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La zona sombría de la moral

Joan-Carles Mélich

Existe u n M uro de. las Lamentaciones de la hum a n id ad , y yo estoy de. pie a su lado. (Elias Cañe (ti, La provincia del homfrre)

Pórtico

Desdo hace m ucho tiem po pienso que la ética no es un ele­ m ento más o menos relevante en la relación educativa, sino lo que constituye a la educación en tanto que «educación», ts ia idea ha sido, y lodavía es, tan im portante para mí que si tu­ viera que seleccionar un «tópico» que se convirtiera en una es­ pecie de resum en de todo lo que he ido escribiendo a lo largo de los últim os años escogería este, con toda seguridad.

De una m anera más explícita la idea de que la educación es constitutivam ente una «relación ética» ya surgió en un libro escrito en colaboración con mi amigo Fernando Barcena

titulado Im educación como acontecimiento ético (2000). Reapareció,

unos años después, en esc «díptico» que forman Filosofía de la

finitud (2002) y Im lección de Auschuritz (2004), y continua en mi

más reciente ensayo titulado Ética de la Mmftasión (2010). Usté «tópico» podría explicitarse fácilmente como sigue: la ética es estructural a la relación educativa o, lo que es lo mismo, sin ética la educación queda reducida a puro adoctrinam iento.

A hora bien, antes de seguir adelante, me parece que hay una cuestión, que no resulta banal, y que uno debería plante­ arse desde el principio; una pregunta, por cierto, que no es

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fácil resolver: «¿qué cabo en ten d er p o r rtira?•>. Si no somos capaces d e dar un sentido a esla palabra, la proposición «la ética es estructural a la relación educativa» no significa nada.

Desde u n a perspectiva filosófica podríam os decir, grosso m odo, que han existido a lo largo de la historia occidental dos grandes respuestas a esta pregunta: la de Aristóteles y la de Kant. Diré, de form a muy esquem ática, que para el prim ero, Aristóteles, la ética es la práctica de la felicidad, m ientras que para el segundo, Kant, consiste en la obediencia a la ley moral.

Es evidente que no pued o en tra r aquí a ex p o n er detalla­ d am ente cada una de estas teorías morales, únicam ente quie­ ro subrayar el hecho de que la ética aristotélica gira alred ed o r de lo que los griegos llam aron eudaimonía (que suele trad u ­ cirse p o r ‘felicidad’), m ientras que para Kant d e lo que se trata es de actuar por «deber» (soilen, en alem án), p o r «respe­ to a la ley». Podría estudiarse la historia de la filosofía moral, pues, al m odo de un debate intenso en tre Aristóteles, p o r un lado, y Kant, po r el otro, o, lo que sería lo mismo, en tre la feli­ cidad y /o el deber.

No cabe ninguna d u d a de que lo q u e acabo d e expolíel­ es una simplificación excesivamente escolar del teína. Se podría objetar, d a ro está, que existen otros autores y otras obras en O ccidente que han obtenido gran relevancia y que no es lícito dejar de te n er en cuenta. Pienso, por ejem plo, en F.picuro, en los estoicos (Séneca, Epiciclo, Marco A urelio), en Agustín y en Tomás de Aquino, en Montaigne, en Spino/a, en Rousseau y en H um e, en Hegcl... Pero con notables excep­ ciones me p arece b astan te ev idente que el in flujo de Aristóteles y de Kant, más allá de gustos personales, es incom parable. En este sentido habría q u e reco rd ar q u e la ética aristotélica tam bién ha ten id o una e n o rm e rep ercu sió n en la h e rm e n é u tic a c o n te m p o rá n e a (p ién sese en H e id eg g e r, Informe Nartorfr, en G adam er, Verdad y método, o en H an n ah

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A rendl, Isi condición humana), y la (le Kanl ha hecho lo propio con las éticas «procedí mentales», «neocontracturalistas» y «dialógicas» (John Rawls, Karl-Otto Apel y jñ rg e n H aberm as).

1.a prim era tesis que quiero p resentar en este texto es

q ue, a mi juicio, existen otras tradiciones éticas en el pensa­ m iento occidental que no suelen tenerse dem asiado en cu en ­ ta. Q uiero decir que, en ética, no todo se reduce a te n e r que escoger en tre Aristóteles o Kanl. En mi caso concreto, los p e n ­ sadores que tengo com o referentes para configurar mi parti­ cular visión de la ética son, entre otros, Michel de M ontaigne, A rth u r S c h o p e n h a u e r, Ludwig W iu g ensiein, E m m anuel Le vi n as, Jacques D errida, Ernst Bloch, Elias C anetti y, más recien te m e n te , Richard Rorty, O do M arquard. Zygm unt B aum an, Giorgio Agam ben y Ju d ith Butler, e n tre otros. T am b ién m e gustaría citar a mis m aestros B ern h ard W aldenfels y Lluís Duch.

Hay q u e advertir, en cualquier caso, que soy un ecléctico. No me he considerado nunca fiel a u n a escuela, ni m ucho m enos a un au to r o a u n a obra. Por lo mismo, d eb o señalar que de ninguna de las m aneras p rete n d o q u e haya una línea de pensam iento co h erente en tre los autores antes citados, ni siquiera que posean una especie de «aire de familia». Los con­ cibo com o referentes útiles para mi propósito, y reconozco q ue sus escritos me han servido para reflexionar acerca de la ética y la educación de o tro modo.

Lo que el lector en co n trará a continuación no es más que u na tentativa. Es imposible en unas pocas páginas resum ir un tem a tan com plejo com o el que p reten d o tratar: la relación en tre la «educación* y la «ética», Q u iero señalar q u e en la trastienda de las ideas que aparecerán a continuación se halla u n a d eterm inada antropología que he llam ado filosofía de ¡a Jinitud. Su tesis central es, en líneas generales, que los seres hum anos somos contingentes, nos encontram os inscritos en un trayecto espacio-tem poral que n o hem os elegido, somos

LOV M ARUM 1 rtO K A l

más nuestras casualidades que nuestras planificaciones, no podem os eludir lo histórico, la cultura y el lenguaje, Ja m em o­ ria y el deseo, los encuentros (y d c se n tu u ilro s) con los demás, sus presencias y sus ausencias, el sufrim iento y la muer- Le. La cuestión que voy a p o n e r encim a de la mesa 110 es otra que la siguiente: ¿es posible que surja una ética de esta filoso- fia de la finitud? Y ya avanzo que la respuesta será afirmativa.

Lo que pretendo argum entar a continuación es, en una palabra, que no somos éticos porque podam os alcanzar prin­ cipios universales, eternos e inm utables, o porque seamos autónom os en nuestras decisiones y elecciones, o porque obe­ dezcamos a unas leyes o a un código normativo. Al contrario, lo somos porque no nos queda más rem edio que responder

de una m anera 11 otra, pero siem pre de forma improvisada y

provisional, a las interpelaciones que un otro singular nos lanza en cada situación de nuestra vida cotidiana.

Pero vayamos paso a paso. Voy a tratar, en prim er lugar, de definir qué significa «ética» desde la perspectiva de una filosofía antropológica de la finitud. Para ello me serviré de un m étodo que utilizo habitualm ente, un m étodo, (ligamos, «negativo». En lugar de in tentar decir en qué consiste la ética lo que haré será justam ente lo contrario. Propongo com enzar exponiendo lo que la ética no es. Pues bien, en pocas palabras, sostengo que la ética no es la moral