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IMAGINEMOSNADAMASCO-MOSERIASITUVIERAMOSQUE- LEERTODOUNLIBROASÍ. E in- cluso, imaginemos si tuviéramos que decidir sobre el sentido de una palabra consonántica como por ejemplo: HL, que puede significar HoLa, HiLo, HeLo, HuLe, HaLo. La segunda complejidad de la Bi- blia es su propio texto. Más allá de sus lenguas, el texto mismo supone un gran reto para todo lector. Un reto que debe animarnos a conquis- tarlo cada día.
Nos enfrentamos a un mundo fasci- nante de géneros literarios. Pode- mos encontrar literatura poética, histórica, sapiencial, epistolar o profética. También encontramos el estilo llamado evangelio, el apoca- líptico, el mítico, el legislativo o le- gal o el parabólico. Y, naturalmen- te, no es lo mismo leer una poesía que leer un libro de historia o geo- grafía, o una constitución política. Por ejemplo:
“No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; us- ted sabe qué placeres sus las le- tras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas, infor- males, a las corridas!”
No podríamos leer el texto anterior como una poesía, no es metáfora, no es música, no es historia ¡es una carta!. Seguidamente, no podemos interpretar una carta sin saber quién es su autor, en este caso se trata de Napoleón. Pero tampoco tendría sentido una interpretación de una misiva sin conocer su destinatario, en esta ocasión es Josefina. Una carta leída equivocando su género, sin conocer su autor o su destinata- rio y, obviando su contexto original (fecha de escritura, circunstancias políticas, geográficas, históricas y personales), acabaría por parecer un chiste o una broma. Lo mismo ocu- rriría con una poesía.
Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas.
No es una carta, es una poesía. Su autor es Federico García Lorca. Es un Romance. Si desconocemos su género, erraremos la interpretación.
Tonto el que no entienda. cuenta una leyenda que una hembra gitana conjuró a la luna hasta el amanecer.
Así inicia la enigmática canción de Mecano, Hijo de la Luna. Una can- ción que coreamos innumerables veces y, sin temor a equivocarme, puedo decir que comprendemos poco, a no ser que seamos españo- les, gitanos o nos hayamos dado a la tarea de investigarla. ¿Desposar un calé? ¿este hijo es de un payo? ¡Tonto el que no entienda!. Si, todo texto merece ser interpretado desde su género, desde su texto y su con- texto.
Solo comprendiendo lo anterior es que podemos discernir si un texto es literal o no. ¿De verdad la ser- piente le dijo a la mujer: “¡No es cierto, no van a morir!”? (Gn. 3:4). El relato de la creación es un poe- ma y por lo tanto no debe leerse de forma literal. De ser así las serpien- tes hablarían aun hoy en día, ya que el castigo que le impuso Dios fue arrastrarse y no dejar de hablar (Gn. 3:14).
Así que encontramos estructuras simbólicas y no literales en muchos textos bíblicos. Los salmos son poesía hebrea, muchos de ellos compuestos como música. Y dentro de los salmos podemos encontrar sub géneros. Uno de ellos es el im-
precatorio. Imprecar implica desear el mal a otra persona, desear ven- ganza o rogar por venganza. Los salmos imprecatorios imploran por- que Dios cobre venganza de los enemigos del salmista. Por ejemplo, podemos leer en el Salmo 7:12
“Si el malvado no se arrepiente,
Dios afilará la espada y tensará el arco”.
O el Salmo 35:4-5
“Queden confundidos y avergon- zados los que procuran matarme; retrocedan humillados
los que traman mi ruina. Sean como la paja en el viento, acosa- dos por el ángel del Señor”
Una interpretación fuera de todo contexto podría inducir al lector a utilizar estas agresivas frases contra personas como si de oráculos se tra- tara. O podría conducir a una idea errada de la relación de Dios con nuestros semejantes. Hasta llegar al punto climático de utilizarla duran- te la transmisión de la final del Mundial de fútbol si fuera dispu- tada por un país de mayoría cristia- na contra un país de mayoría budis- ta o musulmana: “Señor, que que- den confundidos y avergonzados”. Y aunque parezca risible, sabemos que no es imposible escuchar ora- ciones de ese tipo.
Otro peligro es el de seccionar la Biblia al punto que la leemos por versículos. Debemos entender que la Biblia no fue escrita en dos co- lumnas y versificada desde Génesis hasta Apocalipsis. Muchos cristia- nos sucumben ante la tentación del “síndrome del farmaceuta bíblico”, que receta la Biblia dosificándola en pequeñas dosis o cápsulas, como pastillas o, en casos de emergencia, como inyecciones. Un solo versícu- lo es usado como una respuesta. El peligro de hacer esto es que se des- virtúa la naturaleza misma del texto (no fue escrito así) y se saca de contexto.
Aún más, se suele recetar versícu- los mutilados o medios versículos.
No os unáis en yugo desigual (2. Cor. 6:14), pero se omite el resto del texto: con los incrédulos por- que ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué
comunión la luz con las tinieblas?. Una lectura estilo “píldora” lleva a un casi seguro error de interpreta- ción. Y no haréis rasguños en vues- tro cuerpo (Lev. 19:28), el texto usado para prohibir cualquier tipo de tatuaje en la piel. Omite flagran- temente la parte que dice: por un muerto. Incluso, omite caprichosa- mente textos aledaños, que pertene-
cen al mismo párrafo, por ejemplo el versículo inmediatamente ante- rior, el 27, que habla de no cortarse el pelo o la barba. O el versículo 19 del mismo capítulo, donde se dice que no se puede sembrar una mis- ma tierra con varias semillas o ves- tir ropa confeccionada con una mezcla de hilos.
Leer la Biblia de esa manera nos puede llevar a ideas sumamente cu- riosas, como pensar que las sillas donde se han sentado las mujeres durante su menstruación quedan in- mundas (Lev. 15:20). Se nos hace necesario, por tanto, reconocer los géneros literarios, los contextos y, de ser posible, las técnicas de inter- pretación del texto bíblico.
Fueron Hugo de Groot (1583-1645) y Thomas Hobbes (1588-1679) quienes plantearon por primera vez que la Biblia debía leerse igual que cualquier otro texto. El filósofo ho- landés Baruc Spinoza (1632-1677), en su Tractatus Theologico-politi- cus, se atrevió a proponer que Moi- sés no fue el autor del Pentateuco (los 5 primeros libros del Antiguo Testamento) y tenía razón. Su afir- mación nace de una forma de lectu- ra crítica de la Biblia. Él, junto a Hobbes y otros, hacen incursiones en lo que llamamos exégesis bíblica.
¿Es toda la Biblia literal? No. En- tonces ¿Es toda la Biblia simbólica? Tampoco. Depende del género del texto que se esté leyendo. El radicalismo literalista en la lectura de la Biblia es, por mucho, una verdadera ficción. Ni siquiera somos así de radicales cuando conversamos con otras per- sonas. Una conversación común contiene modismos, metáforas, fra- ses literales y figuradas, a veces todo en una misma intervención. Si fuéramos radicales literalistas en nuestras conversaciones cotidianas, seguramente deberíamos reinterpre- tar nuestras palabras. Sarcófago viene de dos palabras griegas, la primera (sarx) significa carne, y la Texto de griego antiguo
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