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Las convulsiones de un país naciente

Capítulo 6. Contexto histórico urbano

6.3 Las convulsiones de un país naciente

6.3 Las convulsiones de un país naciente.6.3 Las convulsiones de un país naciente.

6.3 Las convulsiones de un país naciente.6.3 Las convulsiones de un país naciente.

6.3.1 San Cristóbal de Las Casas en el siglo XIX 6.3.1 San Cristóbal de Las Casas en el siglo XIX6.3.1 San Cristóbal de Las Casas en el siglo XIX 6.3.1 San Cristóbal de Las Casas en el siglo XIX6.3.1 San Cristóbal de Las Casas en el siglo XIX

La convulsión política no fue ajena en las lejanas tierras chiapanecas, hubieron tres guerras civi- les (una de ellas mal llamada de castas) que transformaron los monumentos en polvorines y cuarteles y los conventos en cárceles; hubieron incendios intencionados, catástrofes naturales, plagas y enfermedades con un saldo dramático. De los 14000 habitantes en 1810 la ciudad había perdido a la mitad para 1830. En términos urbanos la ciudad también quedó damnificada.

La población indígena además de ser carne de cañón de los diversos grupos en pugna, nuevamente tuvo que cargar con la pesada responsabilidad de la reconstrucción económica y urbana de la ciudad. Tributos y trabajos forzados que recordaron las humillaciones de los

repartimientos coloniales fueron los mecanismos para la recuperación de la urbe que se convirtió, como en el siglo XVI, en una ciudad dual: a los reconstructores se les prohibió disfrutar de los frutos de su trabajo.

Los barrios indígenas Tlaxcala, Cuixtlali y San Diego decayeron y permanecieron aislados por ríos y áreas no urbanizadas; los restantes, Mexicanos, Cerrillo y San Antonio estaban unidos al centro por la conurbación aún cuando no existían vialidades (para ir de Cerrillo a Mexicanos era necesario rodear el panteón); la Catedral, los conventos de la Caridad, San Juan de Dios y el ex jardín del obispado constituían barreras ratifícales; y, la lotificación de los jardines permitió abrir calles durante el transcurso del segundo tercio del siglo. Estas obras fueron la principal transfor- mación urbana del siglo.

A partir de 1935 se comenzaron a dar olas reconstructivas consecutivas. La primera adop- tó como estilo un neoclasicismo vernáculo y era una urbanización popular; los productos más notables de este periodo son las iglesias del Cerrillo, de Guadalupe, la capilla del Sótano y la iglesia de Mexicanos; los cuales para desgracia de los constructores se dañaron por las inundaciones que azotaron la ciudad. La segunda ola de obras que abarca el periodo de 1841 a 1859, se realizó bajo la tutela de arquitectos enviados desde la Academia de San Carlos de la Ciudad de México.

En sintonía a las pretensiones de la etapa imperialista, se adoptó un estilo neoclásico pero esta vez apegado a los cánones académicos. Se levantó el templo de San Cristóbal en el Cerrito, el Palacio Episcopal (que más tarde fue destruido), la sacristía y la Sala Capitular de la Catedral y se modernizaron o «afinaron» las obras de la etapa anterior. La última fase inició en 1884 y finalizó en 1897, un hecho que marca este periodo es el inminente cambio de sede de los poderes estatales a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Con la ilusión de que una maquillada urbana haría mantener el estatus de capital estatal a la ciudad se emprendió la edificación del centro cívico en el antiguo parque central que se transformó en el Palacio de Gobierno, y de sus jardines con un kiosco. La parte desafortunada de estas obras tiene dos caras, la primera tiene que ver con los mecanismos humillantes que se utilizaron para obligar a los indígenas a realizar las tareas, requisición forzada y nuevos tributos; la segunda es que muy a pesar de los coletos la capital estatal se fue a Tuxtla Gutiérrez para siempre en 1892. Conscientes de la injusticia impuesta a la población indígena, para la inauguración de las obras convidaron a todo mundo con un festín en 1905, el afán benevo- lente desapareció inmediatamente, se prohibió la presencia de indígenas en los flamantes porta- les del Palacio construido por ellos.

