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«QUE TODOS TRATEN MUY BIEN Y AMOROSAMENTE A LOS INDIOS»

L A S ANTA R EINA D OÑA I SABEL »

Existía una estrecha e indisoluble dependencia entre los conceptos capaz de la fe cristiana y súbdito libre. Ahora centrémonos en estudiar la actitud que mantuvo la Reina ante el indio como capaz de recibir la fe, sabiendo que su concepto emparejado era para Isabel obvio: persona libre.

Nos detenemos en el relato que hace Bartolomé de las Casas sobre el recibimiento dado a Colón en Barcelona tras descubrir América. Aunque los documentos municipales de la Ciudad Condal guardan silencio en relación con esta fiesta apoteósica213, sin embargo la narración es conmovedora respecto a la actitud mostrada por los Reyes, especialmente por Isabel. Las Casas escribe cómo Colón se dio «la prisa que más pudo por llegar a Barcelona, a donde llegó mediado abril, y los Reyes estaban harto solícitos de ver su persona; y sabido que llegaba, mandáronle hacer un solemne y muy honroso recibimiento, para el cual salió toda la Corte y toda la ciudad, que no cabían por las calles». Quisieron los Reyes Fernando e Isabel recibir solemnemente a su Almirante: «Para le recibir los Reyes con más solemnidad y pompa,

212 Ibidem, pág. 19.

213 Cfr. Antonio RUMEU DE ARMAS: Colón en Barcelona. C.S.I.C. Sevilla, 1944. Para Gabriel VERD

MARTORELL, ese silencio en las crónicas barcelonesas se guardó por orden expresa de Don Fernando, quien pretendía impedir toda documentación catalana en un negocio del que se quería excluir a Cataluña, además de que se quería, sobre todo, ocultar el origen de Colón. «Y es que en la Ciudad Condal otras muchas cosas convenía silenciar. Don Carlos, Príncipe de Viana, el 23 de septiembre de 1461 había dejado de existir en dicha ciudad. Los oficialistas atribuyeron su muerte a tuberculosis, aunque otros creyeron que había sido envenenado, posiblemente por orden de su madrastra, Doña Juana Enríquez, para así poder transmitir los derechos de la Corona a su hijo Don Fernando» (Cristóbal Colón era noble y de sangre Real. Imprenta Politécnica. Palma de Mallorca, 1989, pág. 38). Según el autor de ese libro, dicha explicación corrobora la hipótesis de que Cristóbal Colón era hijo natural de Don Carlos, Príncipe de Viana (primogénito de Juan II de Aragón) y de la mallorquina Margarita Colom. Esta teoría daría explicación a muchos puntos oscuros, como la antipatía que el Rey Fernando siempre sintió hacia el Descubridor. «Es obvio pensar que si Colom ha sido casi quinientos años enigma, se debe indiscutiblemente a la acción del Rey Fernando, que muy probablemente hizo desaparecer toda documentación que le perjudicaba, quizás ante el temor de que el Almirante o alguno de sus descendientes pudieran algún día ocupar su lugar y desplazarle en el reinado, como justa venganza o represalia de cuanto el Rey Juan II y Doña Juana Enríquez hicieron contra Don Carlos, Príncipe de Viana» (Ibidem, pág. 45).

mandaron poner en público su estrado y solio Real, donde estaban sentados, y junto con ellos el Príncipe Don Juan, en grande manera alegres». Bartolomé se entretiene en relatar el encuentro entre los Monarcas y Colón. Este hizo «grande acatamiento primero, según a tan grandes Príncipes convenía». Después los Reyes «levantáronse a él como a uno de los señores grandes». Luego Colón, «acercándose más, hincadas las rodillas, suplícales que le den las manos; rogáronse a se la dar, y besadas, con rostros letísimos, mandáronle levantar, y lo que fue suma de honor y mercedes de las que Sus Altezas solían a pocos grandes hacer, mandáronle traer una silla y asentar ante sus Reales presencias». Acto seguido, el Almirante refiere «con gran sosiego y prudencia las mercedes que Dios, en ventura de tan Católicos Reyes, en su viaje le había hecho».

Las Casas cuenta qué reacción tuvieron los Monarcas al escuchar a Colón: «todo lo cual, oído y ponderado profundamente, levántanse los católicos y devotísimos Príncipes, e hincan las rodillas en el suelo, juntas y alzadas las manos, comienzan a dar de lo íntimo de sus corazones, los ojos rasados de lágrimas, grandes gracias al Criador». Allí mismo se canta un Te Deum de acción de gracias: «Y porque estaban los cantores de su Capilla Real proveídos y aparejados, cantan Te Deum laudamus». El momento fue tan emocionante y conmovedor que hizo llorar de alegría a los Reyes y a su Corte: «¿Quién podrá referir las lágrimas que de los Reales ojos salieron, de muchos grandes de aquellos Reinos que allí estaban y de toda la Casa Real? ¿Qué júbilo, qué gozo, qué alegría bañó los corazones de todos? ¿Cómo se comenzaron unos a otros a animar y a proponer en sus corazones de venir a poblar estas tierras y ayudar a convertir estas gentes?»

