La vida en la tierra es una oportunidad y una bendición. Nuestro objetivo en esta vida es tener gozo y prepararnos para volver a la presencia de Dios. En la tierra vivimos en una condición en la que estamos sujetos tanto a la muerte física como a la espiritual. Dios tiene un cuerpo de carne y huesos perfecto, glorificado e inmortal. Para llegar a ser como Dios y volver a Su presencia, nosotros también debemos tener un cuerpo de carne y huesos perfecto e inmortal. Sin embargo, debido a la caída de Adán y Eva, toda persona que vive en la tierra tiene un cuerpo imperfecto y mortal que con el tiempo morirá. Si no fuese por el Salvador Jesucristo, la muerte acabaría con toda esperanza de tener una existencia futura con nuestro Padre Celestial.
Junto con la muerte física, el pecado es un gran obstáculo que nos impide llegar a ser como nuestro Padre Celestial y regresar a Su presencia. En nuestra condición mortal, a menudo cedemos a la tentación, quebrantamos los mandamientos de Dios y pecamos. Todos cometemos errores durante nuestra vida en la tierra; aunque a veces no parezca ser así, el pecado siempre conduce a la desdicha, ya que trae sentimientos de culpa y vergüenza. Debido a nuestros pecados, no nos es posible regresar a vivir con nuestro Padre Celestial a menos que primeramente seamos perdonados y limpiados.
Mientras estamos en la tierra, tenemos experiencias que nos traen la felicidad; también tenemos experiencias que nos traen dolor y pesar, algunas de las cuales son el resultado de los actos pecaminosos de otras personas. Esas experiencias nos proporcionan
oportunidades para aprender y progresar, para distinguir el bien y el mal, y tomar decisiones. Dios influye en nosotros para hacer lo bueno, mientras que Satanás nos tienta
En el Jardín
2 Nefi 2 Moisés 3:15–17 Génesis 1:26–31 Moisés 2:26–31 Moisés 5:11 Génesis 2:15–17
La Caída
2 Nefi 2:25 Moisés 4 Génesis 3
Alma 12:22–34 Moisés 5:10–12
Estudio de las Escrituras
Cuando enseñe esta doctrina por primera vez, no enseñe todo lo que sepa en cuanto a ella. Explique simplemente que Dios eligió a dos de Sus hijos, Adán y Eva, para que fuesen los primeros padres en la tierra. Después de que transgredieron, estuvieron sujetos tanto al pecado como a la muerte, y por sí mismos no podían regresar a vivir con nuestro Padre Celestial. El Señor le habló a Adán y le enseñó el plan de salvación y redención a través del Señor Jesucristo. Al seguir ese plan, Adán y su familia podrían tener gozo en esta vida y regresar a vivir con Dios (véase Alma 18:36; 22:12–14).
Apuntes para cometer el pecado. Al igual que con la muerte física, no podemos vencer los efectos
del pecado por nosotros mismos; sin la expiación de Jesucristo, no podemos hacer nada.
La Expiación
Antes de que se organizara el mundo, nuestro Padre Celestial escogió a Jesucristo para ser nuestro Salvador y Redentor. El sacrificio expiatorio de Jesucristo hizo posible que superáramos los efectos de la Caída. Todos los profetas, desde el principio del mundo, han testificado que Jesucristo es nuestro Redentor.
Todos experimentaremos la muerte física, pero Jesucristo venció el obstáculo de esa muerte física para todos nosotros. Cuando Él murió en la cruz, Su espíritu se separó de Su cuerpo; al tercer día, Su espíritu y Su cuerpo se reunieron eternamente, para no volver a separarse jamás. Él se apareció a muchos, mostrándoles
que tenía un cuerpo inmortal de carne y huesos. A la reunión del cuerpo y el espíritu se le llama resurrección, y es un don que se nos ha prometido a cada uno de nosotros. Debido a la resurrección de Jesucristo, todos seremos resucitados, no importa si hemos hecho lo bueno o lo malo en esta vida; tendremos un cuerpo perfecto e inmortal de carne y huesos que nunca más volverá a estar sujeto a las enfermedades, el dolor o la muerte. La resurrección hace posible que regresemos a la presencia de Dios para ser juzgados, pero no garantiza que podremos vivir en Su presencia; para recibir esa bendición, también debemos ser limpios del pecado.
