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Cuando a los Urías se les abren los ojos, se

In document Renovación nº 72 Agosto 2019 (página 84-86)

dan cuenta del

entramado que hay a

su alrededor, se

niegan a obedecer

órdenes porque saben

que son trampas y

denuncian lo que

ocurre, ¿verdad que

recordamos

perfectamente lo que

le pasó al Urías de la

Biblia?, pues eso,

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que lo que ocurre son

cosas del día a día de

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Espiritualidad Espiritualidad

Isabel Pavón

Escritora. Formó parte de la extinta ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos).

Los Davides del presente, igual que entonces, si se empeñan, pueden des- pachar comunicados amenazantes para que borren a los Urías del mapa.

DE TODOS ES CONOCIDA la historia relatada en el segundo libro de Sa- muel capítulo once ocurrida entre el rey David y Urías el hitita, uno de sus valientes. Si tiramos de la man- ta que usó David para cometer su pecado y sin saber en qué estado de cansancio se acostó la siesta, lo que está claro es que, cuando se levantó, se hallaba despierto de cuerpo entero ¡No hay nada mejor que unas horas de descanso para ver la vida de otra manera! Y si ti- ramos del rizo de la toalla de baño llegamos hasta Betsabé, la mujer del guerrero que, después de sus días de menstruación, necesitaba purificarse y que aparece, más bien, como un personaje pasivo.

Los dos primeros continúan siendo útiles para hablar de los métodos actuales de abuso de poder y trai- ción entre quienes ostentan el mando y sus subordinados. Cada cual lo aplique donde vea conve-

niente y cambie si es necesario el sexo de los personajes. 

Los Davides de hoy, duerman sies- tas o no, siguen pecando a escondi- das, dando rienda suelta a sus de- seos carnales. Abusan de su autori- dad contra los que consideran so- metidos. Intentan manipularlos para que no se den cuenta de cuales son sus objetivos personales. Pero resul- ta que sus caprichos, sus pecados, terminan flotando, igual que flotó a la vista el embarazo de Betsabé. Sólo es cuestión de tiempo.

Los Davides actuales, cuando hacen la puñeta, procuran por todos los medios convencer a los Urías de que están limpios y libres de culpa. Son tan orgullosos no ven su propia suciedad.

Los Urías son leales. Les cuesta ver que su líder falla y mucho más aceptar la manera en que falla. Lo

tienen idealizado de tal forma que se niegan a aceptar la realidad, apuestan por él hasta la muerte pues es tanta su fidelidad y entrega que interpretan el significado del nom- bre como “Davidnidad”.

Los Davides de hoy colocan a su servicio a un séquito de amigos a los que pueden manipular y dis- ponen el escenario a su favor. Por ejemplo, pueden enviarle a Urías un mensaje dándole ciertas pautas de comportamiento y luego negar que lo han hecho, o le dan la vuelta a la tortilla y aseguran que quisieron de- cir otra cosa y fueron malinterpreta- dos; o en su despacho privado, jun- to a los que están bajo su mando, tomar decisiones adversas contra Urías y, al salir de allí, si se topan con la víctima en los pasillos lo abrazan y le dedican toda clase de bendiciones habidas y por haber. Los Davides actuales conocen tan- tas estrategias o más que el David de la Biblia. Por eso hay veces que profanan las habitaciones –entién- dase cualquier intimidad personal– de Urías y cuando las abandonan, hayan o no encontrado lo que bus-

caban, niegan públicamente haber estado dentro.

Cuando a los Urías se les abren los ojos, se dan cuenta del entramado que hay a su alrededor, se niegan a obedecer órdenes porque saben que son trampas y denuncian lo que ocurre, ¿verdad que recordamos perfectamente lo que le pasó al Urías de la Biblia?, pues eso, aun- que luego parezca que lo que ocu- rre son cosas del día a día de la  guerra. Y es que los Davides del presente, igual que entonces, si se empeñan, pueden despachar comu- nicados amenazantes para que bo- rren a los Urías del mapa y cuando este desaparece hacer como que se lamentan de su evaporación, de su pérdida.

Si pasado el tiempo, alguien se acuerda y pregunta al David del presente qué fue de Urías, segura- mente contestará con una antigua y famosa frase que todos recordamos: ¿Acaso soy yo el guardián de...? R

Cuando a los Urías se

les abren los ojos, se

dan cuenta del

entramado que hay a

su alrededor, se

niegan a obedecer

órdenes porque saben

que son trampas y

denuncian lo que

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Biblia?, pues eso,

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Espiritualidad Espiritualidad

UBI DUBIUM

IBI LIBERTAS

Julián Mellado

Profesor de Lengua y

Literatura francesa.

Agnóstico.

