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BETEL, CASA DE DIOS

In document Pikaza.pdf (página 155-157)

( templo). El texto clave de la tra- dición de Betel dice así: «Jacob llegó a un cierto lugar y durmió allí, porque ya el sol se había puesto. De las piedras de aquel paraje tomó una para su cabece- ra y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño: Vio una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo. Ángeles de Dios subían y descendían por ella. Yahvé estaba en lo alto de ella y dijo: Yo soy Yahvé, el Dios de Abrahán, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la da- ré a ti y a tu descendencia... Cuando Ja- cob despertó de su sueño, dijo: Cierta- mente Yahvé está en este lugar, y yo no lo sabía. Entonces tuvo miedo y excla- mó: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo. Se levantó Jacob de mañana, y tomando la piedra que había puesto de cabecera, la alzó por señal y derramó aceite encima de ella» (Gn 28,10-18). Éste es un texto etiológico que quiere explicar, desde la perspectiva israelita, el sentido sagrado de un lugar, llamado Bet-El (Casa de Dios), con una piedra que se supone lugar de presencia de Dios, signo cultual donde se vinculan

tierra y cielo. Las religiones anteriores contarían el origen y sentido sagrado de aquel lugar de otra manera. Pero en un momento determinado los israelitas asumieron el valor «divino» del santua- rio de la piedra o roca de Betel, elabo- rando desde esa perspectiva esta «le- yenda cultual», conforme a la cual el mismo Yahvé, protector de Jacob y pa- dre del pueblo, aparece como fundador de este lugar sagrado. El santuario is- raelita (o preisraelita) de Betel se cita, por ejemplo, en Gn 12,8; 31,13; 35,1; 1 Sm 7,16; 10,3). El culto de Betel ha si- do mirado con recelo por la tradición deuteronomista (Pentateuco*) y profé- tica, que lo considera vinculado a los toros* idolátricos, opuestos a Yahvé (cf. 1 Re 12–13; cf. Am 3,14; 4,4; 5,5-6; 7,10- 13; Os 12,4). Por otra parte, hay nume- rosos textos arameos del siglo VII a.C. en los que se cita un Dios Betel, como figura independiente. Quizá existía en los profetas ese recuerdo de que Betel era un Dios que había sido parcialmen- te asimilado a Yahvé, pero que conser- vaba elementos paganos, no israelitas. En esa línea deben entenderse algunos textos proféticos como Jr 48,13; Am 5,5; Os 4,15; 10,15. Sea como fuere, la palabra betel o betilu se ha empleado y se sigue empleando para aludir a unos santuarios en los que se veneran espe- cialmente las piedras sagradas. Al lado de la piedra o roca sagrada, conocida en muchas religiones, hay otros betilus, como son un árbol o un río, una cueva o un monte... Desde la nueva perspecti- va bíblica, la señal básica de Dios ya no es la piedra del santuario de Betel (don- de los israelitas siguieren adorando a Dios hasta la unificación del culto en Jerusalén, en los años que preceden y siguen al exilio), sino el mismo Jacob fugitivo. El signo de Dios no es ya la piedra, sino Jacob, un hombre débil y fuerte, astuto y creyente, que huye de la persecución de su hermano. En esa lí- nea se podrá decir que la «casa de Dios» son los hombres, como ha pues- to de relieve el evangelio de Juan, cuan- do interpreta a Jesús como el auténtico «Betel»: «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y bajan so- bre el Hijo del Hombre» (Jn 1,51).

Cf. M. ELIADE, Tratado de Historia de las re-

ligiones, Cristiandad, Madrid 1981, 227-

250; M. OLIVA, Jacob en Betel: visión y voto.

