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Jamás subestime el poder de un millón de aficionados con acceso a la fábrica

En la noche del 23 de febrero de 1987, el observatorio subterráneo Kamiokande II en Japón detectó 24 neutrinos en una explosión que duró 13 segundos. Si bien 24 neutrinos no parecen tantos, el observatorio generalmente sólo detecta dos o tres en una hora, y pocas veces juntos. Por lo tanto, esto fue algo muy especial. Pero para conocer su verdadero significado aún habría que esperar algunas horas, hasta recibir informes de otras observaciones.

Los astrofísicos han teorizado durante largo tiempo que, cuando una estrella explosiona, la mayor parte de su energía se libera como neutrinos, partículas subatómicas de baja masa que atraviesan los planetas como balas el papel higiénico. Una parte de la teoría sostiene que en la primera fase de este tipo de explosión, la única evidencia observable es una lluvia de estas partículas; luego pasan algunas horas hasta que el infierno aparece en forma de luz visible. En consecuencia, los científicos predijeron que, cuando una estrella cercana se convierte en supernova, detectamos los neutrinos aproximadamente tres horas antes de ver la explosión.

La manera de comprobar esta correlación entre los neutrinos y la luz visible era hacer ambas observaciones y calcular la diferencia de tiempo entre ellas. Pero el problema con el aspecto óptico de estas observaciones era que uno tenía que escudriñar el sector apropiado del cielo. Esto no era muy difícil para los observatorios de neutrinos. Debido a su formato esférico, el detector de Kamiokande podía registrar los neutrinos que penetraban en la atmósfera de la Tierra, sin importar de qué dirección provenían. Sin embargo, para ver la explosión en una luz visible, el telescopio tenía que estar dirigido al sector exacto de la esfera celeste y en el momento preciso. Y, obviamente, había que observar una enorme porción del cielo.

No había tantos astrónomos profesionales que pudieran observar una porción de tales dimensiones para tener alguna posibilidad de detectar un evento como éste. Pero había miles de astrónomos aficionados, todos muy dispuestos a hacer esa tarea por su cuenta. Provistos de telescopios, relativamente económicos, guiados por ordenador y con sistemas ópticos dobsonianos que permiten una amplia apertura (hasta de 12 pulgadas en telescopios con menos de 1,5 metros de largo) y sensores CCD que pueden captar más luz que el ojo humano, los astrónomos aficionados pueden fotografiar el cielo mejor que los astrónomos del siglo pasado con sus telescopios de gran tamaño.

La primera persona que vio la Supernova 1987A fue Ian Shelton, un canadiense a medio camino entre aficionado y profesional, que trabajaba como vigilante de un observatorio de los Andes chilenos a cambio de unas horas de observación en su telescopio de 24 pulgadas, cuando los astrónomos académicos no lo usaban. Una de

esas ocasiones fue la ventosa noche del 23 de febrero. Esa noche Shelton decidió usar el telescopio para hacer una observación fotográfica de tres horas sobre la Gran Nube de Magallanes.

Exactamente 168.000 años antes y a 168.000 años luz de distancia, una estrella había explosionado en los confines de la gran nebulosa de la Tarántula. Sin embargo, desde la Tierra, Shelton vio la explosión como si estuviera ocurriendo en ese preciso momento: una mancha de luz apareció repentinamente en un rincón de la Nube donde antes no había nada, Shelton miró con asombro las placas fotográficas durante 20 minutos antes de salir del observatorio para ver el fenómeno con sus propios ojos. Efectivamente, allí estaba: la primera supernova observada a simple vista desde 1604.

La conexión entre Shelton y el observatorio Kamiokande II tiene que ver con el factor tiempo. El observatorio de neutrinos observó su explosión a las 7.35 hora universal. Shelton divisó la primera luz brillante aproximadamente a las 10.00 hora universal: algo menos de tres horas después de la lluvia de neutrinos. Hasta aquí la teoría es correcta. Sin embargo, ¿podría haber aparecido incluso antes de que Shelton estuviera observando?

Afortunadamente, otros dos astrónomos aficionados estaban mirando esa noche el cielo con telescopios más pequeños y no profesionales. En Nueva Zelanda, Albert Jones, un experimentado aficionado con más de medio millón de observaciones, había contemplado detenidamente la nebulosa de la Tarántula a las 9.30 hora universal, pero no había visto nada inusual. Robert McNaught, otro aficionado, fotografió la explosión a las 10.30 hora universal en Australia, lo cual confirmaba la hora de Shelton. Por lo tanto, la luz llegó aproximadamente entre las 9.30 y las 10.00 horas.

Así fue como se reveló uno de los más grandes descubrimientos astronómicos del siglo XX. Una teoría clave que explica cómo funciona el universo fue confirmada gracias a dos aficionados en Nueva Zelanda y Australia, un aficionado/profesional en Chile y unos astrofísicos profesionales en Estados Unidos y Japón. Cuando un informe científico finalmente anunció el descubrimiento al mundo, todos ellos compartieron la autoría.

