( deseo, miedo, gracia, perdón). En el centro de la vida humana, más allá del nivel de la ley y obligación, del mie- do y juicio, donde se sitúa incluso el mensaje de Juan* Bautista (cf. Mt 3,2- 12 par), ha elevado Jesús una expe- riencia de gratuidad universal.
(1) El don de ser hombre, hijo de Dios: «No os agobiéis por la vida, qué comeréis, ni por el cuerpo, cómo os vestiréis. Pues la vida es más que la co- mida y el cuerpo más que el vestido. Mirad a los cuervos: no siembran ni siegan; no tienen despensa ni granero; y sin embargo Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que esas aves! ¿Quién de vosotros podrá alargar una hora al tiempo de su vida a fuerza de agobiarse? Si no podéis hacer lo que es más simple, ¿cómo os preocu- páis por otras cosas? Mirad a los lirios: cómo crecen. No hilan ni tejen y os di- go que ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba que hoy flo- rece y mañana se quema, ¡cuánto más hará por vosotros, hombres de poca fe! Y vosotros no os preocupéis buscando qué comeréis o qué beberéis; por todas estas cosas se preocupan los gentiles, pero vuestro Padre sabe lo que necesi- táis; buscad, pues, su Reino y todo es- to se os dará por añadidura» (Lc 12,22- 31; cf. Mt 6,25-32). Apoyándose en la página inicial de su Biblia, Jesús expe- rimenta este mundo como bueno y en esa experiencia funda su tarea mesiá- nica. Dios no se ha escondido en un os- curo y difícil más allá, abandonando el mundo actual bajo poderes adversos, como suponía 1 Hen 6–36 (apocalípti- ca*, dualismo*). No ha dejado que triunfen los violentos y lo manchen to-
do, sino que ha creado y sigue susten- tando amorosamente la vida de los hombres y mujeres, especialmente la de aquellos que parecen más amenaza- dos. El mundo no se encuentra infesta- do de demonios, ni necesita unos sig- nos religiosos especiales, pues todas las cosas son señal de su presencia. Los cuervos que buscan comida (¡ca- rroña!) y los lirios que despliegan su hermosura, aunque sólo florezcan por un día, son signo de gracia. Dios se preocupa de los hombres, de manera que ellos pueden confiar en Dios, co- mo lo muestra la naturaleza material, incluso allí donde es más frágil (lirios) y más ambigua (cuervos). En esa línea se había situado el libro de la Sabi- duría: «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa no la ha- brías creado» (cf. Sab 12,16-18).
(2) Dos preocupaciones. El Evange- lio sabe que hay dos preocupaciones que agobian a los hombres: la ansie- dad por la comida (supervivencia) y la ambición por el vestido (apariencia), que convierten la vida de muchos en angustia y guerra. Pues bien, por enci- ma de ellas, propone Jesús la búsque- da positiva del Reino, que se funda en Dios y que libera al hombre para la gracia. Ciertamente, los cuervos no siembran ni siegan y los lirios no hi- lan ni tejen, pero los hombres deben sembrar-segar e hilar-tejer si quieren comer y vestirse. Pero ellos han de ha- cerlo sin el agobio que les vuelve escla- vos de la producción y del consumo, impidiéndoles vivir desde la gracia. La vida se mueve, por tanto, en dos pla- nos. (a) Plano de ley, agobio universal. Reinterpretando un mito latino, M. Heidegger define al hombre como Sor- ge: cura, cuidado o preocupación. La tierra le dio cuerpo que a la tierra vuel- ve por la muerte. Júpiter divino le dio aliento (spiritus) que vuelve también a lo divino. Pero fue la cura (Sorge) la que vino a modelarle poniéndole bajo su dominio sobre el mundo. El hombre es, por tanto, un viviente que, hallán- dose abierto a un abanico de posibili- dades, se descubre a la vez agobiado (angustiado) en la tarea de encontrar su puesto entre las cosas. Ha salido de la tierra madre; pero ella no consigue responder a sus problemas. Está huér- fano de un Dios que le pueda tranqui- lizar. Entre la tierra y el cielo, lejos de
su naturaleza madre y separado de un padre Dios, habita el hombre, entrega- do a su preocupación o «cura» por su pan y vestido. (b) Plano de contempla- ción, experiencia de gracia. Dios no nos abandona en manos de nuestra propia cura o Sorge, no nos deja en la lucha por los bienes limitados de la tierra, si- no que su presencia nos libera, con el fin de que podamos vivir conforme a la gracia del Reino. En el principio de la antropología de Jesús está el agradeci- miento y la confianza por la vida. Cier- tamente, Jesús sabe que este mundo es espacio de riesgo y que, si no busca- mos el reino de Dios, podemos conver- tirlo en campo de batalla angustiosa de todos contra todos («Se levantará na- ción contra nación y reino contra rei- no»: Mc 13,8). Pero, en sí mismo, co- mo lugar donde se expresa el cuidado de Dios y puede buscarse su Reino, es- te mundo es bueno.
