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BATALLA CONTRA EL DIABLO

In document Pikaza.pdf (página 133-139)

( apocalíptica, Henoc, autoridad, posesión diabólica, exorcismos). La apo- calíptica judía pensaba que el verdade- ro causante de los pecados del mundo era el Diablo. Jesús fue un apocalíptico especial, que actuaba como exorcista, interpretando y realizando su tarea me- siánica en forma de lucha contra el Dia- blo. Los judíos del entorno creían en la acción destructora de los malos espíri- tus (dirigidos por Satán*, Belcebú, Aza- zel o Mastema, es decir, por el Diablo) y esperaban su destrucción final; mu- chos de ellos eran considerados en el mundo grecorromano como expertos exorcistas y así los presentan numero- sos papiros de Egipto.

(1) La batalla final de los exorcismos. El judío Jesús fue también un exorcis- ta, pero se distinguía de otros por la forma de situarse ante lo diabólico. La tradición sinóptica lo ha presenta- do como exorcista escatológico y maes- tro de exorcistas (cf. Mc 3,15; 6,12 par), empeñado en derrotar a Satán para que llegue el Hijo del Hombre. En este contexto ofrece unas novedades muy significativas. (a) En general, los apocalípticos judíos tendían a inter- pretar sus exorcismos desde la expe- riencia de la ley nacional judía, como parte de la batalla decisiva contra el Diablo al final de la historia. (b) Jesús, en cambio, plantea y despliega la bata- lla contra el Diablo dentro de la misma historia, no a manera de combate mili- tar, sino como gesto de liberación y de ayuda que se dirigía a los impuros y posesos, pecadores y excluidos del en- torno. Así lo han entendido aquellos que le acusan: ¡expulsa a los demonios con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios! Esta acusación y la res-

puesta de Jesús nos sitúa en el centro de la disputa apocalíptica, planteada en torno a la autoridad* que está en el fondo de los exorcismos. Algunos es- cribas piensan que Jesús realiza su obra con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios (Mc 3,20-22; Mt 12,22-24 par). Jesús les responde di- ciendo que él no lucha bajo el poder de Belcebú, sino contra Belcebú, y que dispone para ello de una Fuerza mayor que la del Diablo (Mc 3,23-26; cf. Mt 12,25-26 par), la Fuerza del Espíritu (Lucas pone Dedo) de Dios (Mt 12,27- 28; Lc 11,19-20).

(2) Interpretaciones modernas. Así se plantea el sentido de la batalla apoca- líptica de los exorcismos. Algunos exe- getas de nuestro tiempo siguen inter- pretando a Jesús como mago al estilo pagano (M. Smith) o como carismáti- co judío de tipo heterodoxo, hechicero ingenuo, pero peligroso, que seduce al pueblo (G. Vermes). Otros le miran co- mo incauto, un hombre perdido en una selva de conjuros, incapaz de en- frentarse con la racionalidad del mun- do. En contra de eso, los evangelios afirman que los exorcismos de Jesús son la expresión más alta de su expe- riencia apocalíptica: como exorcista de Dios, al servicio de los más pobres de la sociedad (de los posesos), él está li- brando la batalla contra el Diablo. La acción de Jesús constituye la victoria escatológica de Dios sobre las fuerzas de Satán, que tenían dominado al ser humano. Satán era el Fuerte que había ocupado la casa del mundo y todos sus habitantes se hallaban dominados, oprimidos, por su imperio. Ha llegado el Más Fuerte, el Dios que actúa por Je- sús, para vencerlo y cautivarlo. De esa forma tan intensa y radical ha inter- pretado y presentado el Evangelio la lucha final que los apocalípticos ha- bían proyectado en formas militares y celestes, para el fin del tiempo. El len- guaje apocalíptico (casa y derrota del Fuerte o Satán, victoria del Más Fuer- te y liberación de los humanos) ha ve- nido a ponerse al servicio de la inter- pretación del mensaje y obra de Jesús. Jesús no es un sencillo vidente o escri- tor apocalíptico, sino agente apocalíp- tico de Dios, el vencedor del Diablo.