Demos, un instituto de investigación británico, describió este fenómeno en un informe de 2004, como un momento clave en el advenimiento de una nueva era «Pro- Af», una era en que los profesionales y aficionados trabajan codo con codo: «La astronomía solía estudiarse en los grandes institutos de investigación científica. Ahora también es un trabajo en equipo de profesionales y aficionados. Muchos aficionados continúan trabajando por su cuenta, y muchos profesionales todavía están aislados en sus instituciones académicas. Pero han surgido redes de investigación global, que conectan a los profesionales y aficionados con intereses comunes en las estrellas, cometas y asteroides».

Como señala Timothy Ferris en Seeing in the Dark, su historia de la astronomía

amateur moderna: «Si uno tuviera que elegir una fecha en la cual la astronomía

evolucionó de la vieja era de los profesionales solitarios en sus telescopios a una red mundial que conecta a los profesionales y aficionados [...], la más apropiada

sería la noche del 23 de febrero de 1987». Demos concluye: «La astronomía se está convirtiendo rápidamente en una ciencia dominada por un amplio movimiento Pro-Af que trabaja junto con un equipo mucho más reducido de astrónomos profesionales y astrofísicos».

Las tecnologías específicas de este movimiento de profesionales y aficionados a la astronomía son los telescopios Dobson, los sensores CCD y el uso de Internet como mecanismo para compartir la información. Estas herramientas han elevado la categoría de los astrónomos aficionados y han incrementado significativamente su influencia. Durante los últimos veinte años, la astronomía ha llegado a ser uno de los campos más democratizados en la ciencia, en parte porque es muy evidente que los aficionados desempeñan un papel muy importante.

La NASA a menudo consulta a los aficionados para vigilar los asteroides específicos que podrían colisionar con la Tierra, una tarea de observación coordinada mediante una lista de correos electrónicos denominada Minor Planet Mailing List. Su responsable es Richard Kowalski, un hombre de 42 años que trabaja de día como mozo de equipajes en US Airways en Florida y de noche como astrónomo. Algunos de los 800 aficionados de la lista efectúan sus observaciones por placer; otros esperan alcanzar la inmortalidad por haber conseguido un descubrimiento importante que llevará su nombre. Pero —y esto es lo notable— ninguno de ellos lo hace por dinero.

La astronomía es un campo ideal para el voluntariado. Una vez más, el problema reside en que el observador necesita estar mirando el cielo en el lugar apropiado y en el momento oportuno para ver los nuevos fenómenos, como los asteroides o la evolución estelar. Las dimensiones del telescopio o su coste importan menos que la cantidad de ojos fijos en el cielo en un momento determinado. En este sentido, los aficionados multiplican la mano de obra de la astronomía, y no sólo por mirar las estrellas desde sus terrazas o jardines.

SETI@home (Search for Extraterrestrial Intelligence at home) es un proyecto que utiliza la capacidad informática disponible en más de medio millón de ordenadores personales. Después de acumular horas y horas de ruido de fondo grabado desde el espacio, el proyecto distribuye los datos del radiotelescopio a los ordenadores de los voluntarios. Cuando ellos no están usando sus ordenadores, se activa un salvapantallas especial. Mientras éste muestra imágenes cósmicas, el programa examina los bits de cada grabación con la esperanza de localizar una señal que pueda provenir de una inteligencia alienígena. Al distribuir sus datos entre estos ordenadores, el proyecto puede examinar un número mucho mayor de señales; y todo lo que tienen que hacer los participantes es descargar un programa informático.

Otro proyecto usó un programa de código abierto para el análisis de las imágenes de Marte. La NASA acumuló fotos de varios decenios de antigüedad tomadas por las sondas orbitales Viking y pidió a los visitantes de la web que hicieran clic sobre todos los cráteres que pudieran ver, clasificándolos como nuevos, degradados o «fantasmas». Generalmente, ésta es una tarea tediosa para los científicos y estudiantes universitarios, que puede requerir meses o años de trabajo, pero en sólo tres meses el proyecto «Mars Clickworkers» consiguió que los voluntarios

identificaran más de 200.000 cráteres. En promedio, esta comunidad de aficionados fue casi tan precisa como los expertos en astrogeología.

En los programas informáticos de «código abierto», donde todos pueden contribuir a un proyecto, el lema es: «Con suficientes ojos, todos los microbios son triviales», Lo mismo puede aplicarse a la astronomía: «Con suficientes ojos, veremos el asteroide que va a por nosotros y estaremos a tiempo de hacer algo».

Desde luego, hay límites para lo que pueden lograr los profesionales-aficionados. Se dedican a recopilar datos, no a crear nuevas teorías de astrofísica. A veces son incapaces de analizar apropiadamente los datos que reúnen. No obstante, su lugar en la especialidad parece asegurado. Como escribió John Lankford, un historiador de la ciencia, en la revista Sky & Telescope: «Siempre habrá que dividir el trabajo entre los profesionales y los aficionados. Pero distinguir entre los dos grupos en el futuro puede llegar a ser bastante difícil».