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ASTARTÉ-ANAT

In document Pikaza.pdf (página 110-130)

( Ashera, Baal). Una de las diosas más importantes de la mitología semi- ta, que ha tenido un gran influjo en los mitos de Oriente y del mundo helenis- ta (en la figura de Attargatis e incluso de Afrodita). Su presencia en la Biblia es significativa.

(1) La diosa. No es madre (como Ashe- ra), sino más bien diosa amiga (herma- na y amante) y guerrera. Ella está vin- culada en los mitos de Ugarit con Anat (Anatu), de la que resulta difícil sepa- rarla. Anatu se identifica no sólo con Astarté (Ashtartu, Ashtoret) de los tex- tos de Ugarit, de los fenicios y los cana- neos y de la misma Biblia, sino con Ish- tar de Babilonia. Es diosa fuerte del amor y diosa violenta de la guerra, que acompaña y libera a su hermano Baal (Ba’lu), compartiendo de algún modo su reinado. Ella empieza apareciendo como esposa/tierra de Baal, en clave de unión hierogámica y de fecundación sagrada, y al final inicia el movimiento de «retorno vital y de triunfo» de Baal tras su muerte cada año (como Dios de la cosecha). Ella acompaña a Baal, que lleva el arco y las flechas en la mano y está cazando toros salvajes en las ribe- ras de Samaku (tierra que alude proba- blemente al lago Hule, en las zonas al- tas del Jordán). Caza el Dios, viene la diosa: «Entonces alzó sus ojos Ba’lu, el Victorioso, alzó sus ojos y vio a la Vir- gen ‘Anatu, la más graciosa entre las hermanas de Ba’lu. Ante ella se apresu- ró a ponerse, a sus pies se prosternó y cayó (Textos de Ugarit, KTU 1.10.II, 13- 16). Ella es la que viene; él es quien se postra. Él es fuerte, gran cazador; ella es vigorosa, por eso se la llama btlt, doncella florecida o virgen. No enve- jece, no pierde su gracia. Así se dice de ella: «Tus vigorosos cuernos, virgen ‘Anatu, tus vigorosos cuernos Ba’lu los ungirá... Así atravesaremos en la tierra a mis enemigos, en el polvo a los ad- versarios de tu hermano...» (cf. Ibid., 1.10.II, 21-34). Ambos aparecen repre- sentados de manera theriomorfa. Baal es toro, Anat novilla; juntos represen- tan el aspecto fuerte de la vida (los cuernos son la fuerza). Ellos son el sig- no de la búsqueda amorosa que vincu- la todo lo que existe, la unión de cielo y tierra, la atracción de los más bravos animales, la tensión vital humana. En sentido estricto, los dioses progenitores

siguen siendo Ilu y Ashera, padres uni- versales. Pero en otro plano el orden cósmico se funda en la armonía y unión de Baal con Astarté-Anat (senti- do de KTU en Ashera*).

(2) Presencia en la Biblia. La figura de Baal ha crecido en importancia a lo largo de los tiempos, de tal forma que en el siglo IX-VIII a.C. vino a presen- tarse como el antagonista principal del Dios Yahvé para los hebreos, de mane- ra que cuando El-Ilu casi desaparece de la Biblia, absorbido por Yahvé- Elohim, Baal sigue ejerciendo una fun- ción muy grande, no sólo en cuanto «Señor», en sentido general, sino tam- bién como un Dios particular. Pues bien, a su lado no se encuentra ya Astarté (Ashtartu-Anatu), como en los textos de Ugarit, sino la misma Ashera (que ya no aparece como esposa de El-Ilu, sino como diosa-esposa del mismo Baal). Esta Ashera, esposa o consorte de Baal, asume ahora los rasgos y funciones de Astarté, apareciendo así como la divi- nidad femenina abarcadora. Pero As- tarté en cuanto tal no desaparece del todo. Así lo vemos no sólo por la pervi- vencia del nombre en diversos toponí- micos (cf. Gn 14,15; Dt 1,4; Jos 9,10; 12,4; 13,12), sino por la forma en que la Biblia critica su culto. Ciertamente, ella no es tan popular como Ashera, pero tiene también su importancia en la Biblia, donde la encontramos con el nombre de Astarot o Astoret.

