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ANANÍAS Y SAFIRA

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(Hch 5,1-11) ( Simón Mago). Per- sonajes probablemente simbólicos que Lucas ha introducido en el libro de los Hechos para poner de relieve el valor vital de la comunicación de bienes y de la verdad dentro de la Iglesia. La histo- ria de Ananías y Safira está llena de rasgos parabólicos (con paralelos en otros contextos culturales), aunque es posible que entre los «pobres» de Jeru- salén (cf. Rom 15,26; Gal 2,10) se con- servara algún recuerdo de este tipo. Por medio de esta historia, Lucas ha querido indicar la exigencia de clari- dad económica: la Iglesia no tiene me- dios de control y presión (medios de sistema, con policía y cárcel) para obli- gar a sus fieles a compartir los bienes; pero allí donde esos fieles se compro- meten a vivir en comunidad y compar- ten sus posesiones han de hacerlo en claridad, sin mentir a los hermanos (pues empiezan a vivir para la Iglesia y de la Iglesia: dan lo que tienen, reciben lo que necesitan). Un engaño en este campo conduce a la muerte. El primer dogma de esta Iglesia es la comunión voluntaria de bienes; su primera y más peligrosa heterodoxia consiste en aprovecharse de esa comunión, bajo capa de piedad, mintiendo a los her- manos. Quien eso hace, cristianamen- te, ha muerto. Así debe entenderse es- ta durísima historia, que se eleva como aviso primero, parénesis sangrienta, al principio de Hechos: el dinero de la Iglesia no puede organizarse en forma de sistema, sino en línea de gratuidad; pero quien engaña en este campo a los hermanos se destruye a sí mismo.

ANARQUISMO

( conquista, federación de tribus). Algunos autores han supuesto que, al rechazar el feudalismo de los estados cananeos y de las monarquías militares del oriente, en el tiempo de la federa- ción de tribus (siglos XII-XI a.C.), los israelitas condenaron toda forma de poder político. Ciertamente, como su- pone el libro de los Jueces y el comien- zo de 1 Sm, ellos se opusieron al ejér- cito centralizado y clasista de los reyes de Canaán, pero no para negar el po- der, sino para mantenerlo en manos de todo el pueblo, creando así un ejército unido de federados de Yahvé (cf. 1 Sm 8,10-22; Jc 9,7-15). El poder no era pri- vilegio de una clase militar, sacerdotal o administrativa, sino responsabilidad del pueblo. Muchos suponen que el po- der es ciego o destructivo y que, si que- dara en manos de una «masa», acaba- ría desembocando en la violencia pura o en la batalla universal y por eso quie- ren concentrarlo en manos de unos po- cos (reyes, clases superiores, milita- res). Pero los israelitas no fueron masa informe, sino pueblo bien estructura- do, de manera que el poder se hallaba en manos del conjunto de las familias y tribus federadas, al servicio de la justi- cia. Las guerras* de Yahvé no eran eclosión de violencia irracional, ni de- seo de conquista militar, sino expre- sión de fe al servicio de la constitución pacífica del pueblo. Todos asumían y defendían un proyecto económico-social de libertad tribal o comunitaria, bajo la inspiración y ayuda de Yahvé. En esa línea de «anarquismo» de Yahvé se sitúa según muchos el mensaje y cami- no de Jesús, con los valores y riesgos que ello implica, aunque superando la mediación militar y los medios de vio- lencia.

Cf. N. K. GOTTWALD, La Biblia hebrea. Una

introducción socioliteraria, Seminario Re-

formado, Barranquilla 1992; G. E. MENDEN-

HALL, «The Hebrew Conquest of Palestine»,

BibArch 25 (1962) 66-87; The Tenth Genera- tion. The Origins of the Biblical Tradition,

Baltimore 1973.

