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Antiguo Testamento
al griego también se
realizó en ese
mismo griego. Era
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ra poética inigualable, maravillosa, sorprendente. Este es un libro que enloquece hasta al más cuerdo si se deja seducir por sus entrañas, por la complejidad de su contenido, por lo apasionante de su diversidad de imágenes.
Es por eso que la frase “la Biblia es clara” es un atentado en contra de la naturaleza misma de la Biblia. En los siguientes tres capítulos nos acercaremos superficialmente a ella desde 3 perspectivas:
–La complejidad de sus lenguas. –La complejidad de su texto. –La complejidad de sus traduc- ciones.
LA COMPLEJIDAD DE SUS LENGUAS
¡La Biblia es clara! Una frase que se escucha con muchísima frecuen- cia. Sobre todo en momentos de tensión. Es una frase que intenta zanjar toda discusión, procura en- viar todo argumento al rincón de lo innecesario y presumir de superio- ridad frente a cualquier idea que adverse el pensamiento de quien la profiere. Es decir, la frase evita la argumentación, elevándose a sí misma como el mejor argumento de todos: ¡La Biblia es clara cuan- do dice que…”
La novelista judía Eliette Abécassis, nos regala este párrafo en las primeras páginas de su thri- ller teológico, la novela Qumrán: “En la Biblia que leo, no hay pre- sente, y el futuro y el pasado casi son idénticos. En cierto sentido, el pasado se expresa a través del futu- ro. Se dice que, para formar un tiempo pasado, se añade una letra, la vav, al tiempo futuro. Se la llama
vav copulativa. Pero esta letra sig- nifica también y. Así pues, para leer un verbo conjugado, se puede elegir entre, por ejemplo, hizo o
hará”.
Abécassis hace alusión, en una es- pecie de juego novelístico, a algo tan real e ineludible como la com-
plejidad de la Biblia. Como no pre- tendo que este agote el tema, ni mu- cho menos, deberé prescindir, en la medida de lo posible, de la historia de la formación de Cánon tanto del Antiguo Testamento como del Nue- vo.
Más adelante la escritora, que tam- bién es cineasta, encarnando en su novela a un copista del texto sagra- do, escribe:
“Cada letra es un mundo, cada pa- labra, un universo […] Como mis antepasados, escribo en una piel de animal muy fina, en la que, antes de empezar, he trazado líneas con un instrumento acerado para impedir que mi pluma se aleje de su camino y vague en baldío, entre las letras, hacia arriba o hacia abajo, fuera de las líneas trazadas por las que, laboriosa, debe proseguir su ca- mino. […] Es una incision practica- da en la misma piel, que debe ser lo bastante profunda para que la esca- rificación sea visible y lo bastante ligera para que no traspase la piel.
[…] Prosigo lentamente mi tarea. Cuando llego al final de un rollo, lo coso sin dañar la piel, e inicio el si- guiente. Escribo de un tirón, pues no puedo borrar mi texto ni volver ni volver a empezar indefinidamen- te. Comienzo, ante todo, por reunir mis pensamientos y mis recuerdos, pues sé que no tengo derecho al error. Si, de todos modos, mi pluma me traiciona, si me recta se inclina y me falla la memoria, puedo corre- gir mi falta, sin hacerla desapare- cer, trazando otra letra encima o debajo de la letra que no hubiera debido escribirse. O puedo insertar la letra correcta o la que falta en el espacio blanco, justo por encima de la línea de escritura. Así, para leer mi texto en toda su precisión, no debe olvidarse leer entre líneas”.
De esta manera Abécassis escenifi- ca la labor de un escriba, de un ma- soreta, de un copista de la Biblia. Haciéndonos notar la dificultad, la ingente labor, sujeta al cansancio, al dolor, a la memoria, a la vista, a la destreza, y a innumerables condi- ciones que podrían dificultar la transmisión exacta de cada letra o palabra. Para subsanar los posibles errores del copista, Abécassis nos recuerda que el lector “no debe ol- vidarse leer entre líneas”.
La primera complejidad de la Biblia reside en sus lenguas. Cada lector de la Biblia debe saber que ésta fue escrita principalmente en el hebreo, el arameo y el griego de la versión de los LXX (Septuaginta) y del Nuevo Testamento. Pero también el texto de la Biblia está estrechamen- te relacionado con otras lenguas cir- cundantes, que influenciaron el vo- cabulario usado en la Biblia, así como nuestro castellano contiene expresiones provenientes del inglés o anglicismos, del francés o galicis- mos y de muchas otras lenguas, in- cluidas el árabe y el hebreo. Estas lenguas relacionadas con el texto bíblico son el acadio, ugarítico, fe- nicio, y más tarde el latín, el siriaco, el copto o el armenio, entre otras.