(3) Astarté aparece en el libro de los Jueces, como causante de la caída e idolatría de los israelitas: «Dejaron a Yahvé, y adoraron a Baal y a Astarot» (Jc 2,13). «Pero los hijos de Israel vol- vieron a hacer lo malo ante los ojos de Yahvé y sirvieron a los baales y a Asta- rot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dio- ses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos. Abandonaron a Yahvé y no lo sirvieron». En el primer pasaje Baal y Astarté forman una pareja, co- mo en los textos de Ugarit. Pero en el segundo Astarté aparece como figura independiente, vinculada a los dioses de los países del entorno (Jc 10,6).

(4) Astarté está relacionada a la me- moria de Samuel y de Saúl. La figura y obra de Samuel ha sido vista como la de un reformador religioso: «Habló en- tonces Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Yahvé, quitad de entre vo-

sotros los dioses ajenos y a Astarot. De- dicad vuestro corazón a Yahvé y ser- vidle sólo a él, y él os librará de manos de los filisteos. Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron sólo a Yahvé» (1 Sm 7,3-4). Este pasaje, lo mismo que el corres- pondiente de 1 Sm 12,10, habla de los baales en general (como poderes divi- nos de tipo masculino), mientras pre- senta a Astarté como diosa única. Es evidente que ella ha tenido su impor- tancia en Israel. En ese mismo contex- to de lucha contra el baalismo y contra el culto de Astarté se sitúa la noticia de que los filisteos, tras vencer al rey is- raelita Saúl*, apoyado por Samuel, «pusieron sus armas en el templo de Astarot y colgaron su cuerpo en el mu- ro de Bet-sheán» (1 Sm 12,10). Es evi- dente que los filisteos consideran a As- tarté como la vencedora.

(5) Astarté, diosa de los sidonios. En esa línea, y a pesar de los textos en que ella se encuentra vinculada a Baal, co- mo figura venerada por los israelitas, Astarté aparece en la Biblia más rela- cionada con los cultos extranjeros y es- pecialmente con los de la ciudad feni- cia de Sidón: «Cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el cora- zón tras dioses ajenos... y siguió a As- toret, diosa de los sidonios, y a Molok, ídolo abominable de los amonitas... y a Qamós, dios de Moab...» (cf. 1 Re 11,5; 5,33). Lo mismo se dice al evocar la re- forma de Josías*, que profanó y des- truyó los lugares que Salomón había construido en un colina, frente a Jeru- salén, en honor de Astoret, «ídolo abo- minable de los sidonios», y de Molok y Qamós (cf. 2 Re 3,11).

ASTROS

( creación, cielo). Significativa- mente, no están al principio, sino que forman parte del cuarto día de la crea- ción*: «Haya lumbreras en la bóveda del cielo para separar el día de la no- che; y sirvan de señales para distinguir las fiestas [= asambleas], para los días y los años, y sirvan de lumbreras en la bóveda de los cielos para alumbrar so- bre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera ma- yor para que señorease el día, y la lum- brera menor para que señorease la no- che; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda de los cielos pa-