(Nacido en Bélgica)

Si tuviera que recomendar un li- bro por encima de cualquier otro, este sería ELOGIO DE LA DUDA de la filósofa Victoria Camps. Un libro bien escrito, profundo y muy necesario para los tiempos actuales. La Duda, esa que nos acompaña siempre, la que aparece cuando me- nos se la espera, pero también aque- lla que es necesaria para saber cómo vivir de una manera libre. Porque el libro apunta al título de este artículo "Ubi dubium ibi liber- tas", donde hay duda hay libertad. Victoria Camps recoge los pensa- mientos de diferentes filósofos, es- pecialmente los de Michel de Mon- taigne, el "escéptico" que creó el ensayo como género literario. Aprendemos con este autor que du- dar no es oponerse por ir en contra por sistema. Camps lo resume ma- gistralmente de esta manera:

"Dudar, en la línea de Montaigne, es dar un paso atrás, distanciarse

de uno mismo, no ceder a la espon- taneidad del primer impulso. Es una actitud reflexiva y prudente, en el sentido de la phrónesis griega, la regla del intelecto que busca la respuesta más justa en cada caso". (Elogio de la duda, p. 31).

Ahora bien, esa reflexión personal ha sido siempre mal vista por todos los totalitarismos sean religiosos, políticos o modas sociales. Espe- cialmente en aquellos ámbitos don- de se dan una gran carga ideológica que polariza constantemente las po- siciones y nos llaman un día sí y otro también a las trincheras. Si alguien reclama su derecho a dudar es considerado un flojo, al- guien sin compromisos, o un des- agradable disidente. Ya lo dijo el fi- lósofo Jean François Revel que la ideología es lo que piensa en nues- tro lugar. Se nos quiere enfrenta- dos, alineados y obedientes a las di- ferentes corrientes ideológicas o de creencias. El efecto de ese someti-

miento inconsciente es la sedación de la inteligencia, el infantilismo perpetuo y una anulación de la ca- pacidad de pensar. Ya lo dijo Kant: ¡SAPERE AUDE! ¡Atrévete a pensar!

Este viejo grito de libertad, en realidad del romano Horacio, lo dijo Kant en su definición de la Ilustración que merece la pena re- cordar.

"La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La mi- noría de edad estriba en la incapa- cidad de servirse del propio enten- dimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta mi- noría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del en- tendimiento, sino en la falta de de- cisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conduc- ción de otro. ¡Sapere Aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio en- tendimiento! He aquí el lema de la Ilustración".

Es un atrevimiento. Quien decide pensar por sí mismo, no sacraliza ninguna verdad ajena, ni siquiera la propia. Aprende a pensar, a ponde- rar, evaluar, a enfrentarse a sus pro- pios errores. Por ello el dudar es imprescindible, cuestionarlo todo, dentro de las facultades de cada uno. Y eso no gusta. No gusta a las convenciones sociales, a los idea- rios políticos ni a los dogmatismos religiosos. La mejor manera de im- pedir ese pensamiento crítico es amenazando, de manera directa o indirecta. Pero también conven- ciendo al sujeto de que es incapaz de realizar semejante ejercicio sin los tutores debidos. Como sigue di- ciendo Kant:

"Los tutores, que tan bondado- samente se han arrogado este oficio, cuidan muy bien de que la gran mayoría de los hombres... considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo peligro- so".

No se trata de pensar a la ligera se- gún el antojo de cada cuál, Kant está hablando del hombre ilustrado. Una persona que se ha tomado en serio su propia manera de pensar pero es consciente de "que no sabe" y debe instruirse. Aparte de los mé- todos de aprendizaje deberá adqui- rir el hábito del pensamiento crítico, del que duda para llegar a una me- jor comprensión. Y sabrá que esa comprensión siempre será imper- fecta, provisional y corregible. Su

mayor obstáculo será el sesgo de confirmación que le llevará a prefe- rir aquello que confirme sus postu- lados de salida. 

Aquel que sabe dudar, sabe ser libre pues no ha colocado su conciencia

en las manos de nadie. Por lo tanto tenía razón Kant de que es un atre- vimiento, pues los que pretenden ser los sabios en la vida de los de- más tratarán de combatir semejante osadía.

El que duda es porque ama la ver- dad, está dedicado a ella, aunque sólo irá aproximándose un poco más cada vez. Al menos sabrá des- cartar lo falso.

John Locke escribió estas palabras: Una señal inequívoca del

amor a la verdad, es no man- tener ninguna proposición con mayor seguridad de la que garantizan las pruebas  en las que se basa".

Las pruebas, hay que decirlo, no siempre están disponibles y enton- ces el pensador libre propondrá ar- gumentos, escuchará las de otros, dudará, investigará y tratará de lle- gar a conclusiones razonables. Pero se mantendrá abierto a nuevos ar- gumentos, atento a cuando surja la

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