Es por eso que las versiones rena- centistas del la Biblia fueron polí- glotas. Es decir, contenían el texto en varias lenguas a la vez. La ver- sión de Orígenes, en el tercer siglo después de Cristo, llamada “hexa- plar”, contenía 6 columnas con 6 versiones diferentes del mismo tex- to. Las 6 versiones eran el hebreo, hebreo pero con caracteres griegos, versión griega de Aquila, versión griega de Símaco, versión griega de la Septuaginta y la versión griega de Teodoción.
Para el Antiguo Testamento, la len- gua hebrea es conocida como la “lengua de Canaan” (Is. 19:18) o como la lengua de los judíos (Is. 36:11). Esta lengua contiene 22 consonantes. Algunas de esas con- sonantes, las llamadas BeGaDKe- FaD (b,g,d,k,f,d) pueden represen- tar dos sonidos diferentes cada una, según se relacione con los sonidos adyacentes. Las letras alef (א) y
ayin (ע), oclusión glotal sorda y fri- cativa glotal sonora respectivamen- te, solían ser confundidas y origina- ban muchas variantes. El biblista Julio Trebolle pone como ejemplo que con solo equivocar el alef con el ayin lo que debería significar “sobre”, terminaría significando “hacia”.
Ya en la misma Biblia tenían serias dificultades con la lengua. Los dife- rentes dialectos provocaban muchas confusiones, una misma palabra, pronunciada un tanto diferente po- día tener un sentido distinto y, hasta provocar la muerte, como es el caso de Jueces 12:5-6, en el que se da la confusión en la pronunciación de la palabra shibbolet (תלֶ שִׁבֹּּ ) que dela- tó a muchos, que fueron asesinados por pronunciarla sibbolet (תלֶ סִבֹּּ ). Al inicio la lengua hebrea se escri- bía de forma consonantal, eso quie- re decir que solo se escribían las consonantes, sin vocales. Así que algunas consonantes también po- dían representar, de vez en cuando, sonidos vocálicos, cuando se en- contraban al final de una palabra.
Esto también generaba muchas difi- cultades y confusiones. Así pode- mos imaginar la gran dificultad que suponía la transmisión del texto cuando se copiaban los manuscritos sin acentos ni vocales. Trebolle nos da otro ejemplo cuando nos recuer- da que en 1 Reyes 5:32 en el Texto Masorético aparece la palabra boné, que quiere decir “constructores”, mientras que un copista de la Sep- tuaginta escribió la palabra bené, que significa “hijos”. Así la misma frase puede ser leída como “cons- tructores de Salomón” o “los hijos de Salomón”. Otro ejemplo puede ser representativo: las consonantes MLK pueden significar rey si le añadimos las vocales MeLek, o puede significar reinó si las vocales añadidas son MeLeK.
También, conforme pasaba el tiem- po, una misma palabra podía evocar un concepto distinto. Así como para nuestro idioma castellano la palabra
cielo puede significar el límite at- mosférico que normalemnte tiene un color azul, como también puede evocar un lugar de eterna felicidad espiritual. Asi, por ejemplo, el tér- mino bíblico olam podía tener el sentido de eternidad, como
también, conforme pasó el tiempo, podía significar mundo.
Pasando al Nuevo Testamento, po- demos decir que el griego utilizado es llamado koiné o común. La tra- ducción del Antiguo Testamento al griego también se realizó en ese mismo griego. Era una lengua po- pular o vulgar. Una lengua que con- serva la estructura básica del dia- lecto ático, mezclada con elementos jónicos y otros dóricos y eólicos (Julio Trebolle Barrera). Este grie- go también había sido muy influido por lenguas semíticas y por le latín. Como vemos, la Biblia es un arma- zón de lenguas antiguas, mezcladas y copiadas innumerables veces por seres humanos, sin instrumentos di- gitales ni ayudas electrónicas de ninguna clase. Como ya lo afirmaba Eliette Abécassis en su novela:
Cada letra es un mundo, cada pala- bra, un universo.
