APOCALÍPTICA
3. Apocalipsis sinóptico
( Marcos, Hijo del Hombre). Cons- tituye, con el Apocalipsis de Juan, el testimonio básico de la apocalíptica del Nuevo Testamento. Nadie ha logrado explicar el enigma del origen y sentido total de ese pasaje. Es posible que transmita recuerdos de Jesús y expe- riencias fuertes de la Iglesia primitiva, en el tiempo de la crisis de Calígula, que quiso poner su estatua en el templo de Jerusalén (en torno al 40/41 d.C.). Ciertamente, refleja una experiencia apocalíptica de origen judío, recreada desde la confesión pascual cristiana.
Mc ha querido introducirla en su evan- gelio, como palabra final de Jesús, vin- culada al anuncio de la ruina del tem- plo de Jerusalén y del final del tiempo. (1) Jesús, revelador apocalíptico. El revelador apocalíptico es aquí el mis- mo Jesús, no ya Henoc o Melquisedec, patriarcas heroicos que habían logra- do subir a la altura de los cielos, des- cubriendo allí el misterio divino. Es evidente que, al situarse en diálogo y disputa con otros grupos judíos, los cristianos han tenido que interpretar a Jesús como el mensajero apocalíptico, presentándole como aquel que conoce y anuncia el final de los tiempos, con los signos definitivos de la ruina y sal- vación del mundo. Más aún, Mc 13 ha situado este discurso apocalíptico de Jesús en el contexto más solemne del judaísmo legal y sacral: sobre el monte de los Olivos, frente al templo de Jeru- salén. Por disputas sobre ese templo y sus ritos se habían separado los elegi- dos y/o voluntarios de Qumrán. En tor- no al templo vendría a realizarse con- forme al judaísmo el gran drama de los últimos tiempos (como sabe incluso Ap 11,19). Lógicamente, el Jesús de Mc ofrece su discurso ante el templo, evo- cando y recreando los motivos funda- mentales de la apocalíptica judía de su tiempo. Es muy posible que algunos de los elementos de este discurso proven- gan del mensaje evangélico; pero los signos fundamentales derivan del con- texto apocalíptico judío. En su forma actual, este pasaje ha sido creado por la Iglesia cristiana, es decir, por judeo- cristianos que centran en Jesús la es- peranza y experiencia final de la con- sumación del siglo. Situado frente al templo judío (sacralidad de Dios, signo del pasado), cercano ya a su muerte, con una aureola pascual, Jesús puede abrir y abre el libro secreto de los acontecimientos del final (como hará el Cordero en Ap 5). Tiene delante a sus cuatro discípulos preferidos, que son signo escatológico de la plenitud humana (no son los Doce del mensaje y promesa judía). Habla como aquel que va a morir o ha muerto por los otros. Precisamente, su entrega de la vida (su fidelidad mesiánica) le capaci- ta para descubrir y proclamar los sig- nos del final.
(2) Comienzo de la Tribulación: «Que nadie os engañe: vendrán mu- chos en mi nombre diciendo “Yo soy”
y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y rumor de guerras, no os alarméis. Eso tiene que suceder, pero no es todavía el fin. Pues se le- vantará pueblo contra pueblo y reino contra reino. Habrá terremotos en di- versos lugares. Habrá hambre. Ése se- rá el comienzo de la tribulación» (Mc 13,5-8). Jesús, revelador escatológico, ofrece a su comunidad los signos del fin de los tiempos. Unos están vincula- dos a la misma fragilidad del cosmos (terremotos), pero los más significati- vos derivan de la violencia y mentira humana: la guerra de todos contra to- dos y el engaño mesiánico de los que hablan en nombre de Jesús (de Dios) diciendo «Yo soy».
