LOS ÚLTIMOS DOCE AÑOS DE LA REINA ISABEL
L A MUERTE DEL P RÍNCIPE M IGUEL
Todo el amor de la llorosa Reina se volcó en esta ocasión sobre su pequeño nieto Miguel. Tan pronto como estuvo aliviada de su enfermedad, se dispuso la ceremonia de la Proclamación de Miguel como heredero por las Cortes de Aragón, de Castilla y de Portugal. El Rey luso Manuel se había marchado a su Reino, y dejó el hijo al cuidado de los abuelos. Isabel se lo llevó consigo a Granada, la ciudad de sus sueños, donde pensaba reponerse de tanta tragedia. No permitió que Miguel fuese separado un momento de su lado. Sin embargo, en julio de 1500 fallecía allí el nieto heredero de las Coronas peninsulares, que contaba un año y siete meses de edad. Fue el tercer cuchillo de dolor que desgarraba aún más el corazón de la Reina Isabel.
Escribe Anglería que «la muerte del Infante Miguel ha abatido profundamente a los dos abuelos. Se ven incapaces de soportar con serenidad de ánimo tantos golpes de la fortuna [...]. Disimulan, no obstante, estas negruras todo lo que pueden, y se muestran en público con semblante sonriente y sereno. No es difícil, sin embargo, adivinar lo que hay en su interior»290.
289 ANGLERÍA: Opus Epistolarum, Ep. CXCIX: Al cardenal de Santa Cruz (Zaragoza, 4 de octubre de 1498); texto en
RODRÍGUEZ VALENCIA, op. cit., pág. 183.
MÁS AMARGURAS
Y para colmo de males, éstos de los que ahora pasamos a ocuparnos. Todavía había más cuchillos de dolor. Tras casarse su penúltima hija, María, con el Rey Manuel de Portugal — viudo de la primogénita Isabel—, la hija menor, Catalina, contrae matrimonio en 1501 con el Príncipe de Gales Arturo. Éste muere a los seis meses de celebrarse la boda: el 2 de abril de 1502. En 1503, el hermano sucesor de Arturo, Enrique, la solicita en matrimonio. «Y coronáronse el día de San Juan adelante, con las mayores fiestas del mundo»291. Más tarde, Enrique VIII repudiaría a Catalina, esa mujer, tan alabada por los humanistas, de la que hablábamos en el capítulo II.
Pero otro cuchillo de dolor fue el que resultó de la conducta seguida por Juana, la hija que quedaba como heredera de Fernando e Isabel. La Reina había puesto en el matrimonio de su hija Juana con Felipe las mejores ilusiones. Era necesario que viajaran a Castilla para ser proclamados herederos. Tras muchas resistencias que pusieron en la Corte flamenca por cursar este viaje, salieron de Bruselas en noviembre de 1501. Las galas con que los Reyes iban a recibirlos en Toledo fueron suspendidas al conocerse la noticia del fallecimiento del Príncipe de Gales Arturo, marido de Doña Catalina.
Pero veamos cómo relata Erasmo este episodio del encuentro de Isabel con su hija Juana y su yerno Felipe: «en Toledo la buena, esa villa Real. Allí la alegría tomó creces y llegó al delirio cuando Doña Isabel, esa heroica hembra, digna de ser contada entre las heroínas de la Antigüedad, acogió en sus generosos brazos a su yerno, objeto de tantos deseos, y a su hija, manojo de sus entrañas, y no sin mutua emoción y desaguándose en lágrimas sus ojos, les dio apasionados y dulcísimos besos»292.
En diciembre de 1502 emprendió Felipe su viaje de regreso; en Lyon visitó al Rey de Francia, y tuvo el atrevimiento de firmar, sin poderes, un tratado sobre Nápoles que iba en contra de Fernando e Isabel. Doña Juana quedó en Castilla, esperando dar a luz: los síntomas de su locura, que heredaba de la abuela materna, se agravaban. El deseo que tenía de volver a Flandes era vehemente y violento. Por las necesidades de la guerra del Rosellón, Fernando estaba fuera. Isabel tuvo una recaída en su dolencia. Los médicos que la atendían atribuyeron su estado a una entrevista que tuvo con Juana el 18 de junio de 1503: la hija insultaba y agredía a su dolorosa madre.
Isabel nunca había gozado de una salud privilegiada desde que entró en la edad adulta. Además de diversas enfermedades menores, cuando contaba cuarenta años padeció una más fuerte. Pero su salud comenzó una fase peligrosa a raíz de esos cuchillos de dolor. Fiebres altas, mal tratada con las sangrías y purgas que le suministraban los médicos y que la hacían perder fuerzas, Isabel sobrellevaba su enfermedad con resignación.
La Reina acompañó a su hija hasta Segovia, para así ganar etapas de un posible viaje a Flandes de Juana con el fin de tranquilizarla. Doña Juana fue a instalarse al Castillo de la Mota, en Medina del Campo: creyó en la existencia de un plan para separarla de su marido. Cuando Isabel envió desde Segovia una carta en la que prometía a su hija que el viaje a Flandes se realizaría a principios de marzo de 1504 (porque antes no se abría el mar a la navegación), Juana estaba convencida de que la engañaban. Y en una fría jornada de noviembre de 1503, decidió ir en busca de su marido; dio la orden de partir inmediatamente a Flandes. En el Castillo impidieron a la Princesa su loca marcha, que incluso quería hacer a pie. Pasó la noche al raso, desabrigada, inmóvil, sujeta a un muro, aguantando el viento helado. Esta noticia constituyó un tremendo dolor para Isabel, que ya no podía con su cuerpo. Desde
291 BERNÁLDEZ: Memorias del Reinado de los Reyes Católicos, cap. CLXV, op. cit., pág. 395. 292 ERASMO: Panegírico gratulatorio a Felipe “el Hermoso”; en Obras escogidas, op. cit., pág. 220.
Segovia, la Reina, descuidando su enfermedad, viajó hasta Medina del Campo para tranquilizar a su hija.
Doña Isabel cuenta así el momento tan desagradable que pasó: «Y a esta causa yo vine aquí con más trabajo y prisa, y haciendo mayores jornadas de que para mi salud convenía. Y aunque le envié a decir que yo venía a posar con ella, rogándole que se volviera a su aposentamiento, ni quiso volver ni dar lugar que le aderezasen el aposentamiento hasta que yo vine y la metí. Y entonces ella me habló tan reciamente, de palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que hija debe decir a su madre, que si yo no viera la disposición en que ella estaba, yo no se las sufriera en ninguna manera»293. La Reina tuvo que enfrentarse con una amarguísima realidad: su heredera estaba rematadamente loca. El impacto fue tan fuerte que en el plazo de un año Isabel moriría.
La situación fue haciéndose cada vez peor. En marzo de 1504 Isabel y su hija se despidieron y se vieron por última vez: Juana embarcó en el puerto de Laredo para reunirse con su esposo en Flandes. A los tres meses se recibieron malas noticias: la desavenencia conyugal entre los Archiduques se agravaba cada día.