LA COMPLEJIDAD DE SU TEXTO
Este es el tercer artículo de esta se- rie. Lo que procuramos es contras- tar la consabida frase “La Biblia es clara” con la realidad de la comple- jidad bíblica. Complejidad no signi- fica impenetrabilidad ni oscuridad; tampoco significa que solo los ex- pertos tienen acceso a la Biblia y su caudal de vida y esperanza, lo que estamos proponiendo es una visión más amplia de nuestro libro, una vi- sión que nos permita leerla con más asombro, más amor y más atención. ¡La Biblia no es clara, es compleja! Basta con recordar que leer los pa- piros antiguos, aun si estuviera re- cién escritos y sin deterioro alguno, resultaba complejo en demasía. No era como leer los libros modernos en lo absoluto. La escritura hebrea antigua carecía de vocales y de acentos. El texto griego tenía una muy escasa puntuación, el espacio entre palabras era prácticamente inexistente y se usaban letras capi- tales de forma generalizada (escri- tura uncial).
Es por eso que las
versiones
renacentistas del la
Biblia fueron
políglotas. Es decir,
contenían el texto en
varias lenguas a la
vez. La versión de
Orígenes, en el
tercer siglo después
de Cristo, llamada
“hexaplar”, contenía
6 columnas con 6
versiones diferentes
del mismo texto.
Pasando al Nuevo
Testamento,
podemos decir que
el griego utilizado es
llamado koiné o
común. La
traducción del
Antiguo Testamento
al griego también se
realizó en ese
mismo griego. Era
una lengua popular
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IMAGINEMOSNADAMASCO-MOSERIASITUVIERAMOSQUE- LEERTODOUNLIBROASÍ. E in- cluso, imaginemos si tuviéramos que decidir sobre el sentido de una palabra consonántica como por ejemplo: HL, que puede significar HoLa, HiLo, HeLo, HuLe, HaLo. La segunda complejidad de la Bi- blia es su propio texto. Más allá de sus lenguas, el texto mismo supone un gran reto para todo lector. Un reto que debe animarnos a conquis- tarlo cada día.
Nos enfrentamos a un mundo fasci- nante de géneros literarios. Pode- mos encontrar literatura poética, histórica, sapiencial, epistolar o profética. También encontramos el estilo llamado evangelio, el apoca- líptico, el mítico, el legislativo o le- gal o el parabólico. Y, naturalmen- te, no es lo mismo leer una poesía que leer un libro de historia o geo- grafía, o una constitución política. Por ejemplo:
“No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; us- ted sabe qué placeres sus las le- tras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas, infor- males, a las corridas!”
No podríamos leer el texto anterior como una poesía, no es metáfora, no es música, no es historia ¡es una carta!. Seguidamente, no podemos interpretar una carta sin saber quién es su autor, en este caso se trata de Napoleón. Pero tampoco tendría sentido una interpretación de una misiva sin conocer su destinatario, en esta ocasión es Josefina. Una carta leída equivocando su género, sin conocer su autor o su destinata- rio y, obviando su contexto original (fecha de escritura, circunstancias políticas, geográficas, históricas y personales), acabaría por parecer un chiste o una broma. Lo mismo ocu- rriría con una poesía.
Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas.
No es una carta, es una poesía. Su autor es Federico García Lorca. Es un Romance. Si desconocemos su género, erraremos la interpretación.
Tonto el que no entienda. cuenta una leyenda que una hembra gitana conjuró a la luna hasta el amanecer.
Así inicia la enigmática canción de Mecano, Hijo de la Luna. Una can- ción que coreamos innumerables veces y, sin temor a equivocarme, puedo decir que comprendemos poco, a no ser que seamos españo- les, gitanos o nos hayamos dado a la tarea de investigarla. ¿Desposar un calé? ¿este hijo es de un payo? ¡Tonto el que no entienda!. Si, todo texto merece ser interpretado desde su género, desde su texto y su con- texto.
Solo comprendiendo lo anterior es que podemos discernir si un texto es literal o no. ¿De verdad la ser- piente le dijo a la mujer: “¡No es cierto, no van a morir!”? (Gn. 3:4). El relato de la creación es un poe- ma y por lo tanto no debe leerse de forma literal. De ser así las serpien- tes hablarían aun hoy en día, ya que el castigo que le impuso Dios fue arrastrarse y no dejar de hablar (Gn. 3:14).
