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L A NOCIÓN DE PARTICIPACIÓN

In document JESUCRISTO VIVO Y PRESENTE EN LA LITURGIA (página 115-120)

UNIDAD IV LOS ELEMENTOS FUNDAMENTALES

L A NOCIÓN DE PARTICIPACIÓN

La palabra participación significa tomar parte en, y es sinó- nimo de asistir, adherir, etc. En las oraciones litúrgicas el sustan- tivo participatio, y el verbo participare se utilizan para indicar una relación, o el compartir en algo o comunicar de unarealidad. En el ambiente litúrgico la participación tiene tres aspectos:

A). En cuanto acción humana participar implica ciertas acti- tudes internas y externas como la concordancia de gestos, pala- bras y movimientos, y una, al menos elemental, comprensión de su significado; la sintonización de los propios sentimientos con los de Cristo expresada en la celebración dejando a un lado cier- tas particularidades para crear así un ambiente de apertura y co- munión. La intensidad y forma de estas actitudes pueden variar del uno al otro y de un lugar a otro, pero siempre deben ser orientadas a la finalidad de la participación que es la salvación.

B). La cosa en que se participa es el misterio celebrado. Por eso la acción de participar no puede ser reducida a una pura for- malidad externa sino que debe llegar a mover las actitudes inte- riores de los participantes. Los signos externos de la participa- ción (palabras, gestos, etc.), son medios para superar la partici- pación externa y penetrar en el corazón de la acción litúrgica y del misterio celebrado. Esta penetración no implica la necesidad de comprender todas las implicaciones teológicas del misterio celebrado. Si fuera así, sólo las personas cultas serían capaces de participar. Más bien se trata de hacer que la participación en la

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celebración del misterio penetre y transforme toda la vida y la manera de ver a Dios, a los demás y al mundo.

C). Las personas que participan, son sobre todo los fieles, que deben ser siempre más actores y realizadores de la celebra- ción en el sentido apenas esbozado aunque respetando la indivi- dualidad e índole personal de cada uno según la edad, formación y sensibilidad espiritual y moral.

1. Participación sacerdotal de los fieles

Como vimos en la historia de la liturgia, la participación in- tensa del pueblocristiano, durante los primerossigloscristianos, sufrió un declive a partir del siglo V y el pueblo se separó más de la vida litúrgica aunque sin jamás apartarse de ella completamen- te. Una de las causas que impulsó a los Papas y al Movimiento Litúrgico a intentar reunir al pueblo con la liturgia, partió de una reflexión más profunda sobre las consecuencias del Bautismo y especialmente sobre el sacerdocio real de los fieles y la posibili- dad que ellos tenían de una participación sacerdotal en los miste- rios litúrgicos. Pío XII, en la Mediator Dei, alaba a los que pro- muevan una mayor participación externa de los fieles y trabajan “porque la liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, a la

cual tomen realmente parte todos los presentes”. Sin embargo con-

sideró la participación sobre todo desde el punto de vista inter- no en que los fieles participan de modo activo cuando se ofrecen a sí mismos como víctimas: “unidos de la manera más espontánea

e íntima que sea posible con el Sumo Sacerdote”12.

En la Mediator Dei, Pío XII describe varios niveles de parti- cipación: externa, interna, activa y sacramental, pero no habla de una participación sacerdotal de los fieles, y su participación con- siste sobre todo en unirse al sacerdote, el único que realiza la ac- ción sacerdotal de Cristo.

El Concilio Vaticano II, cuando afirma que la liturgia es ac- ción de todo el cuerpo de Cristo, da un paso más. Sintetizando la aportación del Concilio se puede decir:

A). El fin de las reformas (la simplificación de los ritos, el uso del idioma local, las aclamaciones del pueblo y los demás medios) ––––––––––

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era el de fomentar la plena, consciente y activa participación de los fieles en las acciones litúrgicas y se coloca el Bautismo como fundamento del derecho a esta participación. La participación

consciente consiste en descubrir y vivir el misterio celebrado; la

participación activa implica tomar parte en las diversas interven- ciones, aclamaciones gestos, etc., según la función que cada uno tenga en la asamblea pero la participación activa no puede reducir- se a la actividad participativa de los gestos externos y es sobre to- do una actividad interior y espiritual a través de la cual se sintoni- zan los propios sentimientos con los de Cristo uniendo la propia acción a las expresiones de acción de gracias, petición y adoración de la misma liturgia. Sólo de este modo se puede hablar de parti- cipación plena y fructífera en la liturgia.

B). La participación litúrgica es una parte integral y constitu- tiva de la misma acción litúrgica y un derecho y un deber de cada fiel de cara a Cristo y de cara a la Iglesia. No es algo extrínseco al culto y a la santificación, sino un elemento en sí mismo direc- tamente santificador y cultual, y hay que atender a ella para que la celebración resulte plenamente fructuosa. Los pastores de al- mas, como maestros del pueblo de Dios, deben vigilar para que los fieles participen consciente, activa y fructuosamente en la ce- lebración litúrgica y de este modo sean iniciados en la consagra- ción de sus propias vidas para que sean transformadas en ofren- da eterna (cf. SC 11-12). La experiencia de la Iglesia ha demos- trado que la auténtica participación litúrgica produce frutos abundantes y duraderos que trasforman no sólo al cristiano sino al mundo entero.

