«CON MUCHO AMOR»
E L CASO DE LOS CANÍBALES ANTROPÓFAGOS
Sin embargo existían indios rebeldes, cuyas costumbres hacían imposible su integración en sociedades políticas, en la civilización cristiana occidental. No podemos caer en el error de considerar a todos los indios como dirigidos por la mansedumbre del buen salvaje.
Cuenta Andrés Bernáldez que a la entrada de las Indias había ciertas islas, llamadas Caribi, pobladas por unas gentes que los demás indios «tienen por muy feroces, y han de ellos muy grande temor, porque comen carne humana». Éstos tienen muchas canoas con las cuales recorren las islas vecinas, «y roban cuanto hallan y pueden, y llevan presos los hombres y mujeres que pueden, y mátanlos y cómenlos, lo cual es cosa de gran admiración y espanto»278.
Ante ese peligro era necesario tomar algunas medidas. En una Real Provisión fechada en Segovia, el 30 de octubre de 1503, y expedida solamente a nombre de la Reina, Doña Isabel ordena ciertas disposiciones. Es interesante el documento, ya que en él la Reina, un año antes de morir, manifiesta cuál era su conducta respecto de los indios. Al principio dice: «Sabed que el Rey mi Señor y Yo, con celo que todas las personas que viven y están en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano fuesen cristianos y se redujesen a nuestra santa fe católica, hubimos mandado por una nuestra carta que persona ni personas algunas de los que por nuestro mandado fuesen a las dichas Islas y Tierra Firme no fuesen osados de prender ni cautivar a ninguna ni alguna persona ni personas de los indios de las dichas Islas y Tierra Firme de dicho Mar Océano para los traer a estos mis Reinos ni para los llevar a otras partes algunas, ni les hiciesen otro ningún mal ni daño en sus personas ni en sus bienes, so ciertas penas en la dicha nuestra carta contenidas».
Queda clara la intención de la Corona, explicada por Isabel I. Pero también la Reina relata cómo ordenó poner en libertad a aquellos indios que Colón había dado como esclavos a los marineros «por les hacer más merced, porque algunas personas habían traído de las dichas Islas algunos de los dichos indios, se los mandamos tomar y los mandamos poner y fueron puestos en toda libertad».
277 Instrucción para el gobernador y los oficiales sobre el gobierno de las Indias (Alcalá de Henares, 20 de marzo de 1503, y Zaragoza, 29 de marzo de 1503); texto en KONETZKE, op. cit., núm. 9, págs. 9-13.
Además Isabel declara que envió religiosos para convertir a los indios y para que viviesen como hombres razonables: «y después de todo esto hecho, por los más convencer y animar a que fuesen cristianos, y porque viviesen como hombres razonables, hubimos mandado que algunos nuestros capitanes fuesen a las dichas Islas y Tierra Firme del dicho Mar Océano, y enviamos con ellos algunos religiosos que les predicasen y doctrinasen en las cosas de nuestra santa fe católica, y para que los requiriesen que estuviesen a nuestro servicio».
Sin embargo esos religiosos no fueron bien recibidos por los indios caníbales: «como quier que en algunas de las dichas Islas fueron bien recibidos y acogidos, en las Islas de San Bernardo e Isla Fuerte, y en los puertos de Cartagena y en las Islas de Bara, donde estaba una gente que se dice caníbales, nunca los quisieren oír ni acoger, antes se defendieron de ellos con sus armas y les resistieron que no pudiesen entrar ni estar en las dichas Islas donde ellos están, y aun en la dicha resistencia mataron algunos cristianos».
Pero incluso esos caníbales hacen la guerra a los indios que ya son vasallos de la Reina: «y después acá han estado y están en su dureza y pertinacia haciendo guerra a los indios que están a mi servicio y prendiéndolos por los comer como de hecho los comen». Francisco de Vitoria, como veremos, fundará aquí algunos títulos legítimos para hacer la guerra a esos indios que impiden la predicación de la fe, y matan a los cristianos y a los indios súbditos de la Corona.