(3) Batalla última, persecución. «Te- ned mucho cuidado. Os entregarán a los sanedrines, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gober- nadores y reyes por mi causa para tes- timonio de ellos; pero primero se anunciará el Evangelio a todos los pue- blos. Y cuando os lleven para entrega- ros, no os preocupéis de lo que vais a decir. Decid lo que Dios os sugiera en aquel momento, pues no seréis voso- tros los que habléis, sino el Espíritu Santo. Entonces el hermano entregará a su hermano y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres para matarlos. Todos os odiarán por mi causa; pero el que persevere hasta el fin, será salvado» (Mc 13,9-13). La apocalíptica judía corría el riesgo de interpretar la batalla final en claves de enfrentamiento sobrehumano entre Satán y el Hijo del Humano (o los án- geles de Dios). En contra de eso, Mar- cos entiende esa batalla en clave de lucha interhumana (de todos contra todos) y de persecución del conjunto de la humanidad contra los seguidores del Evangelio. Pasamos así de la bata- lla universal a la persecución: se abren los frentes; por un lado queda la vio- lencia del mundo; por otro la debilidad de los cristianos, que, en su propia pe- queñez, son signo supremo de Dios so- bre la tierra, portadores de un Evange- lio universal que se extiende a todos los pueblos.
(4) Abominación de la desolación: «Cuando veáis la abominación de la desolación estando allí donde no debe (quien lea entienda), entonces los que estén en Judea que huyan a los mon- tes; el que esté en la azotea, que no ba-
je ni entre a tomar nada de su casa; el que esté en el campo, que no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Orad para que no ocurra en in- vierno. Porque aquellos días serán de tribulación como no la ha habido igual hasta ahora desde el principio de la creación, que Dios creó, ni la volverá a haber. Si el Señor no acortase aquellos días, nadie se salvaría. Pero, en aten- ción a los elegidos que él escogió, ha acortado los días» (Mc 13,14-20). Este pasaje, que asume elementos judíos, cercanos a los de 2 Tes 2,4 (el anti-Dios o anti-Cristo se sienta en el templo, queriendo ser adorado), puede haber surgido en un momento en que los cristianos están vinculados a la comu- nidad israelita: la abominación de la desolación es la estatua idolátrica que se quieren poner sobre (o en) el altar del templo (en los años de Calígula), la huida de Judea puede referirse a la guerra judía del 67-70. Sea como fuere, Mc ha universalizado esa experiencia, situando el fin del tiempo en un con- texto de amenazas político-religiosas (el emperador quiere divinizarse a sí mismo) y sociales: hay lucha universal dirigida en contra de los fieles.
(5) Falsos profetas y cristos: «Si algu- no os dice entonces: ¡Mira aquí al cris- to! ¡Mira allí!, no le creáis. Porque sur- girán falsos cristos y falsos profetas, realizando signos y prodigios capaces de engañar, si fuera posible, a los mis- mos elegidos. ¡Tened cuidado! Os lo he advertido de antemano» (Mc 13,21-23). De la persecución exterior pasamos al engaño interno. En ese contexto se en- tiende el surgimiento de falsos mesías, que pueden aliarse a la violencia del entorno y/o engañar a los creyentes... En este contexto puede evocarse el te- ma de la lucha entre el verdadero y fal- so Cristo (que aparece en 2 Tes 2,1-12 y en el conjunto del Apocalipsis).
(6) Verán al Hijo del Hombre: «Pasa- da la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará res- plandor; las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán; y entonces verán venir al Hijo del Huma- no entre nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reu- nirá de los cuatro vientos a sus ele- gidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo» (Ap 13,24-27). Se ofrece aquí la visión final de la salva-
ción, que se logra sin guerra ni batalla externa. La temática es muy sobria: re- coge elementos de la ruina o cambio cósmico (cf. Is 13,10; Jl 2,10.31; 3,15) con la venida del Hijo del Hombre (cf. Dn 7,13-14); pero no incluye signos guerreros, ni alude a la lucha del envia- do de Dios contra el poder de lo satáni- co. Sobre la violencia y el engaño de una humanidad que lucha y persigue a los creyentes se eleva la Señal de Jesús, Hijo de Hombre que viene.
