Capítulo 5. Dinámica geodemográfica y etnicidad
5.7 Una relación difícil. Indios y no indios
5.7.2 La comunidad y el sistema dominical
antes de la conquista. Durante la colonia el fenómeno urbano tuvo un impulso sin precedentes, las ciudades fueron el destino principal de la mano de obra indígena que se enfrentó y se mezcló con un mundo nuevo, el barroco mexicano además de sus abigarradas formas arquitectónicas también podría aplicarse al entramado de culturas que convivieron y que dieron lugar a formas nuevas. El mestizaje no solo fue racial, también lo fue cultural, pero fundamentalmente en detri- mento de los pueblos indios.10
El mundo indígena continúo lleno de dualidades, una de las cuales permite la permanencia de la identidad a través del tiempo: nosotros y ustedes, los indios y los no indios, guachochi para los rarámuri, caxlán para los pueblos mayenses de Chiapas. En todas las lenguas existe una palabra para denominar al que no es como «nosotros». El carácter defensivo de la comunidad opera sobre los propios miembros. Una imagen idealizada de la comunidad como un sistema libre de conflictos sería totalmente falsa, por el contrario las mismas formas corporativas que han permitido su permanencia son las que han dado lugar al surgimiento de cacicazgos indígenas. La necesidad de construir consensos (que en ocasiones pueden ser altamente autoritarios sobre los disidentes) refuerza el carácter corporativo de la comunidad, en un nosotros el que gracias a la unidad podrá sobrevivir. El continuo intercambio entre la comunidad y las regiones de trabajo (cuando no son una misma) pone en operación los mecanismos redistributivos al recaer las fun- ciones religiosas (mayordomías) sobre miembros que experimentan cierta «bonananza» y que pueden afrontar los pesados gastos que los cargos implican, de este modo se refrenda el vínculo con la comunidad y se «controlan» las perturbaciones que el sistema económico del contexto introduce en ella.
5.7.3 ¿Qué es ser indio en México?
5.7.3 ¿Qué es ser indio en México?5.7.3 ¿Qué es ser indio en México?
5.7.3 ¿Qué es ser indio en México?5.7.3 ¿Qué es ser indio en México?
Antes de continuar, es necesario hacer una pausa para indagar sobre lo que significa el ser indio en México, para ello regresaremos a los años 20, en concreto a las cifras que arrojó el censo de población y vivienda. En este evento censal, además del criterio etno-lingüístico, se permitió por vez primera a la población autodefinirse como indígena. El resultado es sin duda interesante: los hablantes de lenguas indígenas efectivos eran apenas 1.8 millones, mientras que por auto ads- cripción la cifra creció a 4.1 millones.
En el censo de 1950, con la recomendación de un equipo de antropólogos, además de la lengua se incorporaron otros indicadores culturales, como dieta (consumo de maíz) e indumenta- ria (uso de huaraches o bien la ausencia de calzado). Nuevamente, los resultados fueron sorpren- dentes, bajo el criterio lingüístico los hablantes de lengua indígena alcanzaron la cifra de 2.4 millo- nes, al añadir los criterios complementarios aumentó el número de indígenas a 11.4 millones.
Para los censos de 1970 y 1980 el criterio lingüístico fue el único indicador para identificar a la población indígena y pese a las deficiencias del censo de 1980 hay un repunte en la cantidad de hablantes, de 3.1 millones en el 70, pasó a 5.1 en 1980 (Valdés, 1988).