En este momento Doña Isabel dice que, como ha sido informada de esos sucesos, debía hacer una provisión: «y porque Yo he sido informada que para lo que conviene a servicio de Dios y mío y a la paz y sosiego de las gentes que viven en las Islas y Tierra Firme que están a mi servicio, y los dichos caníbales sean castigados por los delitos que han cometido contra mis súbditos, conviene que Yo mandase proveer sobre ello». Para lo cual, la Reina convoca a su Consejo con el fin de asesorarla sobre la medida más conveniente que debe adoptarse: «y Yo mandé a los del mi Consejo que lo viesen y platicasen, y por ellos visto, acatando como Nos con celo que los dichos caníbales fuesen reducidos a nuestra santa fe católica, han sido requeridos muchas veces que fuesen cristianos y se convirtiesen y estuviesen encorporados en la comunión de los fieles, y so nuestra obediencia, y viviesen seguramente y tratasen bien a los otros sus vecinos de las otras islas».
Pero esos caníbales no quisieron hacer nada de eso. Nótese que tampoco querían tratar bien a sus vecinos indios. La Corona se creía en el deber de hacer mantener el orden en aquellas islas. Parece que los indios caníbales se resistieron ferozmente: «los cuales no solamente no lo han querido hacer, como dicho es, mas antes han buscado y buscan de se defender para no ser doctrinados ni enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y continuamente han hecho y hacen guerra a nuestros súbditos, y han muerto muchos cristianos de los que han ido a las dichas islas».
Por esas razones, el Consejo acuerda que la Reina debe intervenir para poner orden: «y por estar como están endurecidos en su mal propósito, idolatrando y comiendo los dichos indios, fue acordado que debía mandar dar esta mi carta en la dicha razón, y Yo túvelo por bien». Doña Isabel ordena no castigar a los caníbales por sus hechos cometidos: todavía les da otra oportunidad, al cabo de la cual da licencia para capturarlos: «por ende por la presente doy licencia y facultad a todas y cualesquier personas que con mi mandado fueren así a las Islas y Tierra Firme, para que si todavía los dichos caníbales resistieren y no quisieren recibir y acoger en sus tierras a los capitanes y gentes que por mi mandado fueren a hacer los dichos viajes y oírlos para ser doctrinados en las cosas de nuestra santa fe católica, y estar a mi servicio y so mi obediencia, los puedan cautivar y cautiven para los llevar a las tierras e islas donde fueren, y para que los puedan traer y traigan a estos mis Reinos y Señoríos y a otras cualesquier partes y lugares do quisieren y por bien tuvieren».
Advierte la Reina que, a pesar de su prohibición de hacer esclavos, no se incurre en pena alguna si se venden y aprovechan esos caníbales. Ahora bien, no ordena matarlos, sino capturarlos para que más fácilmente pudieran convertirse y abandonar sus crueles costumbres: «porque trayéndolos de estas partes y sirviéndose de ellos los cristianos, podrán ser más ligeramente convertidos y atraídos a nuestra santa fe católica». Finalmente la Reina deja advertir que eso se haga sin propasarse, a tenor del espíritu de sus palabras: «y mandamos a vos las dichas nuestras justicias y a cada uno de vos que así lo guardéis y cumpláis como en esta mi carta se contiene, y que contra el tenor y forma de ella no vayáis ni paséis, ni consintáis ir ni pasar»279.
En la práctica, aquellos caníbales eran considerados, implícitamente, como los esclavos de Aristóteles, excepto en un punto: podían humanizarse, convertirse y hacerse cristianos, con lo cual dejarían de ser bárbaros, para hacerse súbditos de la Corona, libres y no esclavos. Luego mientras fuesen salvajes podían ser hechos esclavos, pero no lo eran por naturaleza: tenían capacidad de civilizarse, podían convertirse en hombres iguales en derechos a los europeos.
279 Real Provisión para poder cautivar a los caníbales rebeldes (Segovia, 30 de octubre de 1503); texto en KONETZKE, op. cit., núm. 10, págs. 14-16.