ra alumbrar sobre la tierra, y para se- ñorear el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto» (Gn 1,14-19). Están en el centro de la creación (el día 4º), entre el primero (luz) y el último (sábado). En los días anteriores (2º y 3º), Dios había dispuesto el espacio habitable, pero no había creado (organizado, se- parado) el tiempo. Ahora lo hace: crea el sol para regir el día/luz y la luna pa- ra regir la noche/oscuridad y con ellos las estrellas, para separar los tiempos y ofrecer las señales de las asambleas (= fiestas), los días y los años. Cierta- mente, los astros no son Dios, en con- tra del paganismo antiguo, tanto me- sopotamio como egipcio y cananeo, que ha sido siempre una tentación pa- ra los israelitas (cf. Dt 4,19; 2 Re 23,5; Jr 44,17; Sab 13,2); pero ellos traducen la presencia de Dios, dando sentido y relieve a los diversos tiempos que se al- ternan de manera significativa, empe- zando por el día/noche y siguiendo por los tiempos de las asambleas litúrgicas y sociales. Dios conversa con el hom- bre a través de la alternancia de los tiempos, convertidos en signo de tra- bajo y fiesta, como indicará el sábado final (día 7º), anunciado desde ahora con la creación de los astros y con el mismo orden del tiempo. La bóveda del cielo se convierte de esa forma en templo: un espacio abierto hacia los tiempos de la realización humana y del descubrimiento del misterio.

(1) Astrología planetaria. La vincula- ción del hombre con los astros se ex- presa ya en Gn 1, donde sol, luna y pla- netas marcan los ritmos sagrados de la vida. Pero sólo en 1 Hen encontramos una antropología astral desarrollada, donde los ángeles-astros* caídos deter- minan la vida de los hombres. Confor- me a 1 Hen 18,13-16, hay siete astros malos, contra quienes se elevan los sie- te buenos (1 Hen 20), para mantener el orden cósmico y la historia de los hombres. Los astros aparecen con fre- cuencia en el judaísmo y cristianismo primitivo: cf. Tob 12,15; Test Leví 8; Hermas, Vis III, 4, relacionando tiem- po (siete días), espacio (siete astros o planetas) y sacralidad (siete ángeles). La tradición gnóstica concibe a los án- geles planetarios (arkhontes) como se- res que se han pervertido, testigos de la falsa religión: el mismo judaísmo esta-

ría encerrado en su ritmo destructor, de manera que habría que abandonar el esquema sabático (siete días) pasan- do al pléroma cristiano (de cuatro y ocho elementos). Sab condena la adora- ción de los astros, aunque la considera como la forma más perfecta de idola- tría (Sab 13,1-3). Los poderes astrales aparecen en diversos pasajes del Nue- vo Testamento, pero carecen de impor- tancia salvadora. San Pablo supone que Jesús nos ha liberado del dominio de esos poderes, que aparecen también como vencidos (al servicio de los hom- bres) en el Apocalipsis. En ese sentido, podemos afirmar que la Biblia no ha desarrollado una antropología astral pro- piamente dicha, cosa que sólo han he- cho los apócrifos (1 Hen, Jub) y algu- nos textos parabíblicos (como algunos de Qumrán). En una línea convergente se podría citar la estrella de oriente (Mt 2,2-10) que aparece como un símbolo divino para los magos, que se vinculan por ella con el Rey de los judíos (cf. Lc 1,78). También puede evocarse el texto de Lc 10,18: «He visto a Satanás caer como un rayo». Es evidente que Satán es aquí una imagen astral, como el Dragón de Ap 12,1-5, que arrastra con su cola a la tercera parte de las estre- llas del cielo, para caer derribado des- pués en la tierra.

(2) Pecado de los (ángeles*, Henoc*). 1 Hen interpreta el pecado de ángeles y hombres dentro de un des-astre cósmi- co: algunos poderes astrales, concebi- dos como elementos o potencias pri- migenias del mundo, quebrantaron el orden de Dios y ahora se consumen en- tre llamas, en una región desértica y te- rrible: «Éste es el lugar donde se aca- ban los cielos y la tierra, el cual sirve de cárcel a los astros y potencias de los cielos. Los astros que se retuercen en el fuego (siete estrellas) son los que han transgredido lo que Dios había ordena- do antes de su orto, no saliendo a tiem- po. Se ha enojado (Dios) con ellos y los ha encarcelado hasta que expíen su culpa en el año del misterio... Éstas son aquellas estrellas que transgredieron la orden de Dios altísimo y fueron atadas aquí hasta que se cumpla la miríada eterna, el número de los días de su cul- pa» (1 Hen 18,14-16; 21,6). Se ha inver- tido así o por lo menos ha quedado co- mo insuficiente la visión del cosmos positivo y bueno que había presentado Gn 1. Vivimos en un mundo lleno de