Cf. H. URS VONBALTHASAR, El cristianismo y
la angustia, Caparrós, Madrid 1988; S.
KIERKEGAARD, El concepto de la angustia, Espasa-Calpe, Madrid 1976.
AGUA
( creación, éxodo, Jerusalén, Je- sús). El agua tiene en la Biblia muchos sentidos, desde la primera página del Génesis (aguas-caos de Gn 1,1-2) hasta la culminación de la historia y la llega- da de la nueva Jerusalén, con las aguas de vida que brotan del trono de Dios en Ap 22,1-2.
(1) Las diversas aguas. Entre los tes- timonios más significativos de la Bi- blia sobre el agua están los siguientes. (a) Aguas de la creación. Conforme a Gn 1, Dios ha creado el mundo sobre un caos de aguas, que él ha separado, poniendo una especie de cubierta o fir- mamento, para separar las aguas de arriba y las de abajo; ese mismo Dios ha separado las aguas del mar y la tie- rra firme, haciendo así posible el sur- gimiento de seres terrestres (cf. Gn 1,6- 9). En este contexto puede citarse la lucha y victoria de Yahvé contra los monstruos de las aguas, como Tehom* y Leviatán. (b) Aguas del diluvio (Gn 6–8). Ellas son como un signo de la vuelta al caos; allí donde los hombres se pervierten Dios deja que se rompan las compuertas que separan a las aguas superiores e inferiores, de mane- ra que el mundo corre el riesgo de que-
dar aniquilado. (c) Aguas del mar Rojo. Uno de los relatos más significativos y simbólicos de la historia bíblica es el paso de los israelitas por el mar Rojo: el mismo Dios les protege, abriendo un camino entre las olas, mientras los egipcios se hunden en ellas (Ex 14–15); una variante del tema aparece en el pa- so del río Jordán, en Jos 4,1-19. (d) Aguas de la tentación. Ofrecen uno de los temas básicos del camino por el de- sierto. Los hebreos carecen de agua y murmuran contra Moisés tentando a Dios. Yahvé responde diciendo a Moi- sés: «Pasa delante del pueblo y toma contigo algunos ancianos de Israel; to- ma también en tu mano la vara con que golpeaste el Nilo y camina. Allí es- taré yo ante ti sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrán de ella aguas para que beba el pueblo. Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel. Y dio a aquel lugar el nombre de Massá y Meribá (= tentación y dispu- ta), porque los hijos de Israel habían disputado y tentado a Yahvé diciendo: ¿Está o no está Yahvé entre nosotros?» (cf. Ex 17,1-7). Este motivo ha sido de- sarrollado por Nm 11–14 y por Dt 8,15; 32,51; 38,8). Precisamente allí donde la prueba es mayor (en el desierto) se vuelve más grande el signo de la pre- sencia de Dios.