Las Casas escribe que el principal gozo de los Reyes, especialmente de Isabel —a quien suele canonizar—, era poder dar a conocer la fe a tantas personas de un Mundo Nuevo. Los testigos de la escena «oían y veían que los Serenísimos Príncipes y singularmente la Santa Reina Doña Isabel, que por palabras y las muestras de sus heroicas obras daban a todos a conocer que su principal gozo y regocijo de sus ánimas procedía de ver que habían sido hallados dignos ante el divino acatamiento de que, con su favor y con los gastos (aunque harto pocos) de su Real Cámara, se hubiesen descubierto tantas infieles naciones y tan dispuestas que en sus tiempos pudiesen conocer a su Criador, y ser reducidos al gremio de su Santa y Universal Iglesia y dilatarse tan inmensamente su católica fe y cristiana religión»214.

Bartolomé de las Casas quiere demostrar que «el principal gozo y regocijo» de los Monarcas, y singularmente de «la Santa Reina Doña Isabel», como la llama, provenía de poder tener la ocasión de dilatar el Evangelio en el Nuevo Mundo, y no de hacer con él un lugar para la codicia, los intereses económicos o para violar los derechos humanos de sus habitantes. En el Codicilo que añade a su Testamento, Isabel repetirá —lo veremos enseguida— que la principal intención de la empresa de Indias fue convertir a sus moradores a la fe cristiana.

Pero veamos el comienzo de las Instrucciones que los Reyes dan a Colón para su segundo viaje a las Indias. El Almirante volverá a partir hacia Ultramar desde Cádiz, con 17 navíos, pocos meses después de la bienvenida en Barcelona, el 25 de septiembre de 1493. Esta Instrucción Real tiene fecha de 29 de mayo de 1493. Al principio se declara que «a Dios Nuestro Señor plugo por su santa misericordia descubrir las dichas Islas y Tierra Firme al Rey y a la Reina nuestros Señores, por industria del dicho don Cristóbal Colón, su Almirante, Visorrey y Gobernador de ellas». Seguidamente se dice que Colón, al que se le concedió el privilegio de anteponer el tratamiento de don antes de su nombre y los títulos y honores citados, «ha hecho relación a Sus Altezas que las gentes que en ellas halló pobladas conoció de ellas ser gentes muy aparejadas para se convertir a nuestra santa fe católica, porque no tienen

ninguna ley ni secta, de lo cual ha placido y place a Sus Altezas, porque en todo es razón que se haga principalmente respecto al servicio de Dios Nuestro Señor y ensalzamiento de nuestra santa fe católica».

En consecuencia, los Reyes hacen el siguiente encargo a Colón: «por ende, Sus Altezas, deseando que nuestra santa fe católica sea aumentada y crecida, mandan y encargan al dicho Almirante, Visorrey y Gobernador que, por todas las vías y maneras que pudiere, procure y trabaje a traer a los moradores de las dichas Islas y Tierra Firme a que se conviertan a nuestra santa fe católica». La Corona comienza a enviar misioneros con el fin de predicar la fe cristiana: «y, para ayudar a ello, envían allá al devoto padre fray Buyl, juntamente con otros religiosos que el dicho Almirante consigo ha de llevar». Los religiosos debían hacer que los habitantes del Nuevo Mundo conocieran la fe. Para ello era imprescindible la colaboración de los indios catequizados y bautizados en Barcelona: «por mano e industria de los indios que acá vinieron, procuren que sean bien informados de las cosas de nuestra santa fe, pues ellos sabrán ya y entenderán mucho de nuestra lengua, y procurando de los instruir en ella lo mejor que se pueda; y porque esto mejor se puede poner en obra después que en buena hora allá sea llegada la Armada, procure y haga el dicho Almirante que todos....» Continúa la Instrucción Real con las frases transcritas más arriba215.

