( alianza, bendición, chivos, peca- do). El tema de la distinción y de la su- peración del bien y del mal constituye uno de los elementos fundamentales de la identidad bíblica.
(1) La distinción del bien y el mal se sitúa en el centro de la teología de la alianza, tal como la ha formulado el Deuteronomio: «Mira, hoy pongo de- lante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal: Si obedeces los mandatos de Yahvé, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando a Yahvé, tu Dios, siguien- do sus caminos, guardando sus pre- ceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; Yahvé, tu Dios, te bendecirá en la tierra adonde vas a entrar... Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio que morirás sin remedio, que después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años de ella» (Dt 30,15-18). El texto concluye citando como testigos de esa distinción al cielo y a la tierra, definiendo así la identidad del hombre como ser que puede esco- ger el bien (que se identifica con la vi- da) y evitar el mal (que se identifica con la muerte). El hombre aparece así como viviente que desborda y sobrepa-
sa sus límites biológicos, por su rela- ción moral con Dios. En este plano, viene a mostrarse como un ser moral, alguien que puede elegir entre Dios (el camino de la vida) o el mal (el camino de la muerte).
(2) Pero la palabra más honda de la Biblia lleva más allá del bien y del mal, como sabe ya de alguna forma el rela- to del paraíso* y del pecado. Dios pide a los hombres que no coman del árbol del conocimiento de bien y el mal, pues la verdad del hombre se sitúa en un plano más alto, de gracia. De esa forma puede y debe interpretarse la palabra de Jesús, cuando pide a los hombres que superen el talión (amar* a los ene- migos) y que no juzguen a los otros (juicio*). Éste es el mensaje que está en el fondo de la teología paulina de la gracia*, entendida como experiencia de un bien que trasciende el plano del bien y del mal. De esa forma se plantea lo que pudiéramos llamar la teodicea* del exceso o desbordamiento vital: hay en la vida del hombre algo más grande que la lucha entre el bien y el mal, en contra de lo que han supuesto los dua- lismos* de tipo apocalíptico.
BIENAVENTURANZAS
( bendición, pobres, gozo). Las bie- naventuranzas suelen ser sentencias de tipo sapiencial que declaran la suer- te y felicidad de algunas personas es- peciales. Así aparecen con cierta fre- cuencia en el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos: «Bienaventu- rados los que habitan en tu casa para siempre [Sal 84,4]; bienaventurados los que guardan el derecho, los que cumplen las justicia... [Sal 106,3]; bie- naventurados todos los que confían en Dios» (Is 30,18). Jesús ha tomado este género literario y le da dado un senti- do escatológico vinculado a su mensa- je. En el Nuevo Testamento aparecen en dos versiones, la de Lucas y la de Mateo. Hay también bienaventuranzas en otros libros, como el Apocalipsis.
(1) Bienaventurados los pobres. Tex- to de Lucas. Éstas son las tres primeras bienaventuranzas de Lucas: «¡Felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios, felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados, felices los que ahora llo- ráis, porque vosotros reiréis!» (Lc 6,20- 21). En un primer momento, estas pa-
labras pudieran encontrarse en otros textos de aquel tiempo: en los capítulos finales de 1 Henoc, en Test XII Pat y en las sentencias de varios rabinos. Jesús llama felices a los pobres, especifica- dos después como hambrientos y llo- rosos, no por lo que ahora tienen (o les falta), sino porque su suerte ha de cambiar: se acerca el juicio, se invier- ten los papeles de la historia y los que estaban alienados y oprimidos ven- drán a recibir la herencia de la vida. Lógicamente, en ese contexto se hacen necesarias las antítesis o malaventu- ranzas: «Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido el consuelo! ¡ay de vosotros los ahora saciados...»! (Lc 6,24-25). La primera bienaventu- ranza es la más general, tanto por el sujeto (pobres: todos los oprimidos, tristes y/o enfermos del mundo) como por el predicado (se les ofrece el Reino, el mundo nuevo). Al decir «bienaven- turados los pobres», Jesús hace una elección: los privilegiados de Dios son precisamente el desecho de la tierra. Es evidente que al obrar así Jesús sus- cita un camino de vida: todos los hu- manos y en especial los más dotados han de hacerse servidores de los po- bres. Esa bienaventuranza primera se divide luego de manera que aparecen por un lado los hambrientos (pobreza más económica) y por otro los llorosos (pobreza más psíquica). La carencia se vuelve así expresión de caída integral. De manera correspondiente, el Reino se expresa también en dos señales: es hartura (más económica) y felicidad (más anímica). Es evidente que allí donde se escucha la palabra de gracia de estas bienaventuranzas de Jesús, la vida humana debe convertirse en ex- pansión (explosión) de fuerte gracia: llevar hartura donde hay hambre, feli- cidad donde se esconde y triunfa la desdicha. Si se unen con las malaven- turanzas, las bienaventuranzas expre- san una enseñanza normal del Antiguo Testamento, recogida también en el Magníficat o canto de la Madre de Je- sús (Lc 1,46-55). Ellas nos sitúan ante la inversión final, ante el Dios de la jus- ticia y del destino, que transforma las suertes de los hombres, como sabe la historia parabólica de Ester. En ese plano, las bienaventuranzas serían sentencia judicial sobre el transcurso de la historia: expresan una ética del juicio, justicia inexorable que planea
sobre los humanos. No serían aún Evangelio. Pero, leídas desde el con- junto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman una enseñanza mesiánica que trasciende la inversión y el juicio normales de un tipo de religión de ley. Ciertamente, Jesús ha sido profeta is- raelita, mensajero de la justicia de Dios, pero, como sabe Mt 7,1 par (¡no juzguéis!), ha desbordado ese nivel.