Cf. M. SMITH, Jesús el Mago, Martínez Roca, Barcelona 1988; G. VERMES, Jesús el judío, Muchnik, Madrid 1977; La religión de Jesús

BAUTISMO

( Juan Bautista, Espíritu Santo, agua). Los animales nacen ya formados, están adaptados para su ambiente, de manera que no deben realizar un aprendizaje creativo para descubrir su propia identidad. Por el contrario, el hombre nace sin saber quién es y se lo tienen que decir a través de un proceso de educación que suele tener un mo- mento simbólico central, de iniciación o revelación. Muchos pueblos han desa- rrollado ritos de iniciación o paso vin- culados con el nacimiento, con la llega- da de la pubertad o con la edad adulta. (1) Ritos bautismales en el Antiguo Testamento. El signo básico de entrada en el pueblo israelita era la circunci- sión*, vinculado a la sangre. Por su par- te, el perdón y la reconciliación oficial no se consigue con agua, sino con sa- crificios*, en los que resultaba básico el rito de la sangre que expía y purifica (como ha detallado de forma muy pre- cisa el libro del Levítico). Pero en tiem- pos de Jesús existían numerosos ritos bautismales de purificación, que mar- caban de un modo más inmediato la piedad de los creyentes. La misma Ley pide agua (lavatorios y bautismos) pa- ra que se purifiquen los sacerdotes al empezar y terminar sus ritos. Moisés lavó y purificó a Aarón y a sus hijos sacerdotes (Lv 8,6). De un modo espe- cial tienen que lavarse y bautizarse los sacerdotes antes y después de la cele- bración de los sacrificios (Lv 16,4.24), lo mismo que aquellos que han parti- cipado en los ritos (Lv 16,26-28). La vi- da de los sacerdotes se convierte en un auténtico y constante despliegue de pu- rificaciones bautismales, que les permi- ten estar siempre puros (ritualmente) para realizar bien los ritos. También los que han tenido enfermedades de la piel tienen que lavarse para volver a es- tar de esa manera puros (Lv 14,8-9); igualmente deberán bañarse los que han tenido flujo de sangre o semen y los que entran en contacto con ellos, pues flujo de sangre y semen hacen im- puro al hombre y a la mujer (cf. Lv 15,1-33). No hay sólo un bautismo de personas, sino también de cosas e ins- trumentos que se han puesto en con- tacto con algo impuro (Lv 11,32-38; cf. 2 Cr 4,2-6). Los bautismos son instru- mento de purificación para aquellos que han contraído alguna mancha ri-

tual, que les separa de la comunidad: así deben bautizarse los leprosos cura- dos (Lv 14,8-9; cf. 2 Re 5,14) y los que han tenido relaciones sexuales, polu- ciones o menstruaciones... (cf. Lv 14,16-24).

(2) Tiempo de Jesús. Un judaísmo bautismal. En el tiempo de Jesús, los fariseos estaban empezando a cumplir los ritos de purificaciones y bautismos que, en principio, el libro del Levítico había propuesto sólo para los sacerdo- tes. Algunos grupos especialmente in- teresados por la pureza, como los de Qumrán, vivían empeñados en ceremo- nias constantes de bautismos diarios. Los esenios de Qumrán se bautizan al menos una vez al día, para la comida ritual (cf. 1 Q 5,11-14). Hay también hemero-bautistas, como Bano*, que se purifican a diario (incluso varias ve- ces) para hallarse limpios ante Dios, participando así en la pureza de la creación. Por todo eso, la casa de un judío observante de cierta riqueza te- nía que estar provista de una mikwá o piscina para las purificaciones y ablu- ciones, como muestran las excavacio- nes arqueológicas. El evangelio de Marcos comenta así este hecho: «Por- que los fariseos y todos los judíos, afe- rrándose a la tradición de los ancianos, si no se lavan muchas veces las manos, no comen. Y si no se lavan cuando vuelven de la plaza no comen. Y ellos han tomado y observan muchas otras cosas, como los lavamientos [bautis- mo] de los vasos de beber y de los ja- rros, y de los utensilios de metal y de las camas» (Mc 7,2-4).

(3) Juan Bautista. (1) El signo del bau- tismo. Ha dado al bautismo un carác- ter profético de preparación y purifica- ción ante el juicio, destacando más el aspecto escatológico que el ritual. Ese bautismo de Juan, recibido por Jesús (cf. Mc 1,1-11), ha preparado y enmar- cado la institución cristiana del bautis- mo, que no será la más importante de la Iglesia, pero sí una de las más signi- ficativas. De manera extraña, tras la muerte de Jesús, sus seguidores bauti- zarán a los creyentes, en gesto que pa- rece poco preparado por el mismo Je- sús, pero que se entiende bien a la luz de Juan Bautista. Éstos son los rasgos básicos de su bautismo. (a) Gesto pro- fético y único. El bautismo de Juan marca la irrupción del juicio de Dios. Por eso, la tradición le llama baptistês