Compárese esta primera orden que los Reyes dan para ser aplicada inmediatamente en lejanísimas tierras con la actuación de otros países exploradores en la misma época o después. Para esos otros países, la evangelización es —escribe Julián Marías—, «en el mejor de los casos, un elemento secundario, marginal, como parte de una civilización que se traslada a los países antes desconocidos. Ni siquiera Portugal da tanto peso a la propagación del Cristianismo. La evangelización del Brasil se lleva a cabo sobre todo cuando pertenece a la Corona de España, entre Felipe II y Felipe IV, y en gran parte por misioneros españoles»216. Tengamos presente que el único país cristiano de Oriente es Filipinas, que, con el nombre de Indias Orientales, formaron parte de la Monarquía Española hasta 1898. A Felipe II le aconsejaron algunos que desamparase las Islas Filipinas porque le eran de más gasto que provecho. El Rey preguntó entonces si había ya indios bautizados en ellas, y si había algunas Iglesias fundadas. Y como le dijeron que sí, «respondió que nunca Dios permitiese que él faltase a la obligación de amparar esto y llevarlo adelante cuanto en sí fuese, aunque le gastasen en ello todo lo que le rendían los demás Reinos»217.

La Corona Española tuvo como principal intención en Indias el evangelizar a sus habitantes. Esa intención se plasmaba hasta en los más mínimos detalles del culto litúrgico. Bartolomé de las Casas atestigua que los Reyes Fernando e Isabel, en las Indias, «mandaron proveer de ornamentos para las iglesias, de carmesí, muy ricos, mayormente la Reina Doña Isabel, que dio uno de su Capilla, el cual yo vi, y duró muchos años, muy viejo, que no se mudaba o renovaba, por tenerlo casi por reliquias, por ser el primero y haberlo dado la Reina, hasta que de viejo no se pudo más sostener»218.

Ya hemos señalado que en el Codicilo que dicta tres días antes de su fallecimiento, Isabel, agonizante, reconoce que su principal intención en la empresa de Indias fue convertir a sus habitantes a la fe católica. Y, acto seguido, como algo inseparable, ordena que se respeten los derechos humanos de los indios. Existe un curioso paralelismo entre esta disposición de su Codicilo (23 de noviembre de 1504) y las primeras instrucciones que da a Colón. Veamos

215 Instrucción del Rey y de la Reina para Don Cristóbal Colón (Barcelona, 29 de mayo de 1493); texto en KONETZKE, op. cit., núm. 1, pág. 1.

216 MARÍAS: España inteligible. Razón histórica de las Españas, op. cit., pág. 172.

217 Juan de SOLÓRZANO Y PEREYRA: Política indiana, Lib. I, cap. VIII.. Edición de Miguel Ángel Ochoa

Brun; en “Biblioteca de Autores Españoles”, tomo 252. Atlas. Madrid, 1972, pág. 86.

esta semejanza y caigamos en la cuenta de que las siguientes palabras adquieren un inmenso valor, ya que la dolorosa enfermedad de Isabel no fue obstáculo para una disposición tan amorosa en favor de unos hombres que vivían en tierras lejanísimas, cuyo recuerdo no era ni mucho menos obligado, y menos aún estando en trance de agonía.

La Reina declara cuál fue su principal intención cuando la Santa Sede concedió a su Corona las Indias descubiertas: «al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro Sexto, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar de inducir y traer los pueblos de ellas y los convertir a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y les enseñar y doctrinar buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene».

Después suplica al Rey y a su hija heredera que cumplan siempre eso. En las sucesivas palabras se advierte algo especial: el gran interés que tenía la Reina en defender a los indios, sabiendo que era fácil violar sus derechos humanos, y que no todos en la Corte participaban de su actitud. Puede observarse esto cuando suplica al Rey muy afectuosamente y encarga y manda a su desgraciada sucesora (la Princesa Doña Juana, que padecía locura) y marido (el Príncipe Don Felipe de Austria, el cual hizo caso omiso). Isabel teme el peligro de que los indios se queden sin la persona que los protegió de la mentalidad esclavista común en aquella época: «por ende, suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija y al dicho Príncipe su marido que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados; y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean»219.

Ese pasaje del Codicilo testamentario de la Reina será invocado en múltiples ocasio- nes por Bartolomé de las Casas, que lo citará una y otra vez para apoyar su Filosofía política. En el cuerpo jurídico de las Leyes de Indias, la Corona, oficialmente, asumirá y citará esas mismas palabras, de tal modo que constituirán el espíritu de su Filosofía política para el gobierno de las Indias.

En 1496, el Papa Alejandro VI otorgó a los Reyes Isabel y Fernando, mediante la Bula Si convenit, el título de Católicos, usado también por los sucesivos Monarcas españoles porque se les concedió este derecho220. Casi cinco siglos más tarde, un descendiente directo y legítimo sucesor de Isabel y Fernando, el Rey Don Juan Carlos I, pronunciaba las siguientes palabras ante el Papa Juan Pablo II: «Uno de vuestros antecesores concedió [...] a mis antepasados Fernando e Isabel, primeros Reyes de la España unida y entera, el título de Reyes Católicos, que han llevado desde entonces los Monarcas de España». A continuación, Don Juan Carlos dice que tanto España como las tierras de Ultramar constituyen una comunidad, que recibía varios nombres significativos: «Nuestro país fue llamado unas veces la Monarquía Católica, otras, la Monarquía Hispánica, y con frecuencia también, las Españas». De estas últimas palabras nos haremos eco en el capítulo XV y en el XVII.

