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2. SEGUNDO MOVIMIENTO: PREOCUPACIONES Y NECESIDADES VOLITIVAS

2.1 PREOCUPACIÓN (CARE ABOUT)

2.1.4 Preocupación e importancia

En varios pasajes de su obra, Frankfurt remarca que, aunque la preocupación y la importancia no son estrictamente sinónimos, el hecho de que una persona se preocupe por algo y el hecho de que la considere importante para sí deben interpretarse como sustancialmente equivalente: “la gente considera por fuerza que lo que la preocupa es importante para ella y, a la inversa, se preocupa necesariamente por lo que juzga de importancia para sí” (Frankfurt, 2007ñ, pág. 254). Cierto aire de circularidad está presenta en

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El término inglés “self” tiene, como varios de los conceptos claves presentados en el documento, múltiples acepciones en español. En las traducciones oficiales de la obra de Frankfurt se utiliza habitualmente la palabra “yo” para referir a dicho término. En este documento se seguirá ese criterio salvo que se indique expresamente lo contrario.

81 la interrelación entre estas dos nociones y Frankfurt reconoce que ambas parecen ser tan fundamentales –tan así como las de deseo y creencia- que quizá resulte imposible hacer un análisis satisfactorio (Frankfurt, 2006i, pág. 134). De cualquier forma parecería posible, prima facie, echar cierta luz sobre estos conceptos precisando las dos formas mediante las cuales importancia y preocupación se relacionan:

a) algo es importante para la persona más allá de si preocupa por ello o no. Frankfurt pone el ejemplo de las vitaminas, cuya importancia para la vida de los sujetos es independiente de si se interesan o siquiera son conscientes de su existencia (Frankfurt, 2006ii, pág. 20);

b) algo es importante para la persona sólo porque se preocupa. Es decir, la preocupación por algo vuelve importante esa cosa para la persona. El ejemplo habitual –y que será analizado con más detalle en el capítulo destinado a reconstruir la noción de amor- es la preocupación de los padres por sus hijos. Las desventuras o florecimientos que les ocurrieran a las personas que son hijos de sus padres probablemente no tendrían mayor impacto en los últimos si no fuese por la preocupación que les dispensan solo y exclusivamente por ser sus hijos.

Pero esta distinción no es completamente de recibo porque, finalmente, nada es importante para una persona si no se preocupa por algo. Esto no quiere decir que las vitaminas son importantes solo si el sujeto reconoce y está atento al impacto que ellas producen sobre su salud, pero dejarían de ser relevantes si, en este ejemplo, la persona no considerase estar saludable como algo digno de preocupación, o su salud lo trajese sin cuidado. Para quien nada le preocupa, nada puede serle de importancia. No se debe asumir que un sujeto con estas características sería necesariamente indiferente a los efectos del mundo sobre sus deseos, creencias y preferencias. Es probable que, en todo caso, se beneficiase si algunos de sus deseos más urgentes fuesen satisfechos, antes que frustrados. Evitar la incomodidad que produce la frustración es un objetivo de cualquier criatura sensible que tuviera a disposición una versión mínima del razonamiento práctico. Pero en todo caso, algo similar al azar y no a la propia dirección es lo que determinaría el carácter final de sus elementos volitivos Porque para estos agentes sin preocupaciones una tercera alternativa a la frustración o la satisfacción no está disponible. Una alternativa que distingue, particularmente a las personas: tanto los deseos como los otros objetos de dedicación volitiva pueden también

82 ser abandonados en el caso en que no fuesen considerados importantes108. La posibilidad de tasar y descartar o apropiarse de un deseo, objeto o estado de cosas resignifica tanto la frustración como la satisfacción109. Para un agente despreocupado no hay una reflexión ulterior sobre el carácter del deseo. Para una persona la pregunta sobre si su objeto de preocupación es digno de atención es sumamente relevante. Esto lleva a cuestiones acerca de la evaluación y la justificación: ¿cómo una persona puede decidir, entre las diversas cosas dignas de preocupación, por cuál preocuparse? Pero a pesar de su pertinencia, responder esta interrogante posee una dificultad intrínseca. Frankfurt plantea que la pregunta sobre la cualidad de los fines últimos u objetos de preocupación es sistemáticamente incipiente. Afirma Frankfurt que “cuando alguien se propone identificar las metas y los valores que guiarán y limitarán su conducta en los términos más fundamentales […] procura resolver la cuestión de cómo debe vivir. Ahora bien […] el inconveniente es que su significado recién puede concebirse de manera confiable una vez respondida la cuestión. Es decir, que el modo de entenderla depende del modo de resolverla. Así, al parecer es preciso zanjar la cuestión antes de saber exactamente cuál es” (Frankfurt, 2007ñ, pág. 149) (cursivas mías). A su vez, el intento de resolver esta situación apelando a la idea de importancia también es inconducente porque es tan sistemáticamente incipiente como el original. Es posible reconstruir tal dificultad aplicada a esta noción mediante los siguientes pasos:

1. Nada es importante si no marca una diferencia.

2. Pero algo que marca una diferencia solo es importante si la diferencia no es trivial. 3. Por lo tanto debe ser una diferencia importante.