(= bautizador, Bautista). No dice a los demás que se bauticen, sino que lo ha- ce él mismo, como enviado de Dios. Sin duda, se siente llamado a bautizar- les, como profeta del fin de los tiem- pos. Su rito no puede repetirse, como otros sacrificios purificatorios, sino que expresa el valor definitivo del jui- cio de Dios (cf. ephapax: Rom 6,10; Heb 7,27; 9,12). Se reitera lo que vuel- ve una y otra vez, como los ciclos de la vida (cf. Qoh 3,1-8). Pues bien, lo que vale para siempre anula los ritos ante- riores e inutiliza (deja en suspenso) las instituciones existentes. Por eso, el bautismo de Juan es señal del fin del mundo y retorno a las aguas primeras (Gn 1–2), antes que existieran sacrifi- cios rituales según Ley. (b) Juicio apo- calíptico: hacha, fuego, huracán. El rito de Juan se vincula con imágenes de du- ra destrucción, que expresan el fin de este mundo, la vuelta al principio del caos, antes que el tiempo existiera. Es como si todo debiera brotar otra vez de ese caos. Pero el hacha-fuego-viento del juicio no es signo diabólico, de pu- ra destrucción, sino presencia del Más fuerte (= Iskhyroteros), que puede ser el mismo Dios o un enviado suyo (que podrá identificarse después con el Hi- jo* del Hombre). De esa manera Juan culmina su mensaje anunciando la lle- gada de uno Más Fuerte, que os bauti- zará en Espíritu Santo y Fuego (Mt 3,11-12). Sólo ese Más Fuerte, a quien se llama Venidero (erkhomenos), reali- zará la obra de Dios, desplegando su ira cercana, que se manifiesta a través de unos signos fuertes de ruptura y destrucción, dejando quizá abierto un breve resquicio para la esperanza. Juan pertenece a la búsqueda humana de la salvación, al anuncio de un Dios que si- gue estando lejos de los hombres.

(4) Juan Bautista. (2) La ira de Dios. Juan es mensajero de la Ira (Mt 3,7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba en- vuelta en pecado; por eso, muchos sa- crificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil, pues va a estallar la Ira de Dios. (a) Juan anuncia la llegada de aquel que trae en su mano el hacha pa- ra cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3,8-10). No siembra como Je- sús (cf. Mc 4), ni anuncia la llegada del sembrador, sino la venida de un reco- lector y leñador vigilante que mira y

distingue, árbol tras árbol, para sepa- rar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su paternidad, sino de su justicia destruc- tora. (b) Juan anuncia la llegada de uno que bautizará en Espíritu Santo y fuego, realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuen- tra poco cimentado sobre el mundo; es santo (hagios), en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. El enviado de Dios bautizará a los hombres con fuego. Al Viento de Dios sigue su incendio. Am- bos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escato- lógica) de Dios y se vinculan mutua- mente, como indicaba la tradición del Antiguo Testamento (falta el terremoto de 1 Re 19,11-13). Según Juan Bautis- ta, el enviado de Dios tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era... (Mt 3,12). Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/ Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla. El Venidero, que actuaba antes como leñador (tenía en su mano el hacha pa- ra cortar y quemar los árboles sin fru- to), se vuelve así trillador o aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano). ¿Quién es ese Leñador, Aventador? ¿Directamente Dios? ¿Un Delegado suyo? El texto no responde, aunque probablemente aluda a Dios. Según eso, el Bautista habría prepa- rado una teología judicial, más que una cristología salvadora. Pero los cristianos han recreado ese mensaje y palabra de Juan, aplicándolo a Jesús, el Venidero, verdadera presencia de Dios: Emmanuel (Dios con nosotros). A la luz de lo anterior, Jesús debería haber surgido (y realizado su acción) como leñador/ aventador del huerto y trigal de Dios, mensajero de su des- trucción purificadora, abierta sólo de manera implícita y velada a la espe- ranza escatológica. Pero, asumiendo y cumpliendo (de otro modo) el mensaje de Juan, Jesús ha invertido su proyec- to escatológico, en gesto que define su visión teológica y su cristología. Ésta es la experiencia básica que Mc, Mt y Lc entienden de formas convergentes y sitúan al comienzo de la vida de Je- sús, que fue bautizado por Juan para realizar su obra mesiánica, como en- viado escatológico de Dios. Sólo sobre

esa base se entiende el hecho de que los cristianos hayan tomado el bautis- mo de Juan (recibido y recreado por Jesús) como un signo básico de su mi- sión y experiencia mesiánica.

