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Identidades profesionales y el trabajo manual e intelectual

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2.6 Los roles como representaciones y mediaciones institucionales

2.6.1 Identidades profesionales y el trabajo manual e intelectual

De acuerdo a las anteriores consideraciones vemos que en el mismo proceso de desarrollo de las actividades de las profesoras, se legitima la división del trabajo manual e intelectual, aunque ambos tipos de trabajo realizan trabajo práctico y, dependiendo de las concepciones de mundo, de su posicionamiento en la institución, las profesoras se inclinan por esta división aparentemente de fácil organización porque consideran que se hace el trabajo más productivo, o bien porque han asimilado la jerarquía y categorización de unas personas sobre otras como algo natural y consecuencia de su formación inicial; esto significa en términos de lo social, la asunción de formas culturales de dominación de unas personas sobre otras, a partir de las cuales se generan ciertas relaciones sociales y de poder . Con respecto a este punto, resalta el hecho de que en las profesiones modernas, se busca más la identidad para los otros; es decir una forma identitaria estatutaria en términos de Dubar (1993), orientada hacia el acceso a una posición, un estatus, en función de la interiorización de nuevas formas de decir, hacer y pensar valoradas por el poder.

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En la actualidad estas formas estarían determinadas por aquellos que conocen mejor los términos utilizados en los programas, por ejemplo, el modelo de competencias, manejado por aquellas que se han apropiado de esos nuevos códigos y por aquellas profesoras que de alguna manera cuentan con el aval de una certificación profesional, a través de un título profesional.

Es interesante observar que la posición, el estatus y el rol han sido un medio de identidad profesional avalado por las instituciones que legitiman un saber reconocido social y profesionalmente, en la reflexión realizada en cuanto a las formas de evaluar el trabajo profesional de enseñar se señala que: “El estatus debía merecerse por el éxito en pruebas sancionadas por el poder político” (Dubar, 1993 ,35). Nótese que el contexto del que habla este autor es de la monarquía absoluta, las condiciones son semejantes a las formas actuales de evaluación docente.

Las acciones que una profesora realiza en una institución comúnmente se tornan rutinarias, se viven de manera cotidiana y sin cambios. Las profesoras han asimilado internamente sus deberes, normas y rituales de la institución, como mecanismos de sobrevivencia en el medio; ya que se considera que estas habituaciones facilitan el trabajo de las personas.

Por otra parte, los autores citados sostienen que las instituciones controlan el comportamiento humano estableciendo pautas de conducta de antemano, lo canalizan en una dirección determinada; el carácter controlador según Berger es inherente a la institucionalización en cuanto tal, aunque esto es secundario en relación al control primordial que se da en la vida misma de la institución.

Las mismas educadoras norman la conducta a seguir, son las mejores vigilantes de la norma en la vida cotidiana, ello les permite sentirse parte de la institución, ya que el sentido de pertenencia es trascendente pues dota de identidad necesaria para ser reconocido profesionalmente.

Berger y Luckmann (1976) sostienen que el orden institucional elabora una serie de legitimaciones que son aprendidas por las nuevas generaciones, en este caso sería por todo el personal nuevo que se integra a la institución; de inmediato se crean los mecanismos de integración a través de reglas y normas enunciadas por medios legales como pueden ser los manuales institucionales, mediados por un código de lenguaje especializado, otro mecanismo lo conforman las supervisiones permanentes que en algunas escuelas representan una vía de ordenamiento, de esta forma las profesoras se explican su buen o mal funcionamiento, de acuerdo a dicho conocimiento estipulado oficialmente, aunque siempre hay quien busca la apariencia de la aceptación de la norma.

Por otra parte, se señala que sobre el lenguaje se construye el edificio de la legitimación,

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utilizándolo como instrumento principal, el individuo socializado se verá obligado a explicar su buen o mal funcionamiento en términos de dicho conocimiento

Es importante señalar que el surgimiento de una diferencia en las acciones de los sujetos que conforman la institución aunque se desate por parte de algún miembro y otros lo sigan, el cambio depende de factores o acciones externas al mismo contexto institucional se puede presentar en el orden de lo instituyente, lo que se traduce como la resistencia a seguir ciertas funciones o reglas establecidas por la institución de acuerdo a un perfil profesional y funciones establecidas formalmente, si los sujetos no están de acuerdo en tales roles pueden rechazar el trabajo por no corresponder a sus intereses y expectativas laborales aunque con esto se expongan a perder su trabajo.