Cf. J. MATEOS, Marcos 13. El grupo cristiano
en la historia, Cristiandad, Madrid 1986; G.
THEISSEN, Colorido local y contexto histórico
en los evangelios. Una contribución a la his- toria de la tradición sinóptica, Sígueme, Sa-
lamanca 1997; La redacción de los evangelios
y la política eclesial, Verbo Divino, Estella
2003.
APÓCRIFOS
Libros escondidos o secretos, que se suponen escritos por inspiración direc- ta de Dios o de un ser sobrenatural y narran lo que ha de suceder al fin de los tiempos; se les atribuye gran anti- güedad y autoridad.
(1) Apocalípticos. Gran parte de los libros apocalípticos son apócrifos, por tema y doctrina. Pues bien, el Ap no es libro escondido sino público; ha sido revelado a un profeta conocido (Juan) y debe transmitirse abiertamente en la Iglesia: quiere ser canónico y abierto a todos los creyentes, no secreto (Ap 1,1- 8.19; 22,6-20).
(2) Evangelios populares. Textos de tipo legendario y piadoso que preten- den rellenar el hueco que han dejado los evangelios canónicos, ofreciendo para el conjunto de los fieles una noti- cia más detallada de la infancia de Je- sús o de la pascua. Ellos no quieren di- luir la encarnación como los gnósticos. No intentan superar o destruir la his- toria, sino al contrario: quieren fijarla de manera piadosa, edificante, para alimentar así la fantasía y vida interna de los fieles. Durante muchos siglos es- tos textos, algunos tan conocidos como el Protoevangelio de Santiago, el Pseudo- Mateo o El evangelio árabe de la infan- cia, han servido para fortalecer, al mis- mo tiempo, la curiosidad y la vida espiritual de los creyentes. Son como novelas edificantes que interpretan la vida de la Virgen María o la infancia de Jesús partiendo de modelos biográfi-
cos del Antiguo Testamento de la espi- ritualidad eclesial (monástica) del tiempo. La Iglesia los ha aceptado co- mo libros de piedad, sin darles un va- lor canónico o vinculante. Estos evan- gelios apócrifos respetan de manera general el valor de la encarnación, pe- ro corren el riesgo de entenderla de un modo milagrista, hasta doceta. Jesús niño aparece a veces como un sabio uni- versal que puede resolver todos los pro- blemas; es un joven caprichoso que va haciendo milagros sin más fin que de- mostrar su propia autoridad de Hijo de Dios y hombre perfecto. En ese as- pecto, tomados al pie de la letra, estos relatos corren el riesgo de hacernos ol- vidar el auténtico evangelio de la cruz y encarnación que Pablo ha proclama- do de manera tan intensa y que refle- jan, de formas convergentes, paralelas y distintas, los evangelios canónicos (Mc y Mt, Lc y Jn).
(3) Textos gnósticos. Una parte con- siderable de los apócrifos han sido es- critos o reescritos desde una perspecti- va gnóstica*, como ha puesto de relieve la colección de textos encontra- dos en Nag Hammadi. En esa línea ha empezado a situarse ya el Evangelio* de Tomás; en ella fundan su mensaje textos más tardíos como el Evangelio de Felipe, el Evangelio de María, el Diá- logo del Salvador o el Apócrifo de San- tiago. Frente al riesgo que presentan la gnosis y los mismos evangelios apócri- fos, la Iglesia ha recibido y presentado ante los fieles los cuatro evangelios ca- nónicos y ellos resultan más fiables, pues resguardan la encarnación his- tórica del Hijo de Dios, frente a los peligros de idealización y desen- carnación de los «evangelios gnósti- cos». Los evangelios canónicos testifi- can y proclaman de manera suficiente el escándalo del Cristo, frente a todas las curiosidades milagrosas de los evangelios apócrifos de tipo popular.
Cf. G. ARANDA(ed.), Literatura judía intertes-
tamentaria, Verbo Divino, Estella 1996; A.