(2) La redacción de Mateo. El evan- gelio de Mateo interpreta las bienaven- turanzas desde el contexto total del mensaje y de la vida de Jesús, tal como se expresa y vive en su Iglesia. Sobre esa base se entienden algunos cambios que él mismo (o su iglesia) ha introdu- cido en el texto más antiguo de Lucas. Por la importancia que han tenido y tienen en la experiencia cristiana las comentamos con cierto detalle.
(3) Bienaventurados los pobres de Es- píritu. Mt 5,3 ha puesto pobres de espí- ritu donde Lc 6,20 decía simplemente pobres. Con eso no ha negado la biena- venturanza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de los pobres materiales y de los peque- ños (cf. Mt 18,1-14), pero ha querido añadir una interpretación para los cris- tianos. Son pobres de espíritu aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene dada desde fuera, sino los que, pudiéndolo, asumen voluntariamente un camino de pobre- za, por solidaridad, al servicio de los de- más (cf. 2 Cor 8,9; Flp 2,6-11). Jesús no ha querido ayudar a los humanos por arriba, desde fuera, sino desde la mis- ma situación en que se encuentran, en- carnándose en su historia. Así aparece como el siervo que no grita, no se en- salza, no esclaviza; desde la misma pe- queñez del mundo ayuda a los peque- ños (cf. Mt 12,15-21).
(4) Bienaventurados los que sufren. El evangelio de Lucas ponía «los que lloran» (hoi klaiontes), destacando qui- zá el llanto material, aceptado o no, en la línea de la pobreza material. Mateo pone hoi penthountes, que puede refe- rirse más bien a los sufrientes, quizá a los que saben sufrir. Éstos serían más bien los que saben sufrir, los que acep- tan el dolor y lo convierten en un tipo de vida fecunda. Ciertamente son bie- naventurados todos los que sufren, por la razón que fuere, sin distinguir la for- ma en que asumen o no su sufrimiento. Sin negar lo anterior, Mateo parece ha-
ber puesto de relieve el valor de madu- ración que puede tener el sufrimiento.
(5) Bienaventurados los mansos... (Mt 5,5). Es una bienaventuranza nue- va, que Mateo o su Iglesia ha creado, siguiendo el testimonio de Jesús, que ha sido pobre y débil (sin respaldo eco- nómico, sin poder sobre el mundo), siendo, al mismo tiempo, alguien que ha sabido elevar y enriquecer a los pe- queños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y de vida para mu- chos. Mansos son los que actúan sin imponerse, los que ayudan a los demás desde su pobreza. Así ha hecho Jesús, así ha podido decir: «Acercaos a mí to- dos los que estáis rendidos y abruma- dos, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde...» (Mt 11,28-29). Siendo pobre (manso, no violento), Je- sús puede ayudar a los pobres.
(6) Hambrientos de justicia. En vez de hambrientos sin más (como Lc 6,21), Mt 5,6 dice «hambrientos y se- dientos de justicia». Ciertamente, son bienaventurados los carentes de comi- da, como supone Mt 25,31-46 (al decir que Jesús habita y sufre en ellos), pero Mt sabe también, como indica ese mis- mo texto, que hay hambrientos mesiá- nicos, que entregan la vida por los otros, dando de comer a los necesita- dos de la tierra. Éstos son los ham- brientos creativos, aquellos que ha- biendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse a su servicio. Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, portador de la justicia del reino sobre el mundo (cf. Mt 6,33). En este contexto han de en- tenderse los misericordiosos (Mt 5,7). Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel, a quien la Escritura presenta co- mo «clemente y misericordioso, lento a la ira...» (Ex 34,6-7). Pues bien, Mt ha definido a Jesús como el Mesías mise- ricordioso, Hijo de David que tiene pie- dad de los perdidos sobre el mundo (cf. Mt 9,27; 25,22; 20,30-31). Ésta es su di- cha más honda, la felicidad mesiánica: ayudar a los necesitados. La misericor- dia convertida en principio de felici- dad: ésa es la nota fundante del Evan- gelio, el principio del cristianismo.