amenazas, dirigido por espíritus que se alzaron contra Dios y se negaron a cumplir su cometido. Avanzando en es- ta línea se dirá (o podrá decirse) que el mismo mundo es malo, como han afir- mado los diversos dualismos que irán apareciendo en el entorno de la Biblia israelita y cristiana, sosteniendo que el hombre se encuentra sometido a los arkhontes (astros) perversos, como supone veladamente Pablo (cf. 1 Cor 2,6-8) y aseguran de manera expresa muchos gnósticos. Los apocalípticos abren así un camino que lleva a la es- peculación esotérica, la gnosis y la ma- gia o a un tipo de espiritualismo anti- cósmico que concibe todo el cosmos como malo, entendiendo la salvación como salida del mundo. En contra de esa tendencia, una de las afirmaciones básicas de la teología paulina (sobre todo en la línea de Col y Ef) será pro- clamar que Cristo nos ha liberado del determinismo y de la sujeción de los astros (Rom 8,38-39; Ef 3,10; 6,12; Col 1,16; 2,15).

(3) Astronomía y astrología. (1) Pre- sentación del tema (1 Hen 72–80). La apocalíptica se encuentra vinculada a la búsqueda sapiencial del orden cósmi- co, situándose así en la línea de Gn 1, que destaca la estructura buena (= be- lla) de la creación, organizada litúrgi- camente en seis días de armonía, tra- bajo y alabanza, abiertos al séptimo del descanso de (que es) Dios. Pero, al mis- mo tiempo, la apocalíptica ha puesto de relieve el pecado de los astros (as- tros 2*), que arrastran en su caída a los espíritus perversos y a los hombres (cf. Ap 12,4). Sólo puede conocer el final o descanso sabático de la realidad cós- mica y de la historia de los hombres quien ha descubierto, más allá del de- sorden actual, el orden bueno del cos- mos. La apocalíptica se vincula con la astronomía (astrología) sagrada. Los profetas habían destacado la novedad antropológica, la libertad humana, frente al cosmos. Los apocalípticos, en cambio, han vuelto a poner de relieve la conexión (cósmica) astronómica de la vida humana, pero no como adora- ción de los astros, sino como expresión del orden divino que ellos reflejan. Pa- ra los apocalípticos* duros, el pecado no es un desajuste humano (como su- ponen Gn 3 y Pablo, en Rom 5), sino caída astral, pues ángeles/demonios y estrellas se encuentran vinculados: han

delinquido (han perdido su armonía). Según eso, los astros primordiales (guardianes cósmicos, ángeles) han ba- jado a perturbar nuestra existencia y son los causantes de nuestra condena. Sólo a partir de ese desastre o caída cósmica se puede interpretar la salva- ción, como nuevo descubrimiento de la realidad divina que se encuentra en el fondo de los hombres. Ciertamente, el pecado de los hombres sigue vincu- lado a la violencia y opresión interhu- mana, pero hay un nivel de perdición más profunda, que muchos apocalípti- cos identifican con el pecado por exce- lencia, expresado en la mutación del calendario astral y religioso. A través de sus purificaciones y fiestas, los jus- tos guardaban la sintonía con el orden cósmico, expresado en el ciclo de los astros (de los días del año, del mes, de la semana). Pues bien, al cambiar su calendario, los judíos infieles de Jeru- salén (los no esenios o apocalípticos) se han separado del orden astral y se han pervertido, como muestra de for- ma impresionante la literatura de Qumrán* (que se sitúa en la línea del Libro de los Jubileos*). El apocalíptico es un hombre (¿una mujer?) que sabe descubrir el orden de los astros, para expresarlo en la liturgia humana (te- rrestre) de las fiestas y purificaciones, pues sólo es justo (sabio) quien se en- cuentra en sintonía con el conjunto cósmico. En contra de lo que a veces se ha pensado, el Dios de lo apocalíptico no es a-cósmico, sino Señor del recto orden del tiempo y del espacio en este mundo. Sólo es vidente apocalíptico aquel que ha sabido descubrir, en Dios y desde Dios, la estructura sacral del cosmos, pudiendo superar de esa ma- nera el pecado de ángeles (astros) y hu- manos, que han pervertido el orden y armonía de los tiempos.