ANCIANO DE DÍAS

( Hijo del Hombre, Dios, Daniel). Conforme a la visión de Dn 7, toda la historia anterior de la humanidad ha venido a quedar representada por tres vivientes-bestias* (Dn 7,2-8), que cul-

minan en una cuarta que, conforme a lo que luego dirá Dn 7,25, se ha eleva- do contra Dios y ha blasfemado. Se puede pensar que esa bestia va a triun- far para siempre, dominando sin pie- dad sobre el conjunto de los hombres, pero el vidente descubre a Dios que viene, para responder a la Bestia y rea- lizar el juicio de la historia: «Estuve mirando hasta que fueron puestos unos tronos y se sentó un Anciano de Días. Su vestido era blanco como la nieve; el cabello de su cabeza, como la- na limpia; su trono, llama de fuego, y fuego ardiente las ruedas del mismo. Un río de fuego procedía y salía de de- lante de él; miles de miles lo servían, y millones de millones estaban delante de él. El Juez se sentó y los libros fue- ron abiertos» (Dn 7,9-10). Es evidente que Dios no está solo; hay otros que se sientan y actúan a su lado, en compa- ñía de juicio. Queda velada su faceta creadora, su gesto de amor apasionado hacia los hombres, y aparece su rasgo de anciano que parece haber dejado la historia en manos de la perversión de los violentos. Pero ahora cuando el pe- cado alcanza el límite de lo intolerable, cuando la blasfemia del «cuerno inso- lente» (Dn 7,8) lo exige, viene a desve- larse en gesto de gran juicio: es Ancia- no de Días, conforme a una expresión cercana a viejos textos de Ugarit donde Dios se mostraba como rey antiguo, «padre de años». Éste es sin duda el Dios originario que existe desde el mis- mo principio de los tiempos. No emer- ge de improviso: estaba allí por siem- pre, velaba al origen y allí sigue velando. Por eso le vemos con albo ca- bello, vestido de blanco. Nada se dice de su rostro y de su cuerpo, aunque es evidente, por su forma de sentarse so- bre un trono, que tiene un cuerpo. Ez 1,26-27 le presentaba como «semejan- za de ser humano». Nuestro texto ha preferido dejarle sin rostro, para apli- cárselo luego al «como Hijo* de Hom- bre» (Dn 7,13). En la línea de Is 6, Ez 1 y 1 Hen 14, nuestro pasaje ha destaca- do la esencia incandescente de Dios. En el principio era el fuego*, pudiéra- mos decir con todos esos textos. Cul- minando una tradición milenaria, que aparece sobre todo en los salmos, el signo principal de Dios es un trono. Pe- ro aquí no es trono para reinar, sino para juzgar. Se abre la sesión suprema del Supremo Tribunal; se han sentado

los miembros del jurado; están los li- bros (siphrin) abiertos y marcan su Ley de Juicio. Esta revelación de Dios constituye el centro del pasaje. No hay en su figura ningún rasgo de violencia militar, ningún acceso de ira. Sobria- mente ha presentado el texto su con- ducta, conforme a los esquemas foren- ses más perfectos. En los libros de Dios están escritas todas las acciones de los hombres, con las leyes de conducta que dimanan al principio de la crea- ción. En este libro ha de escribirse la sentencia.

Cf. S. MOWINCKEL, El que ha de venir. Mesia-

nismo y Mesías, Fax, Madrid 1975; D. S.

RUSSELL, The Method and Message of Jewish Apocalyptic, SCM, Londres 1971.

ANCIANOS

( presbíteros). El tema de los an- cianos está vinculado con los «presbí- teros», que la Iglesia católica ha toma- do como jerarquía básica (junto a los obispos). Pero aquí hemos preferido separarlos, tratando ahora del consejo israelita de ancianos y de los ancianos «honorarios» del Apocalipsis. En otra entrada nos ocupamos de los presbíte- ros* en cuanto institución jerárquica cristiana.