Seguidamente Su Majestad le dice a Su Santidad que ya había visitado algunas de las Españas: «Vuestra Santidad ha visitado ya algunas de ellas. Ha visto las consecuencias de la evangelización española en América, en las Filipinas y en África, antes de llegar a la España originaria. Me complace que haya sido así. Por sus frutos los conoceréis, está escrito, y de esta

219 Codicilo, cláusula X; texto en Testamento y Codicilo de Isabel la Católica, op. cit., pág. 66. 220 Véase el capítulo XV.

manera Vuestra Santidad ha conocido la acción espiritual y cultural de mi Patria antes de honrarla con vuestra presencia». Don Juan Carlos I se ve en el deber de precisar sobre el sentido preciso, no excluyente, del título que él, como los restantes titulares de la Corona Española, también ostenta: «Debo recordar que ese título de Católicos fue concedido a los Reyes de España con anterioridad a la división de los cristianos. Ese nombre, que a veces se ha entendido polémicamente como denominación de una parte sólo de la Cristiandad, era un título integrador. Representa el conocimiento de la fidelidad de un pueblo que, a pesar de largos siglos de invasión, había mantenido siempre su vocación de pertenencia a la Cristiandad y la extendió prodigiosamente por el mundo hasta entonces desconocido»221. Este importantísimo discurso fue preparado por Julián Marías.

Gonzalo Fernández de Oviedo pondera «los méritos de los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, y de sus sucesores, por la continuación del santo celo y obra para la conversión de estas gentes». Escribe Oviedo que los Reyes españoles, «por su Real voluntad y expresos mandamientos y muy continuado cuidado, siempre han proveído en el remedio de las ánimas de estos indios, y en el buen tratamiento de ellos». Con Las Casas coincide en afirmar que si ha habido fallos es por «causa de los ministros; y no tiene la culpa otro sino el que acá viene por gobernador o prelado, y en esto se descuida». Pero cuando llega la noticia de esa negligencia, «luego se provee con grande atención en el reparo y enmienda, como conviene»222.

Don Juan Carlos I reconocerá que «al patrocinar la empresa de Cristóbal Colón —al esperar el descubrimiento de nuevas tierras y pueblos—, los Reyes Católicos tuvieron presente, como propósito capital, la evangelización de esos países desconocidos». A través de esos Reyes «se lograba el acrecentamiento de la religión de Cristo». Porque «en el impulso para la cristianización del Nuevo Mundo tuvo un papel esencial la Corona». En cualquier caso, «el Cristianismo hizo que se pensara en los habitantes de las tierras descubiertas como personas humanas, más aún, como hermanos a quienes había que proteger, enseñar y ayudar con todos los recursos de la civilización del Renacimiento»223.

221 Discurso de Bienvenida a Su Santidad el Papa Juan Pablo II que pronunció Su Majestad Católica el Rey Don Juan Carlos I el 31 de octubre de 1982, en el Aeropuerto de Madrid; texto en “L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua

española”; número extraordinario: Viaje apostólico de Juan Pablo II a España. Madrid, 1982, pág. 6.

222 FERNÁNDEZ DE OVIEDO: Historia General y Natural de las Indias, I, Lib. II, cap. VII; op. cit., pág. 31. 223 Discurso de Don Juan Carlos el 17 de noviembre de 1992 (texto en diario “ABC” de Madrid, 18 de noviembre de

V

«¿QUÉ PODER TIENE MÍO EL ALMIRANTE PARA DAR A

NADIE MIS VASALLOS?»

Cuando Colón desembarca por segunda vez en el Nuevo Mundo, portador de las instrucciones que los Reyes le encomendaron para tratar muy bien y amorosamente a sus habitantes, se encuentra con una dramática situación: los indios habían destruido el Fuerte de Navidad que, obligado tras encallar la nao Santa María, había dejado en su primer viaje, y cuantos españoles lo componían habían sido sacrificados. De otro lado, los víveres se agotaron; para poder sobrevivir, y no morir de hambre, se dispuso tomar de lo que dichos indígenas tenían. Viéndose agraviados, los indios mataban a aquellos españoles que considera- ban invasores. Por su parte, éstos hacían represalias: pensaban que el indio había hecho impracticable la convivencia, por lo cual se imponía tomar medidas de fuerza con el fin de infundir temor y evitar así nuevos asaltos y muertes.

¿Cuál era el pensamiento de Cristóbal Colón? Es necesario detenernos a analizarlo

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