Estudio sobre la fuente E, Monografías Bí-

BETSABÉ

( genealogía). Es la cuarta de las mujeres de la genealogía de Jesús, se- gún Mt 1,6, pero no aparece con su nombre, como las tres anteriores (Ta- mar*, Rahab y Rut), sino sólo como «la mujer de Urías», de la que David engendró a Salomón. Según 2 Sm 11–12 y 1 Re 1–2, ella ha jugado un pa- pel irregular e importante en la histo- ria de las genealogías de Israel, lo mis- mo que las otras tres mujeres. El texto la presenta como hija de Eliam (2 Sm 11,3) y pertenece con toda probabi- lidad a la aristocracia preisraelita de Jerusalén. Está casada con Urías, un soldado significativo, del ejército de David, un hitita, de origen probable- mente cananeo, anterior a la conquista de Jerusalén por David. Urías podría ser un mercenario, que ha venido del extranjero para servir a David; pero es más probable que forme parte de la aristocracia cananea de Jerusalén, asi- milada por David tras la conquista de la ciudad (cf. 2 Sm 5,6-9). Posiblemen- te tampoco Betsabé es israelita; pero al texto no le importa eso, sino la manera como ella ha sabido aprovechar las cir- cunstancias (su adulterio, el asesinato de su marido) para ascender en la cor- te del rey. En las historias de la prime- ra parte de su vida (2 Sm 11–12) ella parece pasiva; no sabemos nada de lo que piensa, ni siquiera sabemos si tie- ne hijos de su matrimonio anterior ni si tiene la esperanza de que el hijo que engendra con David llegue a ser rey. El texto la presenta bañándose en la terraza de su casa, posiblemente para purificarse después de la impureza menstrual. Este detalle es significativo, pues nos hace saber que el hijo que es- pera, tras haberse acostado con David, no puede haber sido engendrado por Urías, que está luchando lejos, al servi- cio del rey que se acuesta con su mu- jer. Para el narrador de la historia, ella seguirá siendo la mujer de Urías, pro- bablemente una extranjera (cf. 2 Sm 12,9.10.15; Mt 1,6). Todo eso cambia en la última parte de su vida (en 1 Re 1–2), cuando David está muriendo y Adonías, otro de sus hijos, nacido de otra mujer (cf. 2 Sm 3,4), quiere tomar el poder y se corona como rey. En este momento, Betsabé aparece como gebî- ra*, mujer poderosa, madre del que va a ser monarca. Es ella la que con Na-

tán, el profeta, trama y dirige el golpe palaciego, convenciendo a David para que proclame a Salomón como suce- sor sobre su trono. Ella influye tam- bién en su hijo Salomón, para que ma- te a Adonías, su hermano de padre, que sigue queriendo ocupar el trono. Así aparece como una mujer intrigante y poderosa, que influye sobre David (como David había influido sobre ella al principio), dirigiendo dramática- mente los destinos de Israel, en los mo- mentos básicos del cambio de reinado de David a Salomón, el nuevo rey, que aparece así como mestizo, hijo de Da- vid y de la mujer de un extranjero (una extranjera). El evangelio de Mateo ha querido poner bajo su luz la figura y obra de María, la madre de Jesús.

BIBLIA

Plural griego de biblion, libro; signi- fica «los libros» o, mejor dicho, el Li- bro por excelencia, tal como ha sido aceptado canónicamente por judíos (Biblia hebrea) y cristianos (Antiguo Testamento hebreo, con los deuteroca- nónicos griegos de los LXX, más el Nuevo Testamento) y de algún modo por musulmanes (Corán). Sólo las reli- giones monoteístas o proféticas (ju- daísmo, cristianismo, islam), que po- nen de relieve la personalidad de Dios, que se revela o manifiesta a través de las palabras y gestos (acciones) de unos profetas especiales, concebidos como mediadores o reveladores dentro de la historia, suelen tener una Biblia estric- tamente dicha, es decir, un libro de la revelación de Dios a través de esos pro- fetas. Ciertamente, judíos, cristianos y musulmanes pueden aceptar de algún modo un tipo de «Biblia cósmica» (Dios habla por el mundo) y sobre to- do una «Biblia interior» (Dios habla por el corazón). Pero ellos aceptan y veneran de un modo especial un Libro o libros puestos por escrito en los que Dios ha fijado su Palabra. Esto nos permite distinguir y vincular tres bi- blias y tres revelaciones.