(1) Israel. Institución directiva y ju- dicial. Los padres de familia y jefes de clanes más extensos, llamados en ge- neral ancianos, tendían a ser primera autoridad de Israel, sobre todo en el tiempo de la federación* de tribus. Ciertamente, Gn 2–4 conserva la me- moria de un primitivo poder matriar- cal, de mujeres, dadoras de vida (Eva*). Pero luego esa memoria se ha borrado, de manera que las mujeres ya no apa- recen como institución central del pue- blo, ni en las genealogías oficiales de tribus, clanes y familias. En esa línea, la primera historia bíblica sanciona el recuerdo de los padres-patriarcas, que no son divinos (como en otros pueblos, que han adorado a los antepasados), pero sí muy importantes, pues consti- tuyen un recuerdo de la elección y de las promesas de Dios: ellos (Abrahán*, Isaac, Jacob y los Doce) definen el Gé- nesis del pueblo; sólo después viene el Éxodo o nuevo nacimiento marcado por Moisés (legislador, garante de la Ley) y los caudillos militares (Jueces). Esta división (ancianos, legisladores, jueces) no destruye el poder de los an-

cianos, sino que lo ratifica, de manera que los patriarcas masculinos, jefes de familia ampliada, con siervos y parien- tes, constituyen la autoridad primera del pueblo. De esa forma, el poder de los patriarcas antiguos pasa al consejo de ancianos (zequenim), que son la au- toridad más alta (y casi única) en la fe- deración de tribus: son representantes de familias y clanes, que forman la asamblea permanente (legislativa, eje- cutiva, judicial) del pueblo (cf. Ex 3,16.18; Nm 11,6.24; Dt 5,23; 19,12). Ellos han seguido siendo la institución judicial básica, desde la monarquía (1 Re 21,8-11) hasta el tiempo de Jesús (como indica la historia quizá simbóli- ca de Jn 8,1-11, donde los ancianos son los que tienen el poder de condenar a la adúltera). En esa línea, cada familia repite y encarna el modelo patriarcal, con el padre varón como representante de Dios y transmisor de las promesas, en línea genealógica. En este contexto debemos incluir otras instituciones de- rivadas: matrimonio, hijos e, incluso, esclavos. En tiempo de Jesús, los an- cianos forman, con sacerdotes y escri- bas, el Sanedrín o Consejo (Parlamen- to y Tribunal) del pueblo (cf. Mc 8,31 par) y dirigen de forma colegiada la co- munidad israelita. Representan la tra- dición, que es signo de Dios y garantía de continuidad: son poder establecido de forma engendradora (masculina), orden genealógico. Jesús, en cambio, interpreta y presenta a los hombres y mujeres como hermanos, de manera que sólo Dios es Padre/Anciano para todos (cf. Mc 3,31-35; 10,28-30 y Mt 23,1-12). Los primeros ministros de la Iglesia no serán ancianos, sino servido- res comunitarios.

(2) Apocalipsis. Institución honora- ria ( vivientes, trono). El Apocalipsis no alude directamente a los ancianos o presbíteros* como dirigentes de las co- munidades cristianas (en la tierra), pe- ro los presenta en el cielo, como auto- ridad colegiada de alabanza, liturgos de gloria, junto al trono de Dios. «Alre- dedor del trono había veinticuatro tro- nos; y vi sentados en los tronos a vein- ticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus ca- bezas» (Ap 4,4). Los tronos simbolizan el poder compartido (como en Dn 7,9) y los ancianos representan el Consejo divino; son testigos y consejeros de su autoridad. Son veinticuatro (dos por

cada una de las doce tribus), simbo- lizando la totalidad de lo humano: ro- dean a Dios y celebran el triunfo del Cor- dero (Ap 4,4.10; 5,6.8.11.14; 7,11.13; 11,16; 14,2; 19,4). Pero ellos pueden simbolizar también otras instituciones y valores de la historia israelita y cris- tiana: (a) Pueden ser un consejo de án- geles, que formarían el entorno celeste de Dios, Sanedrín de espíritus, que ro- dean su trono y comparten (realizan) su poder sobre el universo, en dos gru- pos de doce, que son los astros (meses) primordiales. En esa línea se situaba la epifanía de Dn 7, donde Dios aparece rodeado de espíritus celestes (lo mis- mo que en 1 Hen 14), de manera que se le llama el «Señor de los Espíritus». (b) Pueden representar a los veinticuatro grupos de levitas, como aquellos que se iban turnando a lo largo del año en el templo (cf. Cr 24,7-18). Estos ancianos serían los oficiantes de la nueva litur- gia cristiana, organizada como la de Is- rael, de forma sacral. (c) En esa línea, podemos entenderlos como un com- pendio de la historia de la salvación, re- presentada por los doce Patriarcas de Israel más los doce apóstoles del Cor- dero, unidos en Ap 21,12-14 (cf. los do- ce tronos de los apóstoles en Mt 19,28). El profeta Juan habría proyectado en torno a Dios el modelo de una comuni- dad judeocristiana, dirigida por veinti- cuatro ancianos o presbíteros. (d) An- cianos, autoridad colegiada. Conforme a lo anterior, los ancianos son un signo de la Iglesia cristiana perfecta, gober- nada por un Consejo de doce o veinti- cuatro presbíteros que el Apocalipsis habría proyectado sobre el cielo, iden- tificándolos con el coro de alabanza de Dios.