(7) Bienaventurados los limpios de corazón (Mt 5,8). La limpieza constitu- ye una experiencia esencial de un ju- daísmo que quiere evitar las impurezas que se contraen por alimentos, contac-
to con hombres impuros, etc. La lim- pieza básica se logra través de la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo manda- do, en vestidos y comidas, etc. Pues bien, frente a la pureza de una ley puesta al servicio de los fuertes (piado- sos y cumplidores), Jesús ha situado la pureza del corazón, abierta de forma solidaria a todos los humanos, espe- cialmente a los expulsados del sistema. En el centro del mensaje de Jesús ha estado la urgencia por superar el siste- ma de purezas judías, en plano de le- pra y sábado (cf. Mc 1,40-45; 2,23–3,6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5) o limpieza externa y comidas (cf. Mc 7). Jesús viene a presentarse de esa forma como el limpio por excelencia, pero de otra forma, por el corazón misericor- dioso que se abre a los necesitados. Mt elabora sobre esa base la cristología de la pureza mesiánica, hecha de cer- canía de corazón, superando todo jui- cio, en apertura hacia los necesitados. Sólo en este contexto se revela el Dios de los limpios: ellos verán a Dios.
(8) Bienaventurados los pacificado- res (Mt 5,8). El judaísmo del tiempo tiende a colocar en primer lugar otras bienaventuranzas: de los guerreros de Dios que conquistan el reino (celotas), de los buenos sacerdotes que cumplen el ritual de sacrificios, de los cumpli- dores de la ley... (línea farisea). Para Jesús, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los humanos son capaces de extender la paz del Reino, regalando la vida por los otros. Es evi- dente que el pacificador por excelencia es Cristo, como ha visto la tradición cristiana (él es nuestra paz: Ef 2,14- 15), pues reúne con su entrega fiel a to- dos los humanos. Ésta es la paz que se logra a través de un esfuerzo más alto, de una guerra distinta (cf. Mt 10,34), cuyo sentido sólo emerge en la expe- riencia de pascua. Éste es el camino de las bienaventuranzas, que ha empeza- do en los pobres y culmina en la paz (Mt 5,2-8). Siglos de espiritualismo sa- cral e idealista nos impiden abrir los ojos y mirar bien el mensaje y vida de Jesús, que es programa de gozo salva- dor y libertad dichosa. Hemos identifi- cado a veces Evangelio con Ley, santi- dad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las biena-
venturanzas son cristología de dicha. Camino de felicidad, eso es Cristo.
(9) Bienaventurados seréis cuando os persigan, insulten y calumnien (Mt 5,11; cf. Lc 6,22-23). Parece evidente que la tradición cristiana está pensan- do en el camino de Jesús, justo su- friente, que ha aprendido a dar la vida por fidelidad al Reino, por los otros (cf. Mc 9,31 par). Con Jesús han de su- frir también los suyos, en sufrimiento que viene a presentarse como fuente de más alta felicidad. No es masoquis- mo lo que pide Jesús o lo que ofrecen sus creyentes en la Iglesia, sino felici- dad perfecta: la dicha mayor emerge allí donde varones o mujeres son capa- ces de aguantar, en paz con el dolor, sin rebelarse contra Dios, sin descar- gar la violencia contra otros. En esta bienaventuranza emerge un Jesús di- choso, que sabe dar la vida sin victi- mismo. No busca el dolor por el dolor, no se goza en la desdicha, sino que quiere dicha. Pero de tal forma le llena el amor del Reino que es capaz de su- frir gozosamente, para bien de los de- más, dejándose matar antes que trai- cionar su camino de amor y felicidad. El camino cristológico se vuelve itine- rario de dicha. El Evangelio no es guía de pecadores (contra el libro famoso de Luis de Granada), ni de perdedores, como podría suponerse desde Mc 8,31; 9,31, 10,32-34 par, sino de amadores y gozadores, de personas que saben ser felices desde el más hondo manantial de su existencia.
