH en 2000 sirvió para conectarla con las tendencias globales.