Al interior del proceso de la institucionalización se va desarrollando una división del trabajo que puede aparentar hacer el trabajo de manera más económica, fácil para ellas; se vive como una necesidad práctica en función de la serie de situaciones que deben cubrir en una jornada laboral: recibir a los niños, establecer el orden, indicar la tarea, jugar con ellos etc, sin embargo, en ello se juega también la división del trabajo manual e intelectual, en algunos casos se vive como una discriminación racial que luego paradójicamente se transforma con la incorporación de las profesoras al equipo de trabajo reconocido por la autoridad.

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Las formas institucionalizadas legitimadas, entendidas como acciones habitualizadas se presentan igualmente en el trabajo didáctico y pedagógico. Cuanto más se institucionaliza el comportamiento, más previsible y más controlado se vuelve; y cuanto más se dé por establecido en el plano el significado, más se reducirán las alternativas posibles a los programas institucionales.

Una vez retenidas en la conciencia algunas experiencias de las profesoras éstas se sedimentan, es decir, quedan estereotipadas en el recuerdo como entidades reconocibles y memorables; se presenta entonces el fenómeno de la sedimentación intersubjetiva a través de una serie de objetivaciones reiteradas en la experiencia de las experiencias compartidas, que provocan en algunos casos firmes lazos de unión y la posibilidad de transmitir esas ideas a otros individuos.

Un aspecto relevante acerca de lo que ha sido instituido, sedimentado tal vez e integrado como una situación lógica o natural en la profesión es “La preponderancia de mujeres en el magisterio. Mientras que lo universitario es sinónimo de masculinidad y saber científico, lo magisterial equivale al saber práctico, femenino, de acuerdo a algunas posturas este saber intuitivo junto con las condiciones de bajos salarios, precarias condiciones materiales y baja estima social, influyen en la desvalorización de la función docente ya que esto propicia que se considere el trabajo magisterial como subprofesión (Sandoval, 1992).

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De esta manera, desde la formación inicial de las educadoras, los significantes de lo bueno, lo bello y lo puro han conformado un ideal “cuya base en la relación pedagógica debe sustentarse como relación de amor, relación propia y natural de la mujer debido a su instinto maternal” (Elizondo, 1999, 7).

La feminidad, dice Elizondo, es como un orden conformado por la convivencia de prácticas y señalizaciones con determinada asignación valorativa que se atribuye a una diferencia presente en lo real, a una diferencia sexual-biológica que existe como referente universal.

De otra manera, lo femenino tiene una serie de experiencias, actitudes, ritos, símbolos, esquemas de pensamiento y de relación, etc. que constituyen el imaginario de lo femenino que la hacen diferente de lo masculino, pero además de esto, están las diferencias sexuales primarias y secundarias. Esta diferenciación entre lo femenino y lo masculino ha variado a través de las diversas culturas y es parte del proceso socio-histórico de la humanidad.

Algo similar sucede en las funciones y roles que deben seguir las educadoras comunitarias, se van incorporando a la vida cotidiana escolar, se van instituyendo como normas y poco a poco se asimila que es algo natural y necesario dentro de sus actividades diarias. Desde la constitución de las representaciones, esto se perfila como una idea central de la representación pues sirve de fundamento para la operacionalización del ejercicio profesional de las profesoras.

Una característica peculiar del ambiente que rodea el trabajo de la educadora ha sido el énfasis puesto en su capacidad para elaborar manualidades con sus propias manos para el decorado del salón, para los regalos de las múltiples festividades que realizan en los jardines; esto según Elizondo responde a las carencias de dotación de infraestructura por parte de la SEP, lo cual implicaba que ellas elaboraran ese ambiente “agradable para la educación de los niños; por otro lado, señala que esa situación se debía a que las mujeres de principios de siglo fueron educadas en esas artes manuales, tejido, bordado, un arte del que debían hacer énfasis, ya que lo bello, lo perfecto se perpetúa como lo infinito y divino. Por otro lado, esta situación orilla a pensar que este tipo de actividades propias de las mujeres dedicadas al hogar se trasladaron a la escuela como una extensión más de los trabajos que ellas realizaban en casa.

Al respecto los autores citados señalan que toda transmisión de significados institucionales entraña procedimientos de control y legitimación anexos a las instituciones mismas y administradas por el mismo personal.

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