Así que encontramos estructuras simbólicas y no literales en muchos textos bíblicos. Los salmos son poesía hebrea, muchos de ellos compuestos como música. Y dentro de los salmos podemos encontrar sub géneros. Uno de ellos es el im-
precatorio. Imprecar implica desear el mal a otra persona, desear ven- ganza o rogar por venganza. Los salmos imprecatorios imploran por- que Dios cobre venganza de los enemigos del salmista. Por ejemplo, podemos leer en el Salmo 7:12
“Si el malvado no se arrepiente,
Dios afilará la espada y tensará el arco”.
O el Salmo 35:4-5
“Queden confundidos y avergon- zados los que procuran matarme; retrocedan humillados
los que traman mi ruina. Sean como la paja en el viento, acosa- dos por el ángel del Señor”
Una interpretación fuera de todo contexto podría inducir al lector a utilizar estas agresivas frases contra personas como si de oráculos se tra- tara. O podría conducir a una idea errada de la relación de Dios con nuestros semejantes. Hasta llegar al punto climático de utilizarla duran- te la transmisión de la final del Mundial de fútbol si fuera dispu- tada por un país de mayoría cristia- na contra un país de mayoría budis- ta o musulmana: “Señor, que que- den confundidos y avergonzados”. Y aunque parezca risible, sabemos que no es imposible escuchar ora- ciones de ese tipo.
Otro peligro es el de seccionar la Biblia al punto que la leemos por versículos. Debemos entender que la Biblia no fue escrita en dos co- lumnas y versificada desde Génesis hasta Apocalipsis. Muchos cristia- nos sucumben ante la tentación del “síndrome del farmaceuta bíblico”, que receta la Biblia dosificándola en pequeñas dosis o cápsulas, como pastillas o, en casos de emergencia, como inyecciones. Un solo versícu- lo es usado como una respuesta. El peligro de hacer esto es que se des- virtúa la naturaleza misma del texto (no fue escrito así) y se saca de contexto.
Aún más, se suele recetar versícu- los mutilados o medios versículos.
No os unáis en yugo desigual (2. Cor. 6:14), pero se omite el resto del texto: con los incrédulos por- que ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué
comunión la luz con las tinieblas?. Una lectura estilo “píldora” lleva a un casi seguro error de interpreta- ción. Y no haréis rasguños en vues- tro cuerpo (Lev. 19:28), el texto usado para prohibir cualquier tipo de tatuaje en la piel. Omite flagran- temente la parte que dice: por un muerto. Incluso, omite caprichosa- mente textos aledaños, que pertene-
cen al mismo párrafo, por ejemplo el versículo inmediatamente ante- rior, el 27, que habla de no cortarse el pelo o la barba. O el versículo 19 del mismo capítulo, donde se dice que no se puede sembrar una mis- ma tierra con varias semillas o ves- tir ropa confeccionada con una mezcla de hilos.
Leer la Biblia de esa manera nos puede llevar a ideas sumamente cu- riosas, como pensar que las sillas donde se han sentado las mujeres durante su menstruación quedan in- mundas (Lev. 15:20). Se nos hace necesario, por tanto, reconocer los géneros literarios, los contextos y, de ser posible, las técnicas de inter- pretación del texto bíblico.
Fueron Hugo de Groot (1583-1645) y Thomas Hobbes (1588-1679) quienes plantearon por primera vez que la Biblia debía leerse igual que cualquier otro texto. El filósofo ho- landés Baruc Spinoza (1632-1677), en su Tractatus Theologico-politi- cus, se atrevió a proponer que Moi- sés no fue el autor del Pentateuco (los 5 primeros libros del Antiguo Testamento) y tenía razón. Su afir- mación nace de una forma de lectu- ra crítica de la Biblia. Él, junto a Hobbes y otros, hacen incursiones en lo que llamamos exégesis bíblica.
¿Es toda la Biblia literal? No. En- tonces ¿Es toda la Biblia simbólica? Tampoco. Depende del género del texto que se esté leyendo. El radicalismo literalista en la lectura de la Biblia es, por mucho, una verdadera ficción. Ni siquiera somos así de radicales cuando conversamos con otras per- sonas. Una conversación común contiene modismos, metáforas, fra- ses literales y figuradas, a veces todo en una misma intervención. Si fuéramos radicales literalistas en nuestras conversaciones cotidianas, seguramente deberíamos reinterpre- tar nuestras palabras. Sarcófago viene de dos palabras griegas, la primera (sarx) significa carne, y la Texto de griego antiguo
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