Los últimos eventos censales consignan un crecimiento de los hablantes de lengua; el más reciente (XII Censo General de Población y Vivienda, 2000) registra más de 6 millones de hablantes de lengua indígena. Ahora bien, el debate sobre los criterios para identificar los rasgos culturales definitorios de la etnicidad no es sólo demográfico, es en realidad algo presente en la antropología desde mucho tiempo atrás. En aras de la integración, meta política impuesta por los gobiernos posrevolucionarios, la definición operativa de lo indio dio tumbos entre cada evento censal. Alfon-
so Caso, en la década de 1930 produjo una definición tautológica, «indio es el que vive como indio», misma que acompaño a los esfuerzos integradores a través de la educación que necesa- riamente debería obligar al individuo a desprenderse de la comunidad y entrar plenamente en la sociedad. Los años de la política integradora no eran más que la continuación de la concepción dual de la sociedad en la que lo indígena es sinónimo de atraso e irracionalidad.11
Es hasta después de la década de 1960 que comienza el replanteamiento de la intervención estatal, de modo que se reconozca oficialmente la riqueza cultural que implica la diversidad étnica del país. No obstante esto no modificó sustantivamente la concepción dual de la sociedad. Posi- blemente lo que consigna de forma oculta el aumento de población hablante de lengua indígena en los últimos censos es una revaloración del sujeto indígena mismo. La confrontación, el racismo y la discriminación sin duda debilitaron a las comunidades, pero paradójicamente también las forta- lecieron. La operación de las políticas agraristas, la dotación de ejidos y comunidades, como punta de lanza de la reforma agraria, también hizo recobrar el sentido de pertenencia a la comuni- dad a través de la incorporación en el sistema de cargos de las funciones de la asamblea ejidal;
una corporación revitaliza a otra corporación. Los mecanismos redistributivos de la comunidad permiten restablecer cierta igualdad entre los miembros, así como refrendar el compromiso de reciprocidad ante los iguales.
Esto fue configurando un sistema regional anidado o que mantiene un relativo aislamiento.
La población indígena se replegó o fue desplazada a tierras en muchos casos agrestes, ni el reparto agrario mejoró significativamente sus condiciones materiales de existencia. La «isla»
chiapaneca con sus características topográficas complejas mantuvo unas pocas ciudades relati- vamente grandes que fungieron como ciudades señoriales. En la península de Yucatán permane- ce también una porción importante de población indígena, la diferencia fundamental respecto a Chiapas es de nueva cuenta sus características topográficas que permitieron la dispersión de la población por el reparto agrario. Una vez más, el aislamiento permitió la permanencia de las comunidades y también configuró un sistema particular de relaciones sociales entre dominantes y subalternos; en el que, desde el principio de la relación, la proporción y la pobreza relativa de la tierra propició una mayor mezcla de costumbres. En la legua hay trazas indelebles de las lenguas mayenses en Chiapas. En Yucatán hay una gran variedad de voces que son mayas o palabras mayas castellanizadas.
La tendencia hacia la recuperación de algunas lenguas continúa, mientras que otras están a punto de extinguirse. La desintegración/integración en un contexto dominante también es cosa común, dentro de la tradición antropológica hay dos posturas que no necesariamente son opues- tas: la del mestizaje (Aguirre Beltrán), que implicaría una acción integradora por parte del Estado para que ante todo cada miembro de la comunidad nacional sea definido por ser mexicano antes que por pertenecer a algún grupo etnolingüística; y, la de la desindianización (Bonfil Batalla), que
11. La intención integradora condujo a la creación de instituciones de segundo orden dentro de las comunidades que monopolizaron la relación con el aparato estatal y pronto se convirtieron en cacicazgos.
12. Vázquez (1992) hace referencia al fortalecimiento de la identidad purepecha a partir de las instituciones agrarias, por su parte Díaz-Polanco (1995) muestra cómo la denfensa de los recursos naturales condujo al fortalecimiento de las comunidades nahuas del alto Balsas.
resalta el sincretismo y la permanencia de formas indias en la vida cotidiana de los no indios. Lo importante en esta última línea de pensamiento es la definición negativa, pese a la permeabilidad cultural la herencia de lo indio es sistemáticamente negada y cargada de nociones negativas. A nuestro parecer, la primera postura explica un hecho objetivo que es la mezcla racial en detrimen- to del elemento indígena y la segunda enfatiza el papel de la negación de un proyecto civilizatorio distinto al occidental capitalista del grupo mestizo dominante. Es hasta después de la década de 1980 que se hace evidente la revaloración de la cultura indígena desde el estado pero también y más importante a partir de iniciativas locales.12
Regresando a la perspectiva demográfica y tomando como criterio único el lingüístico, para el año 2000 en México habían 6,044,547 mexicanos de cinco años y más que hablaban alguna lengua indígena. Sin embargo al tomar en cuenta la unidad social fundamental de la que se here- dan los valores y creencias, el entorno inmediato del individuo (el hogar, la familia), hay otras estimaciones de la población indígena. Efectivamente CONAPO-CDI estimaron 10,253,627 indí- genas bajo el criterio de hogar indígena, es decir donde algún miembro de la cabecera de hogar (jefe(a), esposo(a)) sea hablante de lengua indígena.