(2) Las aguas de la promesa. Apare- cen en dos contextos básicos: las aguas del retorno a la tierra prometida y las aguas del templo. (a) Aguas del retorno. El Segundo Isaías proyecta sobre el re- torno de los israelitas cautivos en Ba- bilonia algunas de las imágenes del éxodo: «En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca» (Is 41,18). En ese contexto alude el profeta a la victoria de Yahvé contra los monstruos de las aguas: «Despier- ta, despierta, vístete de poder, oh bra- zo de Yahvé; despierta como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al Dragón? ¿No eres tú el que secó el mar, las aguas del gran abismo; el que transformó en camino las pro- fundidades del mar para que pasaran los redimidos?» (Is 51,9-10). El agua caótica se pondrá al servicio de la vida, lo mismo que el desierto, convertido en vergel. (b) Aguas del templo, aguas mesiánicas. Por otra parte, aprove-
chando el signo de las aguas de la fuente de Siloé, que brotan debajo del templo de Jerusalén, la tradición pro- fética ha desarrollado una preciosa vi- sión de las aguas sagradas, que defini- rá la llegada del tiempo escatológico. El tema aparece ya en un texto antiguo de condena: «Por cuanto desechó este pueblo las aguas de Siloé, que corren mansamente, y se regocijó con Rezín y con el hijo de Romelía...» (Is 8,6). Las aguas de Siloé corren desde debajo del templo, apareciendo como signo de la protección de Dios, que los judíos des- precian, buscando alianzas militares peligrosas, en el tiempo de la guerra siroefraimita (a mediados del siglo VIII a.C.). Pues bien, después que Jerusalén ha caído ya en manos de los babilonios y ha sido destruida, eleva Ezequiel su profecía: «Del interior del templo ma- naba el agua hacia el oriente... El agua iba bajando por el lado derecho del templo... y crecía hasta convertirse en un gran río» (Ez 47,1ss). Ésta será la verdadera fuente y río de los tiempos mesiánicos, signo de presencia de Dios y de transformación de la misma tierra desierta, que va de Jerusalén hasta el mar Muerto. En esa línea se sitúa Za- carías: «Aquel día brotará un manan- tial de Jerusalén; la mitad fluirá hacia el mar oriental, la otra mitad hacia el mar occidental, lo mismo en verano que en invierno» (Zac 14,8-9). Éste se- rá el río final del paraíso (Ap 22,1-2; cf. Gn 2,10). Desde esta base se puede afir- mar que Dios mismo es la roca (lo más estable, lo más firme), siendo al mismo tiempo fuente perdurable: el origen del agua de la vida. Lógicamente, esta tra- dición de la roca de Dios en el desierto o en el templo de Jerusalén, roca de la que brota el agua de la vida, ha cauti- vado y enriquecido a los israelitas a lo largo de los siglos.
(3) Interpretación cristiana. Los tex- tos cristianos han evocado algunas de las tradiciones anteriores, interpretán- dolas desde la nueva situación mesiá- nica. Éstos son algunos de los ejemplos más significativos. (a) Sinópticos: an- dar sobre las aguas, tempestad cal- mada. Diversos textos de la tradición sinóptica (Mc 4,25-41; 6,45-52 par) evocan los temas del éxodo, con el pa- so por el mar Rojo y la victoria de Dios sobre las aguas. (b) Juan: el agua de la vida. En dos momentos fundamenta- les, el evangelio de Juan presenta a Je-
sús como fuente de agua de vida, en Si- quem (junto al pozo de Jacob) y en el templo de Jerusalén en el entorno de las aguas de Siloé (cf. Jn 4,7-15 y 7,38). (c) Pablo: la roca de agua. Retomando quizá una interpretación israelita anti- gua, Pablo dirá que la roca de Dios, de la que brotaba el agua, iba acompa- ñando a los hijos de Israel por el de- sierto, precisando después que ella se identificaba con Cristo: «Todos nues- tros padres bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca es- piritual que les seguía. Esa roca era el Cristo» (1 Cor 10,4-5). (d) Apocalipsis: presenta el agua en dos formas (en fuentes-ríos y en mares), formando con tierra y cielo los cuatro elementos cós- micos, amenazados por el juicio (cf. Ap 8,10; 14,7; 16,4). El Dragón antiguo es dueño del agua destructora (de muer- te) con la que pretende ahogar a la Mu- jer (cf. Ap 12,5); en esa línea, el cauce sin agua del río puede convertirse en signo de condena, paso abierto para los poderes de la muerte (cf. 16,2), y las muchas aguas son un signo de los pue- blos, multitud de gentes amenazadoras de la tierra (17,1.15). Pero, en otra perspectiva, el rumor de grandes aguas aparece como sonido y signo de la mul- titud de los salvados (cf. 1,15; 14,2,19,6); en esa línea ha de entenderse el sím- bolo final del Agua de vida que brota del trono de Dios y el Cordero, en la Ciudad salvada de la Nueva Jerusalén (Ap 7,17; 21,6; 22,1.17; cf. Ez 47,1-12 y Zac 14,8).
