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Sesgo Individual

In document Insight 1 - Bernard Lonergan (página 121-123)

Se da una oscuridad notable en la significación de los términos 'egoísmo' y 'altruismo.' Cuando un animal carnívoro caza y mata su {219} presa, no es propiamente egoísta; porque simplemente está siguiendo sus instintos y, en general, el que los animales sigan sus instintos equivale para ellos a asegurar los fines biológicos de la supervivencia individual y específica. Razonando a pari, cuando un animal hembra cría a su cachorro, también está siguiendo sus instintos; aunque esté contribuyendo a un fin biológico general, con todo, obra así más bien por plan de la naturaleza que por un altruismo en su sentido propio. Finalmente, si la espontaneidad animal no es ni egoísta ni altruista, parece seguirse que lo mismo deba decirse de la espontaneidad humana; los hombres son guiados por su intersubjetividad tanto para satisfacer sus propios apetitos como para ayudar a los demás en el logro de sus satisfacciones; e pero ningún tipo de actividad es necesariamente egoísta o altruista.

Hay todavía otro aspecto en el asunto. Aristóteles, en su Etica, preguntó si un buen amigo se amaba a sí mismo. Respondió: mientras que la amistad verdadera excluye el amor propio en su sentido vulgar, no obstante exige el amor propio en un sentido superior; porque un hombre se ama a sí mismo si quiere para sí las mejores cosas del mundo, a saber, la virtud y la sabiduría; y sin virtud ni sabiduría no puede un hombre ser verdadero amigo ni para sí mismo ni para nadie. 48 Según esto, como lo sugiere la respuesta de Aristóteles, cuando uno se vuelve desde los dominios de la espontaneidad hasta los de la inteligencia y racionabilidad, uno no halla que el 47 Capítulo 6, § 2.7.

48 [ARISTÓTELES, Ética, IX, 8. Este texto de Aristóteles se discutió más largamente en 'Finalidad, Amor, Matrimonio.' Ver COL 4, § 2.3

egoísmo ni el altruismo se hayan de tener como categorías finales. Porque automáticamente la inteligencia y la racionabilidad con sus implicaciones ocupan la posición final; y desde su desapegado punto de vista se establece un orden social en el cual, como en el reino animal, cuidar de uno mismo y contribuir al bienestar de los demás tienen su lugar legítimo y su función necesaria.

No obstante, queda un sentido en el que el egoísmo está {245} siempre equivocado, y el altruismo su correctivo apropiado. Porque el hombre no vive exclusivamente al nivel de la intersubjetividad o al nivel de la inteligencia desapegada. Al contrario, su vivir es una resultante dialéctica que brota de esos principios opuestos aunque ligados; y en la tensión de esa unión de opuestos, la raíz del egoísmo se descubre fácilmente. Porque la inteligencia es un principio de universalización y de síntesis final; entiende cosas semejantes de la misma manera; y les da origen a más preguntas sobre cada asunto hasta que se entiendan todos los datos relevantes. Por otra parte, la espontaneidad se interesa en lo presente, lo inmediato, lo palpable; la intersubjetividad irradia desde el yo profundo (self) como desde un centro, y su eficacia disminuye rápidamente según la distancia espacial o temporal. El egoísmo no es ni mera espontaneidad ni pura inteligencia sino que es un interferir de la espontaneidad en el desarrollo de la inteligencia. {220} Con notable agudeza uno resuelve sus propios problemas. Con sorprendente modestia uno no se aventura a suscitar las preguntas ulteriores relevantes: ¿Puede generalizarse la solución que uno halló? ¿Es compatible con el orden social que existe? ¿Es compatible con cualquier orden social remota o próximamente posible?

La naturaleza precisa de la egoísta interferencia en el proceso intelectual exige atención. No debe pensarse que el egoísta carezca del desinterés y desapego de la pregunta inteligente. Más que muchos otros, ha desarrollado la capacidad de atacar los asuntos de frente y de profundizar en ellos. El intrigante sereno, el calculador hábil, el que se busca a sí mismo tozudamente están muy lejos de contentarse con meras veleidades. Sin el desapego de la inteligencia ellos no pueden inventar ni implementar estratagemas que funcionen. Sin el desinterés de la inteligencia, no pueden suscitar y satisfacer cada pregunta ulterior que sea relevante dentro de sus restringidos confines de referencia. Tampoco se puede decir que el egoísmo consista en hacer de la inteligencia el instrumento de los deseos y temores más elementales. Porque mientras que el egoísta esté entregado a sus problemas, las normas inmanentes de la investigación inteligente invalidan cualquier interferencia del deseo o del temor; y cuando el egoísta rehusa plantear las preguntas todavía ulteriores que lo llevarían a modificar profundamente su solución, con todo, tal rechazo no hace de la inteligencia un instrumento sino que meramente la hace a un lado.