La población indígena tiene presencia nacional aunque desigual, sólo en 30 de los 2,443 municipios no hay un solo hablante y en 901 hay menos de 100 hablantes por unidad territorial. Se podría pensar que el concepto de regiones de refugio de Aguirre Beltrán ha perdido fuerza y sentido, pero podemos afirmar que no del todo, ya que hay dos tendencias claras. Por un lado durante la época del desarrollo «sostenido» del país, el centro constituyó un polo de atracción de población rural, indígena o no; la modernización de las vías de comunicación rompió hasta cierto punto el aislamiento, de modo que el proceso migratorio iniciado ya no tiene marcha atrás, se establecen patrones de migraciones pendulares estacionales, los hombres en época de secas buscan el sustento en las ciudades en el sector de la construcción y las mujeres en el servicio doméstico. Por otro lado, hay una masa importante de población indígena que permanece en sus regiones de origen, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Puebla, Yucatán, Guerrero, estados todos de la porción sur-sureste del país y de la antigua Mesoamérica; son las entidades en las que hay una porción importante de población hablante de lenguas indígenas y hasta cierto punto permanecen atadas a las carencias y el subdesarrollo.
El ser indígena en México es en primer lugar una experiencia de precariedad cotidiana, como lo apuntan los estudios antropológicos de Aguirre Beltrán y Bonfil Batalla la marginación y subdesarrollo son las características fundamentales de la vida del indio en México.
128Mapa 5.7 Porcentaje de hablantes de lengua indígena en México 2000.
De acuerdo con una estimación del porcentaje de hablantes de lengua indígena por municipio con datos del año 2000, presentada en el Anexo IV, es posible concluir que:
Si bien la población indígena continúa viviendo en pequeñas comunidades dispersas o en municipios muy chicos, también tiene presencia en zonas urbanizadas.
Hay poca migración internacional en municipios «muy indígenas».
Los municipios que muestran mayor movilidad interna, tienen porcentajes pequeños de hablantes de lengua indígena.
En los municipios con porcentajes altos de migrantes, tanto nacionales como internaciona- les, viven proporciones pequeñas de hablantes de lenguas indígenas.
El fenómeno étnico ha dejado de ser asunto exclusivamente rural y encontramos ciudades (entre ellas San Cristóbal de las Casas y Mérida) en las que viven cantidades importantes de indígenas.
Los municipios indígenas están cercanos unos de otros formando agrupamientos de muni- cipios de radio pequeño (en la península de Yucatán toda la porción central presenta municipios que de forma continua tienen más de 20% de hablantes de lengua indígena y en Chiapas los municipios de las regiones Norte, Altos Selva y un poco de la Frailesca también forman un agrupa- miento.
Una deficiencia de nuestra fuente de datos y eterna dificultad al estudiar la migración es que la definición de «residencia habitual» tiene poca flexibilidad y no capta, al menos en las pre- guntas del cuestionario básico, los movimientos pendulares estacionales por trabajo, que todavía siguen fuertemente vinculados con los pueblos indios.
Capítulo 6. Contexto histórico urbano.
En este capítulo exploraremos a través de fuentes secundarias elementos históricos de las ciu- dades de interés, una primera pregunta que es legítimo hacerse es ¿por qué es necesario remon- tarse a la fundación de estas ciudades en un estudio sobre la segregación residencial? Cómo veremos a lo largo del capítulo, la creación de emplazamientos urbanos obedeció a las necesida- des de los conquistadores más que a las de la población originaria, del mismo modo, la visión urbana implantada tenía ciertos imperativos administrativos, como el de atraer población indíge- na para el servicio de los colonos españoles, pero también existía una concepción dual del orden social, las ciudades nacieron como unidades ecológicamente diferenciadas, es decir segregadas, el criterio inicial fue el origen étnico-racial vinculado con un orden social de castas.1
Una herramienta sin duda de utilidad para el estudio del continum temporal es la periodización.