DÍEZMACHO(ed.), Apócrifos del Antiguo Tes-
tamento, Cristiandad, Madrid 1982-1984; A.
PIÑERO(ed.), Textos gnósticos. Biblioteca de
Nag Hammadi. I. Tratados filosóficos y cos-
mológicos. II. Evangelios, hechos, cartas. III. Apocalipsis y otros escritos, Trotta, Ma- drid 1997-2000; A. SANTOSOTERO, Evange-
lios Apócrifos. Textos griegos y latinos, BAC
148, Madrid 1975; R. TREVIJANO, La Biblia en
el cristianismo antiguo. Prenicenos. Gnósti- cos. Apócrifos, Verbo Divino, Estella 2002.
APÓSTOLES
( discípulos, Doce, Iglesia 1). Jesús no ha querido fundar una religión, si- no culminar la historia israelita, esco- giendo para ello Doce seguidores, co- mo signo de la totalidad del pueblo elegido. No los hace apóstoles en el sentido posterior, como enviados a mi- sionar a todos los pueblos, sino testi- gos y garantes de la plenitud israelita, que, una vez lograda, puede abrirse de un modo universal. Son representan- tes suyos (saliah) ante Israel y así los envía, sin duda, como supone Mt 10,6: «Id a las ovejas perdidas de la casa de Israel». En ese sentido, como enviados de Jesús, podrían llamarse y se llaman apóstoles, según ha recordado la tradi- ción de Marcos, cuando dice que Jesús «constituyó a los Doce, a los que llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a proclamar (el Reino)» (Mc 3,14). Pero todo nos invita a supo- ner que Mc ha mezclado dos grupos: los Doce (que, en principio, no son apóstoles-enviados, sino compañeros de Jesús) y los apóstoles (enviados es- catológicos del Cristo pascual o de las comunidades). En esa misma línea, podemos afirmar que Pedro reconstru- yó el grupo de los Doce tras la pascua (cf. Hch 1,15-26); pero esos Doce ya no fueron apóstoles universales ni siquie- ra en el sentido que habían tenido en el tiempo de Jesús (enviados para anun- ciar el Reino a los más pobres), sino que vinieron a convertirse, desde Jeru- salén, en signo de la plenitud israelita en cuanto tal (en la línea de Mt 19,28). (1) Historia: los apóstoles de la iglesia helenista. Los apóstoles propiamente dichos surgen con la misión de los he- lenistas, tal como supone Pablo cuan- do dice en 1 Cor 15,5-8: «Jesús se apa- reció a Pedro y después a los Doce. Luego a más de quinientos hermanos a la vez... Luego a Santiago, y después a todos los apóstoles y al último de to- dos, como a uno nacido fuera de tiem- po, se me apareció también». La suce- sión es clara. Los Doce constituyen un grupo propio, quizá en torno a Pedro. Santiago representa a la Iglesia poste- rior de Jerusalén, después de que el grupo de los Doce va perdiendo impor- tancia. Los apóstoles forman parte de aquellos que Hch 6–7 llama los hele- nistas, que aparecen como verdaderos enviados de Jesús y de las comunida-
des, especialmente de la comunidad de Antioquía. Pablo se considera a sí mis- mo apóstol de Cristo, no de otros hom- bres (Gal 1,1). Pero, en perspectiva ecle- sial, Lucas le presenta en Hch 13,1-2 como delegado de la comunidad antio- quena que le envía (junto a Bernabé), con la fuerza del Espíritu Santo. Ambos planos van unidos: Cristo actúa a través de la comunidad; la comunidad actúa en nombre de Cristo. Lo que no quiso o pudo realizar Jerusalén, que no envió a sus Doce como apóstoles al mundo (a pesar de Hch 1,8), lo hace Antioquía, enviando a sus profetas-maestros más significativos (Bernabé y Saulo, el pri- mero y último de la lista de Hch 13,1) para realizar la obra mesiánica. Posi- blemente no ha existido un plan pre- vio, sino un despliegue carismático, que Lucas presenta como obra del Es- píritu Santo, verdadera autoridad en la Iglesia. Tuvo que ser