Cf. G. BACHELARD, El agua y los sueños, FCE, México 1993; E. BOISMARD, «Agua», en X. LÉON-DUFOUR, Vocabulario de teología bíbli-
ca, Herder, Barcelona 1967, 47-51; E. DRE-
WERMANN, Strukturen des Bösen I-III, Schön- ningh, Paderborn 1977; M. ELIADE, Tratado
de Historia de las religiones, Cristiandad, Ma-
drid 1981, 200-223.
ÁGUILA
( mujer, dragón, guerra, tetramor- fo). Suele aparecer como signo del po- der de Dios que ayuda a sus amigos (cf. Ex 19,4; Dt 32,12; Jr 49,16). Cierta- mente, en muchos pueblos se la asocia, de modo antitético o complementario, con la serpiente de las aguas, y así pue- de recibir, en la misma Biblia, un sen- tido negativo; lógicamente, algunos apócrifos judíos (4 Esd 11,1.4.7.45) la presentan como signo de Roma. Por
otra parte, ella es un animal impuro, que no puede comerse, lo mismo que el quebrantahuesos (Lv 11,13; Dt 14). A pesar de eso, el águila aparece como uno de los signos divinos (querubines) de Ez 1,10; 10,14. En esa línea, el Apo- calipsis la presenta como uno de los cuatro Vivientes celestes, como expre- sión de la divinidad (Ap 4,7). Significa- tivamente, el águila grande (¿Dios?) ofrece a la Mujer sus alas para liberar- la del agua de muerte de la serpiente (Ap 12,14). Águila es, en fin, el ave que anuncia la gran crisis de las últimas trompetas (8,13). En el contexto de la persecución de la mujer por el dragón, se habla de unas alas de águila: «Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mu- jer que había dado a luz al hijo varón. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo» (Ap 12,13-14). Esta imagen evoca libera- ción (Dios no deja que la Iglesia sea destruida), pero también riesgo: la mu- jer debe mantenerse en el desierto, mientras sólo ve la salvación como es- peranza. Evidentemente, aquí se evoca el camino de Israel hacia la tierra pro- metida, como en el texto en el que Dios mismo dice: «Habéis visto lo que hice a los egipcios: os llevé en alas de águi- la, os traje hacia mí» (Ex 19,4). La Sa- biduría de Dios se había mostrado co- mo ave (águila) que busca morada sobre el mundo y no la encuentra has- ta que llega a la tierra israelita, a la ciu- dad del templo (Eclo 24,8-10). Ella aparece ahora como Mujer (Sabidu- ría/Iglesia) que debe morar persegui- da, fuera de la cultura (imperio), en el desierto. Ciertamente, la alimentan, Dios la cuida (como al pueblo israelita en otro tiempo). Pero debe sufrir fuera del imperio, expulsada de la tierra, sin ciudad y sin derechos, sin ley ni garan- tías sociales, mientras el Dragón impo- ne su terror sobre la corta historia (tres tiempos y medio, 1.260 días: Ap 12,6), hasta que llegue la liberación que es- pera el Apocalipsis.
