Mientras el profeta José Smith viajaba con un grupo de misioneros en el río Misuri, el Señor reveló: “...no es menester que... mis élderes viaje[n] con prisa... mientras los habitantes de ambos lados perecen en la incredulidad” (D. y C. 61:3). Al apresurarse hacia las actividades planificadas, ore para tener la habilidad de reconocer las oportunidades no planificadas de servir y de enseñar a los que tal vez “perecen en la incredulidad”. Ore para ser espiritualmente sensible a fin de reconocer las oportunidades
que se presenten. Se dará cuenta de que Dios colocará en su sendero a los hijos de Él a los que esté preparando para recibir el Evangelio restaurado.
No ocurre nada en la obra misional sino hasta que se encuentre a una persona para enseñar. Cada día hable con cuantas personas lea sea posible. Es natural ser un poco temeroso de hablar con la gente, pero puede pedir en oración la fe y las fuerzas para ser más valiente a la hora de abrir la boca para proclamar el Evangelio restaurado. Trate de poner en práctica las siguientes ideas al esforzarse por hablar con todas las personas con las que se encuentre:
• Hable con las personas acerca de su familia. Ayúdeles a entender por qué el Evangelio restaurado puede ser una bendición para su familia.
• Busque pistas —por ejemplo, artículos en el hogar o en el patio, palabras o frases en la ropa o indicaciones de que tienen hijos— que le ayuden a saber cómo comenzar a hablar con las personas.
• Escuche sinceramente lo que las personas le digan.
• Sea amable, amigable y alegre y ofrezca su ayuda.
• Confíe en que el Espíritu depositará en su corazón y en su mente lo que ha de enseñar.
• Invite a todas las personas a aprender acerca del Evangelio restaurado.
• Ofrezca tarjetas de obsequio.
• Pida a las personas que le den los nombres de sus conocidos que podrían interesarse en el mensaje.
Al leer el siguiente relato verídico, fíjese en la forma en la que este hombre fue preparado para recibir a los misioneros y cómo se valieron los misioneros de una oportunidad no planeada para enseñarle el Evangelio.
Cuando era niño, nunca se me enseñó a leer la Biblia. Iba a la Iglesia los domingos, pero no contribuía con nada ni sentía nada a cambio. Estaba desilusionado con mi religión... Busqué... a Dios, con el deseo de saber si realmente existía. Tenía sed de conocerle y de conocer Sus palabras, pero no podía encontrar lo que buscaba.
Hubo momentos en los que estuve cerca de calmar mi sed. Cuando tuve por primera vez entre mis brazos a mi primera hija, sentí que Dios realmente existía. Muchos años más tarde, cuando nació su hermana, tuve el mismo sentimiento... No obstante, la mayoría del tiempo sentía un inexplicable cansancio en mi alma. Estaba espiritualmente sediento y no encontraba un lugar donde saciar mi sed.
Apuntes conducir bajo la lluvia durante horas, me encontraba en un pueblo pequeño a unos ocho kilómetros de
Monterrey. [Era]... casi la hora de irme a casa, cuando de repente vi a dos jóvenes caminando. Llevaban pantalones oscuros y camisa blanca y estaban empapados de pies a cabeza.
Abrí la puerta del taxi y les grité: “¡Suban! Voy a Monterrey”. El más alto, que tenía la tez muy clara, respondió: “No tenemos dinero”. “No les cobraré”, repliqué.
[Se subieron rápidamente al taxi.]
Al conducir, conversamos. Me preguntaron si podían compartir conmigo un mensaje acerca de Jesucristo. Acepté y les di mi dirección.
Cuando llegué a casa, desperté a mi esposa y le dije acerca de los dos jóvenes. “Qué coincidencia”, le dije. “Uno es mexicano y el otro norteamericano, y los dos se llaman Élder”.
“Élder quiere decir misionero”, me contestó mi esposa, que sabía un poco acerca de la Iglesia. Sentí que algo pasaba dentro de mí. Esos jóvenes habían dejado un sentimiento de exquisita maravilla en mi corazón. Sentí que estaba a punto de encontrar el agua que calmaría mi sed.
Los misioneros fueron a nuestra casa [el 5 de junio] y me sentí feliz al escucharlos. Dos semanas después [el 19 de junio], me bauticé. Mi esposa se bautizó cuatro meses más tarde [en octubre]. Mi hija mayor había estado recibiendo instrucción religiosa en la escuela y cuando fue a [la Iglesia]... por primera vez, me dijo: “Papá, ¡esto es mucho mejor que lo que estoy aprendiendo en la escuela!”, y ella también se bautizó [en octubre].
En diciembre de 1995 nos sellamos como familia en el Templo de la Ciudad de México, D. F., México, por esta vida y por la eternidad. Ahora mi familia disfruta de armonía, paz y felicidad. Sabemos a quién adoramos, de dónde vinimos y a dónde vamos. Amamos la palabra sagrada de Dios, particularmente el Libro de Mormón, y amamos Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. A través de estos dones, hemos encontrado la fuente de agua viva de la que habló el Salvador a la mujer samaritana: “...el que bebiere del agua
que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). [Víctor Manuel Cabrera, “Sediento del agua viva”, Liahona, agosto de 2001, págs. 43–44.]
¿Qué dice el Señor acerca de abrir la boca? ¿Qué debe enseñar? ¿Qué se le ha prometido?
D. y C. 24:12 D. y C. 33:7–15 D. y C. 60:2–3, 7–8 D. y C. 28:16
Estudio de las Escrituras
• ¿Cómo había sido preparado ese hombre para recibir el Evangelio restaurado?
• ¿Qué habría sucedido si los élderes nunca hubieran abierto la boca para compartir el mensaje del Evangelio?
• Repase lo que hizo ayer. ¿Habló con todas las personas con las que pudo haber hablado? Si no fue así, haga planes y fije metas para hacerlo hoy.
Actividad: Estudio personal o con el compañero
Apuntes