E L Ê THOS U NIVERSITARIO.
2.3. Ilustración, fragmentación del modelo universitario.
2.3.2. Modelo diversificado, universidad española.
Fue en la segunda mitad del siglo XIX, entre la primera y la segunda restauración Borbónica (Isabel II y Alfonso XII), quienes siendo mucho más liberales y progresistas que sus predecesores, promovieron una organización más práctica a la universidad. Gracias a las negociaciones reales con el papado, las universidades ya habían suprimido a los cancelarios,29 medida trascendente ya que con ello las universidades empezaban a reconfigurarse más con funciones de órganos estatales (María, 1975: 40-41); lo que otorgaba un escenario renovado de la institución.30
Mediante la reforma controlada del currículo, la monarquía aspiraba no sólo a modernizar las universidades, sino también a lograr una mayor uniformidad en las distintas instituciones, como parte de una concepción amplia de consolidación de la unidad de estado (Abellán, 1985: 295; Góngora, 1957:115 citado por Porta, 1998: 36). […] Para lograr tales objetivos, se debía cercenar la autonomía de las universidades tradicionales y cambiar los contenidos y métodos en la enseñanza (Menéndez y Pelayo, 1965, tomo V: 193-194 citado en Porta, 1998: 36).
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Representantes de la autoridad papal en las universidades, autoridad simbólica más que operaria. 30
Se partía del supuesto que las innovaciones coincidían con los intereses del estado, y se suponía que la religión coincidía con la metas de un estado unificado. La corona podía intervenir en los contenidos de la educación.
A partir del año 1843 la influencia del modelo de la universidad Alemana aparece en España, en ambientes que eran propicios para los intelectuales liberales, durando un periodo corto, en el que posteriormente se replantearían cosas nuevas para la universidad. Entre sus principales elementos cabe destacar la propensión a la neutralidad política y religiosa, y la libertad académica del profesorado, que venía a sustituir a la antigua intolerancia que existía al respecto. Este punto tuvo vigencia hasta 1875, fecha en la que el decreto de Orovio derogó el de 1868 (Porta, 1998: 43). Por otra parte, surge cinco décadas después la constatación de la sección intelectual del Opus Dei, que manifestaba, una voluntad clara de apoderamiento de la universidad. “Durante algún tiempo pudo pensarse que se iba acometer la empresa -grandiosa en cuanto a proyecto, por anacrónica e ilusoria que en realidad fuese- de recristianizar de arriba abajo a España, desde la universidad y su juventud” (Aranguren, 1973: 13). Así encontramos en ello detractores y seguidores de ésta renovada y conservadora corriente de la organización universitaria, la cual encontró algunos espacios en algunas universidades, pero sin lograr el objetivo de la recristianización del país en su totalidad por este medio.
La universidad española generó un modelo que se fue diversificando con el tiempo. No fue específico como el de la universidad francesa, inglesa o alemana, el modelo español se dejó influir por éstos; y al mismo tiempo recreo modelos de universidades católicas. Por un lado, un renovado modelo religioso conservador en las universidades del Opus Dei y las universidades Jesuitas, también religiosas pero menos ortodoxas: Además estaban las universidades laicas, de ideología vanguardista y con influencias de la universidad alemana, sumándose a estos un modelo que había surgido con anterioridad en Inglaterra. El de la universidad libre, este esquema era sencillo y factible para quienes no podían ir a la escuela, como lo explica Porta citando a Giner:
Se reconocía la libertad de asistencia de los alumnos a las cátedras oficiales, pudiendo estudiar donde y con quien quisiesen, debiendo presentarse tan sólo a los exámenes ante los tribunales de los centros docentes del Estado para obtener los grados. Esto supuso la introducción de la figura del alumno libre con efectos académicos, con la intención de extender la cultura a aquellos que no pudieran asistir a los centros oficiales (Giner de los Ríos, 1916). Cabe recordar que la Universidad de Londres se había creado en 1836, no para
enseñar, sino como un cuerpo de examinadores que sancionaban los estudios privados, que los estudiantes libres cursaban en los Colleges. (Porta, 1998:42).
Cabe mencionar también por Porta, que un modelo similar de universidad libre apareció en Escocia. Con ello habrá que tomar en cuenta que la reivindicación de la universidad libre sólo puede ser pensada dentro de un Estado que no sea totalitario.
A ojos de Ortega y Gasset este modelo diversificado no es más que una manera cómoda de “mirar de reojo lo que se hacía en las Universidades de pueblos ejemplares” (Ortega y Gasset, 2004: 27), a lo que complementa mencionando que no es que esté mal mirar lo que hace el otro, siempre y cuando no nos quite el resolver luego nosotros originalmente lo que corresponda.31 A lo que posteriormente le suma que: “aunque fuesen perfectas la segunda enseñanza inglesa y la Universidad alemana, serían intransferibles, porque ellas son sólo una porción de sí mismas. Su realidad íntegra es el país que las creó y las mantiene.” (Ortega y Gasset, 2004: 29). El desarrollo de la universidad española en este tiempo tendía a dejarse influenciar por las universidades europeas que estrenaban modelos. Tuvo un modelo peculiar en función de una mezcla de influencias de las demás universidades.
La idea del desarrollo de las universidades con el objetivo de crear la capacidad intelectual para la solución de problemas prácticos es una creación de los siglos XIX y XX. La universidad del siglo XVIII no se debatió frente a la institucionalización de la noción de lo que fuera práctico para la sociedad. La universidad tradicional se preocupaba mucho más de la manera en que la estructura específica de las disciplinas podía proveer los conceptos y criterios a través de los cuales el pensamiento adquiere precisión, generalidad y poder (Siebzehner, 1994: 46). Como es de suponerse y además se ha señalado, la revolución del pensamiento y la posición del conocimiento, así como el desarrollo de las ciencias en las reclasificaciones que en este tiempo está experimentando, necesitaban además de un espacio académico, un aparato intelectual, el cual diera cabida a tal evolución. Así la universidad sería ese lugar en que se concentrarían las nuevas inquietudes del conocimiento fomentándose ahora más el desarrollo de la investigación dentro de éstas.
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Sobre la originalidad de hacer universidad, Ortega y Gasset comparte lo siguiente: “al imitar eludimos aquel esfuerzo creador, de lucha con el problema, que puede hacernos comprender el verdadero sentido y los límites o defectos de la solución que imitamos” (Ortega y Gasset, 2004: 27).
Retomando a Ortega y Gasset, la reestructura de la universidad no puede reducirse a la corrección de abusos, ni actuar principalmente en función de ello, la reforma se constituye en la creación de usos nuevos. Toda estrategia reducida a corregir abusos, cuida la parte de no volver a cometer los mismos errores y esto es importante, pero descuida la innovación y la creación de nuevas formas, entonces tal no tendrá frutos valiosos. Lo que hace que la reestructura sea importante es lo que aporten también sus nuevos usos, “cuando los usos constitutivos de una institución son acertados es que aguanta sin notable quebranto una buena dosis de abusos […] pero a su vez la institución no puede constituirse en buenos usos si no se ha acertado con todo rigor a determinar su misión” (Ortega y Gasset, 2004: 26-27).