El egoísmo, pues, es un desarrollo incompleto de la inteligencia. Se levanta por encima de una mentalidad meramente heredada. Tiene el atrevimiento de ponerse en camino y de pensar por su cuenta. Pero no logra girar desde la motivación inicial y preliminar provista por los deseos y temores hasta la autoabnegación implicada {246} en permitirle libre juego a la pregunta inteligente. Su inquirir se ve reforzado por los deseos y temores espontáneos; y eso mismo le impide considerar cualquier campo más amplio.

Necesariamente lo incompleto de tal desarrollo conlleva una exclusión del entender correcto. Así como en las ciencias sucede que la inteligencia empieza con hipótesis que se muestran insuficientes y avanza a hipótesis ulteriores que sucesivamente se muestran más y más satisfactorias, así también en la vida práctica se logra una adecuada intelección a través del proceso acumulativo de ulteriores preguntas y más chispazos inteligentes. Igual que en las ciencias, en la vida práctica la individualidad le pertenece al residuo empírico, de suerte que no se da un camino de acción que sea inteligente cuando yo esté interesado y un camino diferente cuando cualquier otro sea el interesado. 'Lo que es salsa para la oca, también lo es para el ganso.' Ahora bien, {221} la emancipación egoísta se apoya en rechazar la sabiduría meramente proverbial, pero no logra alcanzar el desarrollo de la inteligencia personal que restablecería los antiguos refranes.

Así, la regla de oro es hacerles a los otros lo que se quiera que le hagan a uno. Se puede objetar que el sentido común nunca está completo hasta que se llega a una situación concreta, y que no hay dos situaciones que sean idénticas. Con todo, de esto no se sigue que la regla de oro sea que no haya una regla de oro. Porque la vieja regla no arguye un comportamiento idéntico en situaciones significativamente diferentes; al contrario, arguye que el mero intercambio de papeles individuales no constituye de por sí una diferencia significativa en situaciones concretas.

El egoísta no es totalmente ignorante de su autoengaño. Aun en el caso del sesgo y de la escotosis del sujeto dramático, que opera preconscientemente, se da una medida de autosospecha e inquietud. En el egoísta hay bases adicionales para una conciencia inquieta, porque no es por pura inadvertencia sino por una consciente autoorientación por lo que él dedica sus energías a calibrar el orden social, escarbar en sus puntos débiles y sus escapatorias, y descubrir tretas que le permitan obtener su recompensa a la vez que se evade la demanda de unas contribuciones proporcionales. Como ya se ha insistido, el egoísmo no es un apetito espontáneo que mira hacia uno mismo. Aunque puede ser resultado automático de un desarrollo incompleto de la inteligencia, no se queda automáticamente en dicho estado. Tienen que superarse a la vez la inclinación de la inteligencia a suscitar las preguntas relevantes ulteriores que les dan un vuelco a las soluciones egoístas e, igualmente, las demandas espontáneas de la intersubjetividad, mismas que, si bien carecen de la amplitud de un punto de vista puramente intelectual con su regla de oro, al menos tienen ordinariamente más amplitud {247} en su referencia a los demás que lo que tenga de inteligente el egoísmo. De aquí que, por mucho que el egoísta aprecie los esfuerzos de los filósofos por asegurarle que la inteligencia es instrumental, él se dará cuenta de que en sus cálculos fríos, la inteligencia es la que manda y de que, en su rechazo a

considerar preguntas ulteriores, la inteligencia no se convierte en una sierva, sino que se la deja sin considerarla. Igualmente, a pesar de lo mucho que pueda tranquilizarse a sí mismo alabando a los pragmáticos, con todo, sufre al advertir que el éxito pragmático de sus maquinaciones no llega a justificarse; porque anterior a los criterios de verdad inventados por los filósofos está el criterio dinámico de la pregunta ulterior inmanente en la inteligencia misma. La inquieta conciencia del egoísta consiste en caer en la cuenta de su pecado contra la luz. Operando en su interior, se halla el eros de la mente, el deseo e impulso a entender; el egoísta conoce su valor, ya que le {222} da rienda suelta cuando se trata de sus propios intereses; pero con todo, rechaza su señorío puesto que no considerará en serio sus preguntas relevantes ulteriores.

In document Insight 1 - Bernard Lonergan (página 121-123)