una eclosión, una nueva experiencia de comunidad e Iglesia. Por eso, de ahora en adelante, Pablo empieza citando siempre a los apóstoles, enviados de Iglesia y funda- dores de iglesias, en el primer puesto dentro de las comunidades: «A unos los ha designado Dios en la Iglesia: pri- mero apóstoles, segundo profetas, ter- cero maestros...» (1 Cor 12,27-28). Los primeros en la Iglesia son los apóstoles, avalados por Jesús (y por la comuni- dad que les envía) para fundar nuevas comunidades. Ciertamente, pueden ser delegados o enviados de una iglesia, pero su autoridad básica es carismáti- ca: proviene de la experiencia de Jesús, no de un tipo de ley judía ni de una simple delegación eclesial (cf. 1 Cor 9,1-2; 15,7). Sólo así pueden ser y son creadores de iglesias, portadores de una llamada que les desborda y des- borda a las mismas comunidades. Aquí se funda la defensa apasionada que Pa- blo realiza de su apostolado, no sólo en Gal, sino en Flp 3, en 1 Cor y 2 Cor. Frente a los falsos obreros que ponen el Evangelio al servicio de sus intereses (ley, grupo nacional, dinero), Pablo de- fiende su autoridad pascual para fun- dar iglesias, desde la palabra de gratui- dad (justificación del pecador), que constituye el centro de su evangelio.
(2) Reinterpretación: los Doce son los apóstoles. El camino de Pablo, confor- me al cual todos los que «han visto» al Señor pueden presentarse como após- toles y fundadores de iglesia, resulta a
la larga arriesgado, pues en esa línea se corre el riesgo de olvidar el origen, ha- ciendo que las iglesias nieguen la his- toria de Jesús. Por eso, de un modo consciente, fiel a su intento de recrear el cristianismo desde el seguimiento de Jesús, con el fin de superar el peligro que representan los «hombres divi- nos», que se arrogan el derecho de crear comunidades nuevas sobre fun- damentos de grandeza, olvidando el camino de entrega concreta de Jesús, el evangelio de Marcos identifica ya a los apóstoles con los Doce compañeros de Jesús: ellos, los frágiles seguidores de Jesús, fueron en verdad los creado- res de la Iglesia, de manera que su mi- sión (que históricamente estuvo limi- tada a Galilea o centrada en Jerusalén) puede entenderse como principio y sentido de la misión de todas las igle- sias posteriores (cf. Mc 3,14; 6,30). Por su parte, Mateo ha seguido el modelo de Marcos, siempre que se vincule la misión israelita de los Doce (Mt 10) con la misión universal de Mt 28,16- 20, donde los Once (los Doce menos Judas) aparecen como apóstoles de to- dos los pueblos. Pero el que ha desa- rrollado de manera consecuente esta línea de identificación de los Doce con los apóstoles ha sido Lucas, que, en el libro de los Hechos, ha ofrecido una vi- sión teológico-simbólica de los oríge- nes cristianos que se ha hecho casi normativa para los tiempos posterio- res. Conforme a esa visión, sólo los Do- ce son verdaderos apóstoles, enviados por Cristo a extender el Evangelio en todo el mundo (Hch 1–2). Por eso, a su juicio, ni siquiera Pablo se puede pre- sentar como apóstol, sino sólo como un misionero importante, pero que se encuentra ya fuera del grupo de los doce apóstoles. Esta visión se ha im- puesto en la historia posterior, a partir del siglo II d.C., de tal manera que los Doce y los apóstoles se han identifica- do, convirtiéndose en signo de misión y autoridad para la Iglesia posterior. Este signo de los doce apóstoles, esce- nificado después en la teología y en la administración de la Iglesia, es muy hermoso y, en el fondo, sigue siendo verdadero, pues nos obliga a fundar el cristianismo en la historia de Jesús.