6.3.2 Mérida siglo XIX 6.3.2 Mérida siglo XIX6.3.2 Mérida siglo XIX 6.3.2 Mérida siglo XIX6.3.2 Mérida siglo XIX

En la modernización del sistema productivo se fincó el auge de las primeras ciudades novohispanas.

La hacienda experimentó el inicio de la industrialización en la zona henequenera, a finales de 1850 detonada por el invento de la máquina segadora y engavilladora en los Estados Unidos por Cyrus

McCormick. Esta máquina utilizaba cuerdas fabricadas con henequén e hizo crecer la demanda de la fibra al punto de que antiguas haciendas ganaderas y maiceras cambiaran su giro producti- vo (Nickel, 1996).

En 1869 se demolió la ciudadela de San Benito y a partir de este acto, simbólico por el significado de dicha construcción, Mérida y la península en general experimentaron un auge en la construcción de infraestructura. El servicio urbano de tranvía se inauguró en 1880 y a inicios de diciembre de 1883 se estrenó el servicio telefónico con 48 flamantes aparatos.

En la década de 1860, el 60% de la población de la ciudad de Mérida era india, la ciudad estaba organizada en cuarteles mayores y cuarteles menores, las casas si bien no se acoplaban a los estándares del confort eran adecuadas a las condiciones climatológicas de la región, en particular la vivienda indígena era de forma elíptica con paredes de bejuco y barro, cuyo acabado final consistía en una capa de cal que producía un color blanco; los pisos se construían con una argamasa mezclada con tinte rojo que posteriormente pulían y los techos con una palma conoci- da localmente como Huano. Poco a poco las innovaciones materiales, como el cemento Portland, inventado en Estados Unidos, o los mosaicos de pasta, se comenzaron a utilizar para los pisos y las fachadas que comenzaron a lucir ventanas. El peligro del fogón dentro de la casa se cristalizó en incendios por lo flamable del techado por lo que se comenzaron a utilizar láminas galvanizadas para evitar los incendios; hecho que cambió otro aspecto estructural de la vivienda maya que paulatinamente perdió la forma elíptica tradicional para adoptar la rectangular. Otro cambio impor- tante asociado a la bonanza henequenera es el abandono de los alrededores de la ciudad por parte de la población indígena que se lanzó en busca del trabajo que ofrecían las haciendas henequeneras. Para 1880 había en Mérida 2849 casas de paja ocupada por 13,382 indios. En 1900 la población registrada en los barrios de Mérida era de 10,717.

De acuerdo con el modelo de la traza borbónica, el centro de la ciudad estaba ocupado por los españoles; y, después de la independencia de España las casas de los «blancos» mantenían estilos andaluces y castellanos. En el núcleo central ostentaban portones con marcos de piedra labrada y en algunos figuraban los escudos de las familias propietarias. Pasillos interiores comu- nicaban patios, habitaciones y jardines, algunos de éstos se ocupaban para sembrar huertas. Las habitaciones se distribuían en torno al patio principal. Los cuartos contaban con ventanas que deban hacia los patios, en contraste con la práctica ausencia de ventanas exteriores. Las casas de dos pisos eran prácticamente inexistentes, aquellas que los tenían contaban con balcones adornados con herrería. Pese a la solidez de la construcción, los modelos imperantes de la época mantenían prácticas antihigiénicas, la caballeriza se encontraba dentro de la construcción, del mismo modo algún cuarto se ocupaba como almacén y el patio trasero era el lugar donde se defecaba y se acumulaban las aguas negras.

Al alejarse del centro, las casas se volvían menos ostentosas, sin embargo la mampostería era un símbolo de estatus. En las calles principales se establecían los mestizos quienes al des- empeñar algún oficio se diferenciaban de los indios que continuaban trabajando en servicios per- sonales, era práctica común que algunos indios abandonasen su apellido, y con su nueva identi- dad mestiza se establecieran «intramuros».