(1) Hay una revelación y una Biblia cósmica, pues Dios habla por la na- turaleza, como han destacado las reli- giones paganas. En ese sentido, todos seguimos siendo de alguna forma pa- ganos: vemos a Dios y oímos su voz en el hermano sol, en la hermana luna, en la madre tierra y en la hermana muer-

te. El primer libro de Dios es el mundo del que formamos parte. En esa línea se sitúan aquellos que ponen de relieve la presencia o manifestación de Dios en los fenómenos básicos del cosmos, especialmente en los procesos de la na- turaleza (vida y muerte, cielo y tierra, plantas y animales, hombres y muje- res...). Éstos tienden a ser politeístas o panteístas; no tienen una Biblia espe- cial, pues su libro es el mundo y los di- versos mitos de sus dioses, que suelen transmitirse de forma oral, aunque a veces toman forma escrita, como li- bros sagrados (el Popol Vuh entre los mayas, el Libro de los muertos en Egip- to, los Vedas en la India, etc.).

(2) Hay una revelación y Biblia del corazón. Las religiones místicas, más propias del lejano Oriente (hinduismo, budismo, taoísmo), acentúan la pre- sencia de Dios en el interior humano. Según ellas, más que en el mundo, lo divino se despliega y manifiesta en el mismo proceso de interiorización, en la experiencia de liberación mental, en la hondura o vacío (= plenitud) de la men- te que se siente unida al Absoluto. Es- tas religiones tienden a ser panteístas. Pueden tener un tipo de libros sa- grados, más o menos importantes (las Upanishadas de la India, el Tao de Chi- na, la Tripitaka del budismo), pero es- trictamente hablando su Biblia es la vi- da interior de cada hombre o mujer, que descubre lo divino dentro de sí, a través de un tipo de yoga o meditación trascendental. Los panteístas suponen de algún modo que todo es Dios, de manera que no suelen tener una Biblia especial, pues Dios se manifiesta en ca- da una de las cosas: en la naturaleza exterior, en la vida de los hombres, en la cultura. En esa línea se podrían citar las palabras de san Pablo en 2 Cor 3–4, cuando afirma que la Escritura o Car- ta de Dios está escrita en nuestros pro- pios corazones. Sin esta Biblia inte- rior, sin esta Palabra de Dios que resuena en nuestro interior, no se pue- de hablar de revelación de Dios.

(3) Hay, finalmente, una Biblia his- tórica, más propia de las religiones proféticas, que defienden la existencia de hombres especiales (Moisés, Jesús, Mahoma) por medio de los cuales Dios se ha manifestado o encarnado de un modo especial, tal como lo expresan los libros sagrados. Las religiones pro- féticas pueden afirmar en un nivel la

existencia de una teofanía y Biblia cós- mica, diciendo que Dios se manifesta- rá por los grandes fenómenos y proce- sos de la naturaleza. Ellas admiten también la Biblia interior del corazón, por la que Dios habla directamente a cada hombre. Pero eso no les basta. Ellas añaden que existe una teofanía histórica, que ha quedado fijada en unos libros sagrados, en los que se re- coge la palabra o experiencia de unos profetas, que aparecen como transmi- sores de la Palabra de Dios. En esa línea podemos afirmar que, para los judíos, musulmanes y cristianos, la teofanía y profecía se acaban identificando y las dos se concretizan por fin en las Escri- turas. «De muchas maneras puede re- velarse y se ha revelado Dios en otro tiempo, pero básicamente lo ha hecho a través de los profetas...» (cf. Heb 1,1).

Cf. F. COMTE, Los libros sagrados, Alianza, Madrid 1995; J. TREBOLLE, La Biblia judía y

la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Trotta, Madrid 1998.

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