AKSAH
( mujer, guerra). Mujer como tro- feo de guerra y signo de una ciudad conquistada. En las más diversas tradi-
ciones de oriente y occidente las muje- res han aparecido como regalo normal (y legal) del guerrero. Así lo evoca un texto de la Biblia: «Y Kaleb dijo: A quien venza a Qiryat-Séfer y conquiste la ciudad le daré a mi hija Aksah como esposa. Y la tomó Otniel, hijo de Qe- naz, hermano menor de Kaleb; y éste le dio a Aksah su hija como mujer... Ka- leb le preguntó: ¿Qué te pasa? Y ella contestó: ¡Concédeme una bendición! Ya que me has dado una tierra desier- ta (= del Neguev), dame también fuen- tes de aguas. Y le dio Kaleb las Fuentes de Arriba y las Fuentes de Abajo» (Jc 1,12-13.14b-15). El padre guerrero aparece como dueño de su hija y se la concede al mejor guerrero, a quien se- pa conquistar la ciudad, como Jefté que había prometido su hija a Dios si le concedía la victoria. La hija de Jefté (cf. Jc 11,37) quería llorar antes de mo- rir. Por el contrario, la hija de Kaleb acepta positivamente su suerte, no pa- ra morir, sino para vivir; y así pide a su padre que, junto al campo yermo que rodea a la ciudad, le conceda un estan- que de aguas (berakah: alberca, bendi- ción). Ella sabe actuar de forma atrevi- da, actuando como mediadora entre su padre y su nuevo esposo. Tiene una palabra, un gesto de mujer, al servicio de la vida, y para ello necesita las fuen- tes del agua (Jc 1,14-15). A pesar de eso, ella aparece en el fondo como pre- mio del guerrero, ciudad que se debe conquistar. No es sujeto-persona con quien hay que dialogar, sino dificultad, algo que se debe tomar (conquistar, dominar) por la fuerza, siendo objeto de contrato entre padre y marido. Ella no cuenta en el reparto o cambio de poderes entre un dueño y otro. Siendo objeto de conquista (tomar la ciudad, apoderarse de ella), se vuelve mercan- cía. Aquí no hay rapto de mujeres (co- mo en Gn 6), sino contrato entre varo- nes (padre y esposo). Ella acepta, pero no tiene libertad: no se le pregunta si quiere o no quiere, no se le ofrece elec- ción entre un marido u otro, sino que está a merced del más astuto y/o vio- lento, de quien sepa conquistar la ciu- dad (conquistándola a ella). El texto supone que ella es la mayor riqueza del padre que la pone como precio de con- quista de Qiryat-Séfer, Ciudad del Li- bro. Ella aparece así como libro donde el guerrero tiene que inscribir su nom- bre, dejar su descendencia. Estamos
quizá en un momento en que la violen- cia puede volverse fuente de cultura: no hay robo ni rapto, hay guerra y co- mercio que puede expresarse luego en la vida sedentaria, en la Ciudad del Li- bro, junto a las fuentes-estanques de agua.
ALEGRÍA
( gozo, placer, Zacarías). La antro- pología bíblica es básicamente gozosa, pues valora la vida como don de Dios, ya desde la primera página de su rela- to: para la Biblia, la existencia humana es tob, algo bueno y valioso, desde su principio (Gn 1) hasta su meta (Ap 21–22). Esa alegría (vinculada al pla- cer*), que puede estar velada por la du- ra historia de muerte que domina en gran parte de la literatura bíblica y parabíblica (como en 1 Henoc), nunca desaparece del camino de los creyentes y culmina, para los cristianos, en el mensaje de Jesús, que anuncia la llega- da del reino de Dios, y de un modo es- pecial en la experiencia pascual, que se