No pretendemos explotar en toda su potencialidad dicha herramienta, lo que nos proponemos es tener una visión de conjunto de periodos gruesos de aproximadamente un siglo que han significa- do cortes importantes en la historia nacional y que de algún modo se reflejan en estas dos ciuda- des.
6.1 La etapa fundacional de las ciudades mexicanas 6.1 La etapa fundacional de las ciudades mexicanas6.1 La etapa fundacional de las ciudades mexicanas 6.1 La etapa fundacional de las ciudades mexicanas6.1 La etapa fundacional de las ciudades mexicanas
La América precolombina tenía una dinámica propia que experimentó continuidades y rupturas, la tarea de la conquista a veces se sobrepuso en asentamientos antiguos pero también surgieron otros nuevos. Es curioso, pero como apunta Andrés Aubry, San Cristóbal tiene un lugar preemi-
1. La sociedad de casta según Aguirre Beltrán (1991: 201- 206) tiene cuatro características principales:
1) Las castas son grupos de status: El orden económico es el modo mediante el cual los bienes y servicios son distribuidos y usados. Max Weber hace notar que los grupos de status se estratifican de acuerdo con el principio del consumo de bienes, representado por un estilo de vida especial; por contraste, las clases se definen a partir de sus relaciones con los medios de producción y adquisición de bienes. El grupo de status se compone de individuos que ocupan una posición similar en la jerarquía de prestigio y que, en consecuencia, tienden a tratarse como socialmen- te iguales, para lo cual constituyen círculos privativos, esto es, ámbitos cerrados, restringidos, autosuficientes y autocontenidos.
2) Sustentados por adscripción. En los grupos de status la membresía es hereditaria, adscrita por ascendencia patrilineal e idealmente fija para toda la vida. El principio de herencia del status implica la herencia de una desigual- dad social; el miembro de una casta nace en ella y en ella muere.
3) Emergen de una estructura étnica. Cuando los grupos de status han realizado hasta las últimas consecuencias el confinamiento de sus estilos de vida, y las distinciones de vida, honor y prestigio son vividas, esto es, sancionadas por las convenciones, la ley y el ritual, las castas se consolidan; sin embargo la estructura de status alcanza estas consecuencias extremas sólo cuando subyacen diferencias de naturaleza étnica. En no pocas ocasiones es impo- sible decir dónde termina la casta y cuando empieza el grupo étnico, a tal punto se identifican.
4) Verticalmente diferenciada. Un grupo étnico no es una casta si no forma parte de un sistema verticalmente diferenciado. La estructura de casta transforma la coexistencia étnica horizontal en un sistema social vertical de supersubordinación.
nente en la historia urbana del continente americano; claro si se excluye la refundación de la Ciudad de México poco después de la caída de Tenochtitlán.2
Cuadro 6.1 Primeras fundaciones de ciudades de América.
1919 Panamá*
1523 La antigua Veracruz*
1527 Guatemala (vieja)*
1528 San Salvador 1528 San Cristóbal de Las Casas 1529 Oaxaca
1531 Compostela*
1532 Puebla
1533 Cartagena 1531-34 Guayaquil, Lima 1534 Quito (reconstrucción) 1536
1540 Comayagua 1540 Pátzcuaro, Campeche
1541 Morelia 1541 Santiago de Chile
1542 Mérida, Guadalajara 1543 La Antigua Guatemala
1545 Potosí 1546 Zacatecas
*Ciudad extinguida, venida a menos o translalada Gracias-a-Díos, San
Pedro Sula, Cartago.
Centroamérica México Sudamérica
6.1.1 Etapa de la conquista.
6.1.1 Etapa de la conquista.6.1.1 Etapa de la conquista.
6.1.1 Etapa de la conquista.6.1.1 Etapa de la conquista.
La ocupación del territorio por medio de la fundación de ciudades fue una condición sin la cual no se pudo haber dado la conquista. El antecedente europeo del diseño urbano data de la moda renacentista de damero. Hay divergencias en la fecha de la primera regulación, según Aubry (1991:18) las nuevas leyes españolas fueron publicadas en 1542 y llegadas a Nueva España dos años después. Por su parte Ribera (2004: 18) afirma que Las ordenanzas de descubrimiento y población son de 1573. Más allá de las diferencias en la fecha, el contenido coincide. La traza, así nombrada y concebida como sinónimo de la ciudad, tan conveniente para la ocupación de los nuevos territorios conquistados tenía su origen en el núcleo central, generador y articulador de todo el sistema urbano.