(5) Jesús. Bautizado por Juan. El bautismo de Jesús está situado al co- mienzo de los evangelios sinópticos, como experiencia de vocación o na- cimiento mesiánico: «Aconteció en aquellos días que Jesús vino de Naza- ret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Luego, cuando su- bía del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti tengo complacencia» (Mc 1,9-11). Éste es un pasaje que puede entender- se de forma histórica, pero que tiene también un elemento apocalíptico y otro pascual, de manera que puede condensar y condensa todos los rasgos de la experiencia cristiana. La escena reproduce una experiencia de Jesús que, al ser bautizado por Juan, se des- cubre Hijo y/o Siervo de Yahvé: Dios mismo le constituye Mesías, diciéndo- le, con palabras de Is 42,1, «Tú eres mi Siervo/Hijo a quien amo (= agapetos, Querido) y a quien confío mi tarea (por el Espíritu)». El bautismo es se- gún eso la experiencia originante de la vida mesiánica de Jesús, a quien el mismo Cielo (Dios) revela su misterio: Eres mi único Hijo, has de cumplir mi obra (como Siervo). Jesús descubre su identidad (Hijo) recibiendo la misión de actuar y entregarse por los otros (Siervo); en esta experiencia se funda su conciencia/vida y el desarrollo posterior de la cristología. Así piensan los autores de tendencia tradicional. Aceptamos con ellos el valor histórico del bautismo de Jesús, cuyo encuentro con Juan ha sido determinante en el comienzo del Evangelio. Pero pen- samos que Mc 1,9-11 par refleja no só- lo la experiencia histórica del bautis- mo de Jesús, sino también su misterio pascual.

(6) Pascua y Pentecostés. Bautismo en el Espíritu. La tradición sinóptica ha puesto en boca de Juan Bautista* la distinción entre los dos bautismos: uno de agua (el suyo), para penitencia, en la línea de la preparación, propia de Israel; otro de Espíritu Santo (el de Je- sús), para introducir a los hombres en la fuerza y vida de Dios (cf. Mc 1,8). En

la tradición más antigua, el bautismo en el Espíritu podía interpretarse en sentido judicial, tomando el espíritu en su acepción fuerte, como huracán o viento de la gran siega de Dios, unido al hacha que corta los troncos secos y al fuego que quema la paja y los tron- cos (cf. Mt 3,10-11). Lucas ha manteni- do el tema (Lc 3,16-17), pero lo ha re- creado en el libro de los Hechos, interpretando el espíritu (viento) y el fuego del juicio final desde la perspec- tiva de la Iglesia, en cuya vida y misión se expresa y actúa el verdadero Espíri- tu de Dios, no como fuego de juicio que quema y destruye a los pecadores, sino como fuente de vida mesiánica. Jesús dice a sus discípulos que no se alejen de Jerusalén, porque tienen que recibir allí el Espíritu, apareciendo así como testigos y destinatarios de un jui- cio convertido en principio de vida de la Iglesia: «Recibiréis el poder del Es- píritu Santo, que vendrá sobre voso- tros y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Así se cumplirá por Jesús la promesa de Juan Bautista (Lc 3,16; cf. Mc 1,8), promesa que el evangelio de Juan ha vinculado a la pascua cristiana, pues «antes no había Espíritu, porque Jesús no había resucitado todavía» (cf. Jn 7,39). Por eso, Juan evangelista identifica Pascua con Pentecostés: el mismo Jesús resu- citado sopla sobre los discípulos di- ciendo: «Recibid el Espíritu Santo...» (Jn 20,22). Pero Lucas ha querido se- parar los dos gestos (Pascua y Pente- costés), de tal forma que sitúa la ve- nida y bautismo en el Espíritu después de la ascensión*: «Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes, juntos. De repente vino del cielo un es- truendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa don- de estaban; y se les aparecieron len- guas repartidas, como de fuego, asen- tándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y co- menzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que habla- ran» (Hch 2,1-4). Éste es el principio de todo bautismo cristiano: la presen- cia y acción del Espíritu de Cristo en los creyentes.

(7) Bautismo cristiano. Recuerdo de Jesús. El recuerdo de la relación de Je- sús con Juan Bautista se ha mantenido firme en la Iglesia. Ciertamente, ella ha

proyectado su teología en el relato del bautismo de Jesús (Mc 1,9-11 par), pe- ro no ha querido ni podido borrar la memoria de que Jesús fue bautizado, con (o como) otros pecadores y fieles de Israel. Desde esa perspectiva ha de entenderse el bautismo cristiano, tal como lo ha instituido la Iglesia pas- cual, partiendo de la experiencia de Je- sús, que ha comenzado compartiendo la visión de juicio de Juan Bautista. Pe- ro después ella ha superado esa visión, no en línea de crítica o rechazo, sino de plenitud o desbordamiento. El mis- mo relato bautismal afirma que Dios Padre se ha mostrado a Jesús en el bautismo, confiándole una tarea más alta, en línea de nuevo nacimiento. Allí donde Juan Bautista afirmaba que el mundo termina, dirá Jesús que la vida verdadera empieza. La experiencia de muerte del bautismo se abre de esa forma a la esperanza del reino. En esa línea, queremos decir que, básicamen- te, Jesús no ha bautizado. Quizá al principio actuó al lado de Juan, bauti- zando él también a los que venían a

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