(3) Los presbíteros. Una autoridad en el camino de la Iglesia. Se han defendi- do, con buenas razones, las cuatro in- terpretaciones anteriores de los ancia- nos y aun otras. Pero ellas no deben excluirse, ni imponerse como definiti- vas. Los presbíteros forman parte de un momento concreto de la historia. Así podemos afirmar que son como la anticipación de un final en el que ya no son necesarios. Tengan el sentido que tuvieren, un coro de presbíteros y pro- fetas guía la liturgia y alabanza de los fieles, en el camino que se abre hacia un final de bodas donde su liturgia al fin cesa. Los profetas reflejarían el as- pecto carismático de la Iglesia, el testi-

monio de la entrega de la vida. Los an- cianos representarían el aspecto más institucional. Pues bien, unos y otros desaparecen en la escena final del Apo- calipsis (Ap 21–22), como si hubieran cumplido su función y no fueran nece- sarios. De esa manera, los ancianos van apareciendo y cantan a lo largo del drama en que concluye y se cierra la historia (cf. Ap 5,6-14; 7,11.13; 11,16; 14,2; 19,4), pero al final del trayecto no actúan ya más (Ap 21,1–22,5), a no ser que los identifiquemos con los patriar- cas y apóstoles (cf. 21,12-14), que que- dan también en las puertas y cimientos de la muralla, fuera de la ciudad. Den- tro, en la plaza de la gran ciudad de Dios, junto al río de la Vida, con Dios y su Cordero, no habrá ya distinciones. No hay al fin Ancianos (= presbíteros, varones) dirigiendo o representando a la comunidad, como entorno patriar- calista de Dios, sino que todos los hom- bres y mujeres vivirán en igualdad de amor, en amor definitivo.

Cf. R. DE VAUX, Instituciones del Antiguo

Testamento, Herder, Barcelona 1985, 109-

124; X. PIKAZA, Apocalipsis, Verbo Divino, Estella 1999.

ÁNGELES

( dualismo, apocalíptica, Espíritu Santo). Los ángeles son seres celestes, expresión de la majestad de Dios: for- man su corte, son sus mensajeros, rea- lizadores de su voluntad o señal de su presencia. Así aparecen en muchas re- ligiones antiguas y modernas, en las que en general no se distinguen de Dios o su gloria. Están vinculados a eso que pudiéramos llamar la dimen- sión «divina» del hombre y así desem- peñan un papel muy importante en la experiencia religiosa del conjunto de la humanidad. Distinguimos la visión israelita, la del Nuevo Testamento y evocamos después en concreto la apor- tación del Apocalipsis.

(1) Israel. [I] El Ángel de Yahvé. Den- tro de la religión israelita, tenemos que distinguir entre el ángel y los ángeles. El Ángel de Yahvé. Aparece desde un tiempo bastante antiguo como perso- nificación o presencia de Yahvé, Dios trascendente. En el momento en que Yahvé* se separa del mundo y actúa como autónomo e invisible, Dios en sí mismo, puede hablarse y se habla del Malak Yahvé, es decir, del Angelos Ky-