4. De ello se deduce que no podemos determinar si algo es importante a menos que ya seamos capaces de distinguir entre diferencias triviales e importantes (Ibíd., pág. 150). Aún en este contexto de relativa indefinición, Frankfurt estipula que existen algunos indicadores y referencias que podrían servir para distinguir entre los diversos tipos de preocupación. En primer lugar, el filósofo estadounidense declara que una persona que piensa

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Esta alternativa es la que entra en juego en la distinción que realiza Elster entre preferencias adaptativas y planificación del carácter. Frankfurt refuerza esta idea al decir: “la única suposición justificada es, simplemente, que los deseos satisfechos son preferibles a los frustrados. Esto difiere sustancialmente de una suposición a favor de la satisfacción del deseo, porque un deseo satisfecho no es la única alternativa posible a uno frustrado. Después de todo, una persona también evita la frustración cuando –al ser persuadida o por alguna otra razón- se da por vencida o pierde su deseo sin satisfacerlo” (Frankfurt, 2006j, pág. 164).

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En particular, como veremos más adelante, una diferencia central entre meros deseos (o necesidades) y preocupaciones es la siguiente: mientras que la frustración de no poder alcanzar los primeros implica un daño cuya fuente es externa (algo no dejó que se satisfaga el deseo), la imposibilidad de responder de forma adecuada a los requisitos de los objetos de preocupación generan un daño cuya fuente es interna, porque se presenta como una

autotraición o autoengaño (nosotros mismos traicionamos las demandas del objeto de preocupación o nos engañamos

83 que vale la pena preocuparse por cierta cosa podría intentar justificar su punto de vista mediante dos estrategias:

1. Podría afirmar que la cosa es importante en forma independiente y que, por ello, es digna de preocupación. En este caso la pregunta es si el objeto es suficientemente importante.

2. Podría sostener que está justificada al preocuparse por ella porque hacerlo es algo importante para ella. En este caso la pregunta es si está justificada en volver la cosa importante preocupándose por ella (Frankfurt, 2007ñ, pág. 135).

Pero como se planteó anteriormente, la segunda pregunta incluye (o excluye) a la primera, porque aunque el objeto posea un valor inherente la esencia de la preocupación está fijada en algunos rasgos del agente110 y no en las características de aquello que cautiva su dedicación volitiva. ¿No hay nada entonces que pudiese ser indefectiblemente importante para los agentes? ¿Nada por lo cual los sujetos considerados en general no pudiesen dejar de preocuparse? Mediante un mecanismo deductivo que asemeja a la elucidación de la dignidad inalienable de la persona en la teoría moral kantiana pero que se diferencia en la universalidad de su resultado, Frankfurt estipula que las personas son importantes para sí mismas en función exclusivamente de las características que poseen como objeto de dedicación volitiva111:

“Si alguien es importante para sí, esa importancia es una notoria autoatribución; pues la persona es importante para sí simplemente en virtud del hecho de que se preocupa por sí misma. En este único caso, el origen de la importancia radica en las características del objeto […] La importancia de una persona para sí misma es única en cuanto no es extrínseca en modo alguno. De esto se deduce, por supuesto, que quién disfruta de su importancia no puede ser despojado de ésta por nada que no sea él mismo. Una persona solo puede dejar de ser importante para sí si no se preocupa por sí misma” (Frankfurt, 2007h, pág. 146).

Frankfurt se pregunta si sería posible que haya una persona que no se preocupe por sí misma. ¿Puede alguien ser considerado verdaderamente una persona si su propia condición y sus actividades no cuentan en lo más mínimo? La indiferencia hacia la verdad en sí mismo es considerada por Frankfurt como un posible índice que impediría adscribir a tal sujeto el carácter personal, por más inteligente o emotivo que pudiese ser: “Supongamos que el tipo de

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Y como se detallará luego, en el carácter de la relación entre sujeto y objeto de preocupación. 111

La diferencia radical es que mientras que en la perspectiva kantiana las personas son valiosas en sí mismas, en la fundamentación frankfurtiana de la preocupación las personas son valiosas para sí mismas (Frankfurt, 2007h, pág. 146).