2. Ministros y participación litúrgica

Desde el enfoque teológico de la participación sacerdotal de los fieles la Sacrosanctum Concilium, 15-19 hace derivar la nece- sidad de la formación litúrgica de los pastores y de los fieles para que puedan realizar lo que es competencia suya dentro de la asamblea litúrgica. El ejercicio de los diversos ministerios y de las funciones que enriquecen a la asamblea es necesario para una participación activa y plena. El ministerio es la atribución a de- terminadas personas de competencias que corresponden al cuer- po eclesial entero. En cierto sentido, todas las funciones minis-

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teriales, y no sólo la función sacerdotal, son signos de la presen- cia del Señor que interviene en su Iglesia en la obra de la santifi- cación de los hombres y de dar culto perfecto a Dios. Los minis- terios litúrgicos principales son:

A). El ministro ordenado: El obispo, sumo sacerdote y prin- cipal dispensador de los misterios de Dios a su Pueblo; el presbí- tero actúa en comunión con el obispo y por su configuración particular con Cristo puede actuar in persona Christi como su ministro y en nombre de la Iglesia; la comunión con el obispo y la presencia (al menos implícita), del obispo o sacerdote son ne- cesarias para constituir la asamblea como asamblea litúrgica. El diácono, colaborador del obispo y del presbítero, realiza diversas funciones y en determinadas ocasiones puede presidir la asam- blea cuando falte el presbítero.

B). Ministros instituidos: Estos son ministerios que la Iglesia ha establecido para el servicio del altar u otra función al servicio de la Iglesia y que son conferidos mediante un rito litúrgico. Des- de la antigüedad han existido diversas categorías de personas no- tables colocadas entre la jerarquía y el pueblo fiel como por ejem- plo: los confesores, las viudas, los lectores, las vírgenes, los sub- diáconos y los curadores. Según la Tradición apostólica el acceso a las categorías de viuda, lector y subdiácono está subordinado a una promoción oficial, pero sin el rito de imposición de las manos que los distingue de los ministros ordenados. De estas categorías las que tenían alguna relación con el servicio litúrgico poco a poco formaron lo que se llamaron las “órdenes menores” y así, en una carta escrita alrededor del año 251, el Papa Cornelio dice que en Roma había, además de los cuarenta y seis presbíteros y siete diá- conos, otros siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos exorcistas, lectores y ostiarios. Más tarde se añadió el Or- den de la tonsura clerical. Poco a poco estas órdenes desaparecie- ron como ministerios propios y fueron consideradas como etapas en la formación de los candidatos para el presbiterado.

En 1972 el Papa Pablo VI realizó una profunda reforma, su- primiendo el subdiaconado y las órdenes menores. Las sustituyó con los dos ministerios de acólito y lector, no ya ordenados sino “instituidos” según el vocabulario de la Tradición apostólica de Hipólito. Estos dos ministerios están abiertos a hombres laicos y

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no sólo a candidatos para el sacerdocio dado que, a diferencia de las antiguas órdenes menores, la institución de un fiel en estos ministerios no lo convierte en clérigo. Además dejó abierta la po- sibilidad para que las Conferencias Episcopales pidieran la institu- ción de otros ministerios como la de catequista, mostrando de es- te modo que la actuación de un ministerio en la Iglesia no se limi- ta a las funciones litúrgicas.

El lector: proclama las lecturas excepto el Evangelio, propone

las intenciones de la oración de los fieles, dirige el canto y la parti- cipación de los fieles cuando falta el diácono o cantor. El lector, además de su función litúrgica, recibe una misión catequética en cuanto está llamado a encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomienda temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura, y la preparación para la recepción de los sacramentos.

El acólito: ayuda al sacerdote y al diácono en el altar, hace las

abluciones de los vasos sagrados cuando falta el diácono y, como ministro extraordinario, puede distribuir la Eucaristía y hacer la exposición del Santísimo Sacramento. El acólito también recibe una función catequética en cuanto instruye a los fieles que ayu- dan en los actos litúrgicos y en la oración.

C). Ministros ocasionales: Son funciones u oficios que no son conferidos mediante un rito litúrgico y no son de carácter esta- ble. A veces coinciden con las funciones ordinarias de los minis- terios instituidos como son el leer las lecturas y servir al altar. Otras funciones son el cantor, comentador y otros oficios seme- jantes al servicio del culto.

Concluyendo, podemos decir que el elemento principal en la celebración litúrgica es la asamblea, especialmente el obispo o presbítero unido a los simples fieles de modo que todos partici- pen activamente. Ellos, y sólo ellos, son signo perfecto de la Igle- sia según la mente de Cristo en cuanto al ejercicio de su culto y la plena participación de su sacerdocio. Los demás ministerios son útiles y buenos para la perfección de la asamblea como signo del cuerpo de Cristo pero no son esenciales, y la función primordial en la celebración pertenece al pueblo cristiano unido en comunión jerárquica con el ministro ordenado. Por este motivo siempre que sea posible se ha de preferir la celebración comunitaria de la litur- gia sobre una celebración en privado.

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Tema 2: La Palabra de Dios en la

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