Dios envió a Su Amado Hijo Jesucristo a vencer el obstáculo del pecado, además del obstáculo de la muerte física. Nosotros no somos responsables de la caída de Adán y Eva, pero sí somos responsables de nuestros propios pecados. Dios no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia, y el pecado nos impide vivir en Su
Probación o período de prueba
2 Nefi 2:21 Alma 12:21–24 Abraham 3:25–26 2 Nefi 9:27 Alma 34:31–35
Mosíah 3:19 Alma 42:2–10
Elección
2 Nefi 2:26–29 Para la fortaleza de la juventud,
Josué 24:15 “El albedrío y la responsabilidad”
El bien y el mal
Moroni 7:12–19
Pecado
Romanos 3:23 1 Juan 1:8–10 1 Juan 3:4
Los inmundos no pueden morar con Dios
1 Nefi 10:20–21 3 Nefi 27:19 Moisés 6:57 Alma 41:10–11
Apuntes
presencia. Únicamente por medio de la gracia y la misericordia de Dios podemos llegar a estar limpios del pecado a fin de que podamos vivir de nuevo con Dios; esto se puede lograr si ejercemos fe en Jesucristo, si nos arrepentimos, somos bautizados, recibimos el don del Espíritu Santo y perseveramos hasta el fin.
Para llevar a cabo el plan de salvación, Cristo pagó el castigo por nuestros pecados; Él solamente pudo hacerlo. Él fue llamado y preparado en la vida preterrenal; Él era el Hijo literal de Dios en la carne; era sin pecado y totalmente obediente a Su Padre. No obstante que fue tentado, nunca cedió a la tentación. Cuando el Padre le pidió a Su Hijo Amado que pagara el precio de los pecados del mundo, Jesús estuvo preparado y dispuesto. La Expiación comprendió Su sufrimiento en el Jardín de Getsemaní y Su sufrimiento y muerte en la cruz, y concluyó con Su resurrección. No obstante que sufrió de una manera incomprensible —tanto que sangró por cada poro y pidió que, si fuese posible, le fuese quitada esa carga— se sometió a la voluntad del Padre en una expresión suprema de amor por Su Padre y por nosotros. A ese triunfo que Jesucristo logró sobre la muerte espiritual mediante Su sufrimiento y sobre la muerte física mediante Su resurrección, se le llama Expiación.
Cristo promete perdonar nuestros pecados con la condición de que lo aceptemos al ejercer fe en Él, nos arrepintamos, recibamos el bautismo por inmersión y la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo, y nos esforcemos fielmente por observar Sus mandamientos hasta el fin de nuestras vidas. Por medio del arrepentimiento constante, podemos obtener el perdón y ser limpios de nuestros pecados mediante el poder del Espíritu Santo; se nos libera de la carga de la culpabilidad y la vergüenza y, mediante Jesucristo, podemos llegar a ser dignos de volver a la presencia de Dios.
Al confiar en la expiación de Jesucristo, Él nos puede ayudar a sobrellevar bien nuestras tribulaciones, enfermedades y dolor, y podemos sentir gozo, paz y consuelo. Todo lo que es injusto en la vida se puede remediar por medio de la expiación de Jesucristo.
Sin embargo, al pagar el precio de nuestros pecados, Jesús no nos eximió de nuestra responsabilidad personal; debemos demostrar que lo aceptamos a Él y que seguiremos Sus mandamientos. Únicamente por medio del don de la Expiación podemos volver a vivir con Dios.
Resurrección
2 Nefi 9:6–7 D. y C. 88:27–32 1 Corintios 15:41–42
Alma 11:42–45 Lucas 24:1–10, 36–39 Guía para el Estudio de las Escrituras,
Alma 40:23 1 Corintios 15:20–23 “Muerte espiritual”, “Muerte física”, Helamán 14:15–19 TJS, 1 Corintios 15:40 “Resurrección”
Expiación
2 Nefi 2:6–8 D. y C. 19:15–19 1 Juan 1:7
Alma 7:11–13 D. y C. 45:3–5 Guía para el Estudio de las Escrituras,
Alma 34:8–10 Juan 3:16–17 “Expiación, expiar”
El Evangelio—El camino
2 Nefi 9:1–24 Alma 11:40 3 Nefi 27 2 Nefi 31 3 Nefi 11:31–41 Moroni 7:27–28
Apuntes