84 reflexividad en cuestión aquí es, en efecto, una característica conceptualmente esencial a las personas. Sin lugar a dudas, a pesar de ello esa importancia seguiría siendo condicional. Pero ninguna persona puede dejar de cumplir la condición requerida” (Ibíd., pág. 146) (cursivas mías).

Más allá de esta excepción, al centrarse en la interrogante sobre si la persona está justificada en volver un objeto, ideal, persona o estado de cosas importante mediante su preocupación, Frankfurt estipula tres aspectos de esta actividad volitiva que conllevan la semilla de la futura centralidad del amor como fuente de normatividad práctica. Estos rasgos pueden denominarse como afinidad, facticidad y necesidad y en su conjunto funcionan como elementos justificativos de la validez de ciertas preocupaciones.

En primer lugar, Frankfurt afirma que una razón básica para justificar que una persona torne importante cierto objeto mediante su preocupación reside en el “hecho de que para ella es posible preocuparse por una cosa y no por otra, o preocuparse por ella de una forma que es más importante para ella que la forma en la que le es posible preocuparse por la otra” (Frankfurt, 2007ñ, pág. 276). Por un lado, dada la relación que establece Frankfurt entre fines últimos y las actividades que permiten alcanzarlos, algunos rasgos ya no del objeto, sino de la complejidad de la estructura y desafíos que pone a disposición su búsqueda puede ser un elemento de relativo peso a la hora de estimar la relevancia de una u otra preocupación. Frankfurt asegura que preocuparse por un determinado fin último “puede conducir a una persona a participar en una red de sentimientos, emociones, pensamientos y acciones que difiere de manera muy considerable de la red que intervendría si adoptara otro. Por lo tanto, la vida que tendría si busca uno podría ser mucho más rica en actividad significativa y conveniencia global que la vida que tendría si busca otro” (Frankfurt, 2007h, pág. 141). En definitiva, pudiese ser que la actividad requerida para alcanzar cierto fin último de gran valor fuese, después de todo, sumamente magra; y en la medida en que una persona dedique la vida a perseguir ese fin último, su vida será una vida casi vacía (Ibíd., pág. 141). Aún cuando Frankfurt no presenta esta idea explícitamente, no es descabellado sugerir que el filósofo está suponiendo que cierta afinidad entre el sujeto y su objeto de preocupación es relevante112. Así, al comparar las nociones de preocupación y ágape, Frankfurt dice que “la persona no se preocupa por el objeto porque su valor la obliga a hacerlo, sino que el valor de la actividad de preocuparse la obliga a elegir un objeto por el que será capaz de preocuparse” (Frankfurt,

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85 2006h, pág. 138)113. Como se detallará en el último capítulo, el componente de capacidad es un elemento central tanto de la reconstrucción trascendental como de la perspectiva pragmática de la normatividad práctica asociada a la autorrealización personal. Aunque esta capacidad es, en la perspectiva Frankfurt, previa a cualquier determinación socio-cultural, el filósofo estadounidense afirma que una de las claves en la evaluación de los posibles objetos de atención y cuidado es el potencial daño que puede afectarnos si nos preocupamos por ellos. Obviamente, parte de este impacto puede provenir de las actitudes de otras personas: “de esta manera, las normas sociales y culturales juegan un papel en la determinación, o al menos en el condicionamiento, de nuestra evaluación de posibles objetos de cuidado […] La forma en que otras personas van a comportarse con nosotros, lo que la gente pensarán de nosotros o cómo nos tratarán en la sociedad […] son importantes en la medida en que incidan en nuestra capacidad de preocuparnos” (De Graef, 1998, pág. 38).

En segundo lugar, aquello de lo que el sujeto es capaz de preocuparse solo puede revelarse si se posee un conocimiento relativamente preciso de lo que de hecho ya cautiva su voluntad. Frankfurt sugiere que un sujeto solo podrá determinar aquello por lo que es capaz de preocuparse y por lo que actualmente se preocupa a partir de un autoconocimiento en el que la deliberación, la imaginación y las facultades cognitivas y emotivas son sumamente importantes y donde los conceptos de claridad y de confianza juegan un papel central que será precisado en la sección 4.5.3. Para Frankfurt, como se ha señalado, las personas comienzan a tener una voluntad cuando se preocupan por algo y, en cierta medida, que las preocupaciones sean sistemáticamente incipientes hace que la pregunta normativa por la validez esté siempre antecedida por la interrogación sobre el tipo y dirección de las investiduras volitivas ya establecidas. En este sentido, Frankfurt supone que cualquier averiguación sobre el carácter de las preocupaciones debe evitar lo que puede denominarse “exigencia panracionalista de objetividad altruista” (Frankfurt, Sobre el preocuparse, 2007ñ, pág. 151). Es decir “quien se interese en tomar una decisión razonable sobre su manera de vivir no puede empezar por negarse a dar por sentada ninguna determinación de la voluntad. Si insiste en ser completamente imparcial y en evaluar las opciones a su alcance sin guiarse por ninguna predisposición volitiva, su indagación será vana” (Ibíd., pág. 151). Una persona solo podrá considerar en concreto cuáles deben ser sus fines últimos, ideales u objetos de preocupación si en cierto sentido algunos aspectos de su naturaleza volitiva ya están dados. Porque “preocuparse por algo o considerarlo importante para uno mismo significa estar motivado por