riou (que aparece aún en Mt 28,2, en el relato de la pascua). No es un espíritu cualquiera, no es un ángel entre otros, sino «el Ángel», es decir, la presencia actuante de Dios. Se trata, por tanto, de una verdadera teofanía o manifesta- ción de Dios, pues el Angelos Kyriou (Malak Yahvé, Ángel del Señor) no es otro que el mismo Dios que despliega su poder y actúa. Frente a los ángeles, que rodean a Dios y le alaban, reali- zando las tareas y funciones que Dios les encomienda, aparece aquí el mis- mo Dios como Ángel, es decir, Poder de Presencia. Así le vemos en muchos relatos del Antiguo Testamento: se aparece a Agar (Gn 16,7-11); llama a Abrahán desde el cielo para que no sa- crifique a su hijo (Gn 22,11-15); se re- vela a Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,2) y con mucha más frecuencia a los jueces, liberadores del pueblo. Éste es un Ángel guerrero, que interviene en la conquista de la tierra de Palestina: «Yo envío mi ángel delante de ti... Mi ángel irá delante de ti y te llevará a la tierra del amorreo, del heteo, del ferezeo, del cananeo, del heveo y del jebuseo, a los cuales yo haré destruir. No te inclina- rás ante sus dioses ni los servirás, ni harás como ellos hacen, sino que los destruirás del todo y quebrarás total- mente sus estatuas» (Ex 23,20.23-24).

(2) Israel. [II] Los ángeles. Se distin- guen del Ángel de Yahvé porque son muchos y porque no se identifican con Dios, sino que son sus servidores y así expresan su presencia y cantan su ala- banza. Suele decirse que, en principio, estos ángeles eran más bien «hijos de Dios», seres divinos o dioses inferiores; pero que al ponerse de relieve el mo- noteísmo y trascendencia de Yahvé ellos aparecen más bien como una cor- te celestial, un consejo de alabanza. Ellos aparecen sobre todo en los textos más tardíos del Antiguo Testamento. Así se puede hablar de los ángeles de Dios que marcan su presencia en Be- tel*; son espíritus poderosos, que ben- dicen a Dios y cumplen su voluntad (Sal 103,20). Así podemos presentarlos como hijos de Dios poderosos en Sal 29,1 o como servidores cuya función es simplemente la alabanza a Dios (Sal 148,2). Son miles y millones de servi- dores de Dios (Dn 7,10), envueltos en un río de fuego. La tradición posterior ha identificado a todos los seres sagra- dos que rodean a Dios con los ángeles:

así ha hecho con los serafines* de Is 6 y con los querubines* de Ez 1. De éstos habla la carta a los Hebreos y los pre- senta como espíritus de Dios, llamas de fuego (Heb 1,5-7).

(3) Ángeles y demonios. Quizá el ras- go más distintivo del Antiguo Testa- mento en este campo sea la dualiza- ción de los ángeles, que se dividen en buenos (los que aceptan a Dios y cum- plen sus órdenes) y en malos (los que rechazan a Dios y se vuelven perver- sos). Entre los ángeles buenos pueden citarse los arcángeles*, que actúan co- mo protectores y guardianes de los hombres. Entre los perversos está Sa- tán* (Azazel). De ellos se ocupa el es- tudio del dualismo* bíblico. Sobre esa base, algunos libros parabíblicos (co- mo 1 Henoc*) han desarrollado una fuerte antropología angélica, presen- tando a los grandes ángeles buenos (arcángeles) como enemigos de los án- geles* o espíritus perversos (satánicos) y como portadores de la salvación de Dios.

(4) Nuevo Testamento. Anunciación y pascua. No hay en el Nuevo Testa- mento una doctrina elaborada de los ángeles, aunque ellos aparecen con cierta frecuencia, sobre todo en los re- latos del nacimiento de Jesús (anun- ciación*) y en los relatos de su victoria sobre la muerte (resurrección*). En la anunciación de Lucas (Lc 1,26-38) in- terviene Gabriel*, que es signo del Dios poderoso. En la de Mateo (Mt 1,18-25) y en todos los relatos posteriores de Mt 2 actúa el Ángel* de Yahvé, que va iluminando a José y guiando la histo- ria del niño. El Jesús de los evangelios comparte la visión que tienen los ju- díos de su tiempo y así puede hablar no sólo de los ángeles de Dios, sino también de los ángeles del Hijo del Hombre (cf. Mt 13,39; 25,31) y de un modo especial de la escatología (cf. 13,27 par). El más significativo de los

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