(10) Conclusión. El sentido de las bienaventuranzas. No son sentencia que sólo ha de cumplirse al final de los tiempos, sino kerigma de salvación que actúa precisamente en este tiempo, di- ciendo ya a los pobres ¡es vuestro el reino de los cielos! Esta certeza de que irrumpe el fin, de que ha llegado el Rei- no, es la base de las bienaventuranzas, entendidas como palabra de gracia. (a) Son signo de presencia del Reino, no sentencia antropológica. No postulan el cambio humano para así llegar a Dios, sino que parten de Dios, para fundar de esa manera el cambio huma- no. Lo primero es la certeza de que Dios mismo se ha hecho vida para los hombres: «¡Dichosos vuestros ojos por- que ven y vuestros oídos porque oyen! Porque os aseguro que muchos pro- fetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y
no lo oyeron» (Mt 13,16-17). Sólo por- que el Reino está presente y porque Dios mismo se adentra en nuestra his- toria puede asegurarse: ¡Dichosos, vo- sotros, los pobres...! Sin esa certeza, las bienaventuranzas serían talión resenti- do (¡cambiarán las suertes!) o sarcas- mo (consuelo de pobres sometidos). (b) Son palabra performativa: realizan lo que dicen. Ante el paso de Jesús se afirma que los ciegos ven, los cojos an- dan, los leprosos quedan limpios y a los pobres se les anuncia la buena noti- cia (Mc 11,5-6). Desde ahí descubrimos que no son sentencia para el fin de los tiempos, ni expresión invisible de un reino espiritual, sino palabra creadora. Cuando proclama ¡dichosos vosotros los pobres...!, Jesús les está ofreciendo la dicha, entendida como salud, pan com- partido, esperanza de vida, en medio de la misma pequeñez y sufrimiento de la historia. (c) Son palabra de exigencia. Todo es don de Dios, regalo de su vida y amor sobre la historia angustiosa y escindida de la tierra. Pero ese don se hace exigencia: quien recibe la gracia de Dios ha de volverse gracia para otros, convirtiendo su vida en irradia- ción del don ya recibido. Si Dios fuera talión también nosotros podríamos portarnos en clave de talión, de juicio y lucha mutua; pero el Dios de gracia nos convierte en manantial de gracia. Por eso, las bienaventuranzas se vuelven principio de exigencia, pudiendo así ad- vertirnos: ¡ay de vosotros...! (d) Son acontecimiento salvador. La apocalípti- ca parece situar casi de forma paralela (simétrica) el premio y castigo finales, como suponiendo que Dios es neutral y el resultado del camino depende de la buena o mala acción de los humanos. Pues bien, en contra de eso, el Dios de Jesús no es neutral, de manera que sal- vación y condena, bienaventuranza y ayes, no pueden colocarse en simetría. Dios se ha comprometido positivamen- te en favor de los humanos, ofreciendo vida a todos, empezando por los po- bres: es parcial porque ama a los pe- queños y perdidos, es parcial porque supera con su gracia y entrega creado- ra la justicia legalista. Ciertamente, los ayes quedan, como palabra de aviso y advertencia, pero han de situarse en otro contexto teológico y literario (cf. Mt 5,2-11 y Mt 23).
(11) Ampliación. Las bienaventu- ranzas del Apocalipsis. Hay en el Apo-
calipsis siete bienaventuranzas, que expresan el sentido del libro. (a) Bie- naventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía (Ap 1,3). (b) Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor (Ap 14,13). (c) Bie- naventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza (16,15). (d) Biena- venturados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero (19,9). (e) Bienaventurado y santo el que par- ticipe en la primera resurrección; la se- gunda muerte no tiene potestad sobre éstos (20,6). (f) Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro (22,7). (g) Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener de- recho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad (22,14). Estas siete bienaventuranzas se pue- den dividir en dos grupos. La primera y la sexta se refieren a los que leen, escuchan y cumplen las palabras de profecía del libro. Las restantes se re- fieren, de diversas formas, a los que participan de la plenitud escatológica de Cristo.
Cf. F. CAMACHO, La proclama del reino. Análi-
sis semántico y comentario exegético de las bienaventuranzas de Mt 5,3-10, Cristiandad,
Madrid 1986; W. D. DAVIES, The Setting of the
Sermon on the Mount, Cambridge University
Press 1966; J. DUPONT, Les Béatitudes I-III, Gabalda, París 1969-1973; El mensaje de las
bienaventuranzas, Verbo Divino, Estella
1988; G. LOHFINK, El sermón de la montaña
¿para quién?, Herder, Barcelona 1988; J. M.
LÓPEZ-MELÚS, Las bienaventuranzas. Ley fun-
damental de la vida cristiana, Zaragoza 1982.
BINAH
( Cábala). Palabra hebrea que sig- nifica «inteligencia, prudencia, talen- to», en un sentido concreto. Con ella se