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Sobre la posibilidad de caracterizar al modelo frankfurtiano de amor como un ejemplo de amor agápico, ver sección 5.1.

86 una inquietud por ello. La inquietud puede ser positiva o negativa: odio o amor, un deseo de poseer o un deseo de evitar, un interés en conservar el objeto o en destruirlo. Cuando una persona se preocupa por algo, su voluntad está necesariamente determinada o fijada en algún aspecto” (Frankfurt, 2007h, pág. 151). Pero para Frankfurt, al contrario de los filósofos afines a una reconstrucción neo-pragmática de la postura kantiana como la que presenta Christine Korsgaad, no existe un punto de vista fijo pero trascendente que sirva como piedra de toque final a todas las preocupaciones estructuradoras de las identidades prácticas particulares. Según el filósofo estadounidense, no tiene sentido adoptar un enfoque impersonal rechazando cualquier punto de vista evaluativo particular con el que intentar resolver el problema de cómo se debe vivir. En la perspectiva de este autor, un sujeto que asumiera esta postura tendría que preguntarse si es más importante mantener su voluntad fijada tal como está o modificarla: “Pero es evidente que no estará en condiciones de responderla. Pues por el hecho mismo de plantearla y preguntar cuál debe ser su voluntad, suspende la autoridad de todo estado volitivo antecedente que pudiera proporcionarle la base para contestarla. También en este caso la posibilidad de ser racional exige renunciar a la autonegación que impone el ideal panracionalista” (Ibíd., 152). Cuando una persona ha identificado algunas cosas como importantes, es capaz sobre esa base de identificar otras. El hecho de que se preocupe por algunas cosas podría llevarle a reconocer que también sería razonable preocuparse por otras cosas relacionadas. Así, las preguntas sobre qué de hecho se preocupa y sobre qué es capaz de preocuparse son estructuradoras de cualquier criterio posterior de discernimiento entre objetos de dedicación amorosa114. En términos que luego serán precisados al introducir el punto de vista de Jaeggi sobre la autorrealización, la idea frankfurtiana de la libertad volitiva no tiene que ver con la indeterminación de sus preocupaciones sino con cuán familiares y accesibles son para el sujeto.

Finalmente, una distinción fundamental se establece como parte agua entre aquellas preocupaciones que es posible considerar ya presentes en la vida volitiva del sujeto: las preocupaciones que de hecho tiene pero que podría dejar de tener y las preocupaciones que, prima facie, ningún acto intencional realizado por el sujeto lograría hacer que desaparecieran o que su fuerza y autoridad menguaran. Para Frankfurt es importante reconocer que al igual que con sus demás características, lo que preocupa a una persona depende de una diversidad de factores de influencia causal. Estos diferirán en distintos momentos y, en consecuencia, un individuo puede llegar a preocuparse por ciertas cosas a las cuales antes era indiferente y dejar

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“Esto significa que la pregunta más básica y esencial […] no puede ser la pregunta normativa sobre cómo debería vivir. Esta interrogante solo puede ser respondida sobre la base de una respuesta anterior a la pregunta fáctica sobre qué realmente le importa” (Frankfurt, 2004, pág. 26).

87 de preocuparse por otras. Pero aunque lo que se considera importante o las preocupaciones pueden ser modificables, aquellas que sirven para orientar la actividad del sujeto no deben estar sometidas a su control voluntario inmediato o, mejor dicho, a su capricho. Es preciso que la importancia que una persona le atribuye a aquello que le preocupa se deba a un rasgo de su voluntad que no puede preservar ni modificar con su sola decisión de hacerlo. Para lograr la estabilidad que requiere la autorrealización una persona no necesita conocer aquello por lo cual se inclina a preocuparse o lo que tiende a juzgar importante. Necesita saber qué cosas, si las hay, no puede dejar de evitar considerar importantes o por qué cosas no puede dejar de preocuparse (Ibíd., pág. 153). Frankfurt denomina a estos anclajes de la voluntad como necesidades volitivas y a su análisis estará dedicada la próxima sección.