(4) Astronomía y astrología. (2) Testi- monios básicos. Comenzamos presen- tando un testimonio del libro primero del «pentateuco» de 1 Henoc, llamado Libro de los Vigilantes: «Continué mi re- corrido hasta el caos y vi algo terrible: vi que ni había cielo arriba, ni la tierra es- taba asentada, sino [que era] un lugar desierto, informe y terrible. Allí vi siete estrellas del cielo atadas juntas en aquel lugar, como grandes montes, ardiendo en fuego... Éstas son aquellas estrellas que transgredieron la orden del Dios al- tísimo y fueron atadas aquí hasta que se

cumpla la miríada eterna, el número de los días de su culpa...» (1 Hen 21,1-6). Este pasaje pertenece al Libro de los Vi- gilantes, que vincula el pecado de los án- geles invasores, que violan a las muje- res, con la caída de los astros: el orden cósmico fundante ha sido quebrado por los siete astros rectores (principios cós- micos, ángeles originarios) que se alza- ron contra Dios y no aceptaron la ley que les había ofrecido; de su mal de- penden todos los restantes; el pecado original tiene carácter astronómico. Pe- ro donde el tema ha sido desarrollado de forma expresa, formando un verda- dero tratado astronómico, es en el Libro del curso de las luminarias celestes (1 Hen 72–82), totalmente dedicado al es- tudio y fijación sagrada de los astros. «Cada astro como es, según sus clases, su ascendiente, su tiempo, sus nom- bres, apariciones y meses, tal como me mostró Uriel, su guía, el santo ángel que estaba conmigo; y toda su descripción, como él me enseñó, según cada año del mundo, hasta la eternidad, hasta que se haga nueva creación que dure por siem- pre» (1 Hen 72,1). «Ésta es la primera ley de las luminarias: la luminaria sol tiene su salida por las puertas del cielo que dan a oriente y su puesta por las puertas del cielo a occidente... El año tiene exactamente 364 días, y la longi- tud o brevedad del día y la noche difie- ren según el curso solar... Así sale y en- tra (el sol) sin menguar ni descansar, sino corriendo día y noche su carrera, y su luz brilla siete veces más que la luna, aunque los tamaños de ambos son igua- les» (1 Hen 72,2.33-37). «Después de es- ta ley vi otra, que es propia de la lumi- naria pequeña, llamada luna... Cada mes cambia la salida y entrada de la lu- na y sus días son como los del sol y, cuando su luz es normal, es un séptimo de la luz solar... También vi el recorrido y la ley de la luna, con su curso men- sual. Todo esto me mostró el santo án- gel Uriel, que es su guía... En determi- nados meses cambia sus puestas y en determinados meses hace un curso es- pecial» (1 Hen 73,1ss). El texto de He- noc sigue, precisando las relaciones en- tre calendario* solar y lunar, con la necesidad de intercalar cada cierto tiempo un mes, para mantener siempre idéntico el ciclo y orden de las fiestas, a fin de que el tiempo celeste de los astros y el tiempo terrestre de los ritmos de la vida de los fieles sea concordante.

Cuando esa concordancia se rompe sur- ge una gran perturbación, pues las ac- ciones de los hombres influyen en los astros, de forma que cuando se extien-

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