«(..) se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plazas, calles y solares a cordel y regla comenzando desde la plaza mayor y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos 2. «Las escasas fundaciones anteriores son ciudades venidas a menos: la antigua Veracruz, Ciudad Vieja de Guate- mala y la ruina-museo de la antigua Panamá. (...) Poco después de su fundación, surgen ciudades mexicanas y guatemalteca unas que fueron más favorecidas por el destino: Oaxaca, Casi contemporánea de San Cristóbal, nace en la misma década; Puebla en la siguiente; Morelia, Guadalajara, Mérida y la Antigua Guatemala, en ese orden se erigieron a raíz de intentos anteriores fallidos o superados, son ciudades de segunda generación.» Aubry (1991:
212).
principales y dejando tanto compás abierto que aunque la población vaya en gran crecimiento se pueda proseguir en la misma forma...» (Altamira, 1950: 261, en Ribera 2004: 19).
La fundación de ciudades era una tarea urgente, las ordenanzas así lo sancionaban con la finalidad de que cuando los indios las vieran les «cause admiración y entiendan que los españoles pueblan allí de asiento y no de paso y los teman para no osar ofender y respeten para desear su amistad.» (Ribera Carbó: 2004: 19). La estructura de damero facilita la administración y permite el seguimiento del cambio de uso del suelo en la medida que la ciudad se expande; del mismo modo quedó establecido el carácter dual de las ciudades al destinar el núcleo para uso habitacional exclusivo de los españoles; mientras los indios debían asentarse en la periferia, a menudo «extra muros» cuando las ciudades eran fortificadas para fines de defensa.
6.1.2 Primera fase de la colonia. Conquista y fundación Siglos XVI y 6.1.2 Primera fase de la colonia. Conquista y fundación Siglos XVI y6.1.2 Primera fase de la colonia. Conquista y fundación Siglos XVI y 6.1.2 Primera fase de la colonia. Conquista y fundación Siglos XVI y6.1.2 Primera fase de la colonia. Conquista y fundación Siglos XVI y XVII de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas).
XVII de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas).XVII de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas).
XVII de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas).XVII de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas).
Un hecho que en mucho heredó sus particularidades a la Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas) fue que los españoles no fueron los primeros en asentar sus reales en el valle que la costumbre nombró de Jovel. Mucho antes se tiene registro de un asentamiento con una antigüe- dad de 10,000 años, del cual sólo había despojos a la llegada de los españoles. Lo que efectiva- mente existía como poblaciones eran los poblados tzotziles de Chamula y las fortalezas de Moxviquil en las montañas del norte y Ecatepec en las del sur; objetivos militares prioritarios para la conso- lidación de una villa española. Bernal Díaz del Castillo hace la crónica de la conquista de esta zona en 1524:
«En los cerros altos que lo circundan , de bajada tan acra y tan mala que a manera de decir eran entrar a los abismos, estaba el pueblo que señoreaba Hueyzacatlán, abajo, en la tierra llana se encontraba un poblezuelo recién despoblado, cuyas casas fueron desbaratadas por los Conquis- tadores para convertir su madera y tablas en pertrechos del asalto. Los ranchos donde durmieron después de la victoria se localizaban junto a un río adonde está ahora poblada la Ciudad Real»
(Aubry:,1991: 17).
Otros hechos acaecidos en las tierras bajas, hoy Chiapa de Corzo, arrojaron a Diego de Mazariegos a las estas tierras altas. Cuatro años más tarde este conquistador, el 31 de marzo de 1528, ordenó el acta de fundación. En abril se hizo la traza: «el cordel dividió a peonías de soldados de a pie, y a caballerías par los de a caballo, formando las primeras cuadras separadas por una docena de calles: del Sol y de la Luna, de Comitán y Zinacantán, de la Fuente y del Río, de Santia- go, del Peñol, de la Laguna y de la Ciénaga, de la Carrera y la bien nombrada Calle Nueva (Aubry, 1991: 17-18).