La casa típica mestiza tenía techos planos o de teja con una o dos aguas, menos habitacio- nes que las casas del centro, pero por lo general en un terreno mayor con una porción destinada al huerto de frutales. En algunos solares también existían pozos para satisfacer las necesidades cotidianas; quienes no poseían dicho bien acudían a los pozos públicos. El hecho de contar con menos cuartos para dormir provocaba hacinamiento, era frecuente que sólo una habitación se destinara para dormitorio y en ella pasaban las noches hasta diez personas. Este tipo de práctica era inexistente en las casas de los ricos.

Las calles céntricas eran «rectas y amplias» pero carecían de pavimento, en la periferia en cambio, la traza recta se abandonó principalmente porque algunos vecinos invadían el espacio destinado a la calle con sus casas, lo cual llevó al estrechamiento de las vialidades. En la época de lluvias, el lodazal ensuciaba las fachadas y en sequía la ciudad se convertía en un almacén de polvo.

Conforme se fortalecía la economía local, el uso habitacional del centro se afianzaba al igual que el crecimiento hacia la periferia. El antiguo patrón segregador por posición social más que ceder se reforzó. Los patrones vivían en el centro y los asalariados en la periferia, aún cuando el terreno de los últimos fuera mayor que el de los primeros ya que el precio siempre era inferior, parte de lo cual se debía a los materiales utilizados para unas y otras viviendas. El aumento de la demanda de vivienda fue aprovechado por los especuladores, el primer ensanche de la ciudad fue hacia el norte, por el barrio de Santa Ana, de modo que los antiguos propietarios comenzaron a vender sus casas a precios que consideraron aceptables, los compradores al poco tiempo revendían las propiedades con jugosas ganancias. En 1887 una empresa adquirió varios terrenos en la zona para materializar el proyecto de construcción del Paseo Montejo. En 1895 había 2607 casas en el centro de la ciudad distribuidas de la siguiente manera: en el primer cuartel 764; en el segundo 571, en el tercero 625 y en el cuarto 620 (Barceló 2005), en términos del crecimiento demográfico, en tan solo cinco años (de 1985 a 1900) la población aumentó 46,630 habitantes, esto es casi diez mil más.

La presión sobre la tierra además de la especulación trajeron consigo el deterioro del cen- tro. Las antiguas casonas se ocuparon por familias de menor ingreso como los libaneses y chinos de la llamada calle del comercio (la 65 actualmente) y la población pudiente se mudó hacia nuevos barrios. Estos cambios estaban en completa consonancia con los nuevos descubrimientos médi-

cos y las prácticas higiénicas cuyas ideas no solo se ocupaban de la inmunización sino de la prevención de enfermedades. En ese mismo sentido, las autoridades publicaron el código sanita- rio en 1894 y proyectaron obras de saneamiento, desagüe y alcantarillado, que por falta de presu- puesto no se llevaron a cabo en el siglo XIX.

La vida social todavía diferenciaba los usos de los espacio públicos. Indios y mestizos po- dían ir al centro, pero se encontraban en una estatus inferior a los blancos, quienes los desprecia- ban. Las procesiones religiosas eran encabezadas por blancos, los mestizos en segundo lugar y por último los indios. Lo sacerdotes que oficiaban misa para los blancos tenían prohibido predicar o atender a mestizo e indios. La catedral se destinó a los blancos, la iglesia de Jesús y María a los mestizos y las capillas de los barrios a los indios. En el caso de que un mestizo acudiera a la Catedral a escuchar al misa debía permanecer de pie ya que las bancas eras para uso exclusivo de los blancos. En la plaza principal, los indios se sentaban en las bancas cercanas al kiosco, los mestizos en las de la prefería y los blancos se paseaban en sus carruajes en torno a la plaza. La sociedad de castas se negaba a desaparecer.